Todas las vidas hasta ti 11
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A modiño: con cuidado, lentamente.

Me tapé con la sábana con la esperanza de dormir y despertar en mi tiempo.

Estaba agotada. Ni en mil vidas me habría imaginado que el pueblo fuese dos o tres veces más grande que en el presente. Calles y calles de pequeñas casas, múltiples plazas, tiendas, mercados, la iglesia y multitud de fincas.

Fue cansado no solo físicamente. De alguna manera, mi mente intentaba adivinar a qué lugar de mi Luarela correspondía cada elemento, buscar pistas en el paisaje, las montañas o árboles mientras un sol cálido y brillante me calentaba la piel.

Aquello me reconfortó. Me hizo sentir conectada con todo lo que me rodeaba. De hecho, al rato de caminar me di cuenta de que mis pasos reconocían ese suelo y adivinaban lo que vería al cruzar la esquina, como si no fuera la primera vez que caminaba por allí.

Después de recorrerlo todo, me llevaron a la taberna donde trabajaba Clara o, mejor dicho, la taberna de Clara, para comer algo. Nos sirvió una especie de potaje de alubias con carne. Tenía un sabor intenso, pero lo devoré sin contemplaciones.

El entorno me recibió como un abrazo. El olor a los barriles de vino, el barullo de los clientes, el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse... Se notaba el mimo y cariño con el que cuidaban hasta la decoración más modesta en las tallas de madera que cubrían paredes, sillas y taburetes.

Me quedé charlando con Clara. Así averigüé que se trataba de un negocio familiar iniciado por sus abuelos maternos que, con los años, se había convertido en el lugar más popular no solo del pueblo, sino también de la zona.

Su madre había trabajado desde bien pequeña y, cuando conoció a su padre, este insistió en que dejara de hacerlo, pues él podía mantenerles a todos con su puesto de capitán. Ella no lo aceptó.

—Siempre ha sido muy tozuda. Aunque él insistió, ella quiso seguir trabajando junto a su familia. Al menos, como el tema del dinero estaba cubierto, podía pagar a gente para que la ayudara o sustituyera cuando fuera necesario.

Asentí.

—Como puedes ver, yo seguí sus pasos. Ella ahora prefiere quedarse cocinando y me deja a los clientes a mí.

Kael también me dijo que no necesitaba trabajar si no quería.

Ya sabes que los hombres parecen tener algún tipo de problema con que las mujeres trabajen, y todavía más si son las que lo regentan.

Me parecía digno de admiración.

—Pero Kael me conoce perfectamente —continuó—. Sabe que no voy a renunciar a esto. Me da la vida, ¿sabes? Si no fuera por la taberna, siento que no tendría ningún propósito.

La entendía demasiado. A pesar de lo diferentes que eran nuestras vidas, veía en sus ojos la misma ilusión con la que yo me dedicaba al arte, a dibujar, a pintar; a pasarme horas haciendo lo que más me gustaba sin prestar atención al reloj.

Era muy consciente del miedo que daba imaginarse una vida con tu vocación relegada a un segundo plano.

Y, aunque en mi caso tampoco podía permitirme el lujo de no necesitar trabajar, sabía que nunca dejaría de pintar, aunque tuviera dinero infinito.

Para mí no era solo una forma de ganarme la vida. De hecho, no me había dado ni un euro. Pero era una forma de seguir adelante, de mantener viva mi esencia, de expresar a través de cuadros lo que no podía decir con palabras.

Me di cuenta de que llevaba muchos días seguidos sin pintar, más de lo que recordaba haber hecho en años, y ahí entendí parte del vacío que sentía.

Clara y yo perdimos la noción del tiempo hablando. Me costaba participar, pues no podía hablar de mi vida al fingir que no recordaba nada, así que traté de preguntarle más sobre ella.

—Parece que te ha sentado bien la comida, ¿me equivoco? Ahora puedo ver tu tono de piel real. Ya no estás tan pálida. Se te ve sana.

—¿Eso significa que mañana...?

Entrecerró los ojos con tierna resignación.

—¿Estás segura? Va a ser mucho trabajo.

—Clara. Me encantaría sentirme útil. Y ya he comprobado que como niñera no soy necesaria. ¿Quieres que me pase el día mirando a la pared? ¿Eso quieres? Necesito hacer algo, lo que sea.

Lo decía en serio, pero con cierto deje irónico que, por la preocupación con la que me miró, no debió de pillar.

—¡Qué cosas tienes, Estela! En ese caso... ¡Qué remedio! Pero tendrás que ir preparada. Es uno de los días más importantes y la gente no pierde el tiempo.

—A sus órdenes —respondí, sonriente y satisfecha.

Clara siguió atendiendo a nuevos clientes, volviendo de vez en cuando para continuar conversando.

El resto de la tarde fue tranquila, sin mucho movimiento. Cuando vi que los niños se habían quedado dormidos sentados entre unas sillas, tiré de ellos como pude y los llevé de vuelta a la casa mientras Clara terminaba de recoger.

Después de confundirme en un par de calles, llegamos. Acosté a los hermanos antes de irme a la cama también.

Sentí la pesadez en los ojos y el cosquilleo por el pecho que me anunciaban el sueño en el que me sumergiría durante horas.

Seguía asustada por mi situación, aunque, por otro lado, me ilusionaba pensar en el día siguiente.

Si de verdad no estaba soñando, esperaba hacerlo aquella noche.

No más pesadillas, sino aquellos que había tenido desde pequeña, de esos que me hicieran sentir que algo en mi vida volvía a ser normal.