14
Meiga: mujer que ha realizado pactos con el diablo y busca hacer el mal.
Aquella noche volví a soñar.
Estaba convencida de que no volvería a hacerlo hasta que regresara a casa, pero me equivoqué.
Al principio no podía discernir si se trataba de los buenos o de los malos.
A diferencia de los que solía tener, en este no veía rostros difuminados, sino que sentía como si recuperase fragmentos perdidos de una película incompleta.
Por fin distinguí la cara que siempre había visto difuminada.
Se trataba de Ero. Vi también a Kael, con expresión más inocente y menos dura.
Ero tenía los ojos clavados en mí, sujetándome por los hombros contra una pared.
Lo hacía con vehemencia, pero yo no quería escapar.
Me sentía a salvo. Él no decía nada, solo me miraba.
Pero, de pronto, el rostro se transformó.
Ya no era el de Ero, sino el de Kael. Movía los labios, pero yo no escuchaba nada.
Intenté apartarme, pero él tenía más fuerza.
Con él, la sensación cambió. Ya no me sentía segura.
Quería huir. La seguridad que había sentido desapareció. Entonces, me desperté.
Mejor dicho, me despertaron. Clara irrumpió con toda su energía en la habitación, descorriendo las cortinas. Fui consciente del charco de sudor que me rodeaba y de que la fuerte luz que entraba por la ventana no era la del amanecer.
—Quería dejarte dormir, pero ya es bastante tarde.
—La noté dudar antes de seguir hablando.
Se sentó a los pies de la cama—. Sobre lo de anoche...
¿Todo bien? Sé que te fuiste antes. Kael me dijo que llegaste con él a casa.
Disculpa si ayer te sentiste obligada a trabajar y te sentiste abrumada, pero me pareció verte muy alegre y...
—Estoy bien. De verdad. Gracias por preguntar.
La tomé de las manos para que se tranquilizara.
—Bueno, pues si eso es así, ¡no podemos faltar a la misa de San Lorenzo! Hay que prepararse.
Clara debió de quedarse trabajando hasta bastante más tarde de que me fuera yo. Y ahí estaba, al pie del cañón pese a no haber dormido apenas. Ejerciendo de madre y amiga. Me sentí avergonzada. No me olvidaba de que ella debía tener más o menos mi edad e hizo que me sintiera como una niña pequeña.
Bostecé y me estiré antes de levantarme. Lo que me faltaba para ser consciente de la realidad. Seguía allí. Me incomodó la incertidumbre, el no entender qué hacía en ese tiempo. ¿Cómo podría volver?
Aunque todavía era incapaz de despertarme sin una alarma, en tan solo unos días ya había adoptado la rutina de la casa. Hacer la cama nada más despertarse, asearse como uno buenamente pudiera, vestirse y desayunar lo que hubiera.
No recordaba la última vez que había ido a misa, quizá en mi primera comunión.
Parecía que era un día importante, incluso solemne.
Clara me había prestado un vestido de mejor calidad.
Me di cuenta de que, si no fuera por la taberna, ella podría vestir ropas mucho mejores y dedicarse a una vida mucho más relajada cuidando la casa y educando a sus hijos.
Desde luego, las cocinas y los borrachos no eran el mejor ambiente para telas caras y delicadas, de ahí que llevara la ropa tosca y desteñida con la que la había visto hasta entonces.
—Te queda bien —dijo mirándome con una sonrisa.
—Gracias —respondí—. A ti el tuyo también. Deberías ponértelo más.
—Ay, Estela, ojalá pudiera. Kael me trae trajes y vestidos nuevos casi siempre que va a la ciudad. Está convencido de que, si me hago a la idea de verme así todos los días, querré dejar la taberna. No sé si de verdad tiene fe en que me hará cambiar de opinión o si no quiere ver la realidad.
Asentí. Para alguien a quien le gustaba tener todo bajo control como a él, no me imaginaba lo frustrante que debería resultarle que su hermana lo contradijese.
Caminamos hacia la iglesia charlando, agarradas del brazo, mientras los mellizos corrían por delante, bien arreglados también. Aunque la distancia era corta, tardamos más de lo esperado. Todo el pueblo tenía el mismo plan y fuimos como en una procesión todo el camino.
—Buen día, Clara.
—Buen día, Uxía.
Una chica joven, como de nuestra edad, apareció de la nada a nuestro lado.
—¿Es... ella? ¿Eres...? —preguntó, mirando primero a Clara para después pasar a mí, señalándome con el dedo.
—Es Estela. Sí. Estela, ella es Uxía, una amiga de toda la vida.
—Encantada —respondí.
—Tráetela algún día al mercado y así se lo enseñamos. O, si quieres —dijo lo siguiente mirándome solo a mí—, ven al puesto de fruta a verme. Trabajo con mi hermana pequeña. Te reservaré las mejores piezas para que las pruebes. Estará encantada de conocerte. —Me guiñó un ojo.
Miró detrás de nosotras y asintió repetidas veces con la cabeza.
—Mi madre me llama. Nos vemos después. Con Dios. Un placer, Estela.
Y se marchó corriendo hacia una mujer mayor.
—Como ya habrás visto..., aquí somos como una gran familia. Ella es de fiar. Un día de estos pasearemos por el mercado. Tendré que aprovechar esta mano extra que tengo mientras pueda.
Asentí varias veces. Me alegraba ser útil y no un lastre mientras estuviese allí.
Seguimos caminando hacia la plaza, calle arriba, chocándonos con la gente. El espacio se estrechaba cada vez más, pero luego se fue abriendo poco a poco hasta que llegamos. Ahí estaba la iglesia románica, imponente, idéntica a como la recordaba.
Después de saludar a varias personas, cruzamos la puerta principal, que ya nos recibía junto a las campanadas que avisaban que la misa estaba a punto de comenzar.
Nada más poner un pie en su interior, noté una corriente de aire frío en la cara que me hizo disminuir el ritmo.
Solo yo debí notarlo, porque Clara continuó caminando sin inmutarse.
El brillo del exterior fue sustituido por la oscuridad, ligeramente aplacada por multitud de cirios colocados bajo las figuras religiosas.
Demasiadas llamas, tantas que se me erizó la piel.
Me puse blanca de la impresión. Evité acercarme demasiado a las paredes mientras las observaba con cautela.
Aunque entendía el origen de mi miedo, no era capaz de racionalizarlo.
Sabía que no me harían daño, pero mi cuerpo reaccionaba solo, como si aquellas llamas pudieran matarme.
Junto a la luz de las velas, unos tímidos rayos del sol se filtraban a través de los ventanucos.
Era una luminosidad tenue, lechosa, que envolvía el espacio en una penumbra solemne.
Era bello y estremecedor a partes iguales.
Mi falta de fe no había evitado que visitase decenas de iglesias, templos, sinagogas, mezquitas y otros tipos de santuarios que no dejaban de ser, aparte de sagrados, arte.
Mientras que las creencias dividían a la gente, provocaban guerras y carnicerías, me gustaba pensar que en el fondo seguía quedando algo puro, algo que nos seguía uniendo como humanos: la necesidad de crear belleza.
De convertirla en edificios, pinturas o esculturas.
Esa pureza era la que buscaba, y todavía anhelaba encontrar, desde que cogí un lápiz por primera vez.
Nos sentamos en uno de los bancos más cercanos al altar junto a los padres de Clara, que ocupaban lugares privilegiados.
La mujer, con una sonrisa cálida, me sujetó las manos y con un asentimiento de cabeza me invitó a colocarme a su lado con señas, pero sutilmente Clara se puso entre las dos y me quedé en el extremo.
El capitán, por otro lado, se limitó a hacer un leve gesto de cabeza, casi reverencial.
La misa aún no había comenzado. Tan solo se escuchaba el silencio, susurros ligeros y alguna que otra tos o carraspeo. El aroma a incienso lo inundaba todo y enmascaraba cualquier mal olor que pudiera venir de fuera o de la gente.
Mi mente volvió a lo único que había estado pensando desde que había abierto los ojos.
Había evitado sacar el tema con Clara, preguntarle cualquier cosa relacionada.
Ignorándolo y fingiendo que no me importaba y que tenía mejores cosas de las que preocuparme.
Pero me engañaba. Era lo único que no podía sacarme de la cabeza y estaba esperando que ella lo mencionara para evitar sonar cotilla, pesada u obsesionada.
Hasta que lo vi, entre las sombras y la poca luz que entraba.
Ero. Vestía similar a la noche anterior, pero más formal.
Más elegante, como uniformado para la ocasión.
Estaba de pie en una postura firme, aunque con los hombros caídos.
Miraba a un punto fijo, como al infinito, en una mezcla de seriedad, aburrimiento y ¿tristeza?
Un movimiento me hizo mirar a su lado. No estaba solo.
Kael tenía la vista fija en mí. Me había pillado.
No estaba haciendo nada malo, pero me sentí como si me hubieran cazado haciendo lo que no debía.
Aparté la mirada y la puse sobre mis pies.
En ese momento, todos se pusieron de pie al unísono. Los imité. El cura estaba entrando al altar ataviado con unas vestimentas muy similares a las que vestiría en la actualidad. Se colocó frente al altar mirando al sagrario, se arrodilló y santiguó y después se volvió hacia la gente.
—Me llena de gracia ver cómo la casa del señor se llena de fieles una vez más en San Lorenzo.
Todos los rostros estaban fijos en él mientras hablaba, rebosantes de admiración y devoción.
—Pero antes de continuar con los divinos oficios de hoy, me gustaría dar la bienvenida a un invitado muy especial para que me acompañe durante el servicio de hoy.
Otro hombre, de mediana edad y con un porte severo, subió lentamente los escalones del altar. Cada pisada resonaba en la piedra con una cadencia firme, como si quisiera dejar constancia de su presencia antes incluso de hablar.
Clara, que no me soltaba el brazo, me apretaba con fuerza. Sus ojos se agrandaron y toda su mirada adoptó un gesto de lo que juraría que era miedo.
—Queridos hijos de Cristo, hoy me complace anunciaros que se halla entre nosotros, enviado por el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, el ilustrísimo señor inquisidor, el licenciado don Julio Mendoza.
Y creo que, por una temporada, ¿es cierto?
—anunció el cura, volviéndose hacia él con una leve inclinación de cabeza.
—Nada me gustaría más que quedarme de forma indefinida en Luarela. Es un paraíso al lado de la gran ciudad, pero lo cierto es que mi misión aquí terminará, con suerte, en unas semanas. Los tiempos de Dios..., como ya sabrán.
Un hombre pequeño y encorvado lo seguía de cerca. Daba pasos cortos, intentando no llamar demasiado la atención y anotando todo lo que decía.
Mientras el padre Mendoza hablaba, comprobé que no era solo Clara.
Todos y cada uno de los rostros que veía reflejaban la misma mirada, la misma inquietud y miedo.
Era como si el ambiente cálido, festivo y amable que había visto los últimos días se hubiera esfumado en una fracción de segundo.
Volví a mirar al lateral del altar. Ahí, entre la luz y la sombra, Ero me miraba.
La vergüenza me hizo apartar los ojos un instante para volver a comprobar que, efectivamente, me miraba a mí y no eran imaginaciones mías.
Algo se me removió por dentro. Su gesto no cambió, pero noté algo más.
Más allá de la curiosidad o el aburrimiento, denoté preocupación.
Sentí que buscaba tranquilizarme, o tranquilizarse a sí mismo quizá.
Parecía querer confirmar que estaba bien, así que asentí.
Él me devolvió el gesto y volvió a mirar al centro del altar donde se encontraban los hombres, esta vez con la postura erguida, firme, a la espera.
Volví a prestar atención al discurso cuando escuché una amenaza velada.
—Que nadie olvide que nada permanece oculto ante los ojos de Dios.
El pecado, por leve que parezca, recibe su castigo.
Pero los inocentes, los que guardan limpio su corazón, no tienen nada que temer.
Y vosotros, siervos del Señor, podéis ayudar a purgar la impureza de este pueblo.
Mantened ojos y oídos abiertos... porque cada secreto será revelado y cada infiel pagará por su culpa.