Todas las vidas hasta ti 4
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Lembranzas: recuerdos.

«¿Estela?».

Escuché una voz, pero no salía de sus labios. Parpadeé un par de veces.

—¿Me das la botella? Te quedaste empanada.

Sara tiraba de mi mano, que sujetaba la botella con fuerza. Solté de inmediato sin entender lo que pasaba. Miré a mi alrededor, confundida y con una sensación de vacío en el pecho que pesaba.

—Qué ilusión que me dejes ayudarte. Creo que puedo hacerlo. O intentarlo, al menos. Es solo una meditación guiada. Puede hacerte desbloquear los recuerdos. Te prometo que no duele, ni marea ni nada por el estilo.

Sus ojos brillaban y sabía que lo decía con total sinceridad, que intentaba hacer lo que creía que era mejor para mí.

Sara seguía hablando. No me había hecho falta dormir.

Las imágenes habían comenzado a aparecer como si el límite entre lo real e imaginario no existiera.

Verlos de nuevo, esos ojos que llenaban varias páginas de mis cuadernos de dibujo.

Compensaban todos los sueños y pesadillas que se negaban a desaparecer.

Aunque no fueran reales, eran ya parte de mi vida.

Pero lo que sí era real fue todo lo que había sentido al llegar a esa zona.

Todo el misticismo que rodeaba el bosque siempre había sido cosa de niños para mí.

Y, aunque conservaba con cariño todos los cuentos e historias sobre él, nunca habían sido más que eso. Cuentos.

—¿Estás segura? Estoy convencida, pero igualmente quiero saber que tú también lo estás —dije mientras me incorporaba para mirarla al mismo nivel.

No era miedo lo que sentía, más bien cierta incomodidad y vergüenza.

Me costaba abrirme a la gente, sentirme vulnerable en una situación que no iba a poder controlar.

Había visto varios programas donde mentalistas hacían hipnosis a la gente, y aunque me parecía un paripé actuado...

, una parte dentro de mí creía que podía ser real. Y me inquietaba.

—Estela, lo peor que puede pasar es que no pase nada. De verdad, confía en mí. Solo tienes que tumbarte o sentarte como estés más relajada y seguir mi voz. Solo eso.

Escuchaba mis latidos en los oídos, una mezcla de nervios y ansiedad que me apretaba el estómago.

Le di un par de sorbos a mi botella de agua, sujeté mi cadena con la fuerza suficiente para que me arañara el cuello.

Mi coleta estaba intacta, y aun así no pude evitar rehacérmela buscando algo que mantuviera mis manos ocupadas.

Sara colocó su palma sobre mi hombro y, sin que dijera nada, repetí el mismo gesto que ella.

Inspirar y espirar con suavidad. Una vez, y luego otra.

El cambio fue instantáneo. Me tumbé en su regazo y la miré.

—Y ahora cierro los ojos, ¿no? ¿Puedo sujetar tu mano mientras?

—Claro —respondió dándome un apretón.

Estaba acostumbrada a tener sueños muy vívidos.

Sin embargo, nunca sentía que tuviera el control de mis acciones o movimientos.

Más bien era como si viera una película, pero, en lugar de desde el punto de vista de un espectador, a través de los ojos del protagonista.

Veía sobre todo paisajes, naturaleza. Montones de árboles, arbustos, flores y animales.

Con un nivel de detalle que me bastaba para hacer muchos de mis dibujos y cuadros.

Los rostros siempre eran más borrosos; casi siempre terminaba dándoles forma a través de personas que había visto, ya fuera en la realidad, en la tele o en redes sociales.

Por eso no me gustaba tanto dibujarlos; no los sentía genuinos.

Así que terminaba haciendo solo paisajes y algún que otro animal.

Los caballos eran una figura recurrente.

Nunca había montado en uno, pero me parecían preciosos y majestuosos.

Después de un par de ejercicios de relajación y de control de la respiración, Sara me pidió que me imaginase en mi dormitorio de la casa de mis avós con todo lujo de detalles.

Vi mi cama, con su colcha de estampado de animales y llena de peluches bajo la ventana.

El armario de madera que debía de haber pasado por varias generaciones y apenas se sostenía, pero que seguía cumpliendo su función.

Las cenefas de la pared de lunas y estrellas.

Y lo que no podía faltar ni en esa habitación ni en la de Madrid: multitud de pegatinas, cromos y dibujos llenando las paredes.

No había cambiado nada en todos estos años.

Entraba el sol del crepúsculo por la ventana, y empecé a sentir que de verdad estaba ahí.

Fue cuando Sara dijo que tenía que imaginarme allí, pero siendo la Estela de seis años.

Entonces, la habitación se volvió oscura.

Se apreciaba la luz de la luna a través de la ventana con ese brillo azulado que iluminaba lo justo para distinguir los muebles.

Poco a poco, la voz de Sara empezó a difuminarse y cada vez me sentía más inmersa, como si verdaderamente estuviera allí.

A diferencia de en mis sueños, no me sentía una simple marioneta.

Aunque fuera ficticio, tenía la sensación de que podía moverme a placer, y eso hice.

Mi primer instinto fue acercarme a mirar por la ventana.

Si forzaba la vista, podría distinguir el límite del bosque con el mar.

Me alegraba confirmar que el paso de los años apenas se notaba, pues todo lo que alcanzaba a ver estaba igual que en la actualidad.

Estaba a punto de seguir inspeccionando el dormitorio cuando vi algo moverse por el rabillo del ojo.

Volví a mirar. Me pareció ver una silueta correr entre los árboles, pero estaba demasiado oscuro y no aprecié ningún detalle más.

Un grito cortó el aire, lo siguió una bandada de pájaros volando de entre los árboles más cercanos.

Instantáneamente empecé a notar un olor desagradable, fui hacia la puerta y, tras abrirla, lo supe: humo. Sentí una presión enorme en el pecho y traté de llamar a Sara para que me ayudara.

—¡Estela! ¡Corre, ayúdame! —gritó Sara. Su voz, aguda, procedía de la planta de abajo.

Bajé corriendo las escaleras para encontrarme con una nube considerable de humo. El fuego crecía por segundos.

Fuego.

Allí estaba Sara, de unos siete años, con las mismas coletas que había visto en aquel vídeo casero, con los ojos llorosos y tartamudeando.

—Te juro que no he sido yo, estaba debajo de la mesa escondida. Olía raro y, como tardabas mucho en encontrarme, he salido y lo he visto. ¿Qué hacemos? —Sus ojos gritaban miedo, pánico e impotencia, como también debían gritar los míos.

Las velas.

Para hacer el juego más divertido, y como no queríamos jugar a oscuras, en lugar de hacerlo con las luces puestas había encendido varias velas, las cuales, al fijarme, seguían encendidas con total normalidad.

El fuego no procedía de ellas, sino de la papelera.

Debí tirar las cerillas encendidas o calientes, porque había prendido, y las llamas se extendían por la pared y cortinas de la cocina.

Segundos antes había jurado no tener ni idea de esta información, pero sin dudarlo solté con seguridad:

—La avoa siempre cierra por fuera para que no entre gente rara ni ladrones cuando sale a cenar con sus amigas, pero me contó que hay una llave en el mueble de la cocina, en el cajón del microondas...

que... es... justo donde está el fuego —le dije a un volumen cada vez más bajo hasta que mis palabras se quedaron en un susurro inaudible que dudaba que Sara hubiera escuchado.

Entendía el peligro y la urgencia. Sabía que la solución más inteligente en esa situación era salir por la ventana; sería apenas un salto, no era peligroso, pero había algo en mí que me paralizaba.

No era solo el hecho de tener seis años, había algo más.

Algo me impedía reaccionar. Me empezó a faltar el aire y me senté en el suelo.

Quería llorar, pero no podía. Me quedé con los ojos abiertos intentando respirar.

El poco oxígeno que conseguía inspirar salía después con toses.

Miraba cómo el fuego devoraba la tela de las cortinas y trepaba hasta llegar al techo.

Me aterrorizaba y al mismo tiempo no podía dejar de mirar la brutalidad con la que engullía la madera, el humo que lo inundaba todo y hacía que cada respiración me ardiera por dentro.

Las llamas bailaban a un ritmo aleatorio, pero con un plan coordinado: destruir todo lo que se encontrasen a su paso.

Sara estaba a mi lado intentando tranquilizarme y buscando una solución a pesar de estar casi o igual de asustada que yo.

La tos también le impedía juntar dos palabras seguidas.

Mientras, yo era incapaz de hablar, mis piernas no respondían, aunque en mi mente nunca había tenido tantas ganas de escapar de un lugar.

No supe cómo, pero saqué fuerzas para levantar el brazo y señalar la ventana mientras mis ojos mantenían la mirada en las llamas que comenzaron a hacerse más y más grandes hasta que su brillo naranja inconfundible lo llenaba todo.

Unos gritos lejanos me hicieron volver a la realidad.

Lo recordaba, recordaba esa noche. Lo entendí todo.

Nunca había experimentado algo así; fue como revivir un recuerdo, pero de una manera muy intensa, mucho más intensa que al vivirlo por primera vez.

El incendio, las velas, los vecinos rompiendo las ventanas para sacarnos a Sara y a mí.

La avoa totalmente devastada y confundida cuando la avisaron de lo ocurrido.

La fuerte discusión que tuvo con mis padres por teléfono que fingí no escuchar.

Mi verano en Luarela, terminado mucho antes de lo que debía.

Por mi culpa.

El incidente.

Lo provoqué yo.

Mi avoa no tuvo nada que ver.

Pudiera parecer descabellado que dos niñas de seis y siete años se quedaran solas en la casa, pero así era la vida en el pueblo. Ni siquiera cerrábamos con llave muchas noches. Todo era muy seguro, nunca pasaba nada..., hasta que pasaba.

Por mi culpa había dejado de ir al pueblo. Mis padres no confiaban en dejarme sola con ella, pensaban que estaba muy mayor para cuidarme y que vivía demasiado despreocupada. Igual que recuperé esos recuerdos, comprendí de dónde venía mi fobia exacerbada al fuego.

Apenas había terminado de abrir los ojos cuando me di cuenta de que Sara ya no estaba.

Miré alrededor, nada, nadie; el sol estaba algo más bajo que cuando habíamos llegado, pero aparte de eso nada me daba pistas de a dónde se había ido.

¿Me había dejado sola? ¿En medio del bosque?

Vale que no era de noche, y que esa era una de las zonas más transitadas por la gente de alrededor, pero ¿sola?

—¡Sara! Sara, ¿dónde te has metido? —grité mientras me incorporaba.

Todavía confundida y algo mosqueada, agucé el oído porque me parecía haber escuchado algo.

Millones de pensamientos cruzaron mi mente cuando se confirmó: los mismos gritos que había escuchado antes ahora repetían de forma atropellada una palabra: socorro.

Alguien estaba gritando socorro y estaba muy cerca.

—¿Sara? ¡Sigue gritando! Voy a por ti. ¡Por favor, aguanta! ¡Ayuda!

Los gritos provenían del río, pero cuando me aproximé dejé de escucharlos.

Una sensación de alivio y terror inundó mi cuerpo a partes iguales cuando lo encontré.

No era Sara, pero fuera quien fuese, tenía un cuerpo menudo, más pequeño que el mío.

¿Sería un niño? Estaba siendo arrastrado por la corriente y se movía.

No lo pensé demasiado. En el cursillo de socorrismo que había hecho dos años atrás solo practicamos en la piscina municipal, pero el agua es agua, ¿no?

Me lancé. Solo unos segundos después pude confirmar que el agua no era solo agua, esa corriente helada me empujaba y apenas me dejaba controlar mis movimientos.

No se parecía en nada al ritmo calmado de una piscina corriente.

No supe cómo, pero alcancé al niño, porque tenía que ser un niño, aunque su ropa me confundía bastante.

Intenté por todos los medios que su cabeza quedase por fuera del agua.

No podía saber si respiraba, pero necesitaba sacarlo del agua.

Necesitaba sacarnos, a los dos. Conseguí sostenerlo mientras el agua nos arrastraba.

Empecé a sentir que mi misión de rescate no iba precisamente viento en popa.

Pasamos de una corriente agitada a unos rápidos que arrasaban con todo.

Agarré al niño con todas mis fuerzas, tratando por todos los medios que su cabeza quedara por encima de la superficie.

Mis brazos y piernas estaban en carne viva por todas las ramas y piedras que nos estábamos llevando por delante.

Socorro, esa palabra que me había traído hasta allí minutos antes era la única que conseguía gritar mientras escupía el agua que me entraba en la boca y mi vista se llenaba de puntitos negros.

Dejé de escuchar el sonido del agua y cada uno de mis cinco sentidos fue diluyéndose, poco a poco, hasta que no quedó nada.