Todas las vidas hasta ti 1
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Tardo: duende que se sienta sobre tu pecho mientras duermes provocando pesadillas.

Sentía mucho calor. No del tipo que sientes en verano, sino del que duele, quema y no te deja respirar.

Mi cuerpo intentaba apartarse, escapar de esa sensación agobiante, pero era incapaz de mover un solo dedo.

Intentaba gritar, pedir auxilio y lo único que conseguía era mover ligeramente los labios.

La presión que sentía en el pecho aumentaba; se me complicaba coger aire, y tampoco podía abrir los ojos.

Me sentía impotente, a merced del calor, del dolor, el miedo y la desesperación.

Las llamas me rodeaban, el pánico ya ni siquiera era capaz de mantenerme consciente, luchar era inútil, los pulmones ardían, mis ojos lloraban y el terror lo inundaba todo.

Pero cuando me dejé llevar y me rendí, algo cambió. Todo era diferente. No, diferente no es la palabra, era..., nada, no sentía nada.

El pitido del microondas me trajo de vuelta a la realidad.

Cogí aire como quien lleva varios minutos bajo el agua y ansiaba llegar a la superficie.

Mi mente me decía que todo estaba bien, que estaba en casa, tranquila, sin ningún peligro al acecho.

Sin embargo, no entendía por qué mi corazón latía a mil por hora y mis ojos estaban húmedos, como cuando estás a punto de llorar.

Desde pequeña, siempre he tenido sueños bastante intensos y vívidos.

La mayoría de las veces me dejaban bastante trastocada, para qué mentir, pero también me ayudaban a salir de cualquier bloqueo creativo.

Despertaban mi inspiración y hacían que me pudiera pasar horas frente al lienzo.

Sobre todo, un rostro. Mejor dicho, unos ojos: una mirada, una forma de observar que no había capturado ni de fotos ni de modelos en vivo.

Incluso profesores, sorprendidos, me habían preguntado por las referencias que había usado, pero yo siempre les daba la misma respuesta: mi imaginación.

Todavía me costaba creer que mi subconsciente hubiese creado esa imagen tan nítida, esos ojos que te atraviesan de lleno.

Cuando lo comentaba con compañeros o amigos, me decían que las personas que vemos en nuestros sueños son personas con las que nos hemos cruzado alguna vez en nuestra vida: quizá el cajero del supermercado o en el asiento de enfrente del metro, pero que eran reales.

Que sí o sí las había visto antes. Sin embargo, yo sabía que, si de verdad me hubiese cruzado con esos ojos en el pasado, recordaría el día, la hora, el minuto, el lugar...

, ¡hasta las coordenadas GPS de ese momento!

Así que... no. Esos ojos eran míos, de mi propiedad intelectual, ahora compartida con el resto a través de mi arte.

Esa mirada responsable de que me quisiera ir a dormir cada noche para volver a verla.

Pero los sueños, si podía seguir llamándolos así, que tenía desde que había llegado a esta casa unos días atrás, eran diferentes. Habían dejado de ser el espacio seguro en el que me gustaba refugiarme, ese lugar tranquilo e inspirador al que siempre podía acudir.

El día que recibimos la noticia habría jurado que no me afectaría de esta manera, pero me equivocaba. Volver a esta casa y verla así, vacía y silenciosa, hacía que este viaje no fuera unas simples vacaciones y se acercase más a vivir un luto, un dolor con el que no esperaba encontrarme.

El fallecimiento de mi abuela, mi avoa, me había dado la excusa perfecta para escapar de Madrid una temporada.

Con suerte, eso me ayudaría a evadirme, alejar mi ansiedad, mis ataques de pánico y reconducir mi vida.

Si hubiera conseguido una de esas cosas, me habría dado por satisfecha.

Sin embargo, lo que no esperaba es que los recuerdos, la nostalgia y la culpabilidad me diesen una bofetada de realidad como lo habían hecho.

Rescaté mi taza del microondas y me llevé el desayuno al porche de la casa.

A pesar de todo, poder tomarme el café alejada del ruido del tráfico, con un cielo azul y no grisáceo, escuchando a los pájaros que me hacían las veces de despertador y no los pitidos de los coches y sirenas de policía, se había convertido en una de mis cosas favoritas de volver al pueblo.

Algo tan simple, tan mundano y atemporal hacía que me sintiera mucho más en paz, haciéndome olvidar de todos los problemas que me esperaban en la capital cuando volviera.

Hija única de padres divorciados, estaba acostumbrada a pasar tiempo sola, circunstancia perfecta para crear una personalidad fundamentada en multitud de hobbies, creatividad y amigos invisibles.

Sin embargo, algo se sentía extraño en esa casa.

Lo noté en el segundo que aparqué el coche frente a la entrada principal.

Más tarde pensé que era porque nunca había estado sola en ese lugar.

Cuando dos semanas atrás me llamaron al fijo, tuve un presentimiento, y no me equivoqué.

La vecina y amiga de mi avoa nos dio la noticia.

Fue a buscarla como todas las mañanas para salir a pasear, pero aquel día no abrió la puerta.

La encontraron en su cama, como si aún siguiera dormida.

En parte me dio tranquilidad pensar que no sufrió, que disfrutó cada día hasta el último con buena calidad de vida y que se marchó en paz.

Al principio no lo entendí, pero algo dentro de mí se rompió ese día.

Culpabilidad, arrepentimiento, rabia, vergüenza.

Llevaba demasiado tiempo sin visitarla. Desde el incidente, que mis padres se empeñaban en pasar por alto y no darme explicaciones, no volvieron a traerme a pasar el verano con ella.

Después crecí y ya pude quedarme sola en casa, así que nunca más hubo necesidad de regresar.

Un día me marché de Luarela sin saber que cuando volviese ella ya no estaría.

Esa casa era sinónimo de vacaciones, verano, noches de historias hasta la madrugada, verbenas, playa y días en el río.

Aunque en general mis recuerdos de la infancia eran difusos, los que guardaba en ese pueblo, de esta casa, seguían muy vivos, sobre todo los relacionados con ella.

Avoa era como una segunda madre para mí.

Con ella pasaba todos los veranos mientras mis padres trabajaban y se iban de vacaciones con sus respectivas parejas.

Nunca conocí al avó. Ella enviudó muy joven y nunca se volvió a casar; ni siquiera recordaba que tuviera novios o «amigos especiales», como le gustaba decir.

Era muy espiritual, en todos los sentidos: era de misas de los domingos y de limpiezas con palo santo los lunes.

Ese olor, mezcla de inciensos y hierbas aromáticas, inundaba la casa.

No se me olvidaría nunca. Siempre contaba que a mi avó nunca le gustaron demasiado esas cosas, pero que, si tenían que ver con ella, entonces estaba bien.

Aunque no lo conocí, lo que aprendí de él definió los estándares de lo que buscaba en un hombre.

Lo cual, por desgracia, no podía decir de mi padre.

Quizá sería pasarme si asegurara que me abandonó, pero estaría cerca.

Le veía una vez al año, como mucho. Cuando se separó de mi madre, decidió que era hora de viajar y conocer el mundo, y desde hacía quince años no parecía haber cambiado de planes.

Pensaba que, aunque mis padres nunca se quisieron, al menos tuvieron la madurez suficiente de acabar con esa farsa cuando yo era pequeña y, la verdad, nunca se lo agradeceré lo suficiente.

Mis avós eran todo lo contrario; según mi madre, eran como almas gemelas.

Él la adoraba, y ella no podía vivir sin él, metafóricamente claro, o espiritualmente quizá, ya que vivió más de cuarenta años después de perderlo.

Aun así, mi madre decía que nunca volvió a ser la misma.

Durante mucho tiempo solo aparentaba felicidad.

Luego, cuando nací, por lo visto hubo atisbos del brillo que una vez el amor le iluminó los ojos.

Los veranos que pasaba aquí le devolvieron la alegría que el destino le había arrebatado.

Además de hablarme del avó, de su vida, de anécdotas del pueblo y de cosas que mi madre nunca me había contado, también me contaba cuentos.

«Las historias de la avoa», decía yo, aunque ella juraba que no eran invenciones suyas, sino fruto de la tradición oral.

—¿El bosque es mágico de verdad? ¿Podría traer al avó contigo de nuevo?

—Claro que es mágico. ¿No ves las hojas qué verdes son y lo bonito que cantan los pájaros de alrededor?

También tiene las flores más bonitas del lugar.

Pero no es ese tipo de magia que concede cualquier deseo.

No funciona como la lámpara de Aladín. El bosque es mucho más viejo que tú, que yo y que cualquier persona de este pueblo, en esta y muchas generaciones atrás.

Por eso, además de antiguo, es muy sabio, y elige cómo y cuándo hacer uso de sus poderes.

Aunque tú no lo veas, el bosque siempre está viendo y escuchando.

Seguro que ya sabe lo mucho que echo de menos al avó y lo mucho que me gustaría tenerlo aquí conmigo.

Pero ¿sabes qué? El bosque también me da la certeza de que el avó está bien, esté donde esté, y que nos cuida y protege. Para mí, eso es suficiente.

—¿Le puedo pedir algo al bosque, avoa?

—Cielo, el bosque no concede los deseos que le pedimos, sino los que necesitamos.

Recordaba su voz, su dulzura tan característica que podía calmar cualquier mal.

Me limpié los ojos de lágrimas. Me sorprendí a mí misma.

Empezaba a ser consciente de qué significaba todo eso para mí.

Pensaba que, como no había llorado el día que nos enteramos, ya no lloraría nunca.

Qué ingenua. Esa era solo una de las muchas consecuencias de estar sola y tener demasiado tiempo para pensar.

Cogí el móvil para ver algún vídeo e intentar alejar esos pensamientos mientras me terminaba el café. Entonces, me saltó una notificación:

Alerta de empleo cerca de ti, se busca camarer@ y ayudante de cocina a menos de 10 km.

Lo bloqueé.

En junio terminó mi contrato de prácticas en el museo.

Estaba convencida de que, al acabar, me ofrecerían quedarme y que ese trabajo sería el trabajo.

Me equivoqué. Fue un palo bastante grande para mi orgullo, pero también para mi economía.

Me negaba a pasar otro verano trabajando en hostelería o de dependienta.

Estaba harta, y necesitaba un cambio. No quería rendirme: quería dedicarme a lo que me apasionaba.

Sabía desde que la elegí que la carrera de Bellas Artes no era fácil, académica y profesionalmente hablando, pero yo no me imaginaba haciendo otra cosa.

Por eso estaba allí: Estela, veintitrés años, en paro, pasando las vacaciones mientras ordenaba y vaciaba la casa de sus avós para que mi madre y mis tíos pudieran venderla.

No era el escenario de un verano perfecto, aunque en general pocas cosas en mi vida lo eran.

En épocas como esa, en las que me sentía perdida, me obligaba a escribir unos agradecimientos diarios.

Empezó como un ejercicio que me sugirió mi terapeuta y se convirtió en un hábito casi diario.

Consistía en escribir tres cosas por las que estuviera agradecida en ese momento, por muy pequeñas que fueran.

Lo único que se me había ocurrido ese día era que había podido dormir arropada.

Me había dado de plazo hasta septiembre.

Entonces empezaría a buscar trabajo, y esperaba no tener que conformarme con algo que no estuviera relacionado con el arte.

No tener el título aún lo hacía todo más complicado, pero solo pensar en matricularme de nuevo en el trabajo final de grado me provocaba dolor de estómago.

Después de dar el último sorbo al café, decidí continuar por donde lo había dejado la noche anterior: el dormitorio.

Me entretuve entre álbumes y cajones llenos de objetos que en su día serían importantes o útiles, pero que ahora no eran más que envoltorios de recuerdos.

En esas paredes se podía sentir el paso del tiempo.

Me gustaba quedarme en silencio y con los ojos cerrados durante unos minutos.

Se podía percibir que ahí había habido mucha vida, llanto, risas, alegría y tristeza.

Un cóctel que no muchos lugares en los que había estado podían ofrecerme.

Me llenaba de nostalgia y me dejaba con una sensación de anhelo de algo que en las últimas semanas no había llegado a identificar en qué consistía.

Como si echara algo de menos, cerca pero lejos al mismo tiempo.

Había intentado poner en funcionamiento el tocadiscos, pero acabé rindiéndome.

Al final, puse de fondo una de esas cintas caseras de vídeo que tanto le gustaba hacer a mi avoa.

Todas sucedían en esta casa; la misma, pero en otro color.

Era un hogar donde vivía gente, gente feliz, y siempre he sido de las que piensa que los sitios absorben las energías de las personas que los habitan.

Por eso había pasado de esos colores vibrantes del pasado a unas tonalidades opacas que nada tenían que ver con la suciedad o el simple paso del tiempo.

Puse en un lugar seguro la carpeta donde guardaba los dibujos que le hacía, convencida de que los había guardado todos. Me sequé las lágrimas de los ojos para asegurarme de que lo que estaba viendo en la pantalla era real.

Me fijé atentamente. Era yo, de pequeña, correteando por el jardín de esta casa.

No recordaba lo que había cenado anoche, pero el vestido que llevaba en ese vídeo no se me olvidaría nunca.

Estaba casi segura de que aún lo conservaba en Madrid, uno de cuadros rosas y blancos que me encantaba.

Parecía un vídeo casero normal, entrañable, de los que querría digitalizar para conservar y poder enseñar a mis hijos en el futuro.

Corriendo detrás de mí había otra niña. Llevaba unas trenzas rubias largas y un peto vaquero y resultaba adorable. Por esa razón, no comprendí por qué al mirarla mi respuesta fuera sentir una presión en el pecho.

—¿Sara? —musité al recordar su nombre.