10
Pícaros: niños pequeños.
Nunca había echado tanto en falta un reloj. La incertidumbre y la inquietud por mi situación pasaron a un segundo plano y fueron sustituidas por el aburrimiento y el agobio. Estaba sola, perdida, atrapada en un tiempo que no era el mío.
Me agobiaba hasta entablar conversaciones con la gente. Ya me había tomado la confianza de inspeccionar la casa. Con la luz del día era mucho más fácil, y con los chiquillos distraídos entrando y saliendo me sentía menos observada y evitaba parecer una cotilla.
Además de la habitación donde dormía, había otras dos, que parecían ser la de Clara y la de Kael.
La mía debía de ser la de los niños, que estarían durmiendo esos días con ella.
También paseé por la sala grande que ya conocía y por el corral trasero donde había algunas gallinas, además de una mesa de madera con un par de taburetes del mismo material.
Las paredes eran austeras, con alguna que otra ventana, algún crucifijo y, en lo que serían los aposentos de Kael, una pequeña balda con cuadernos cubiertos de anotaciones y unos pocos libros.
Parecían religiosos, pero me costaba leer lo que ponía.
Estaban escritos en latín. Quizá sería un misal o algo similar.
Lo coloqué donde estaba, tratando de evitar que se notase mi paso por ahí.
—¿Vas a quedarte a vivir aquí para siempre? —preguntó una voz infantil a mis espaldas.
Del susto se me cayó el volumen que estaba ojeando.
Lo recogí y coloqué de nuevo en la estantería.
Inés y Leo me miraban desde el quicio de la puerta.
Eran iguales. Si no fuera porque eran chico y chica, habrían pasado por gemelos idénticos.
Los había visto corretear por la casa, pero ni Clara me los había presentado ni ellos se habían acercado a mí hasta ahora.
—¡Claro que no! Estoy de pasada. Me perdí y no sé cómo volver —les confesé. No estaba mintiendo—. He perdido la memoria, así que vuestro tío está preguntando para averiguar dónde está mi casa.
Dudaba averiguar nada que me ayudase a regresar de forma inmediata, así que fingir me daba tiempo para pensar. O, quizá, hasta de despertarme del sueño más largo y real que había tenido hasta la fecha. De lo contrario, más pronto que tarde tendría que buscarme yo misma el camino de vuelta.
—Serán solo unos días. No quiero molestar. Disculpadme por haberos robado la habitación.
—¿Entonces no te quedarás para siempre? —preguntó de nuevo el niño, con un tono triste.
—Nos gusta dormir con mamá —añadió ella—. Es como un día de tormenta que no acaba nunca. Esas noches nos vamos con ella y nos cuenta historias. ¿Tú te sabes alguna? Nos podrías contar alguna también.
Me llamó la atención lo bien que hablaban para ser tan pequeños. No debían tener más de cinco o seis años. Clara me había dicho que no hacía falta que hiciera nada, pero quise al menos entretenerlos. O, quizá, que ellos me entretuvieran a mí.
—Antes de contaros algún cuento, vuestros nombres eran Inés y Leo, ¿verdad? Yo soy Estela, que no me había presentado oficialmente.
—Soy Leo, Leo de Biedma —respondió orgulloso marcando el apellido—. Ella es Inés, sí. Ah, y... gracias por salvarme en el río. Inés me dijo que así aprendería a nadar y, bueno...
—No fue nada, lo haría una y mil veces más. Encantada, Leo e Inés. Tengo una idea... Me gustaría pediros algo. ¿Queréis saber qué es?
Asintieron felices.
—¿Os gustaría enseñarme Luarela? Nunca he estado aquí y querría conocerlo.
No me respondieron. Directamente me agarraron de la muñeca y tiraron de mí hacia la puerta. Ya era tarde para echarme atrás, así que, con algo de miedo, me dejé llevar por las calles de lo que era un Luarela diferente al que yo conocía.
Un Luarela medieval.