CAPÍTULO 30
(La elección)
Desperté antes que ella.
No por descanso.
Por instinto.
La luz apenas entraba por la ventana, suave, como si no quisiera interrumpir lo que había pasado entre nosotras.
Giré la cabeza.
Prim seguía dormida.
Su respiración tranquila.
Su cuerpo en calma.
Y por un instante… todo parecía normal.
Como si no hubiera huido.
Como si no hubiera peligro.
Como si el mundo no estuviera esperando afuera.
Pero lo estaba.
Lo sentía.
Como una presión invisible en el pecho.
Me levanté con cuidado.
Cada movimiento medido.
No quería despertarla…
pero tampoco quería quedarme inmóvil dentro de una ilusión.
Fui a la cocina a preparar café.
Intentaba estirar el tiempo antes de que volvieran por mí.
Mientras el café se preparaba, me quedé observando la sala,
Bangkok desde las alturas,
la orquídea sobre la barra.
Y entonces la imaginé riendo conmigo en la cocina,
preparando algo delicioso para después sentarnos a ver una película.
Una vida simple.
Nuestra.
Pero el sonido de la puerta me trajo de regreso.
Cuando salió de la habitación… ya estaba vestida.
Antes de avanzar por completo,
se detuvo frente al espejo del pasillo.
No se estaba arreglando.
Se estaba construyendo.
El maquillaje no cubría.
Sostenía.
La ropa no vestía.
Definía.
Cada gesto.
Cada detalle.
Era una pieza de algo más grande.
Una versión de ella que el mundo entendía.
Que el mundo esperaba.
Pero una que ella no habitaba.
La observé en silencio.
Y entendí algo que dolió más que todo lo de anoche:
Prim no vivía su vida.
La interpretaba.
—¿No dormiste? —preguntó sin voltear.
—Lo suficiente.
Nuestros ojos se encontraron en el reflejo.
Y ahí estaba.
El conflicto.
Vivo.
No dijo nada más.
Tomó el teléfono.
Marcó.
—Papá.
Su voz cambió.
No era la misma que usaba conmigo.
Era más firme.
Más controlada.
—Ammar escapó de donde la tenían —dijo—. Pero antes de que digas algo, vino a mi casa a despedirse. Puedes estar tranquilo, no volveremos a vernos.
Silencio.
Escuché la voz del otro lado,
aunque no entendí las palabras.
—Quiero que la dejen en paz. Solo fue una distracción que no se repetirá —continuó—. Y si no lo hacen, no me presentaré a grabar sin importar las consecuencias.
Mi cuerpo se tensó.
No estaba eligiendo.
Estaba negociando.
—No me importa el contrato —mintió.
Y lo supo.
—Me importa que esto termine.
Pausa.
Más silencio.
Más peso.
Colgó.
La habitación cambió.
El aire se volvió más denso.
—¿Qué dijo? —pregunté.
—Que no es tan simple. Hablará con el señor Om.
Soltó el teléfono como si quemara.
Se giró hacia mí.
Y por primera vez desde que llegué… no la vi segura.
—Tengo todo, Ammar.
Su voz era baja.
Real.
—Tengo una carrera. Un nombre. Una vida que funciona.
Sus ojos se humedecieron,
pero no lloró.
—Y aun así… siento que no es mía.
Pausa.
—Aun así me siento vacía.
El silencio entre nosotras no era incómodo.
Era inevitable.
—El restaurante… —susurró—. Siempre fue un sueño que no me atreví a mencionar frente a mis padres. Desde que tengo memoria, mi padre ya sabía qué camino debía tomar.
Sonrió apenas.
Triste.
—Si no lo intentas, ¿cómo sabrás que no funcionará?
La miré.
No como alguien que intenta convencer.
Como alguien que entiende.
—Mi padre no lo aceptaría —continuó—. El señor Om tampoco. Hay contratos, dinero, reputación…
Negó lentamente con la cabeza.
—No es solo mi vida la que está en juego.
Ahí estaba.
El miedo real.
No le pedí nada.
No le dije “elige”.
No le dije “quédate”.
No le dije “lucha”.
Y eso… la desarmó más que cualquier argumento.
—¿Por qué no dices nada? —preguntó.
—Porque ya sé lo que es vivir una vida que no eliges.
Me acerqué un poco.
No demasiado.
—Y sé que nadie puede sacarte de ahí… si tú no decides hacerlo.
Sus ojos se llenaron de algo que no supe nombrar.
Miedo.
Tristeza.
Verdad.
—No puedo —dijo finalmente.
No era una excusa.
Era una rendición.
Una rendición que implicaba perderse…
y perderme.
—No puedo arriesgarlo todo. No puedo arriesgar a mi familia.
Su voz se quebró.
—No puedo elegirte.
No dolió como esperaba.
Dolió más profundo.
Más silencioso.
Asentí.
Porque lo entendí.
Pero no lo acepté.
—Entonces tienes que irte.
Las palabras salieron de ella… pero no sonaron firmes.
—No es seguro que estés aquí. Y si alguien te encuentra…
No terminó la frase.
—Esta es la última vez que nos vemos.
Pausa.
—Quizá en otra vida será.
El mundo no se rompió.
Se quedó en pausa.
Yo sí.
Me rompí en fragmentos pequeños… difíciles de volver a unir.
La miré.
Y por un segundo… casi me fui.
Caminé hacia la puerta.
Cada paso era más pesado que el anterior.
Puse la mano sobre la manija.
Y algo dentro de mí… se negó.
—
No vine hasta aquí para esto.
No en esta vida.
Solté la puerta.
Respiré.
Y regresé.
—No.
Prim levantó la mirada.
—No me voy así.
Mi voz no tembló.
—Hay algo que tienes que saber.
La miré directo.
Sin suavizarlo.
Sin protegerla.
—Antes de venir aquí… conocí a una mujer. May.
Hice una pausa.
—Me leyó la mano. Me dijo que estaba conectada a alguien de una vida pasada… y que lo estaría en las tres vidas que tiene el alma.
La observé.
—Te sueño desde siempre… eso no es una coincidencia… Eres tú, Prim. Siempre has sido tú. Cada paso que di… me trajo hasta ti.
Mi voz bajó.
—No me pidas que modifique lo que ya está escrito… por miedo a habitarte.
Tomé aire.
—Existen videos.
El aire cambió.
—Tu padre y el señor Om lo sabían.
Desde siempre.
Vi cómo algo dentro de ella se quebró.
—¿De qué hablas…?
—De nosotras.
De esto.
—Intentaron cambiarlo. Controlarlo.
Tragué saliva.
—En los videos estabas tú de pequeña. Y May también. La misma mujer que leyó mi mano.
Negué lentamente.
—No sé cómo explicarlo. No tengo una respuesta lógica… pero estaba ahí.
Di un paso hacia ella.
—Tu padre y el señor Om le preguntaron por tu futuro. Por tu carrera como actriz.
Mi voz se tensó apenas.
—May les dijo cuál era tu verdadero camino. Y no era el que tu padre construyó para ti.
Silencio.
—Dijo que estás unida a alguien… y que esa persona te haría ver el camino correcto.
La miré fijamente.
—Tú también me soñabas.
Pausa.
—¿Eso no te dice nada?
El silencio se volvió más pesado.
—Me tuvieron ahí… porque sabían que iba a llegar a ti, porque sabian que era yo la mujer de la que May habló.
Respiré.
—Los videos sigue en el computador de la casa. Donde me tenían.
Di otro paso.
—Ve a verlo.
Mi voz bajó.
Pero no perdió fuerza.
—Y después de verlo… elige.
La última pausa.
—Si decides quedarte en esa vida… en esa versión de ti…
Asentí apenas.
—Lo voy a entender.
Mis ojos no se movieron de los suyos.
—Pero tienes que saber algo…
Mi voz se quebró apenas.
—En esa vida… no hay un lugar para mí.
Silencio.
—Pero al menos será una elección consciente.
Caminé hacia la puerta otra vez.
Esta vez… no me detuve.
Antes de salir, hablé.
Sin voltear.
—Sé que esto que te dije es demasiado.
Respiré.
—No te culpo si no puedes entenderlo ahora.
Pausa.
—Solo espero que haya valido la pena decirlo.
Y entonces…
me fui.
Le dejé mi corazón en su apartamento.
Nunca quise decirlo así.
Tan directo.
Quizá fue demasiado.
Quizá piense que estoy loca.
O quizá…
esta es la vida en la que no sucede.
El miedo al destino hace que algunas personas intenten controlarlo todo…
incluso la vida de quienes aman.