16 #2
Disfrutaba de que él pronunciara mi nombre en voz alta, aunque nunca lo reconocería. Pensé que podría responder de una manera que no resultara sospechosa. Entendí a lo que se refería. Debía pensar en algo que, aun sin memoria, ya hubiera podido comprobar que me gustaba hacer.
—Me gusta pasear por el bosque.
Asintió, indicándome que continuara.
—Genial. Ahora algo que no haya dicho yo primero.
Lo miré, desafiante, pero sin poder esconder una sonrisa.
—Mmm, hablar. Me gusta conocer a la gente y conversar de cualquier cosa. Podría entretenerme hasta hablando con mi reflejo.
—Ya veo. Muy bien. ¿Algo más?
—Me gusta el arte.
—¿El arte? Será por los bonitos frescos que cuelgan de estas paredes —dijo, sarcástico.
—En la iglesia. A pesar de todo, hoy me fijé en algunas de las pinturas y figuras que la adornaban. Creo que es algo que me gusta y aprecio.
—Y decías que no sabías lo que te gustaba.
Se rio, victorioso. Como si hubiese demostrado que me conocía más de lo que yo misma era consciente. Me sentí un poco culpable por estar ocultándole la verdad, pero me enterneció su reacción al mismo tiempo que me hizo rabiar.
Fruncí el ceño, pensando cómo responder a eso, cuando el sonido de una voz retumbó a nuestras espaldas.
—¿De qué... de qué no se acordaba? Anda... Si estáis los dos... solos.
Nos giramos. Kael empujó la puerta con un golpe seco y entró tambaleándose. Sonaba atropellado, con las palabras pisándose entre ellas y sin dejar lugar a dudas de lo que le ocurría. Apestaba a alcohol. Estaba borracho.
Menudo hipócrita.
—¿Qué me estoy perdiendo?
Apenas se mantenía en pie, así que tuvo que apoyarse en una silla.
—¿Y bien?
—Yo... ya me iba —murmuró Ero.
Había desaparecido su faceta cercana y amigable. Una coraza de piedra se había formado a su alrededor.
—¿Por qué tan deprisa? Esa no es forma de dar la bienvenida a un superior —dijo mientras empujaba a Ero para que se sentara—. Si acabo de llegar, ¿de qué estabais hablando?
—Clara y los niños están durmiendo ya, deberías bajar la voz —dije.
—Es mi casa y, por lo tanto, haré lo que me plazca. Clara estará de acuerdo conmigo. Si quieres, vamos a preguntarle, venga.
Se levantó. Fui a frenarlo, pero no hizo falta. A pesar de que Ero ya estaba de pie, dispuesto a hacer lo mismo, Kael tropezó y cayó al suelo. Me asustó ver que no se levantaba. Ero debió ver mi cara alarmada porque se agachó hacia él.
—Solo está dormido. El vino ha podido con él.
Respiré aliviada. Ero me ayudó a llevarlo a la cama y lo acompañé de nuevo a la entrada.
—Bueno... —dijo Ero, rascándose la nuca.
—Muchas gracias. Y disculpa.
—¿Disculpa? ¿Por qué debería disculparte?
—Por hacerte perder tu día libre aquí. Y por Kael, no le ha debido sentar bien el alcohol.
—Jamás, repito, jamás te disculpes en nombre de alguien como él. No se lo merece. ¿Me oyes?
Asentí, sonriendo.
—Me marcho ya, cierra bien por dentro. Nos vemos. Y suerte recordando.
—Gracias.
Salió por la puerta y, un instante antes de poner el cerrojo, escuché un par de golpes suaves que me hicieron volver a abrirla.
—Lo olvidaba, estar hoy aquí se suma a mi lista de cosas que me gusta hacer en mi tiempo libre. Ha sido todo un placer. —Hizo un gesto de una leve reverencia—. Ahora sí que sí, adiós.
Tiró del pomo para cerrar de nuevo.
Necesité unos segundos para asimilar lo que me había dicho. Mientras, noté cómo el calor me subía a las mejillas.
Era la primera vez que yo era la última en acostarse en esa casa, así que no conocía el protocolo nocturno.
Decidí dejar la chimenea encendida. No era como si supiera apagarla ni tuviera intención de acercarme, pero sí fui apagando el resto de las velas de la estancia soplando desde lejos.
Tuve que hacer un verdadero acto de fe para no desmayarme en el proceso, pero tendría que habituarme a ellas si no quería vivir en la oscuridad.
De hecho, cogí un candelero para apagar la última, que se encontraba en un soporte de la pared del pasillo junto a mi habitación y la de Kael.
Me di cuenta de que no había cerrado del todo su puerta, por lo que me acerqué con cuidado cuando lo escuché en susurros.
—Estela...
La apagué y me asomé por el quicio. El olor a vómito me llegó de inmediato y contuve una arcada.
—¿Kael? ¿Todo bien?
Le consideraba muy molesto, pero tampoco le deseaba ningún mal. Esperaba que la caída no le hubiera dejado secuelas.
—¿Puedes acercarte?
Me coloqué al borde de su cama. Seguía igual que lo habíamos dejado, aunque con el torso al descubierto.
—Disculpa que no me incorpore más. Siento que, si lo hago, echaré toda la comida de la semana, si es que me queda aún algo.
Señaló con la mirada un cubo que había en el suelo.
—No me gustaría que Clara pensase que no me gusta su comida.
—¿Necesitas un poco de agua? ¿Te abro la ventana?
—No.
—Puedo traerte trapos limpios si quieres.
—Estela, no.
Escuchar mi nombre en los labios de Kael era una experiencia totalmente diferente que escucharlo en los de Ero. Me recorrió un escalofrío.
—¿Para qué querías que me acercara?
—Perdón.
—¿Cómo?
—Quería disculparme, a veces me paso con el vino. No esperaba encontrarme con nadie al llegar a casa. Lamento si he dicho o hecho algo deplorable. No era mi intención. Es...
Cogió el cubo y soltó lo que le quedaba dentro. Carraspeó un par de veces y se limpió la barbilla con la tela de su manga.
—Si no estás muy enfadada, igual sí agradecería ahora ese vaso de agua y trapos limpios.
Seguía enfadada. No solo por lo que había pasado antes, sino porque prácticamente en cada una de las ocasiones en las que habíamos interactuado, había encontrado una forma diferente de comportarse como un imbécil. Pero ahora parecía tan vulnerable e indefenso que no pude decir que no.
Fui a por lo que me pidió y, al volver, se había quedado dormido. Por si me escuchaba, le hablé en susurros.
—Te lo dejo por aquí. Si necesitas algo más... grita.
Me giré para marcharme cuando noté que me agarraban la mano.
—Gracias...
Parecía que había ahorrado las pocas energías que le quedaban para decir eso, pues dejó caer su brazo como si no pudiera soportar su peso y volvió a sumirse en un sueño profundo.