Todas las vidas hasta ti 15
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Aldraxe: ofensa, injuria.

Clara continuó apretándome el brazo, quizá sin darse cuenta. Quería que me sintiera protegida, aunque también era posible que fuera ella quien necesitara encontrar en mí un apoyo.

—Imagino que mi presencia aquí les será extraña. Nada me habría gustado más que visitar este encantador pueblo por segunda vez en calidad de visitante, pero no será posible en esta ocasión —dijo el padre Mendoza.

Observé cómo el hombre que le acompañaba le facilitaba un papel y comenzaba a desenrollarlo.

No entendía lo que estaba ocurriendo. En realidad, nada de los últimos días, pero esto era diferente. Lo notaba en Clara, en la gente a mi alrededor. La mirada vacía de Ero y la extraña mueca de Kael.

—En el púlpito de esta santa iglesia, hoy día de San Lorenzo, y por Autoridad del Santo Oficio, yo, el licenciado don Julio Mendoza, inquisidor de la Santa Inquisición y juez por mandato del rey,

hago saber a todos los fieles aquí congregados que este Santo Tribunal ha recibido pruebas claras de que una persona de este pueblo ha renunciado a su fe.

Hablamos de la más oscura de las herejías: la brujería y el pacto con el diablo.

Esa persona es doña Ana Castro, hija de Martín Castro y María Cruz.

Todos los indicios señalan que esta mujer iba al bosque en la noche para hacer hechizos, causar daño y burlarse de nuestros sacramentos.

Se le conoce un uso inapropiado de plantas y diferentes hierbas para poner en práctica esos maleficios.

El padre Mendoza hizo una pausa para tomar un sorbo de agua y aclararse la garganta.

—Guardias.

Todo pasó muy rápido. Dos guardias se colocaron en las entradas para bloquear la salida.

Otros dos se dirigieron con rapidez a uno de los bancos del final.

Reconocí a Gonzalo entre ellos. La iglesia fue engullida por un silencio terrorífico en el cual hasta el más mínimo eco reverberaba entre las paredes.

Los gritos y lamentos de Ana y sus padres.

Vi a Uxía levantarse y correr hacia ella.

Miré a Clara, que con su expresión me confirmaba lo que sospechaba. Era su hermana pequeña.

Había decenas de personas a su alrededor, observando impasibles, apartando la vista. ¿Cómo podían permitirlo? ¿Cómo podían quedarse sin hacer nada? ¿Sin impedirlo? Clara seguía agarrada a mí, con los ojos clavados en el suelo. Solo me miró unos instantes antes de bajarlos de nuevo.

Pánico, miedo, angustia, impotencia. Todo eso pude leer en su rostro.

Ero permanecía inmóvil, con la mirada perdida y la mandíbula apretada, de pie, quieto, en el mismo lugar.

Con los brazos en la espalda se mantenía alerta.

A su lado ya no estaba Kael. El teniente se había desplazado al frente del altar junto al inquisidor, esperando que se llevaran a la joven, ahora esposada.

Cuando pude verla más de cerca, me sentí palidecer.

Esa chica era solo una niña, una adolescente que no debía tener ni dieciocho años.

Aterrorizada, fue arrastrada hasta el centro del altar.

—Será llevada a la prisión para interrogarla, y juzgarla en caso de resultar los hechos probados.

—El padre Mendoza se detuvo para tomar aire, generando una pausa terriblemente tensa—.

Recordad, quien intente ayudarla o estorbar a la justicia divina será considerado cómplice de herejía y correrá su mismo destino. Ahora, ¡lleváosla!

Me pitaban los oídos. Me solté lo más suave que pude de Clara para no alarmarla ni llamar la atención.

Me acaricié las muñecas, que me comenzaron a doler.

Observé cómo se enrojecían hasta formarse quemaduras y heridas abiertas.

Quise mostrarle mis heridas a Clara, pero ya no estaba a mi lado.

Ni Clara ni nadie. Estaba sola. Y ya no estaba en la iglesia.

Me encontraba en un lugar oscuro, húmedo y muy frío.

Mi ropa era diferente, estaba manchada y estropeada, con agujeros y el olor...

Me vino una arcada. Las muñecas seguían doliéndome e intenté aliviar el dolor ejerciendo algo de presión con la otra mano.

Pero, de pronto, no pude. No pude alcanzar mi mano, pues un grillete atado a una cadena me las sujetaba y me impedía juntarlas.

—¡Socorro! —grité. Mi voz sonó extraña, ronca, más grave. No entendía qué estaba pasando. Ni cómo había llegado allí. La lógica no me podía ayudar.

—¡Ayuda! Alguien, por favor. Ayuda.

Aunque quería gritar alto, mi voz terminó en un ligero carraspeo.

En mi mente corrían mil pensamientos. Después de años sufriendo sueños lúcidos, había aprendido a identificarlos, pero esto era diferente.

No entendía cómo, pero sabía que nadie vendría a por mí.

Eso no evitó que continuara gritando, pidiendo auxilio.

Traté de zafarme del hierro en medio de la oscuridad.

A través de las lágrimas, alcancé a ver el exterior tras unos pequeños barrotes en la parte superior de la pared.

Solo me salía chillar para que alguien me escuchara al otro lado.

Aunque era inútil: de mi garganta no salían más que quejidos.

—¿Estela?

Me giré desconsolada, pero no vi a nadie.

—Estela, por favor, dime algo, responde. Me estoy asustando.

La voz ahora más nítida de Clara me hablaba entre susurros. Mientras lloraba de alivio, volví a agarrarme las muñecas, y esta vez lo conseguí. Estaban intactas, sin heridas ni rojeces. La misa continuaba y yo volvía a estar allí. No en casa, pero en un lugar menos terrible.

¿Me había quedado dormida? Imposible. Pensé en el día en el bosque con Sara. Me había pasado algo similar, pero fue tan corto, tan especial..., que no le di más importancia.

Aunque las sensaciones habían sido muy diferentes, solo se me ocurría pensar en un sueño.

¿Una alucinación? Me toqué la frente, aunque nunca había sido capaz de determinar cuándo estaba lo suficientemente caliente como para tener fiebre.

Eso se lo dejaba a mi madre y a avoa. Clara me miraba preocupada.

—Me has asustado. Estabas haciendo gestos extraños y murmurabas palabras que no lograba entender —continuó en voz baja—. ¿Es posible que fueran recuerdos?

No se me ocurría ninguna forma mejor de explicar lo que me había ocurrido, así que asentí.

—Puede ser, no... no estoy segura. Pero puede ser —le respondí en el mismo volumen, tratando de no llamar la atención mientras el padre Lucas seguía con el sermón.

Sin embargo, sabía que eso no había sido un recuerdo. Pero ¿y si era una pista de por qué había llegado allí? ¿Quizá esa... visión podría ayudarme a regresar a casa?

Me quedé absorta el resto de la misa, pensativa, con la mirada puesta en el suelo.

Todavía sentía el dolor en las muñecas, el frío en el cuerpo y el olor putrefacto en la nariz.

Levanté la vista. Mis ojos fueron a parar directos al padre Mendoza, en paz incluso después de lo ocurrido.

Su sola presencia había llenado todo el espacio de miedo.

Lo observé en la distancia, seguía sentado en el banco volcado en las palabras del padre Lucas con una tranquilidad inocente que le hacía parecer una persona inofensiva.

Una suave caricia en el hombro me trajo de vuelta.

—Cielo, la eucaristía ha terminado. Nos vamos.

Me intenté levantar, pero mis piernas cedieron.

Caí sentada de nuevo de manera un poco vergonzosa.

Pero no me importó. Me sentía ausente, como si estuviera viviendo todo eso desde fuera, como espectadora, como si el cuerpo no me perteneciera.

Clara me sujetó de la mano para intentar ayudarme, pero se le adelantaron.

Ero pasó un brazo por debajo del mío y me puso de pie.

—Os acompaño a casa.

Caminamos sin intercambiar palabra. Parecía que lo sucedido durante la misa había dejado huella.

El ambiente festivo que se respiraba el día anterior y esa misma mañana había dado paso a calles vacías y mucho silencio.

Ero sujetaba la mayor parte de mi peso y Clara agarraba mi mano en muestra de cariño y apoyo.

Necesitaba pensar, descansar, encontrar respuestas.

Mi cuerpo se sentía como una losa, y mis piernas se movían por puro reflejo.

A punto de doblar la esquina para llegar a casa, un pálpito me hizo girar la cabeza.

Noté que alguien me observaba, y no me equivoqué.

En una pequeña casa, al otro lado de la rúa, alguien se asomaba por la ventana, medio oculto entre unas cortinas oscuras.

Mirándome. La silueta de una mujer vestida de negro.

Agité la cabeza con suavidad y parpadeé un par de veces para enfocar bien.

Sin embargo, al volver a fijarme, ya no había nadie. El visillo cubría todo el cristal.

—Estela, ¿todo bien?

Todavía desconcertada, devolví la mirada a Clara y asentí.

Entramos en casa. Sin necesidad de decir nada, Ero me llevó a la habitación y me tumbó en la cama. Seguía entumecida, ida, como si estuviera en otro plano y fuera una espectadora pasiva, incapaz de pensar o moverme a placer.

Parecía que se iba a marchar cuando solté:

—Espera.

Paró en seco. Deslizó la mano del pomo con el puño apretado y se quedó de espaldas unos instantes antes de girarse. En lugar de ver al Ero enfadado que había visto antes, encontré unos ojos vacíos.

—¿Estás bien? —pregunté con la voz entrecortada.

Él abrió mucho los ojos, sorprendido.

—¿Yo?

Asentí.

—Debería ser yo el que te pregunte eso a ti, ¿no crees? ¿O quién ha tenido que ser llevado a rastras hasta aquí?

Sonreí. Sonreí. Pude sonreír. Sonreí por haber sonreído.

—Creo que ha sido demasiado para mí, y además...

Dudé sobre si decírselo o no.

—¿Además?

—Creo que he visto algo, algo de mis recuerdos.

Su mirada cambió instantáneamente. Hubo emoción en ella.

—¿De verdad? Eso son buenas noticias —dijo sentándose al borde de la cama.

Me pilló desprevenida su cercanía repentina y notó mi respingo.

—Eh..., discúlpame —añadió levantándose, avergonzado—. Me ha parecido una muy buena nueva, y me alegro por ti. Me encantaría conocer a la verdadera Estela. Deberías descansar, después te veo.

Y, sin dejarme añadir nada, se marchó.

La verdadera Estela. A mí también me gustaría conocerla.

Conseguí acomodarme y cerrar los ojos. Por primera vez en mucho tiempo no sentí ansiedad ni miedo ni incertidumbre. Aunque sabía que no duraría mucho.