Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

(Quisieron reescribir el destino)

No recuerdo cómo llegué a casa de Malee.

Recuerdo el trayecto…

como se recuerdan los sueños:

fragmentado,

borroso,

sin tiempo.

Pero sí recuerdo cómo me sentía.

Vacía.

Como si hubiera dejado algo más que palabras en ese apartamento.

Malee abrió la puerta sin preguntar.

Como si supiera lo que había pasado.

Como si hubiera estado esperando ese momento desde antes de que yo lo viviera.

—Ven —dijo simplemente.

Y entré.

No me sostuvo de inmediato.

No hizo preguntas.

Solo me dejó existir… en ese estado donde ya no eres fuerte,

pero tampoco te has roto del todo.

Me senté.

Y entonces… todo cayó.

—Dime que tú no eres un producto de mi imaginación… como May.

Malee se sentó frente a mí y tomó mis manos.

—Voy a contarte algo.

Hizo una pausa.

—Alguna vez May existió. Fue real. Fue una gran amiga.

Mi respiración se detuvo apenas.

—Cuando su cuerpo cumplió su ciclo, su alma no se disolvió… encontró un propósito.

Me miró con suavidad.

—Y ese propósito fue guiarte.

Tragué saliva.

—Por eso pudiste verla. Por eso la escuchabas

Pausa.

—Ella te ayudó a habitarte… ahora vive en ti, como la luz de tu conciencia.

Silencio.

—Todos llevamos una May dentro que se manifiesta de distintas formas —continuó—. Pero no todos logran verla y escucharla.

Bajó la mirada un instante.

—Muchos viven atrapados en el tiempo… en el miedo… en lo que creen que deben ser.

Levantó los ojos otra vez.

—En el budismo lo llamamos Samsara.

Su voz era tranquila.

—Un ciclo donde la vida se repite… sin realmente vivirse.

Respiré más profundo.

—Y cuando logras salir de ahí… el camino se aclara.

No dije nada.

Solo la abracé.

La verdad sobre May me causo miedo al inicio,

miedo de saber que nunca la vi realmente, que si la extranaba antes, lo haré más ahora, pero despúes de escuchar a Malee, lo que sentí no fue miedo…

fue gratitud.

—May me trajo aquí… —susurré—. Me trajo a Prim y ahora…

Me detuve.

—La dejé.

Aunque no era verdad.

—O ella me dejó… no lo sé.

Malee levantó mi rostro.

Su mirada era suave.

Pero firme.

—A veces creemos que el destino es una línea recta —dijo—. Pero no lo es.

Hizo una pausa.

—A veces… también parece una despedida.

Negué levemente.

—No se sintió como destino.

Pausa.

—Se sintió como rendición.

Malee inclinó apenas la cabeza.

—¿Y si rendirse… también forma parte del camino?

No respondí.

Porque no quería creerlo.

No quería rendirme.

La puerta se abrió.

Som.

—Ammar… —dijo al verme, con alivio inmediato—. Estás bien.

Asentí.

No porque lo estuviera.

Sino porque ya no tenía energía para explicar lo contrario.

Se acercó y me abrazó con fuerza.

Real.

Presente.

—Pensé que…

No terminó la frase.

—Yo también —respondí.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Fue necesario.

Malee se levantó.

—Vamos a dejarla descansar, acompañame a comprar algo para la cena.

Som dudó.

Me miró una vez más.

—Estoy aquí.

Y se fueron.

La casa quedó en silencio.

Subí a la habitación.

Me recosté.

Cerré los ojos.

Pero no dormí.

El cuerpo puede detenerse.

La mente… no siempre.

El recuerdo de Prim seguía ahí.

Su voz.

Su mirada.

Su elección.

No elegir… también es elegir.

No sé cuánto tiempo pasó.

Minutos.

Horas.

Hasta que lo escuché.

Un ruido.

Abajo.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Me incorporé de golpe.

El corazón acelerado.

Tuve la sensación inmediata de que algo estaba mal.

Están aquí.

Miré alrededor.

Nada.

Solo el silencio, pero ahora pesaba distinto.

Bajé despacio.

Cada escalón… una advertencia.

Tomé un palo apoyado cerca de la pared.

Ridículo, lo sé.

Pero necesario.

Respiré hondo.

Y bajé el último escalón.

La sala estaba en penumbra.

Y entonces lo vi.

Sentado en el sofá.

Solo.

Sin escoltas.

Sin prisa.

El señor Wong.

Como si siempre hubiera estado ahí.

—Veo que has causado muchos problemas —dijo, sin levantarse.

No grité.

No corrí.

Caminé hacia él.

—¿Problemas… o verdad? —respondí.

Sus ojos se posaron en mí con una calma que no era paz.

Era control.

—Eres más valiente de lo que pareces.

—Y usted más cobarde de lo que aparenta.

Pausa.

Pero no se ofendió.

—Hice lo que tenía que hacer —dijo—. Si quería que mi hija tuviera éxito.

Negué levemente.

—Eso no es éxito.

Se inclinó apenas hacia adelante.

—¿Y tú qué sabes del éxito?

Sostuve su mirada.

—Que no se mide en fama ni en dinero.

Pausa.

—Se mide en qué tan pleno te sientes con lo que haces.

Silencio.

Algo en su expresión cambió.

Apenas.

—¿Alguna vez ha visto a Prim cocinar? —pregunté.

—Gracias a que nunca le inculqué la cocina es que mi hija tiene todo ahora.

—Excepto a sí misma.

Eso lo tocó.

Lo vi.

Pero no lo aceptó.

—No entiendes nada… ¿qué puedo esperar de alguien que creció sin padres?

Quiso herirme.

Porque se sintió herido.

Pero no lo logró.

Sé que mis padres jamás habrían decidido por mí.

—Lo entiendo mejor de lo que cree.

Me incliné hacia él.

—Porque durante años yo también viví una vida que no era mía.

Pausa.

—Pero fue mi elección… no la de mis padres.

El aire se tensó.

—Usted lo supo desde el principio.

Silencio.

—La lectura de manos lo decía claro.

Ser actriz no era su camino.

Lo miré fijo.

—Y aun así decidió ocultarlo para complacerse a usted mismo.

Mi voz bajó.

—Esa decisión hizo infeliz a su hija durante años. Y lo sigue haciendo.

Sus ojos no se movieron.

Pero algo dentro de él… sí.

—Era necesario —respondió, a punto de quebrarse.

—¿Para quién?

No respondió de inmediato.

—Para protegerla.

Negué.

—No la protegió.

Pausa.

—La desvió.

Silencio.

Pesado.

Por un segundo… estuve cerca.

De romper algo en él.

De hacerlo entrar en razón.

Y entonces… la puerta se abrió.

—Vaya… hicieron una reunión sin avisarme.

La voz.

Fría.

Precisa.

El señor Om.

Entró como si el espacio le perteneciera.

Como si el aire le respondiera.

Y entonces lo entendí.

El miedo de Wong no era por mí.

Era por él.

—

El verdadero poder no estaba sentado.

Acababa de entrar.

—¿Qué voy a hacer contigo, Ammar?

—Deja de intentar controlarlo todo —dije, girando hacia Om—. No puedes adueñarte de la vida de las personas.

Sonrió.

—No me adueño.

Pausa.

—Invierto.

—No puedes reescribir el destino de alguien que ya lo tiene marcado.

Su mirada se afiló.

—El destino… es una variable.

Negué.

—No cuando ya fue visto.

Pausa.

—No cuando ya fue dicho.

Di un paso hacia él.

—Tienes miedo.

Silencio.

—¿Miedo? —repitió.

—De que ella me elija.

Mi voz fue firme.

—A que siga el camino que no puedes controlar.

Por primera vez… su expresión cambió.

—He construido todo lo que ella es.

Pausa.

—Ahora me pertenece.

—No.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba.

—Solo construiste la jaula.

Di un paso más.

—Y mientras yo exista… jamás la tendrás dentro.

Sonreí.

El aire se volvió denso.

Cortante.

—Acabas de firmar tu destino —dijo.

Silencio.

Entonces habló Wong.

—Esto ya es suficiente.

Pero no sonó como autoridad.

Sonó como duda.

Y eso lo cambió todo.

Om lo miró.

Y en ese instante… el equilibrio se rompió.

—Te estás debilitando —dijo Om—. ¿Qué pensará tu hija si descubre todo lo que has hecho para proteger tus intereses?

Wong no respondió.

Pero ya no estaba completamente de su lado.

Lo supe.

—Llévensela.

Dos hombres aparecieron.

No los escuché entrar.

—No —dijo Wong, levantándose.

Demasiado tarde.

—Este no era el trato.

Om ni siquiera lo miró.

—El trato era llevar a Prim al éxito.

Pausa.

—Y ella… la pone en riesgo.

Sentí las manos sujetarme.

No luché de inmediato.

Porque algo dentro de mí… estaba en calma.

Lo miré directo.

—No puedes matar lo que ya sobrevivió a otra vida.

Los ojos de Om no cambiaron.

—Es hora de desaparecer, Ammar.

Silencio.

Por un segundo…

nadie se movió.

Y entonces…

llegó la hora de pagar el precio.

Tocamos fondo no porque la vida sea cruel…

sino porque es el único lugar desde donde podemos ver el cielo completo.