Todas las vidas hasta ti 5
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Finar: fallecer.

Algo que me diferenciaba mucho de mis padres, de mis amigos y, bueno, del resto del mundo era que no tenía miedo a morir.

No es que viviera la vida sin miedo y enfrentándome a peligros arriesgados; era más una sensación, un tema que no me resultaba tan tabú a la hora de hablar de ello o pensarlo.

Nadie pensaba como yo. A excepción, claro, de una persona, la misma que me ayudó a comprender y con la que compartía multitud de charlas nocturnas antes de dormir.

Charlas que, a pesar de los años, no había olvidado: mi avoa.

Sentía un pánico atroz a que le pasara algo a la gente que quería, que sufrieran, que enfermaran, y sí, que murieran también me causaba verdaderas pesadillas.

Pero en lo relativo a mi propia muerte, algo dentro de mí se había reconciliado con ello incluso antes de entender lo que en realidad significaba morir.

Ella me lo explicó con una metáfora que para una niña pequeña fue bastante fácil de entender.

—¿Conoces esa sensación de cuando estás en la cama o viendo una película en la tele y se te empiezan a cerrar los ojos, que sientes como todo tu cuerpo se relaja, te recorre un calorcillo por dentro, y te sientes en paz?

—me decía, sentada en su butaca sujetándome la mano mientras yo la miraba atentamente, como siempre hacía cuando teníamos nuestras conversaciones antes de dormir—.

O como cuando estás dormida y te despiertan para ir al cole, lo mal que sienta, ¿verdad?

—Asentí repetidas veces con los ojos abiertos como platos—.

Pues así es como creo que se siente la muerte: como un calor que te llena por completo y te hace sentir tranquila, en paz, como un sueño perfecto del que no quieres despertarte nunca.

—Y cuando muramos, ¿estará allí nuestra familia? ¿Estará Limón? Me encantaría que estuviera —pregunté con esa inocencia que todavía conservaba.

Limón era la perrita de mi avoa. Recuerdo verla en el jardín, perseguirla para que me devolviera mis calcetines y dormir la siesta abrazada a ella. Ya estaba mayor y se fue por causas naturales. Tuvo una vida feliz, pero mi avoa la echaba mucho de menos.

—¡Claro! Seguro que es la primera en ir a buscarte cuando llegues.

De este modo lo entendí, y así había sido siempre. Por supuesto, temía el dolor y el sufrimiento, y también me daba pena pensar en alejarme de amigos y familia, pero, en lo que a mí respectaba, me sentía tranquila con el hecho de caer en un sueño placentero del que no querría despertar.

Igual, después de todo, no era tan descabellado pensar que así era.

Por eso siempre había odiado el momento de despertar, de volver a una realidad que, por lo general, no resultaba tan placentera como la que experimentaba en los sueños, cuando todavía no se habían convertido en pesadillas y terror, y eran el lugar de paz al que quería escaparme cada noche.

Para, si tenía suerte, encontrarme con él de nuevo.

Por supuesto, detestaba el sonido de la alarma y no me importaba pasarme una mañana durmiendo si podía evitar el trauma de abrir los ojos, abandonar ese mundo idílico de mi imaginación y pretender ser una persona funcional que tenía que enfrentarse al mundo real y hostil.

Cualquiera que en el pasado se hubiera afrontado a la ardua tarea de despertarme podría confirmar el tipo de persona en la que me convertía al madrugar.

Eso mismo debieron de descubrir las personas que me miraban con curiosidad alrededor de la cama cuando el sonido ensordecedor de un gallo me despertó de golpe.