Todas las vidas hasta ti
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Prólogo
Siempre me ha gustado el fuego.
Desde que tengo uso de razón, recuerdo pasar las noches acurrucada junto a mi abuela alrededor de la chimenea mientras contaba a todos los niños del pueblo esas historias que tanto nos gustaban.
Ella decía que eran meras leyendas, fábulas, pero la forma en que las contaba y los ojos que ponía esos días no eran los de alguien que cuenta simples cuentos infantiles, sino los de alguien que habla con la memoria, de recuerdos o, como mínimo, de hechos que asumía como ciertos.
Es lo que siempre me gustaba de esas noches, cuando me escabullía de casa de papá y mamá junto a los mellizos. Ellos siempre han sido como hermanos para mí; no tengo recuerdos en los que no estuvieran, desde la escuela, las misas de los domingos, los baños en el río o las excursiones al mar.
Eran todo lo que necesitaba, al menos, hasta que lo conocí.
Durante toda mi vida he pensado que se necesita tiempo para conocer a alguien, ganarse su confianza y saber cómo es.
Sin embargo, sin previo aviso, él llegó para que entendiera lo equivocada que estaba.
Desde que lo saludé por primera vez, extraño era el día que no pasábamos juntos.
En cuestión de semanas me sentía como si lo conociera de toda la vida.
Lo que solo contaba a mis amigos pasó a ser el motivo de que saliera en plena madrugada a encontrarme con él bajo la luz de las estrellas, al calor de una pequeña hoguera que encendíamos en las noches más frías.
Es irónico que tenga estos recuerdos justo ahora, ¿no? «Si juegas con fuego, terminarás quemándote», me decían. Creía que sería en sentido figurado, pero qué travieso el destino.
Empiezo a ver el humo y a oler a madera quemada.
No debe de faltar mucho para que el calor me alcance y empiece a arder.
Después de tantas brujas condenadas a morir en la hoguera, ¿no se han dado cuenta de que, si lo fuéramos, nos escaparíamos volando o que nos desvaneceríamos con un simple conjuro?
Y qué casualidad que no existieran brujos; desde que nací, solo he presenciado juicios por brujería a mujeres. ¡Incluso a una bebé de seis meses!
Pensándolo así, este mundo es demasiado cruel, y quizá, por eso, durante estos días en el calabozo me he reconciliado con la muerte, abrazándola con cierta resignación, pero abrazándola, al fin y al cabo.
Lo que me hacía sollozar de forma desconsolada no era morir, no era el hecho de que me condenaran de forma injusta. Tampoco era miedo a quemarme en vida.
Lloraba por él. Verlo ahí, el primero delante de toda la multitud..., no podía soportarlo. Sabía que había intentado por todos los medios salvarme y le estaré eternamente agradecida por ello.
Solíamos bromear sobre lo que haríamos el uno sin el otro. Yo siempre contestaba que viviría el resto de mis días como alma en pena, que nadie más se merecería mi amor ni mis besos ni siquiera mis miradas.
Su respuesta nunca cambiaba: «Te encontraría». Sonaba como las viejas leyendas de la abuela, pero me encantaba escucharlo de sus labios. Veía en su mirada la verdad que escondían sus palabras y yo no podía pensar en otra cosa. «Ojalá lo haga», decía para mí.
El calor ya me llegaba a los pies. La tos provocada por el humo me frenó el llanto de forma instantánea. En parte estaba agradecida, pues quería que los últimos recuerdos que Ero tuviera de mí fueran de la chica risueña de su memoria, no la de aquel triste espectáculo.
—Búscame —chillé con la poca fuerza que me quedaba.
—Te encontraré, Sabela —respondió él.
Nunca le había visto con esa mirada perdida, rota.
Solo deseaba que algún día pudiera recuperar ese brillo, esa luz que solo yo había podido ver de cerca y que le hacía el hombre del que me había enamorado.
Pensé en su sonrisa y en el brillo feliz de sus pupilas, e intenté que fuera esa la imagen que se me quedara grabada en la mente antes de cerrar los ojos.
Diecisiete años no eran suficientes. Quería viajar, recorrer el país junto a él. Quería tener sus hijos, que mi abuela los conociera y pudieran escuchar las mismas historias que me acunaban de pequeña. Quería bailar y beber hasta el amanecer una vez más.
El olor a madera quemada se fue desvaneciendo y fue sustituido por un agradable aroma a romero y especias. Sentía calor, pero no el del fuego, sino el del agua tibia. Sentía que flotaba. No hubo más dolor.