Todas las vidas hasta ti 8
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Noite: noche.

Por lo que sospechaba, eso no era un sueño.

O, si lo era, estaba alargándose más de la cuenta.

Mi parte racional no terminaba de comprender ni aceptar aquella nueva realidad, pero parecía que no tenía alternativa.

Me había pellizcado numerosas veces, pero ahí seguía.

Sin embargo, había algo positivo en todo eso.

Hacía demasiado tiempo que no descansaba así de bien.

No entendía muy bien el motivo, pues todos los factores eran los perfectos para provocar insomnio o pasar una mala noche.

Una cama y una casa ajenas, sábanas ásperas, un colchón duro, un olor desagradable, una sensación de humedad bastante incómoda y, lo más importante e inverosímil, ¿en el pasado? A pesar de todo, me sentía descansada. Casi lo más sorprendente era que había dormido sin pesadillas. Y sin sueños.

No debían haber pasado muchas horas, pues todavía era de noche, pero me veía incapaz de dormirme de nuevo.

Me levanté de la cama para estirar las piernas y tratar de encontrar mis cosas.

Debía llevar muchas horas tumbada y me agobiaba pensar en seguir postrada en la cama sin buscar respuestas o alguna forma de volver a casa.

En la silla de la esquina encontré mi ropa, seca y limpia.

Me la habrían dejado mientras dormía. Mi falda de lino y camiseta blanca.

Irónicamente, no era tan diferente de la ropa que llevaba puesta en ese momento, lo que debía haber permitido que pasara algo más desapercibida de la cuenta. Ni rastro de mi móvil. Por supuesto.

No es que me hubiera servido de mucho, pero una parte de mí deseaba tener batería, cobertura y mensajes de Sara a los que responder que todo estaba bien, pero que viniese a buscarme lo antes posible, pasándole la ubicación.

Una vez cambiada, salí de la habitación evitando hacer ruido.

Me encontré con un pasillo con dos puertas enfrentadas y lo que parecía una sala principal al final.

Lo poco que podía ver era lo que me permitía la luz tenue que entraba por las ventanas.

De la luna y de lo que confirmé, al apreciar el tintineo, que se trataban antorchas colocadas en plena calle en unos robustos soportes anclados a edificios. Me estremecí.

La sala contaba con una gran mesa de madera rectangular con seis sillas, y otra mesa pequeña redonda al lado de una chimenea apagada con dos butacas a su alrededor.

Y lo que parecía la parte más importante y el centro de la sala, una cocina.

Había un segundo fogón preparado para poner grandes ollas y calderos, una encimera robusta de piedra y muchos utensilios de cocina dispuestos por paredes y baldas.

Era lo que hoy en día se clasificaba como «concepto abierto».

A pesar de ser una noche bastante cerrada y estar todo en completo silencio, no sentí miedo.

Aún muy confundida, pensando que aquello era una locura, un sueño, pero, igualmente, bastante tranquila.

Resultaba un espacio muy acogedor y no tenía sensación de peligro.

Ubiqué la puerta que daba a la calle y, de nuevo con mucho cuidado de no hacer ruido que pudiera despertar a los demás, la abrí y salí a la calle. Estaba convencida de que si guardaba silencio podría llegar a escuchar la respiración de las personas de las propiedades cercanas.

Me senté en un banco de piedra que estaba junto a la fachada de la casa.

No me atrevía a caminar en plena noche. No tenía miedo como tal, pero tampoco era tonta.

Las probabilidades de que me perdiera eran altas, así que me quedé callada observando el cielo, las estrellas, que se veían más brillantes que nunca, y las casas que me rodeaban sobre un camino de piedra y arena.

—Parece que nuestros aposentos no son suficientes para que nuestra joven dama en apuros descanse plácidamente. ¿Me equivoco? —escuché una voz a mi lado.

Di un respingo. No me había dado cuenta, pero ahí estaba, apoyado en el otro extremo del banco apoyado, el señor que me había interrogado horas antes.

Pensaba en él como señor, pero seguro que no era mucho mayor que yo.

Aun así, su forma de vestir, su apariencia en general y, sobre todo, la forma de expresarse con tanta autoridad, no parecían la de una persona menor de cuarenta años, a pesar de lo que indicaban su rostro y forma física.

Aunque claro, si admitía la locura de que había viajado unos cuatrocientos años en el pasado, alguien con cuarenta años debía de rozar ya la vejez.

—No tenía sueño —respondí sin girarme. Era consciente de que era mi anfitrión y que me estaba dando cobijo, que debería mostrarme más humilde y agradecida, pero nada de su comportamiento me hacía sentirme así hacia él.

—Vamos —me dijo con tono de autoridad.

Esta vez sí me giré y vi cómo se estaba alejando.

—Sé que no eres sorda. Sígueme —me ordenó, sin darme opción a negarme.

No tenía ninguna gana de pasear a solas con él, pero quizá podría solucionar mis dudas sin parecer demasiado sospechosa.

Y, además, me sentía vulnerable. Necesitaba pistas.

Fui un par de pasos por detrás por si sentía la necesidad de volverme sin que se diera cuenta.

No sé si fueron cinco, diez o treinta minutos los que estuvimos caminando entre calles de tierra y piedra y acabé desorientada.

Definitivamente, no encontraría el camino de vuelta si necesitaba regresar.

Una fina línea iluminaba el horizonte, lo que trajo luz y se llevó el silencio.

—Puedes caminar, puedes hablar, me entiendes..., parece que estás mejor. ¿Puedes contarme la verdad ahora?

Se paró y se giró para mirarme. Pude ver cómo sus ojos se clavaban en los míos y parecía que no iba a apartarlos hasta que dijera algo.

—Ya le he contado lo que sé. Caí al río para ayudar al niño, pero todo lo demás está borroso —titubeé.

¿Por qué le hablé de usted? Empecé a sentirme bastante incómoda, insegura, más confusa si era posible. De verdad, ¿cómo me podía estar pasando esto a mí? Era una completa locura.

—Si quieres volver a casa cuanto antes, te recomendaría que fueras sincera.

En cuanto amanezca, mis hombres preguntarán en todos los pueblos y aldeas cercanos por alguien con tu descripción, así que todo lo que me puedas decir les hará perder mucho menos tiempo del que ya estoy seguro que se quejarán que perderán.

Así que te lo repetiré una vez más —dijo con un tono de voz que no admitía réplica—. ¿De dónde y por qué has venido?

«Sus hombres». Debía ser una persona importante, ocupar algún cargo de alto rango. Quizá debiera cuidar más mis palabras.

—Soy Estela. Eso es todo lo que sé.

—Bien, Estela, esto lo hago por ti más que por mí.

Está claro que no provienes de una familia humilde.

—Volvió a posar sus ojos en mi cuello, donde se encontraba la cadena.

Al ponerme mi ropa de nuevo, no había pensado que el top era visiblemente más escotado que el camisón que llevaba antes.

Sentí que sus ojos se detenían un tiempo de más en esa dirección y me cubrí con las manos.

No pareció importarle—. Mi responsabilidad es devolverte al lugar del que vienes y, mientras tanto, procurar que no te pase nada malo.

No quiero que en unos días llegue ningún guardia ni señor de la casa de la que vengas a cuestionar el trato que te hemos dado en Luarela —hizo una pausa—. No necesitamos más enemigos.

Le miré asombrada.

Luarela.

¿Había escuchado bien?