12
Foliada: fiesta en la que la gente canta, baila y toca música popular.
—¡Estela! Estas jarras para esos tres mozos de la esquina.
—¡Marchando!
Si había algo que parecía no haber cambiado en quinientos años, eran las ganas de juerga, de fiesta y de beber hasta desfallecer.
Celebraban la víspera de San Lorenzo, una tradición que se había conservado hasta el día de hoy.
No llevaban petos de colores fosforitos ni bailaban con copas de plástico en la mano mientras la orquesta o el discomóvil creaba ambiente, pero, la verdad, aquello no tenía nada que envidiarles.
Desde bien entrada la mañana las calles estaban llenas.
Tenderetes ofreciendo dulces, personas sonrientes saludándose con alegría, niños jugando y paseando con sus padres, y música, música sonando por todas partes.
Gaitas, panderetas y un tipo de flautas que me trasladaban a cuentos de fantasía.
Una cosa estaba clara, y eso era que a la gente le gustaba beber, y mucho.
Dejamos todo listo apenas había amanecido y al poco aparecieron las primeras personas.
Parecían clientes habituales, cuya parte de su rutina parecía ser beber desde temprano.
Al mediodía empezó a animarse el ambiente y, por la tarde, ya no cabía un alfiler.
La juerga se extendió hasta la calle cuando cayó el sol, pues hacía buen tiempo.
Eso propició que todo el pueblo comenzara a bailar en círculos en medio del salón dando palmas, siguiendo el compás de los instrumentos, mientras yo asumía que no me sacaría de la nariz el olor a alcohol en días.
Clara me había prestado ropa suya. Pensaba que la mía llamaría demasiado la atención, y ya había bastantes ojos curiosos puestos en mí como para atraer más. También le preocupaba que se estropeara.
—Esas prendas que traías... debían de ser carísimas. Esos tejidos tan finos no se encuentran en cualquier parte —me dijo.
Podía entender a lo que se refería, porque era muy diferente a lo que me había dejado.
La falda, de un tono burdeos, estaba confeccionada con una tela que, aunque recordaba al lino, era mucho más basta y áspera al tacto.
En la parte de arriba llevaba una camisa blanca que dejaba los hombros al descubierto, sobre la que se ajustaba un corpiño del mismo color que la falda.
Me ceñía el pecho y marcaba mi silueta. Para no mancharme, Clara me ató un mandil y me colocó un pañuelo en la cabeza que me apartaba el pelo de la cara.
Me vi reflejada en el cristal de una ventana y me costó reconocerme.
Aun así, me favorecía. Acostumbrada a los vaqueros, las sudaderas y los moños improvisados, me sentía hasta guapa.
Clara tuvo que explicarme el sistema de cobro para que nadie me engañara, y aunque al principio me resultó confuso reconocer los diferentes tipos de moneda, le cogí el tranquillo rápido.
En solo unas horas ya todo el mundo sabía quién era yo.
A pesar de ser un pueblo grande, todos se conocían, y ver un rostro nuevo, además trabajando en el lugar más concurrido de la zona, resultaba llamativo.
Por lo visto, tanto Clara como Kael se habían encargado de explicar mi situación para que no me agobiaran o aturdieran.
O eso me dijeron. Lo agradecí, aunque siempre había algún curioso que se me acercaba de todas maneras a intentar fisgonear.
Me consideraba una persona bastante sociable.
No me costaba hacer amigos y me solía desenvolver bien en ambientes ajetreados.
Y había mentido, muchas veces, sobre mi nombre, mi edad o profesión para divertirme, protegerme o pasar el rato.
Pero nunca había tenido que hacerlo tan descaradamente sobre todo lo que conozco, mi vida entera.
Empezaba a mimetizarme con el acento y las expresiones que usaban allí para no desentonar tanto, pero era inevitable que alguna palabra o frase me delatara y la gente comenzara a sacar sus propias conclusiones sobre mi origen.
Aun así, me sentía sola y avergonzada, desubicada y ansiosa.
No podía estar todo el tiempo detrás de Clara, bastante tenía con lo suyo.
Y Kael..., no lo había vuelto a ver desde la mañana anterior, cuando me acompañó a pasear.
No me gustaban sus formas ni las confianzas que se tomaba conmigo, pero al menos intentaba ayudarme, aunque no supiera que no serviría para nada.
Y por eso me habría gustado al menos verle, un rostro conocido en aquella marea de personas.
Tan solo me había girado a servir un par de mesas cuando la barra de la taberna volvió a estar imposible. Cogí varios trapos para ponerla decente y que pudiera ser utilizable. Entonces, alguien me tocó del hombro.
—¡Un momento! —exclamé. No me daban un respiro.
Seguí apartando jarras y platos y colocando paños en el suelo para que el charco que goteaba de la barra no se extendiera.
Volvieron a llamarme. Me consideraba una persona paciente, complaciente, acostumbrada a tragar sin quejarme, pero Clara tenía razón cuando me advirtió que habría mucho trabajo.
La gente se volvía insoportable con unas copas de más.
No pude evitarlo y, mientras me giraba, grité tan alto que la taberna entera se quedó en silencio durante un suspiro.
—¡Que ya voy! ¿No ves que estoy ocupada? —solté sin pensar.
—Así que es verdad, la señorita se está manchando las manos —dijo el hermano de Clara, inclinándose y acercándose a mi cara.
Kael. Me ruboricé.
—No podías quedarte en casa a esperar novedades, por lo que veo. Ni yo alejarme un día del pueblo sin que se salga todo de control —dijo alzando una ceja al verme vestida con las ropas de su hermana.
Alargó la mano hacia mí mientras se agachaba y entrecerré los ojos. Cuando no noté nada, me giré y vi que había terminado de recoger todos los trapos y la basura a mis pies.
—Ya nadie se tiene en pie, así que no seguirán bebiendo. Clara debería ser capaz de atenderlos a todos —dijo, como si de una orden se tratara.
Me desató el mandil y me arrancó el pañuelo de la cabeza.
—No quiero tener que obligarte a volver a casa. —Frunció el ceño al ver a dos hombres tambalearse acercándose a la barra—. Pero olvídate de servir copas a más borrachos lascivos. La bebida no es pecado —dijo en voz alta, con rabia, esperando que le escucharan—, pero dejarse dominar por ella sí.
Todo el mundo se había girado a escuchar nuestra conversación, decenas de ojos observándonos.
Toda la rabia de mi grito se había esfumado.
No solía tolerar que me hablaran con esa superioridad, como si fuera una niña pequeña, pero su forma de dirigirse a mí y tratarme con tal desprecio hizo que me quedara quieta y en silencio mientras le dejaba hacer.
Mi corazón latía con fuerza, fruto de la impotencia y la vergüenza.
Arranqué el mandil y el pañuelo de las manos de Kael, conteniendo las lágrimas, y me fui a la cocina.
Clara estaba con su madre sacando de un horno de piedra enorme una bandeja de lo que parecían panecillos.
Me apoyé en una pared, asegurándome de que nadie me veía. Intenté recuperar la respiración. En cuanto Clara me vio, se acercó corriendo a ver lo que me pasaba, me cogió lo que llevaba en las manos y me insistió en que descansase. Una vez sentada, me acercó una taza de barro con algo caliente.
—Toma, te sentará bien y te ayudará a relajarte.
Sin necesidad de que le explicara el motivo de que estuviera así, continuó:
—Puede ser muy temperamental a veces. Tiene tendencia a querer controlarlo todo. Pero es solo sobreprotector, piensa que lo hace por ti. Aunque... tú y yo sabemos que lo único que quiere es saber que lleva razón. Prométeme que no le darás más importancia.
Escucharla consiguió el mismo efecto que el primer día.
Me tranquilicé. Le hice caso y en pocos sorbos me terminé lo que me había ofrecido.
Sabía fuerte; parecía un vino caliente con especias.
Me despejó un poco la mente y a la vez me desinhibió, aunque de eso no me di cuenta hasta un rato después.
No iba a darle la satisfacción a Kael de irme a casa con la vergüenza que me había hecho sentir delante de toda esa gente, así que salí de nuevo. No le vi ni tampoco me importó.
Me serví un vaso de una jarra de ese vino que podría emborrachar a un caballo y de un trago me lo bebí entero.
Ya nadie me estaba mirando, y, si lo hacían, me daba igual.
Caminé entre los músicos y me agarré del brazo de un par de vecinos algo mayores que me invitaron a bailar mientras sonaba la siguiente melodía.
Di vueltas y bailé sin que nada me afectara.
Durante unos instantes perfectos, el agobio y la preocupación por mi situación quedaron en un segundo plano y disfruté en paz.
Entre giro y giro me fijé en una anciana que hablaba con Clara.
Parecían cercanas. Y, aunque la tabernera se mostraba así con todo el mundo, con aquella mujer se sentía diferente.
Quizá por la forma en la que le sonreía o por cómo le sujetaba la mano libre.
Sin un motivo claro se me empezaron a humedecer los ojos y me sequé las lágrimas con la manga de la blusa.
Mi mirada seguía aún fija en ellas. Algo parecido a la nostalgia se abrió paso en mi pecho.
La mujer vestía prendas oscuras y llevaba el pelo largo y canoso suelto. Me parecía una de las personas más mayores que había visto en el pueblo y, por la forma en la que Clara la trataba, pensé que podría tratarse perfectamente de su abuela.
Las puertas de la taberna se abrieron y todo se revolucionó. La gente se movió y las perdí de vista. Si antes ya había ruido, voces y música, en ese momento todo se multiplicó por diez.
El pueblo entero debía estar allí. Volví junto a Clara, que trató de ponerme un poco al día dándome nombres e información, aunque, según me decía, se me iba olvidando. De todas formas, lo agradecí.
—¿Ves a esos dos del fondo?
Me reí. Señalaba a los hombres con los que acababa de bailar.
—Son Ramón y Pedro. Son hermanos, nunca se han casado y siempre han vivido y trabajado juntos. Aunque no esté escrito por ningún lado, esa es su mesa. Si vienes más días, los verás casi siempre por aquí.
Siguió señalándome personas y contándome detalles y cotilleos. Vi de nuevo, entre la multitud, a la mujer mayor sentada en una esquina.
—¿Y esa de ahí? La mujer con la que hablabas antes.
Estaba de espaldas a nosotras, pero no era difícil distinguirla.
—Ella es Alma. Es como el alma de Luarela. Si no me fallan los cálculos, es la persona más longeva del pueblo. Es quien más sabe de la historia de este lugar.
Su tono de voz se suavizó; hablaba como si de verdad la conociese, de una forma más íntima y especial. Lo noté cuando cambió de nuevo el registro al señalar a otra pareja más joven que bailaba a su lado.
El efecto del vino y la música no disminuía, así que volví al trabajo. Clara no daba abasto y no necesitó pedírmelo. Como si llevase años haciéndolo, me puse manos a la obra y llevé las bebidas a las mesas que las pedían.
Vi cómo entraban varias personas a las que recibieron con abrazos, aplausos y griterío.
Poco me importó lo que estuviera ocurriendo: mis ganas de moverme y bailar eran más fuertes.
Me fui acercando a la gente a la que había estado sirviendo durante el día, parecían divertirse, y yo también.
Estaba sedienta, por lo que, para no darle más trabajo a Clara, fui detrás de la barra y me serví agua.
Hasta en ese punto de ebriedad era capaz de saber que no debía sobrepasarme.
Cuando estaba terminando mi tercer vaso, vi cómo alguien se apoyaba en la barra.
Estaba ya acercándome a avisar a Clara cuando preguntó:
—¿Eres Estela?
Me giré. Y, de repente, el aire de mis pulmones se esfumó.
Ese gris.
Esos ojos.
Ese rostro que tomaba forma.
Él.
Ese hombre, esa mirada que no existía.
Él no podía existir.
Él era producto de mi imaginación.
Esos iris, esas pupilas, eran las que llevaba viendo en sueños desde que tenía memoria.
No podía ser real. Y, sin embargo, allí estaba, contemplándome como si me conociera desde hace mucho tiempo.
Una mirada que me observaba y atravesaba todo mi ser.
Estaba segura de que, si lo intentaba, podría leerme el alma.
Con una sonrisa, me dejó sin respiración.
Llevaba una barba de varios días que resaltaba sus facciones.
Sentí un calambre en los dedos, como si conociesen la sensación de recorrer su mandíbula a pesar de no haberlo tocado nunca.
No entendía nada. Comencé a pellizcarme el brazo. Miré hacia los lados, todo parecía normal. Pero eso no era normal. Una fina arruga se le marcó en la frente. No supe de dónde salió, pero sentí el impulso de acariciársela para que relajase la expresión.
Me miraba confundido, esperando una respuesta que no era capaz de dar.
Noté cómo Clara me acariciaba el hombro por detrás.
—Habéis vuelto antes de lo que imaginaba. Justo a tiempo para la fiesta —le dijo al extraño mientras se colocaba a mi lado. Se giró para mirarme y dedicarme una sonrisa—. Veo que ya has conocido a Ero.
—¿E... Ero? —pregunté mientras me atragantaba.
—Ya se lo habrás agradecido, ¿no?
—¿Agradecer?
Ero clavó la mirada en Clara como si quisiera que dejara de hablar.
—¿No te lo ha dicho aún? Fue él quien os sacó del río.
«¿Qué?», pensé.
Al hacer memoria, me di cuenta de que nadie me había contado cómo nos habían salvado, pero había dado por hecho que había sido Kael.
A la velocidad que iba el agua, para sacarnos a los dos...
había que tener mucha fuerza. Y destreza.
Mis ojos fueron a parar a sus brazos. Sí, sin duda tenían el tamaño necesario.
Agité la cabeza.
Eso era una casualidad, solo eso. Imposible. No, no creo en las casualidades. Lo que estaba pasando a mi alrededor debía significar algo más. La cabeza me quemaba por dentro. No nos podía haber salvado. ¿Por qué precisamente él?