16
Arrepío: escalofrío.
Me despertó un olor muy familiar. Mi estómago rugió de hambre.
Todo estaba en la penumbra. Entendí que llevaba durmiendo todo el día; ya no entraba luz por la ventana.
Tras reunir fuerzas, me levanté de la cama.
Estaba a punto de girar el picaporte cuando escuché una conversación al otro lado que me dejó rígida.
—¿Crees que será como la última vez? ¿Crees que podemos estar en peligro? ¿Deberíamos preocuparnos?
Era Clara.
Silencio.
—¿Por qué ha venido?
—Todo va a estar bien. Confía en mí. No nos pasará nada —respondió Ero, pero su tono sonaba inseguro.
Ero. Estaba en casa de nuevo.
—¿Cómo lo sabes?
No contestó: el suelo crujió bajo mis pies al moverme, interrumpiéndoles. Con intención de disimular, abrí la puerta y me encontré a Clara y Ero hablando sentados alrededor de la mesa, junto a la chimenea. Ambos se levantaron a la vez, arrastrando las sillas.
—¿Cómo te encuentras? ¿Estás mejor? Estaba preparando algo de comida por si te entraba apetito.
—¿No te necesitan hoy en la taberna? —pregunté.
—No. —Se rio negando con la cabeza—. Hoy tenía algo más importante que hacer.
Me dejé caer en el asiento a su vera.
—Huele delicioso. Me encantaría probarlo.
—No se hable más. Ero, te quedas a cenar, ¿verdad?
—Por supuesto. Pero... ¿qué vais a cenar vosotros? Porque yo voy a querer toda la olla para mí solo.
Soltamos una carcajada. Venía bien un momento así, relajado, tranquilo, en confianza, donde poder bajar la guardia.
Cenamos entre risas y, durante un rato, la calidez regresó.
Dejamos a un lado lo ocurrido por la mañana y el ambiente se volvió acogedor.
Los mellizos nos entretuvieron con sus comentarios divertidos, contándonos lo que se habían encontrado esa tarde en el bosque.
Envidié su inocencia, poder seguir disfrutando y pasándolo bien, ignorando todo lo malo que les pudiera rodear. Los pequeños terminaron sus platos a toda velocidad para regresar a la habitación de Clara y seguir jugando.
Los tres terminamos de comer y recogimos. Me apenó ser la responsable de irrumpir romper aquella paz, pero no podía vivir en la ignorancia. Necesitaba respuestas, saber a qué peligro me enfrentaba. Y, por encima de todo, pistas que me ayudasen a regresar a mi vida.
—¿Qué pasó la primera vez que Mendoza estuvo en el pueblo?
Ambos me miraron sorprendidos. Luego, cruzaron miradas. Esperé pacientemente a que alguno respondiera.
—No tienes que preocuparte por eso. No te va a pasar nada —se apresuró a responder Clara—. Causó mucho daño, pero eso nos hizo más fuertes, y esta vez no le dejaremos que haga lo mismo. Hemos aprendido la lección. Pero...
—¿Pero? —la alenté.
—Esperemos que no sea necesario, pero si se da el caso, dirígete a él como señor inquisidor o inquisidor Mendoza. Solo Mendoza puede tomárselo como insubordinación.
—Clara, yo creo que... —comenzó a decir Ero.
—Es por seguridad. Tampoco podemos arriesgarnos. Pero de verdad. Olvida lo que ha pasado hoy. Todo se arreglará.
Me tomó de las manos en señal de afecto y tranquilidad.
Sabía que adulteraba la realidad. No tenía ni idea de datos o cifras muy específicas, pero estaba segura de que la presencia de un inquisidor no traía nada bueno.
Por lo que conocía, por muy fuertes que se hubieran hecho, cuando tienes que decidir entre tu bienestar o el del vecino, la ética desaparece.
Porque, si bien la mayoría de acusaciones no se podían probar, eso no impedía que decenas o cientos de personas fueran condenadas de manera injusta, fruto de envidias, venganzas o ajustes de cuentas particulares.
La joven apresada esa misma mañana era una muestra de ello.
Y eso era lo más peligroso de todo. No tenías que hacer nada malo para ser igual de sospechoso que cualquiera.
—¿Y no hay nada que podamos hacer mientras tanto? ¿O solo podemos esperar a que el próximo domingo durante la misa digan alguno de nuestros nombres para apresarnos?
—Estela, puedes estar tranquila. Con nosotros estarás segura. Seguro que lo ocurrido hoy ha sido un malentendido y todo se solucionará. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que vino y las cosas han cambiado. Ahora llevan un proceso mucho más minucioso para evitar juicios injustos.
—Además, Kael mantiene buena relación con el padre Mendoza. No dejará que nos pase nada.
No pude evitar mirar a Ero. Su expresión era similar a la de por la mañana: la mandíbula apretada y la mirada clavada en un punto fijo. Permanecía en silencio, sin participar en la conversación. Si no fuera por él, igual me habría creído las palabras de Clara.
—Y seguro que pronto ya puedes volver a casa. Hoy..., lo de antes. ¿Has dicho que podrían ser recuerdos? Eso es una noticia estupenda. En menos de lo que piensas recordarás todo, ya verás.
Asentí intentando forzar una sonrisa.
—Bueno, yo me despido ya. Tengo que acostar a los pequeños y creo que me voy a dormir también. Mañana me espera un día largo. Como en tu casa, ya sabes —le dijo a Ero—. Buenas noches.
Clara se levantó y desapareció por el pasillo.
—Estáis muy unidos, ¿no? —me animé a preguntar, intentando aliviar el ambiente que Ero no parecía tener intención de solucionar.
—Es como una hermana para mí.
Había pasado tanto tiempo sin hablar que me sorprendió que me respondiera. No me quedaba duda de su sinceridad. Lo cierto es que la forma en la que los veía comportarse, hablar, el cariño con el que se trataban, me hacía pensar que podían tener algún lazo familiar.
—Me encantaría tener hermanos —dije sin pensar.
—¿No tienes? ¿Lo recuerdas?
—Esto... ¡No! Me refiero a que ojalá, cuando recuerde, descubra que tengo hermanos. Tiene que ser muy especial y bonito.
¿De verdad, Estela? Si no tenía cuidado, cualquier comentario despertaría sospechas sobre mí y catapultaría cualquier esperanza de encontrar la forma de regresar a casa antes de ser arrestada.
—¿Desde cuándo os conocéis? —inquirí tratando de desviar la atención de mi vergonzosa respuesta anterior.
—Desde que éramos críos. Hemos sido inseparables desde que llegué a Luarela.
—¿Y con Kael también?
Me arrepentí de la pregunta. Noté cómo el gesto calmado y apacible que tenía al hablar de Clara se torció en uno más duro y tenso.
—Es... complicado. Nos conocemos desde pequeños y conservo buenos recuerdos de él. Podría decirse que fuimos grandes amigos.
Fuimos.
—Pero hace unos años la relación se enfrió. Él se convirtió en mi superior y nada volvió a ser lo mismo.
Se rascó la cabeza y volví a ver al Ero tenso y a la defensiva. Tenía la sensación de que había algo más que no me estaba contando y comprendí que así fuera. No podía esperar que se abriese con una completa desconocida. Esperaba que mi mirada fuera suficiente para que supiera que lo comprendía.
—¿Y hoy no tienes que ir a buscar a delincuentes o alguna cosa de esas?
Una sonrisa asomó por su comisura. No lo hacía a propósito, pero algo dentro de mí buscaba alguna forma de borrar esa expresión triste de su rostro.
Quería ver la mirada que tanto había memorizado y plasmado en mis cuadros.
A veces más fiera y otras más tierna y risueña.
Nunca triste, nunca vacía como ahora. Me marcaría como objetivo hacer que esa sonrisa puntual se convirtiera en una permanente.
—Como guardia, realmente siempre estamos de servicio por lo que pueda suceder, pero los domingos, si no te toca guardia y no hay ningún altercado, suele ser nuestro día de descanso.
—¿Y qué sueles hacer en tu tiempo libre?
—¿Dormir cuenta?
Negué con la cabeza entre risas.
—¿Por qué te interesa saberlo?
—Porque hoy es tu día libre y, por lo que entiendo, has estado aquí todo el tiempo. ¿No?
—Lo cierto es que... no quería estar en otro lugar.
Mi estómago se encogió.
—¿Por qué?
—No me quedaría tranquilo.
Mi gesto le hizo entender que no sabía por dónde iba.
—Necesitaba asegurarme de que estabas bien. No podía hacer otra cosa que no fuera estar aquí sentado, esperando. Asegurándome de que no te desvanecías de nuevo o, en el caso de que lo hicieras, sostenerte una vez más. Eso es todo.
Me costaba entenderlo. Me sentía adulada, demasiado.
Esa mañana me había visto superada, pero ataques de pánico ya había tenido en el pasado y estaba acostumbrada a gestionarlos por mi cuenta.
No esperaba que alguien se preocupase por mí.
Me hizo pensar en Alex, mi ex con el que estuve casi un año antes de empezar la universidad.
Recuerdo que me ingresaron con una apendicitis de urgencia y él no tuvo tiempo para ir a visitarme.
Un par de mensajes fueron todo lo que consideró oportuno.
—Y, respondiendo a tu pregunta, pues me gusta salir a caminar por el bosque.
En verano, ir al río y al mar. Por supuesto, también ir con los compañeros a la taberna.
Aunque no siempre bebo, se ha convertido en un ritual para nosotros.
Si hay alguien que no perdona una copa de vino, es Gonzalo.
Muchas noches mi labor se resume en procurar que vuelva a casa con toda la ropa puesta.
Vi cómo trataba de pensar en más respuestas.
—¡Ah! También me gusta visitar los pueblos de alrededor con Luz.
¿Luz? Pensaba que estaba soltero. No me gustó la sensación que me provocó conocer esa información.
—Te la puedo presentar un día, si quieres.
—Me encantaría —mentí.
Era la vez que más tiempo habíamos hablado de seguido.
Ser consciente de quién era el protagonista de mis sueños era lo más surrealista que me había pasado nunca.
Y sí, incluso comparado con haberme trasladado al pasado sin saber bien cómo.
Mantener el contacto visual se me estaba haciendo cada vez más difícil; los nervios me apretaban la tripa, la garganta y me dejaban la boca seca.
—¿Y a ti?
Él, por otro lado, no parecía dispuesto a terminar la conversación. Mucho menos, a quitarme los ojos de encima.
—¿En serio lo preguntas?
—Claro, ¿por qué?
—Parece que no soy la única aquí con problemas de memoria. No recuerdo nada de mi vida. ¿Te suena?
Negó con la cabeza.
—No me lo creo.
—¿Cómo? ¿Piensas que miento?
—Estoy seguro de que no recuerdas muchas cosas. Pero no me creo que no sepas qué te gusta hacer, qué te emociona, qué te divierte. ¿Qué disfrutas hacer en tu tiempo libre, Estela? Seguro que de eso tienes de sobra.