Todas las vidas hasta ti 3
5%

3

Teixo: tejo.

Resulta curioso la cantidad de estímulos que pueden evocar recuerdos.

Desde una caricia a la mejilla, el olor de un perfume muy intenso hasta el sonido que hace una persona al abrir la puerta.

Ese sabor, esa comida, era volver a mi infancia, no sabía igual que cuando la preparaba mi avoa, pero la madre de Sara tenía también mucho talento.

Si hubiera sido por mí, habría repetido una tercera vez.

El lacón con grelos estaba espectacular y echaba de menos poder comer algo casero.

Mis avós tenían una cocina de gas, por lo que en los últimos días me había estado alimentando de ensaladas y comida que se pudiera calentar en el microondas.

Todo por no acercarme a las cerillas ni al fuego.

El miedo al fuego era común, pero el mío se salía de la norma.

En mi casa no había velas reales, funcionaban a pilas o las sustituía por pequeñas lamparitas o luces de Navidad.

Mis amigos siempre se metían conmigo cuando me asustaba cada vez que alguien encendía un mechero y por lo mal que lo pasaba cuando organizaban una barbacoa.

Había aprendido a lidiar con ello, pero no lo hacía más sencillo.

Después de comer, Sara y yo fuimos a su dormitorio a coger algunas cosas para llevarnos al bosque.

—Toalla, unas cartas, altavoz... —se decía Sara a sí misma mientras yo husmeaba entre sus paredes y estanterías.

Estar con ella se sentía cada vez más... natural. Sara me lo ponía demasiado fácil. También parecía dispuesta a que este encuentro no fuera puntual y pudiéramos recuperar el tiempo perdido.

Entre libros, pósteres de películas y el diploma de la carrera, vi un corcho lleno de fotos. De las que supongo que serían amigas del instituto o la universidad, de su madre, la de la orla con el birrete y también...

Se me encogió el pecho. En una esquinita estaba yo, junto a ella, claro.

No recordaba haberla visto en casa. Quité la chincheta que la mantenía sujeta para verla de cerca.

Parecía sacada el mismo día que se grabó el vídeo de la cinta casera, con el mismo vestido y peinado.

Estábamos sentadas en el suelo, abrazadas y mirando a la cámara.

Sara conservaba esa foto, y no en un cajón cogiendo polvo: estaba junto a muchas personas y recuerdos que parecían importantes para ella.

—Sara, gracias...

Dejó de hacer lo que estaba haciendo y me miró. Sus ojos fueron a parar a la foto que sujetaba con la mano.

—Gracias por conservar esto, acordarte y pensar en mí. Sé que era pequeña, pero también sé que lo pasamos muy bien de niñas. Siento haberte olvidado. Me da mucha lástima haber perdido el contacto durante tantos años.

—Estela, de verdad, no es nada. Sé que debió ser duro lo que pasó y me sigo sintiendo responsable de que desde ese verano no volvieras. Éramos pequeñas, sí, pero significaste mucho para mí, fuiste mi primera amiga. —Agarró de mi mano para que me sentara a su lado y con los ojos vidriosos continuó.

Supuse que tenía sus motivos para no contarme lo que sabía, pero me estaba impacientando demasiado.

—Sé que fue muy repentino y lo siento mucho, pero quiero que sepas que casi todas las semanas me pasaba por tu casa a verla. Nunca perdimos el contacto y ella me mantenía actualizada de tu vida. Fue como una abuela para mí también. Y estaba muy orgullosa de ti, Estela.

Sus palabras y el mencionar a mi avoa provocó que se me saltaran las lágrimas.

Era la segunda vez que lloraba su pérdida.

Ya no me quedaba duda, el tiempo no había hecho que la olvidara.

Algo en mí había bloqueado esos sentimientos y ahora no querían dejarla ir.

Cuando nos abrazamos, me sentí en casa. Lloré más fuerte.

Me sentía demasiado culpable, por Sara y por mi avoa.

Todos pensamos que tenemos toda la vida por delante, tiempo infinito para hacer, hablar, solucionar, decir, querer, abrazar...

, pero un día, de la nada y sin avisar, llega la muerte y te roba ese tiempo.

Porque la muerte no solo roba el tiempo al que se marcha, se lo roba a toda la gente que lo rodea y que no podrá pasar más tiempo a su lado.

Noté la pena de Sara por mi avoa, no mentía, la quería de verdad.

—Bueno, basta de lágrimas. Vamos a lo que hemos venido. Ya tengo la mochila lista, cogemos un poco de agua y nos vamos. ¿Estás mejor?

—Estoy mejor, gracias, lo necesitaba. —Me reí. No recordaba el último día que me había reído así.

* * *

Más de una década había pasado desde la última vez que había hecho este recorrido y, sin embargo, mis pasos eran certeros.

Reconocían el camino como si no hubiera dejado de hacerlo nunca.

La casa de la avoa y la de Sara estaban a la distancia perfecta tanto del bosque y del río como del mar, cerca de la linde del pueblo. Se sentían en plena naturaleza.

Este y los pueblos de alrededor gozaban de esa chispa que escaseaba cada vez más en el país, esa mezcla de futuro y pasado.

Ese equilibrio ideal entre el cruzarte con un repartidor de Amazon por la calle y dos pasos después ver cómo un caballo ayuda a su potrillo recién nacido a ponerse a caminar en el terreno del vecino.

Cómo todavía algunas señoras se acercan a la fuente de la plaza a recoger agua, cómo quedan a la hora del crepúsculo a sentarse a la fresca en las aceras mientras sus nietos no separan dos centímetros sus caras de las tablets.

Me daba lástima pensar en todos los años, veranos pasados, las oportunidades perdidas de pasar los días, tardes y noches aquí, escapando del infierno de la capital y viajando al pasado de alguna manera.

Mientras caminábamos, estuvimos un buen rato poniéndonos al día.

Tantos años sin vernos, con una adolescencia de por medio, hacían que hubiera mucho de lo que hablar.

Me contó que siguió en el mismo colegio donde estaba cuando la conocí hasta que se graduó.

Era de las pocas familias que vivían de forma permanente en el pueblo y que durante el otoño y el invierno era una zona bastante deprimente, que los días parecían todavía más cortos que de costumbre, no se escuchaba un alma pasadas las cinco de la tarde, y así hasta que llegaba marzo.

Los interminables días de lluvia tampoco ayudaban.

Sin embargo, estaba acostumbrada, pues no conocía otra cosa.

Gracias a las becas y ayudas que recibían del Estado, Sara pudo estudiar a distancia, lo que evitó que se separase de su madre.

Ella era lo que la anclaba y ataba al pueblo.

Me decía que era feliz, y yo la creía. Además, mientras trabajaba, estaba preparándose para el examen de acceso a la residencia.

Después de quince minutos caminando, nos acercamos a un claro donde apenas crecía la hierba con un único árbol viejo, robusto, que habría sobrevivido a muchas generaciones.

Sin un motivo aparente, se me erizó la piel.

Me froté el brazo. Miré al cielo, al suelo, de izquierda a derecha, a Sara mientras seguía caminando tan tranquila.

No había notado nada. Pero algo había cambiado.

El aire parecía más denso, como si pudiera masticarlo; la brisa había dejado de correr; el suelo se volvía más duro bajo mis pies y mi cuerpo, más pesado.

Creía que me estaba mareando y que me iba a caer.

Me agarré a Sara y nos quedamos quietas frente a un gran árbol.

—¿Aquí? —pregunté.

—Pensaba seguir por ese sendero, el río está cerca y...

—Me gusta este sitio —la interrumpí.

—Bien, bien. Como gustes. Pero mejor en la sombra.

Nos sentamos con la espalda apoyada en el tronco.

La copa era tan densa que tapaba el sol casi por completo.

Las raíces que sobresalían de la tierra creaban los huecos perfectos para acomodarse ahí.

Parecía un lugar perfecto para leer. Acabábamos de llegar y ya estaba pensando en regresar al día siguiente.

—¿Me das el agua, por favor? —me preguntó.

Abrí mi mochila para sacar la botella.

—Claro, aquí tienes.

Alcé el brazo esperando que la alcanzara mientras buscaba mi móvil con la mano libre.

—Aquí tienes —repetí—. Toma... ¿Sara?

Un segundo antes estaba a mi lado. Era imposible que hubiera desaparecido tan rápido.

—¡Sara!

Intentaba entender lo que estaba pasando, pero mi mente iba muy despacio. Se parecía a lo que sentía cuando tenía un ataque de ansiedad en todo menos en la ansiedad. No sabía explicarlo, pero no me sentía intranquila.

Vi a alguien acercándose a lo lejos.

¿De dónde había salido? Parecía un hombre, aunque no conseguía verle el rostro.

Parpadeé un par de veces, y la persona que debía estar a unos treinta metros de distancia estaba de pronto a escasos centímetros de mi cara.

Esos ojos. Inconfundibles. El rostro y el cuerpo eran indefinidos, pero habría distinguido esos ojos grises entre miles.

Grises como la niebla que te rodeaba sin que te dieras cuenta.

Felicidad, tristeza, amargura. Anhelo. Y deseo.

Sensaciones que había buscado en todos los chicos que había conocido, pero jamás se habían acercado a lo que esa mirada me hacía sentir.

Los tenía grabados en la retina. Sería capaz de dibujarlos de memoria, pero de quién se trataba era una de las preguntas que siempre me hacía. Miré esos ojos que despertaban un calor en mí que no entendía, pero que sabía que quería sentir una y otra vez.