13
Brétema: niebla que cubre los paisajes.
Nunca había buscado una explicación a mis sueños.
Al menos no hasta que empezaron a convertirse en pesadillas tras llegar a casa de mi avoa.
Hasta entonces habían sido un regalo, una bendición que me llenaba de inspiración y me hacía creer que tenía a mi lado una musa de lo onírico que me permitía crear cosas imposibles que solo yo conocía.
Por ese motivo, ver en carne y hueso a escasos centímetros de mí a esa persona, esos ojos que, sin decir nada, siempre me hablaban, me desestabilizó por completo.
Ver el rostro que los acompañaba provocó en mí algo que no sabía descifrar.
Los rasgos se veían más marcados, quizá más duros de lo que me había imaginado, como si el tiempo hubiera pasado por ellos y dejado su huella, pero no quedaba duda.
Era él.
Y no estaba soñando. No me quedaba hueco en los brazos donde no me hubiera pellizcado ya. Los efectos del alcohol habían desaparecido por arte de magia al verle. Estaba ahí, y sabía cómo me llamaba.
—Veo que ya estás recuperada. Qué alivio. Cuando os encontré, ni te movías ni respondías. Lo único que conseguí fue tu nombre. Temí que fuera demasiado tarde.
Mi mente daba mil vueltas y me quedé muda. ¿Qué podía decirle a una persona que no existía pero que me hablaba directamente?
—Sí..., estoy mucho mejor.
¿Qué me pasaba? Mejor dicho, ¿qué estaba pasando?
—Y, por lo que veo, Clara ha aprovechado la mínima oportunidad para ponerte a trabajar...
—Pues...
Clara me apartó y se dirigió a él con mucho ímpetu.
—Si te hubiera insistido tanto como a mí, también habrías cedido. Es muy tenaz. Mira, quizá tenéis algo en común y todo.
Me reí, nerviosa.
—¿A quién tenemos por aquí?
Otro hombre más corpulento que Ero y con un traje similar le pasó el brazo por los hombros.
—Pues sí es real, tenías razón después de todo.
Debió de entender por mi cara de confusión que no sabía a qué se refería.
—Mis disculpas —hizo una reverencia exagerada—. Me presento. Mi nombre es Gonzalo, y soy el hermano que tu salvador siempre quiso y nunca tuvo.
Ero se zafó del brazo de Gonzalo, sonriendo avergonzado.
—El mismo día que te encontró en el río con Leo, nos tuvimos que marchar de urgencia a perseguir a unos bandidos.
Nos contó la proeza con todo nivel de detalles.
No ha parado de hablar de ti. Yo tenía mis dudas, la verdad.
Pensaba que exageraba, pero por lo visto no mentía.
Enhorabuena, héroe —terminó su frase propinándole un golpe en el brazo a su amigo.
—Bueno, ya está bien, ¿no? Has visto que decía la verdad. Suficiente. —Ero hizo una pausa para mirarme y me estremecí—. Estela, como ya te ha dicho él, mi amigo más bocazas y mano derecha, a quien confiaría mi vida, Gonzalo.
Le devolví una sonrisa.
—Un placer. Nos veremos por aquí. Disfrutad —nos dijo, y se alejó a saludar a más personas con una jarra de cerveza que había cogido de la barra.
—Discúlpale. Él... es así. Espero que no te haya parecido un maleducado. No sabe comportarse de otra forma. Pero es la mejor persona que conozco..., después de Clara, por supuesto.
—Creía —dijo la mencionada con sorna.
—Está... está bien.
Agradecí la interrupción. Había hecho que no fuera la protagonista de la conversación, pero ahora Gonzalo había desaparecido y Ero volvía a dirigirme toda su atención. No quise que los nervios pudieran conmigo y decidí romper el silencio incómodo.
—Así que... no has parado de hablar de mí. ¿O en eso también exageraba?
Tragué al terminar la frase. Había aprendido a deshacerme de la vergüenza haciendo que fueran otros los que la pasaran, y funcionó.
Se le enrojecieron las mejillas y movió la mano temblorosa en busca de su jarra de vino.
Al hacerlo, la volcó. Mi reacción, como la suya, fue coger el trapo que había sobre la barra para evitar que goteara por todas partes.
Su mano rozó la mía y, por un instante fugaz, se me nubló la vista.
Aparté el brazo bruscamente y me acaricié el lugar donde nuestras pieles se habían rozado.
—Disculpa. Te ayudaré a limpiarlo. Ha sido mi culpa.
Sonó apurado. Clara reapareció para ayudar a limpiar lo que se había derramado. No supe reaccionar. Me quedé ensimismada sin poder moverme.
—Necesito un momento —susurré.
Solté el trapo y, sin decir nada más, me alejé, abriéndome paso entre la gente.
El agobio empezó a apoderarse de mí. El bullicio de la taberna, mi enfrentamiento con Kael y ahora él.
Ero. Descubrir que era una persona real, con rostro y nombre.
La sensación que me había revuelto el estómago cuando nuestras manos se habían tocado.
Necesitaba aire y quedarme sola antes de que fuera a más. Había llegado a mi límite.
La brisa de la noche me recibió al cruzar la puerta. Me acerqué a un pequeño banco junto a la fachada principal y me dejé caer en él. Apenas acababa de anochecer: aún quedaban rastros de luz en el horizonte, mientras que al otro lado del cielo ya titilaban las primeras estrellas.
Una punzada de nostalgia me atravesó. Muchas, si no la mayoría de ellas, serían las mismas que vi de pequeña junto a mi avoa.
Me quedé contemplándolas varios minutos, intentando encontrar respuestas, como si aquellos puntos luminosos que llevaban miles de años ahí entendieran las preguntas.
Sin poder evitarlo, estallé en lágrimas.
Primero pensé que por lo que acababa de suceder, pero entonces todos mis problemas se arremolinaron en mi mente.
¿Qué estaba haciendo? ¿Qué estaba pasando?
¿Dónde estaba? Solo quería despertar, volver a casa, recuperar mi vida.
Lloré por mi avoa, por el tiempo perdido, que siempre pensamos que es ilimitado hasta que de pronto pasa y te das cuenta de lo poco que lo has aprovechado.
Lloré por mi avó, el que no conocí porque la vida se lo arrebató demasiado pronto a mi avoa.
Lloré de impotencia, de resignación, de dudas.
Lloré por mi talento, del que cada vez dudaba más, por mi fracaso, por la incertidumbre.
Cada lágrima se convirtió en un recordatorio de que quizá todo aquello no era un simple sueño del que despertar, sino mi nueva y cruel realidad.
Terminé hecha un ovillo, abrazándome las piernas con la cara entre las rodillas. Notaba a la gente pasar a mi alrededor; algunos cuchicheaban y otros gritaban. La penumbra y los efectos de varias copas de vino me hacían prácticamente invisible. Aunque no del todo.
—¿Quién... es Sara? —preguntó una voz a mi lado. Una que me erizó la piel.
Levanté la cabeza mientras me limpiaba la cara. Me froté los brazos. Ero se había sentado en el banco, en el otro extremo, y me miraba de una forma bastante neutra. Yo no quería que nadie me viera llorando. No quería que él me viera.
—Cuando os saqué del río, os encontré porque escuché tus gritos. Pedías auxilio, pero también llamabas a una tal Sara.
Me pilló por sorpresa. No parecía que quisiera consolarme. No hizo ninguna mención a las lágrimas que me sequé con el dorso de la mano. Y tenían que ser evidentes. Sentía las mejillas ardiendo.
No supe qué decir. Tal vez continuar con mi coartada de la amnesia era la opción más segura.
Pero también podía mencionar que recordaba a Sara y quizá eso les sirviese de pista para buscar mi origen y me diese algo más de tiempo para...
¿Para qué? No sabía ni por dónde empezar a buscar.
Seguía confiando en que, cuando menos me lo esperase, me despertaría en mi cama y podría continuar mi vida.
Pero la situación cada vez se sentía más real y estaba convencida de que no encontrarían a Sara. Pues no existía. No en esa época.
—¿Sara? No conozco... no recuerdo a ninguna Sara —contesté evitando su mirada.
Decisión tomada. Amnésica total.
—Clara no exageraba. Curioso...
Se quedó pensativo. Me pareció apreciar la sombra de una sonrisa formándose en la comisura de sus labios.
—¿Te parece divertido?
Cambió el gesto a la indignación.
—No. Solo me has recordado a alguien. Nada más.
Algo en mi pecho se agitó, irritado. Me agarré la cadena en un acto reflejo.
—Bonito colgante —dijo señalando mi mano—. Parece de gran valor. Quien te lo dio debía tenerte mucho aprecio.
Lo solté con brusquedad.
—No es agradable sentirse así de desorientado. Si por mí fuera, volvería por donde he venido, pero por desgracia no sé cómo. Así que, si no me vas a ayudar, paso de escuchar cómo te ríes a mi costa —contesté con orgullo—. Buenas noches.
Cuando me levanté, dispuesta a entrar en la taberna y buscar a Clara, Kael apareció.
—Vaya, vaya, no has perdido el tiempo para conocer a nuestra invitada —habló dirigiéndose a Ero.
Me agarró del brazo y apretó más de lo apropiado. Intenté zafarme de él, pero solo hizo que me sujetara más fuerte.
—Kael —saludó Ero, de pie, a mi lado.
Su tono fue seco, muy diferente al que había usado conmigo.
—Ero —contestó Kael, altivo—. Como estamos en fiestas, pasaré por alto la insubordinación de no dirigirte a mí como teniente, pero no te acostumbres.
Notaba la tensión en el aire. Ese gris que tanto conocía se oscureció de una forma que no recordaba haber visto antes. Ero apretó la mandíbula, tragándose pensamientos que quería, pero no podía decir.
Kael lo miraba con suficiencia y desprecio, incluso, pero confiado. Parecían conocerse desde hacía mucho tiempo.
—Querida, te acompañaré a casa. Ya has tenido suficiente jolgorio por hoy y no queremos tentar a la suerte y que afecte a tu recuperación, ¿verdad?
Giré la cabeza de un lado a otro. Ero mantenía la mirada clavada en el suelo, con los puños apretados a ambos lados de las piernas.
Por su parte, Kael me examinaba con una intensidad que me hizo temblar.
Comenzó a caminar y tiró de mí, sin yo poder hacer más que seguirlo.
Después de varios pasos, me giré con disimulo.
Y ahí estaban esos ojos, que tantos años me habían acompañado en sueños, observándome mientras me alejaba.