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Se chove, que chova (‘Si llueve, que llueva’): aceptación ante lo inevitable.
Ero
Despertarme en medio de la noche por el sonido de una tormenta, empapado, helado de frío y habiendo dormido apenas un par de horas no era el escenario perfecto.
Y, a pesar de todo, no lo cambiaría por nada del mundo.
Estaba justo donde quería estar. Donde debía estar.
La mayoría de mis compañeros pertenecían a la segunda o tercera generación o tenían una vocación muy clara al gremio, lo que hizo que al principio se me hiciera difícil integrarme, pero a los meses ya era uno más.
No era un trabajo demasiado complicado. Me permitía vivir cómodamente y pasar muchos días alejado del pueblo.
Ese era uno de los motivos principales por los que este oficio uno de los más indeseados.
Y, aunque no era muy complicado, sí podía ser peligroso en ocasiones.
La mayoría de la gente prefería una vida más humilde pero tranquila, sin demasiadas novedades de las que preocuparse más allá de una época de sequía o un ataque de lobos a las ovejas.
Y, sobre todo, que les permitiera quedarse cerca de sus seres queridos.
En mi caso, viniendo de una familia de comerciantes que ya se había labrado una buena reputación y espacio en el pueblo y a la que le iba bastante bien, nunca me había planteado dedicarme a otra cosa.
Pero tampoco me había imaginado que algún día todas mis ilusiones, todos los planes de futuro se fueran a esfumar de la forma que lo hicieron.
Aunque desde el primer día apoyaron mi decisión, siempre supe que se sintieron decepcionados cuando les dije que no continuaría en el negocio familiar.
Y no les juzgaba. Acababa de tirar por la borda una larga reputación construida con sudor y esfuerzo que garantizaba un sustento para ellos, su hijo, nietos, y toda la estirpe que quisieran engendrar.
Como hijo único siempre sentí mucha responsabilidad sobre mis hombros, y no fue fácil tomar la decisión, pero tuve que hacerlo si quería seguir con vida.
Pues no podía seguir mis días presenciando injusticias y sabiendo que no estaba haciendo nada por evitarlas.
El comercio requería astucia, y eso era algo difícil de encontrar.
Mis padres eran muy listos, e inteligentes también.
Se esforzaron en explicarme la diferencia entre ambas palabras.
Inteligentes podían ser los que tenían conocimientos de aritmética, sabían leer y escribir y podían diferenciar las estrellas más brillantes del cielo nocturno.
Ser listo iba mucho más allá. Mi madre aprendió a leer cuando nací, y a su edad ya era una reconocida comerciante.
Todavía recuerdo sus lecciones: inteligente puede ser el que consigue un buen precio por el pescado en el mercado; listo era el que, además de saber pescar, se hace amigo del pescadero que le regala buena materia por haberle dicho en qué zonas hay mejores peces.
Teníamos una buena vida. Nunca me faltó de nada: tenía mi propio cuarto, podía estrenar ropa nueva cada estación e incluso pude acompañar a mis padres a algunos de sus viajes.
Ser inteligentes no les sirvió para dejar de trabajar, pero al menos ganaban un buen dinero con el que podían mantenernos a todos y disfrutar de tiempo libre. Un lujo al alcance de muy pocos.
No contaba con estar donde estaba ese día.
Después de pasar un día persiguiendo a unos bandidos, sin éxito, nos despertamos antes del alba para iniciar cuanto antes el regreso y evaluar los daños y pérdidas que provocaron los asaltantes a varias propiedades del señor.
Por delante nos quedaban otras dos jornadas.
Nuestra responsabilidad principal y por la que juramos el cargo era velar por el orden y que se cumpliera la ley en el territorio.
Sin embargo, en la práctica... no éramos mucho más que lacayos del capitán, su familia y dependencias, y, en segunda instancia, del clero.
Entre mis compañeros de cuadrilla había encontrado verdaderos amigos que ahora podía considerar hermanos.
Durante las jornadas de trabajo y fuera de ellas.
En los buenos momentos y en los que no lo eran tanto.
Algunos de ellos habían empezado a formar familias y, aunque fingía que no me importaba, me empezaba a preocupar el quedarme atrás, y solo de nuevo...
—Tenemos que llegar a primera hora, antes de la orden del día. No tenemos todo el tiempo del mundo. Desperezaos, bebed agua y arriba. Aseguraos de que vuestros caballos estén bien ensillados y dadles agua también.
Salvo el capitán o el teniente, que salían del pueblo en ocasiones puntuales, ninguno de nosotros estaba jerárquicamente por encima del resto, pero desde el primer día, casi sin querer, se me atribuyó un rol de líder que no pedí, aunque no me desagradaba.
Me hacía sentir que tenía la situación bajo control y me ayudaba a tener el objetivo claro.
Nunca había habido ningún problema con ello.
—Tan activo como siempre y ni la luz del alba asoma por el horizonte.
No dejas de sorprenderme, Ero. —Se me acercó Gonzalo por la espalda mientras me rodeaba los hombros con el brazo, zarandeándome—.
Vamos con tiempo de sobra. ¿No te agota ser tan...
responsable? Además, no tengo demasiadas ganas de llegar para recibir una reprimenda del capitán o, peor aún, del teniente cuando se enteren de que los bandidos se salieron con la suya, pese a todo lo que hicimos.
Le golpeé el hombro y sonreí tratando de disimular.
Yo tampoco quería regresar.