CAPÍTULO 29
(La casa respira tu nombre)
En este punto empiezo a preguntarme qué de todo lo que he vivido es real… y qué pertenece a mis sueños.
Al abrir los ojos lo entendí un poco más.
May no es un recuerdo cualquiera.
Es una guía.
Una presencia que evita que me pierda en el tiempo.
Desde pequeña… desde que pude verla… me ha recordado cuál es el rumbo correcto.
Y ahora entiendo que nunca vino a confundirme.
Vino a sostenerme.
No significa que no volveré a verla.
Significa que siempre ha vivido en mí.
No recuerdo en qué momento dejé de pensar… pero volví a este instante con una idea clara, casi absurda:
huir.
No fue una decisión ordenada.
No hubo plan.
Solo una voz.
Ya es hora.
La casa dejó de sentirse como una casa.
Se volvió un organismo.
Respiraba.
Escuchaba.
Observaba.
Cada pasillo era una advertencia.
Cada puerta abierta… una mentira.
Y yo… ya no podía seguir siendo parte de eso.
Dejé que el día avanzara con normalidad.
Salí al jardín, como todos los días.
Desayuné.
Leí uno de los libros de la habitación.
En calma.
En silencio.
Esperando.
Dejé que el día pasara… para que la noche fuera mi cómplice.
Antes de que oscureciera, escuché un auto.
Fon.
Llegó con unas cajas y les pidió ayuda a los guardias para descargarlas.
Los guardias de la puerta le ayudaron.
Y entonces… vi la oportunidad perfecta.
No como idea.
Como certeza.
Esa era mi salida.
Tomé mi billetera y el teléfono que había robado.
Salí de la habitación sin prisa.
Como siempre.
Saludé a quien se cruzó conmigo.
Bajé la mirada en los momentos correctos.
Fingí normalidad con una precisión que me asustó.
Porque entendí algo:
no me estaban vigilando… me habían enseñado a no irme.
Di un paso.
Luego otro.
Y cuando el aire tocó mi cara…
corrí.
Corrí directo al auto de Fon y me metí en la cajuela.
Mi corazón no latía rápido.
Latía firme.
Como si supiera exactamente lo que estaba haciendo… aunque yo todavía no lo entendiera del todo.
Prim.
Solo podía pensar en ella.
El auto se encendió.
Fon manejó durante lo que se sintió como una eternidad.
Oscuridad.
Movimiento.
Silencio.
Hasta que se detuvo.
Abrí con cuidado.
Habíamos llegado a una gasolinera.
Cerca de la ciudad.
No lo pensé.
Bajé.
Y corrí.
Corrí sin rumbo exacto… pero con una dirección interna que no fallaba.
Hasta que encontré a alguien.
Pregunté dónde estaba.
Mi voz sonaba lejana, como si no fuera mía.
No sé cuánto tiempo pasó.
Sé que me caí.
Sé que mis manos se rasparon contra el suelo.
Sé que en algún punto dejé de sentir dolor físico… porque había algo más fuerte empujándome:
el miedo de que fuera demasiado tarde.
Cuando sentí que me había alejado lo suficiente… me detuve.
Tomé un taxi.
Y cuando llegué a su apartamento…
ya no había huida.
Había regreso.
Subí por el ascensor.
Último piso.
Cada segundo pesaba.
Levanté la mano frente a su puerta.
Dudé.
Y por primera vez desde que escapé… el miedo me alcanzó.
¿Y si no abre?
¿Y si no me reconoce?
¿Y si ella… solo existe en mí, como May?
Respiré.
Y toqué.
Cuando la puerta se abrió… el mundo dejó de hacer ruido.
Prim estaba ahí.
Y algo en mí… se rindió.
No lloré cuando escapé.
No lloré cuando corrí.
No lloré cuando caí.
Pero verla…
fue demasiado.
Mis piernas fallaron.
Pero ella llegó antes.
Sus manos sobre mí no fueron sorpresa.
Fueron memoria.
Me abrazó… y sentí que ese era nuestro primer encuentro después de buscarnos durante años.
—Ammar…
Dijo mi nombre como si hubiera estado esperándolo.
Me sostuvo el rostro.
Limpió mis lágrimas.
Me miró buscando respuestas… y encontrándolas al mismo tiempo.
—¿Te hicieron daño? —su voz se quebró apenas—. Cuatro días… desapareciste. Lamento que tuvieras que pasar por esto, no dejé de buscarte, mi padre me dijo que estabas bien, que volvería a verte solo cuando terminara la película. No tenía otra opción más que esperar.
La miré.
—Cuatro días se sintieron como una vida entera —susurré—. Me escapé… no tardarán en venir por mí.
Su expresión cambió.
—Le diré a mi padre que esto se terminó. Que no existes más en mi vida… para que te dejen en paz. Pero esta noche… déjame cuidarte.
Entramos a su habitación.
Preparó agua para limpiar las heridas de mis manos y mis rodillas.
Si supiera que no había herida peor que la posibilidad de no poder estar juntas.
—¿Qué sabes de Som? —pregunté de inmediato.
—Está bien. Intentaron despedirla, pero Panya intervino. Le dije que estabas trabajando con mi padre… todos los días pregunta por ti.
Bajó la mirada.
—Le mentí… porque ni yo sabía si estabas a salvo.
Pausa.
—Lamento haberte arrastrado a esto.
Su voz se rompió apenas.
—Lamento no haberte protegido.
La miré.
—Lo que hicieron fue un secuestro.
—Es un hombre poderoso, Ammar —respondió—. Ni siquiera mi padre se atreve a enfrentarlo.
La observé en silencio.
Y entendí algo que dolió.
Prim no estaba eligiendo.
Estaba sobreviviendo.
Todavía no sabía que su padre también formaba parte de todo aquello.
Quise decirle todo.
El video.
La verdad.
May.
Nosotras.
Pero las palabras no salieron.
Porque decirlo… lo hacía real.
Y no sabía si este momento sobreviviría a eso.
—Prim… —susurré—. Esta noche no me sueltes.
No sé quién se acercó primero.
Solo sé que la distancia dejó de existir.
La besé con el mismo cuidado con el que se tocan las flores.
Me tomó de la cintura y me acercó a ella.
Y por un instante… todo volvió a sentirse libre.
Caminamos como pudimos hacia la habitación, sin soltarnos.
Nos deshicimos de la ropa lentamente,
como si el tiempo importara demasiado.
Sus manos cuidaban cada rincón de mi piel.
Y yo hice lo mismo.
Éramos dos cuerpos intentando encontrarse antes de volver a perderse.
Había urgencia.
Pero no desesperación.
Era algo más profundo.
Algo que se parecía demasiado a una despedida.
Tenía miedo.
De que me encontraran.
De que me la quitaran.
De que esa fuera la última vez.
Sus manos recorrían mi espalda como si quisieran recordarme para siempre.
Y yo la tocaba igual.
No solo por deseo.
Por permanencia.
Por quedarme fundida en ella y olvidar, aunque fuera por unos minutos, todo lo demás.
No hablamos.
No hacía falta.
Cuando todo se calmó… no fue un final.
Fue un silencio lleno.
Me quedé a su lado, escuchando su respiración.
Sintiendo su piel tibia contra la mía.
Y por un instante… todo estuvo en paz.
Demasiado en paz.
—
Entonces la cordura volvió.
Más clara.
Más fría.
Giré hacia ella.
—Prim…
—¿Sí?
La miré de verdad.
Como alguien que alguna vez tuvo que despertar.
—¿Lo que haces… siempre fue tu sueño?
—¿Ser actriz?
Asentí.
—No sé hacer otra cosa… —respondió, pero su voz no sonó firme—. No me veo haciendo otra cosa.
Negué suavemente.
—Yo sí.
Me miró.
—Te vi cuando me cocinaste —continué—. Te vi viva. Sin cámaras. Sin nadie mirando.
Pausa.
—Te vi florecer esa noche.
Su expresión cambió.
—Mi padre jamás lo aceptaría.
—Mírame —susurré—. Yo también viví una vida que no era mía… solo porque era más fácil quedarme.
Mi voz no temblaba.
Pero algo dentro de mí sí.
—Me quedé en el restaurante de mis padres y dejé atrás lo que me hacía sentir viva. Las flores. Pensé que así su muerte no habría sido en vano.
La miré.
—Pero eso me cobró factura. Me desdibujó. Me asfixió.
Su expresión cambió otra vez.
No era tristeza.
Era defensa.
—¿Qué intentas decir? —preguntó—. ¿Que debería dejar todo por lo que llevo años trabajando?, no sabes lo que dices.
—Sí lo sé.
—No, no lo sabes —su tono subió—. No entiendes lo que eso implica en mi vida.
—¿Y tú entiendes lo que implica no vivirla?
Silencio.
Pesado.
La distancia volvió.
Pero no física.
—Acabas de llegar después de desaparecer… y cuestionas mi vida.
Dolió.
Porque tenía razón.
—No lo hago para herirte —dije en voz baja—. Lo hago porque sé lo que pasa si no despiertas.
Me miró.
Y en sus ojos… ya no había solo emoción.
Había conflicto.
Real.
—Descansa, Ammar.
Su voz sonó más fría.
—Hablamos mañana.
Mañana.
Como si el mañana estuviera garantizado.
La vi alejarse.
Entendí que había cruzado una línea difícil para ella.
Pero también entendí que no podía quedarme sin cruzarla.
Me quedé ahí.
En su espacio.
En su mundo.
Y aun así… con la sensación de que algo venía.
No sabía si venían por mí.
No sabía si habría consecuencias por haber huido.
Pero sí sabía algo: amarla… nunca iba a ser seguro.
Lo más difícil no es elegir a alguien…
es elegirte a ti misma sin traicionarte en el proceso.