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Irmá: hermana.
En el camino de vuelta comenzó a amanecer.
La conversación no me dio mucha más información. Preguntar en qué año estábamos me parecía la mejor forma de arriesgarme a parecer una desquiciada mental, así que confié en resolver esa incógnita de otra manera más sutil y que no me comprometiera demasiado.
Luarela. Estaba en el pueblo de mi avoa. En el mío. No era que no me lo hubiera planteado antes, pero era todo tan diferente, tan extraño, que ni se me pasó por la cabeza que siguiera en el mismo lugar.
Las calles que momentos antes parecían abandonadas empezaron a llenarse de vida.
Puertas y ventanas abriéndose, gente caminando, humo saliendo por las chimeneas, alboroto en general.
Entre tanta extrañeza, de pronto vi algo familiar, una torre; no, un edificio entero: la iglesia.
La que presidía la plaza. Algo cambiada, algo diferente, más perfecta.
Jamás me habría imaginado sentirme así al verla.
Mi relación con lo religioso siempre se había limitado a lo justo y necesario, sin sentir nunca una conexión profunda con lo espiritual ni con un ser superior.
Sin embargo, dadas las circunstancias, reconocer ese lugar me hizo sentir de alguna forma en casa, en paz, y noté cómo un peso se me quitaba de encima.
Con el sol ya iluminándolo todo, llegamos a la casa.
Al entrar, vimos a Clara en medio de la sala.
—¡Estás bien! Qué susto más grande me he llevado.
En cuanto puse un pie dentro, vino corriendo a abrazarme.
—Entré a la habitación y no te encontré, pensé que te había pasado algo. Estaba preocupada.
Al separarse de mí, alzó los ojos unos centímetros por encima de mi cabeza hacia la persona que me acompañaba.
—Tú —dijo mirándole con sospecha—, ¿qué has hecho con ella? ¿Adónde la has llevado?
—Tranquila, hermanita, solo dimos un paseo y charlamos un poco. Aquí te la dejo. Me marcho, que me espera un día largo.
¿Hermana? ¿Eran familia? Podía ver el parecido..., aunque había asumido que eran pareja. Cierto era que no había visto ninguna muestra de afecto que lo confirmara.
Se fue, cerrando la robusta puerta de madera con un portazo para despertar a quien siguiera durmiendo en todas las casas a la redonda. Yo me quedé junto a Clara, que me observaba con entusiasmo.
—Kael es... bastante intenso, pero no te preocupes, puedes confiar en él. Ya le irás conociendo. Me alegro de que estés mejor. Te ha vuelto el color a la cara. Siéntate, que te preparo algo de comer.
Kael. Ese era su nombre.
Me senté donde me indicó. Pretender que todo era normal estaba siendo más agotador de lo que pensaba.
Clara me preparó un par de rebanadas de pan con miel y una especie de queso curado delicioso que tenía mejor sabor que aspecto.
No quise pensar en su pasteurización ni en la higiene de esa cocina porque solo la sugestión me enfermaría.
Acompañó el plato con un vaso de leche caliente.
Tenía tanta hambre que no tardé en terminarme todo.
Mientras, me contó que vivían en esa casa con sus dos críos.
No quise preguntar por el padre, pero podía imaginarme varios escenarios posibles y no todos lo dejaban en buen lugar.
Kael y ella eran hijos del capitán de la guardia que garantizaba la seguridad de Luarela y alrededores.
Dijo también que desde hacía unos años su hermano ocupaba el rango justo inferior, el de teniente.
Desde entonces, sus responsabilidades habían aumentado y debía prepararse, pues él asumiría el cargo en un futuro.
Así que no me había equivocado: tenía un puesto relevante.
Por lo visto, Luarela era un pueblo bastante importante en esa época, mucho más de lo que lo era en la actualidad.
No solo por el tamaño, sino por la posición estratégica cerca del mar y del río.
Además de ser punto de encuentro de comerciantes, en verano se convertía en el lugar de residencia de varias familias adineradas que contaban con terrenos y campos por la zona y que aprovechaban la estación más calurosa en el centro del país para vigilarlo todo más de cerca,
además de disfrutar de un clima más templado.
—¿Te parece bien? —me preguntó con insistencia.
—Perdona, ¿qué?
Clara me había recogido el plato y el vaso y estaba lavando y organizando lo que había utilizado.
—Tengo que marcharme a la taberna. Está a la vuelta de la esquina por si necesitas algo.
Puedes descansar o hacer lo que más te apetezca.
Los niños ya están acostumbrados y no te molestarán.
Mmm, ¿qué más...? Supongo que Kael ya se estará encargando de buscar información para que vuelvas a casa lo antes posible, pero mientras ya sabes que estaremos encantados de que te quedes con nosotros. Puedes estar tranquila.
Caminó hacia la puerta y se giró para hablarme.
—Esta noche será tranquila a pesar de los preparativos. Mañana es festivo y la gente vendrá a celebrar, bailar, beber... Puedes imaginarte. Si te encuentras bien, estaré encantada de que me eches una mano. Pero solo sí estás bien de verdad. Ya lo hablaremos.
—¿Cómo puedo ayudarte mientras? Limpiando, vigilando a los niños. Podría servir en la taberna si es necesario.
—Estela, no tienes que hacer nada a cambio. Hoy descansa todo lo que necesites y nos vemos si te apetece a la tarde. Me voy corriendo. ¡Adiós!
Y se fue.
Yo solo quería ser útil, intentar justificar y compensar mi presencia en esa casa de alguna forma. Porque de lo contrario, no sabría qué hacer, no tenía a dónde ir.