6
Esquecer: olvidar.
Las imágenes volvieron a mi cabeza: el río, la corriente, el niño, el agua helada, yo intentando salir a la orilla y... la oscuridad.
Me incorporé de golpe con la respiración acelerada. Se me oscureció la vista y pensé que me iba a desmayar de nuevo.
Miré a mi alrededor. Había dos adultos, un hombre y una mujer que, si bien podrían tener mi edad, algo en su mirada y rasgos rudos me hacía pensar que eran más mayores.
Me fijé en su ropa, desgastada y sencilla, y en sus peinados: el de él largo y relamido y el de ella largo y suelto, con un pañuelo que se lo apartaba de la cara. No los conocía.
—¿El...? ¡El niño! Estaba conmigo, lo tenía agarrado, no lo solté, prometo que no... ¿Lo habéis encontrado? ¿Está bien? Decidme que está bien, por favor.
¿Dónde narices estaba? El corazón me latía demasiado deprisa. Seguía aturdida por el sueño y, aun así, por mi mente se cruzaban mil pensamientos a la vez.
Había una niña pequeña en una esquina mirándome desde una silla. Llevaba dos trenzas cobrizas a cada lado de la cabeza y una ropa similar a la del niño del río.
—Ey, tranquila. Respira hondo.
Estaba alterada, quería levantarme y salir corriendo de ahí, pero al escuchar la voz de esa mujer... sentí que recuperaba la tranquilidad.
—Está bien, Leo está recuperándose en la habitación contigua —dijo con calma—.
Tragó mucha agua y sigue durmiendo. Tú también tragaste bastante, llevas toda la mañana dormida, temíamos que no despertaras.
Deberías seguir descansando. Estamos muy agradecidos, lo salvaste.
Le tengo dicho que no se acerque al río si va solo, pero nunca escucha.
Si no hubiera sido por ti, no quiero ni imaginarme...
Su voz comenzó a sonar entrecortada. Noté cómo le brillaban los ojos.
Su hijo, aquel niño debía de ser su hijo.
—Puedes quedarte todo el tiempo que necesites. ¿Tienes hambre? Puedo traerte un poco de caldo que nos ha sobrado, espera.
Salió de la estancia sin darme tiempo de rechazar su ofrecimiento. Analicé la habitación en la que me encontraba. Se podría decir que estaba en un punto medio entre una cabaña de montaña y una casa de pueblo típica.
Paredes de piedra, techo de madera, una cama pequeña al lado de la mía, un ¿crucifijo?
Sí, parecía un crucifijo. También una pequeña silla de madera sobre la que estaba sentada la niña, varias prendas de ropa de tonalidades amarillentas y blanquecinas que colgaban de unos ganchos de la pared,
la ventana acristalada por la que entraba poca luz y la puerta por la que acababa de salir la mujer.
Esa habitación después de todo no me inquietaba tanto, y aunque estar en la misma sala con una niña me daba tranquilidad, me sentí algo intimidada por la cara de desconfianza que me lanzaba el hombre.
—Sé que estás convaleciente y que Clara te ha dicho que debes descansar, pero tengo que preguntarlo. ¿Quién eres? ¿De dónde vienes? No tienes aspecto de ser peligrosa, pero uno no sabe de quién fiarse hoy en día —me preguntó con tono serio, cruzándose de brazos.
¿Tanto me había alejado la corriente del río? Todavía no sabía dónde estaba, pero estaba segura de que ese no era mi pueblo. No podía serlo. ¿No?
—Me llamo Estela, y yo...
—Tómatelo rápido o se te enfriará. —Me interrumpió Clara entrando de nuevo con un cuenco lleno de caldo—. ¡Venga, deprisa! Ya verás cómo se te asienta el cuerpo.
Lo puso sobre una tabla de madera y lo apoyó en mi regazo junto a... una cuchara también de madera. Arqueé las cejas involuntariamente y le devolví la mirada mientras asentía en señal de agradecimiento, confiando en que no se hubiera notado mi cara de extrañeza.
Tenía la piel clara, como su nombre, y el pelo del mismo tono que el de la niña que me observaba desde la esquina. Seguro que eran familia. Su voz era bonita. Resultaba agradable escucharla; tenía un acento llamativo. No sabía ubicarlo, pero algo diferente al de mi avoa o la gente del pueblo.
La pequeña se acercó, se colocó a los pies de la cama y me murmuró algo.
—¿Cómo dices? —la apremié para que repitiera más alto.
Sonrió al ver que mostraba interés, pero antes de que pudiera volver a decirlo su madre la interrumpió.
—¡Inés! Vamos, tiene que descansar. Vete a ver a tu hermano o a la calle, pero no molestes más. Y tú. —Clara lanzó una mirada acusadora al hombre—. Lo mismo te digo.
Clara salió por la puerta agarrando de la mano a la niña que supe que se llamaba Inés.
Él ni se inmutó tras su orden. Se quedó en el mismo sitio sin apartar la mirada de mí. Con un gesto que no se podía definir ni de agrado ni de disgusto.
—Estela... Curioso nombre, nunca lo he escuchado.
Tu acento es interesante. ¿Vienes del reino de León?
¿O del señorío de Vizcaya, quizá? —preguntó él mientras acariciaba el borde de la cama, peligrosamente cerca de mis piernas—.
Mmm, de más cerca, seguro. Si hablas y entiendes el gallego, no puedes venir de mucho más lejos...
¿Reino de León? Mi mente empezó a cortocircuitar; me sentía en una obra de teatro, en una broma o en una cámara oculta.
Empecé a mirar a todas las esquinas de la habitación en busca de lucecitas rojas que indicasen que eso estaba siendo grabado, pero no era así.
Estaba soñando, seguro que esto era un sueño dentro de un sueño.
No era la primera vez que me pasaba, pero...
en mis sueños los sentidos no se agudizaban tanto como ahora.
Más bien al contrario, se entrelazaban y confundían, haciéndome ver sonidos o escuchar colores.
No se trataba solo del frío que había sentido en el agua del río, o a los vívidos colores que veía, era...
ese olor. Quizá por la conmoción no había reparado en ello, pero era nauseabundo, una mezcla de heces de caballo, pescado en mal estado y suciedad, suciedad en general.
Ni en las peores olas de calor en el metro de Madrid había experimentado algo así.
Ese olor no era normal, igual que no era normal esa ropa, si podía llamarse ropa, que me habían puesto.
Una especie de camisón de un tejido áspero, blanquecino y tosco.
Imaginaba que lo que llevaba puesto antes estaría empapado y sucio y me habían tenido que cubrir con algo, pero me sentía como un personaje de una serie de época, como medieval.
Se me encendió una bombilla y, de la misma manera que se encendió, quise apagarla. Era un sueño, tenía que serlo, pero... era tan real. ¿Y si era real? ¿Querría arriesgarme? Me empecé a pellizcar convulsivamente los brazos bajo la tela que me arropaba.
—¿Te has quedado muda? Hablas nuestro idioma, ¿verdad? ¿De dónde vienes, pues?
No era solo el olor, la decoración o las prendas de ropa. También lo era la forma en la que hablaban y se expresaban. No se trataba solo de un acento, era la entonación, las expresiones..., parecía una espectadora viendo una película histórica.
—Pues... no lo sé —respondí sin pensar demasiado. Tuve la impresión de que decir la verdad no me iba a ayudar en absoluto.
—¿No lo sabes? —preguntó con cara de sorpresa e incredulidad—. Sí que debió ser duro el golpe entonces. No te preocupes, seguro que pronto lo recuerdas todo, y si no... seguro que la persona que te compró esto ya está buscándote.
Sujetó la cadena de plata que rodeaba mi piedra favorita, la piedra luna. La misma cadena que llevaba desde pequeña.
—Mínimo veinte reales, un mes de trabajo para mucha gente de este pueblo. Yo que tú no la enseñaría demasiado.
Me llevé la cuchara a los labios y aparté la mirada de mi interrogador.
Mientras terminaba la sopa, le noté observándome en un silencio ensordecedor.
Solo se escuchaban mis sorbos a la sopa, que me había abrasado al principio, pero que ahora disfrutaba a pesar de su presentación tan poco apetecible.
Sabía a cebolla, ajos y pollo. Tenía algún que otro tropezón que me lo confirmó.
Apenas estaba terminando la última cucharada cuando él arrancó de las manos el cuenco junto con la bandeja. Poco le faltó para sacarme la cuchara de la boca.
—Nada me dolería más que interrumpir tu descanso. Nos vemos luego, Estela.
La forma en la que pronunció mi nombre me puso la carne de gallina. Salió por la puerta sin añadir nada más, pero la conversación seguía flotando en el aire; el ambiente se volvió pesado, noté cómo estaba arrugando las sábanas con las manos y la habitación de pronto se hizo más y más pequeña.
* * *
Comenzó a oscurecer. Aunque lo había intentado, no había podido dormirme de nuevo y temía que la noche siguiera por el mismo camino. La puerta se abrió despacio y me escondí entre las sábanas por puro instinto.
—Hola, cielo. Te traigo una vela para que tengas algo de luz por la noche y no se quede todo en la penumbra.
Clara se aproximó hacia mí con un candelabro cuya llama iluminaba toda la habitación.
Me quedé muda. Abrí mucho los ojos y, con el corazón a mil, me levanté de la cama por el lado contrario al que se acercaba ella. Me pegué a la pared, alejándome lo máximo posible. Pensé que si alguien me apuntara con una pistola no me sentiría muy diferente.
—Pre... prefiero la oscuridad. No necesito ninguna luz, gracias.
—¿Estás segura?
Agité la cabeza repetidas veces sin apartar la mirada de la vela, asegurándome de que no la acercaba ni un centímetro más a mí.
—Como prefieras. Te la dejo por aquí.
Sopló la llama para apagarla, dejando el rastro del humo y ese olor tan característico que me abrumaba.
—Si cambias de opinión, en el pasillo siempre hay una encendida. Buenas noches. Descansa.
En cuanto cerró la puerta y confirmé que la vela estaba apagada y que no se volvería a encender, me acosté de nuevo en la cama. No tenía sueño, pero cerré los ojos con la absurda esperanza de que, al abrirlos, todo fuera normal otra vez y volviera a estar en el prado del bosque junto a Sara.
Tenía que ser un sueño. ¿Qué otra explicación podía haber?
Y, sin embargo, algo en mí sabía que debía andarme con cuidado.
Disimular. Fingir amnesia, al menos, hasta entender qué demonios estaba ocurriendo.
Lo demás era demasiado peligroso. ¿No? Nadie allí podía conocer Luarela, ni un coche, ni un teléfono móvil...
, ni mucho menos hablar del Reino de León como si aún existiera.
Todo era tan imposible que lo único que me quedaba era seguir fingiendo y esperar a que el sueño, tarde o temprano, decidiera terminar.