Todas las vidas hasta ti 2
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Fume: humo.

Fui corriendo al salón y rebusqué entre todas las estanterías hasta que lo encontré.

Pasé varias hojas y ahí estaba yo, con Sara.

En la casa, en el bosque, en la plaza del pueblo, bañándonos en el río...

El álbum estaba repleto de fotos de nosotras en diferentes momentos de nuestra infancia.

Verla en ese vídeo había despertado recuerdos que no sabía ni que tenía y, a la vez, sensaciones que preferiría volver a olvidar.

Algo no terminaba de encajar. Todas las fotos, todos los recuerdos que empezaron a reproducirse en mi cabeza eran felices, pero estaban borrosos, con huecos.

No conseguía entender por qué escenas alegres me despertaban una presión y angustia en el pecho similar a la que me provocaban las pesadillas que había tenido los últimos días. No podía ser casualidad.

Me llevé el álbum a la habitación y perdí la cuenta del rato que estuve mirando las fotos.

Empecé a sacarlas de sus páginas para verlas de cerca, en detalle, todas desperdigadas por la cama.

Aparte de las de Sara, tenía muchas con avoa, mi madre aparecía, sobre todo, en las que era todavía un bebé y apenas podía caminar y, sorprendentemente, mi padre aparecía en algunas también.

Una de ellas en particular me llamó la atención.

Se veía el río en un lado, que bordeaba un claro del bosque donde apenas crecía hierba.

No había árboles ni arbustos, un círculo irregular de un tamaño considerable.

Y en el medio estábamos Sara y yo. Ella me rodeaba el hombro con el brazo y ambas hacíamos el gesto de la paz con la mano.

Sara parecía feliz, y yo sonreía también, pero me conocía, y esa era una sonrisa como la que ponía a mi jefe cuando me preguntaba si me importaba quedarme una hora más o cuando mi ex me presentó a su novia cuando nos cruzamos por la calle. Era una sonrisa forzada, incómoda.

Mi mente empezó a sobrepensar, a darle vueltas a todo y dibujar imágenes, recuerdos, pero estos seguían difusos.

Podía ver a mi avoa, sus comidas, el río, la playa...

Había puesto el rostro de Sara, pero no veía sus palabras, ni lo que hacíamos juntas.

Las fotos que miraba eran como piezas de un puzle que no encajaban entre sí.

Absorta en mis recuerdos, no me di cuenta de que empezaba a oler a humo. Cuando me percaté, pensé que procedía del bosque, de una barbacoa o de la hierba seca, que acostumbraba a quemarse con el calor. Pero cuando miré hacia la ventana vi que estaba anocheciendo.

«Imposible». No era ni mediodía cuando empecé a ver las fotos.

En ese instante, me percaté de que una ligera nube de humo subía por las escaleras.

Alarmada, bajé corriendo. En la planta baja la nube de humo era mucho más grande y unas llamaradas de fuego salían del salón, inundando el pasillo y la puerta de entrada.

«Mierda», mascullé para mis adentros. Mi mente comenzó a funcionar a cámara lenta, intenté gritar para pedir ayuda, pero solo pude toser.

Me tapé la boca y la nariz con el brazo.

Estaba por todas partes, no había salida.

Me palpé los bolsillos para buscar el móvil y llamar a emergencias, pero no lo tenía.

Aterrorizada, no sé ni cómo subí de nuevo al dormitorio.

Fui directa a la ventana y me senté en el alféizar.

Era solo un piso. Me aterraba saltar, pero me daba aún más pánico el fuego.

No iba a alcanzarme, pero solo con verlo, sentirlo, olerlo, saber que estaba cerca...

Me sentía indefensa, paralizada, presa del horror más absoluto.

Estaba a punto de lanzarme cuando escuché el timbre de la casa.

Me giré. Y antes de moverme más, me di cuenta de que me encontraba tumbada sobre una superficie blanda, y ya no olía a humo.

Estaba en la cama de nuevo. Entraba sol por la ventana.

Las fotos seguían desperdigadas por el colchón.

«Otra vez», pensé, desalentada. Tenía la boca seca, notaba el sabor a ceniza, mis ojos estaban llorosos y mis pulsaciones seguían aceleradas. El timbre sonó de nuevo y volví en mí.

Bajé a la entrada y abrí la puerta. Apenas vi quién se trataba antes de que se lanzase a mis brazos.

—¡Estela! ¡Cuánto tiempo! Me dijo mi madre que te vio llegar el viernes. Perdona que no haya pasado antes a verte. Llegué anoche —terminó de decir mientras se separaba de mí unos escasos centímetros, todavía demasiado cerca.

La reconocí. Sara. Había cambiado mucho, pero no cabía duda: era Sara.

Llevaba el cabello rubio más oscuro, con mechas rosas y violetas.

Los mismos colores que habría elegido para colorear un unicornio.

También llevaba un flequillo más corto de lo que a mí me parecía estético.

Sin embargo, le favorecía, y mantenía la misma esencia de la niña que aparecía en el vídeo.

Toda ella despertaba un aura alegre y acogedora; pero sentí un malestar en el estómago. Y no fui muy buena disimulándolo.

—Estela, ¿estás bien? Soy Sara, ¿recuerdas? Tu abuela me contó que eras artista. No me sorprendió, siempre te gustó dibujar. Bueno, es verdad, perdona, lo siento mucho por ella. Me enteré el mismo día que ocurrió, pero estaba de viaje y no pude ir al velatorio.

Cogí aire, tragué saliva y me esforcé en dejar de parecer una niña asustada.

—Claro, ¡Sara! Cuánto tiempo. Perdona, me había quedado dormida. ¿Quieres pasar? Tengo café.

No tenía ninguna gana de mantener una conversación, pero quería ser amable, y una parte pequeña de mí sentía nostalgia y cariño por Sara. Además de curiosidad. Tenía que averiguar por qué verla me generaba ese malestar.

—Guau, Estela. ¿Qué has hecho? No hace tanto que estuve aquí y ya está todo patas arriba. —Sara me había adelantado y ya estaba paseando por el salón.

—He estado revisando y clasificando todo para vender, regalar o tirar. Te puedes imaginar, una casa tan antigua y con tanta vida... —Se me quebró la voz. Mi madre y sus hermanos quieren vender la casa y han aprovechado que yo estoy libre para cargarme el marrón a mí.

—¿Vender...? Qué pena.

—Sí..., supongo. Ya no hay nada que nos ate aquí.

Desde que había llegado, apenas había hablado con nadie sobre cómo estaba siendo la experiencia y, al decirlo en voz alta, sentí que me rompía un poco, que lo hacía más real de lo que ya era y que, de alguna manera, empezaba a dejar atrás los recuerdos en esta casa.

—Pues si necesitas ayuda, estoy de vacaciones hasta septiembre, así que puedo ayudarte a hacer cajas, ordenar, poner cosas a la venta, llevar ropa a la iglesia...

, lo que haga falta. Ahora, si quieres. Por cierto, mi madre dice que vengas a comer a casa luego.

Estaba preparando su especialidad: lacón con grelos.

—Gracias, de verdad, pero no te preocupes. Tengo tiempo de sobra para hacerlo. Estoy en el paro ahora, así que tiempo no me falta.

Terminé de servir el café y lo llevé al salón con unas magdalenas.

—Sí, bueno, yo estoy en el paro también, por así decirlo. La clínica en la que estoy me contrata de septiembre a junio y en verano solo se quedan los terapeutas más antiguos. A los demás, en lugar de pagarnos las vacaciones, nos echan hasta septiembre.

—Qué putada, pero al menos tienes algo asegurado, y de lo tuyo, ¿verdad? ¿Estudiaste Psicología?

Asintió con una sonrisa.

—Terminé hace un par de años, hice un máster y donde hice las prácticas me quedé, aunque mi sueño es tener mi propia clínica o consulta privada.

Viviría mucho más tranquila, pero hacerse autónomo es una pesadilla, así que por ahora...

me conformo —dijo mientras terminaba de masticar la segunda magdalena. Tendría que ir a comprar más después.

Recordaba que mis padres me llevaron a hablar con una chica varias veces de pequeña.

Una vez a la semana hablábamos del colegio, de mis dibujos, de la avoa, del divorcio de mis padres...

, y un día no volví a verla más. Hacía años que no pensaba en ello.

¿Era una psicóloga? Tenía que serlo, pero ¿por qué?

El divorcio de mis padres apenas lo recordaba; casi todos mis recuerdos eran con ellos ya separados.

En el colegio me iba bien. Bueno, normal, tenía amigos, me portaba bien...

—Tierra llamando a Estela, ¿estás bien? Antes te he notado un poco rara.

¿Quieres hablar? Y no te estoy psicoanalizando ni nada de eso.

Me refiero a hablar como amiga de la infancia, no como profesional.

Qué profesional..., bueno, lo hago lo mejor que puedo en las consultas.

Pero ya me entiendes. Mejor me callo ya, no pasa nada.

Olvídalo. —Dio un trago al café y siguió con la tercera magdalena.

La envidié. Sara parecía mucho más cómoda en esa casa que yo. Me hablaba como si los años no hubieran pasado y poco a poco sentí cómo me iba contagiando el mismo ánimo.

—Es esta casa. Luarela, la infancia, la avoa... Siento que son muchas emociones y recuerdos a la vez y estoy abrumada. Pero de verdad que estoy bien, creo.

—¿Crees? —repitió con la boca llena—. Elabora.

—A ver, vas a pensar que estoy loca, pero es que...

—No —me interrumpió con una expresión muy seria.

—¿Qué?

—No digas eso, no estás loca ni lo voy a pensar ni nada de eso. O sea, sé que lo dices por decir y por costumbre, pero, en serio, aunque hace mucho que no nos vemos, esto es un espacio seguro. Habla con toda la confianza del mundo.

Decía que no era profesional, pero eso hablaba mucho de su enfoque como terapeuta. Le iba como anillo al dedo. Continué:

—Pues a ver..., son mis sueños.

Asintió, interesada.

No tenía demasiado sentido. No había hablado con nadie de mis sueños. Y hacerlo de pronto con Sara...

Si me paraba a pensarlo, en realidad apenas la conocía.

Éramos dos extrañas cuyas vidas se cruzaron durante un corto periodo de tiempo.

Y, sin embargo, quería contarle lo que me pasaba.

Me sentía cómoda a su lado y su mirada serena me transmitía la seguridad que necesitaba.

Decidí intentarlo. Además, intuía que podríamos hacer buenas migas.

Y un paso para empezar era abriéndome con ella.

—Los sueños siempre han tenido un papel central en mi vida porque me inspiraban para dibujar y crear cuadros nuevos.

Pero siempre han sido los típicos surrealistas de sitios que nunca has estado, paisajes, animales, lugares donde ocurren cosas aleatorias y que hacen que te despiertes confundida.

Aun así, sabes que es un sueño y al rato es solo una anécdota divertida.

Sara me prestaba atención como si estuviera viendo una película, con los ojos completamente fijos en mí. Incluso había dejado una magdalena a medias para seguir escuchándome.

—Pero es que desde que he vuelto son diferentes.

—¿Diferentes? ¿Cómo?

—Más reales. Las sensaciones, los colores, los olores incluso. Y no solo eso, es que... son horribles. —Empezaba a notar cómo se me humedecían los ojos mientras escuchaba los latidos del corazón cada vez más fuertes y rápidos—. Siento miedo, angustia, y me está empezando a agobiar irme a dormir.

—Y... ¿qué pasa en ellos?

—Sobre todo es el calor. Siempre siento calor.

A veces no veo nada y solo lo siento. Es fuego por todas partes.

Me arde, me quema. Y nunca tengo forma de escapar, me siento atrapada, y siempre que me despierto es porque...

me muero. Nunca me había sentido así y me está pasando factura.

Es como si te hundieras bajo el agua y no pudieras salir a la superficie.

Como si notaras cómo te vas quedando sin oxígeno y empiezas a dar bocanadas para respirar por puro instinto y lo único que haces es llenarte los pulmones de agua, haciéndote cada vez más difícil mantener la consciencia, es horrible, cómo...

—Sé a lo que te refieres —me interrumpió.

Sara bajó la mirada al suelo unos segundos. Tragó saliva antes de continuar.

—Pensaba que no fue para tanto, que después de tantos años ya sería solo un simple recuerdo —murmuró mirándome de nuevo—.

Pero igual te afectó más de lo que pensaba.

Me sentí culpable un tiempo, estaba convencida de que fue el motivo por el que no viniste el verano siguiente, ni el siguiente, aunque quería creer que no era por eso.

No estaba entendiendo nada, ¿qué quería decir con eso?

—Me he perdido, Sara. ¿A qué te refieres?

—Fue el último verano que viniste a Luarela. Aquel día estábamos jugando aquí, por la noche. Y, después... ¿No lo recuerdas?

Negué con la cabeza.

—Mmm, tu avoa siempre se refería a ello como «el incidente», para abreviar. De verdad, ¿no te suena de nada? —añadió.

«El incidente». Mis padres nunca entraron en detalles. Siempre pensé que era algo entre ellos y la avoa. Nunca pensé que tuviera que ver conmigo. Mi cerebro comenzó a dar vueltas y empecé a sentirme mareada.

—¿Sabes a qué se refería con eso? Por favor, cuéntamelo.

Me sentí vulnerable; ella tenía información sobre mí que hasta yo desconocía.

—Estela, yo... no sé si debería. O sea, quiero, pero si no lo recuerdas, no creo que deba decírtelo así por las buenas. Quizá no te haga bien.

—¿Cómo? Dímelo y ya, no me va a pasar nada.

Sara se quedó callada. Durante unos segundos que sentí minutos, una eternidad.

—¿Sara?

—Tengo una idea —dijo—. Pero tienes que venir a comer a casa. Y cámbiate y ponte algo cómodo, que luego nos vamos al bosque.