Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

(La verdad)

La imagen apareció con interferencia.

Antigua.

Granulada.

Una grabación casera.

Una habitación.

Una mujer mayor sentada frente a una mesa.

Los rostros no se podían apreciar con claridad.

Pero el rostro de la mujer me paralizó por completo.

—

Era May.

Parecía tener la misma edad en la que yo la conocí, como si el tiempo para ella no hubiera pasado.

Verla me impactó.

Sus manos abiertas.

Esperando.

Del otro lado… una niña.

Pequeña.

Cabello recogido.

Mirada inquieta.

La voz del hombre dijo su nombre…

Prim.

—

Mi pecho se cerró.

No por sorpresa.

Por certeza.

La cámara se movió ligeramente.

Y entonces los vi.

Su padre.

Más joven.

Más rígido.

Y a su lado… Om.

Observando.

Siempre observando.

No tuve que pensar para entender.

Esta casa.

Esta oficina.

Este lugar… era de alguno de ellos dos.

El aire se volvió más pesado.

No estaba descubriendo algo.

Estaba entrando en algo que llevaba años construido.

Me incliné apenas hacia la pantalla y dejé que el video continuara.

Porque algo dentro de mí ya lo sabía.

Esto no era información.

Era verdad.

Y no estaba segura de estar lista para entenderla.

No aparté la mirada.

Aunque una parte de mí quería hacerlo.

Como si no ver fuera a cambiar lo que ya estaba pasando.

La imagen tembló apenas.

El audio entró con un leve zumbido.

—Queremos saber su futuro como actriz —dijo su padre.

Su voz era más joven… pero no distinta.

Había algo en la forma en la que hablaba que no había cambiado.

Control.

May no respondió de inmediato.

Tomó las manos de Prim con una suavidad que no pertenecía a ese lugar.

Las giró.

Las observó como si no estuviera viendo piel… sino historia.

Me vi en Prim… cuando May me tomó la mano.

Me incliné un poco más hacia la pantalla sin darme cuenta.

—Ella no va a ser lo que ustedes creen—dijo finalmente.

Sentí el impacto en el pecho.

No por la frase.

Por la certeza con la que la dijo.

—Tiene talento. Está preparada —respondió su padre, seco.

La mujer negó apenas.

—No hablo de talento.

Sus dedos se cerraron ligeramente alrededor de las manos de Prim.

—Hablo de destino.

El silencio se volvió denso.

Pesado.

Om se inclinó apenas hacia adelante.

Interesado.

—Explíquese.

May levantó la mirada.

Pero no hacia ellos.

Hacia Prim.

—Hay caminos que se construyen… y hay caminos que ya existen.

Tragué saliva.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—El que ustedes están intentando forzar… no es el suyo.

La incomodidad en la habitación se volvió visible.

Incluso a través de la pantalla.

—¿Entonces cuál es? —preguntó su padre.

May no respondió de inmediato.

Como si estuviera eligiendo cada palabra con cuidado.

—Uno donde crea con sus manos.

Mis dedos se tensaron sobre el borde del escritorio.

—Uno donde transforma.

Mi respiración se volvió más lenta.

Más consciente.

—Uno donde no está sola.

Ahí.

Algo dentro de mí se movió.

Fuerte.

Inexplicable.

—Eso no me dice nada —dijo él, molesto.

Pero May no le estaba hablando a él.

Nunca lo estuvo.

—Hay alguien —continuó—. No ahora.

Sus dedos recorrieron la palma de Prim.

—Más adelante, el amor por una mujer… le hará ver que su verdadero camino no es la actuación.

Sentí que el aire desaparecía.

—No la va a encontrar buscándola.

Om no se movía.

No parpadeaba.

—La va a reconocer si ella quiere.

Cerré los ojos un segundo.

No porque no quisiera ver.

Porque ya sabía.

Cuando los abrí… May levantó la mirada.

Directo.

A la cámara.

A través del tiempo.

A través de todo.

Y por un segundo imposible… sentí que me estaba viendo.

A mí.

—Cuando la vea… todo lo demás va a dejar de tener sentido.

El video se cortó.

Negro.

Silencio.

Mi reflejo apareció en la pantalla.

Y no me reconocí del todo.

Mi respiración era irregular.

Mis manos temblaban apenas.

Pero no era miedo.

Era entendimiento.

Lento.

Pesado.

Inevitable.

Me quedé sentada, sin moverme, dejando que todo cayera en su lugar.

No de golpe.

Por partes.

Ellos sabían.

No desde que llegué.

Desde antes.

Mucho antes.

Esto no era reacción.

Era prevención.

Todo.

El control.

El camino que le construyeron.

La forma en la que la rodearon.

La forma en la que me apartaron.

No era coincidencia.

Era estrategia.

Dentro del USB habían varios videos de las visitas que le hicieron a May.

Todos eran una lecturas de mano para Prim.

El señor Wong y Om habían acudido a ella una y otra vez buscando la misma respuesta. Querían escuchar lo exitosa que sería Prim en el mundo del entretenimiento. Que el éxito, la fama y el dinero eran el camino que le esperaba.

Pero May siempre respondía lo mismo que en la primer lectura.

—El éxito no depende de cuánta personas la sigan. Su camino está escrito de la mano de una mujer y no es el destino que ustedes desean para ella.

Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.

En el ultimo video Om parecia furioso.

Su expresión era de una furia contenida que parecía a punto de estallar.

—He invertido demasiado dinero en esta niña para quedarme con las manos vacías —dijo.

Luego señaló a Prim en una fotografía que descansaba sobre la mesa.

Después miró directamente a May.

—Te demostraré que sí puedo cambiar el destino de esta niña.

May no respondió.

Solo sostuvo su mirada.

Om sonrió con una frialdad que me revolvió el estómago.

—Anciana loca.

Cerré la laptop con cuidado, como si el sonido pudiera delatarme.

Me quedé con la mano sobre la tapa unos segundos más.

Sintiendo.

Pensando.

No dije nada.

No había nada que escuchar.

Pero dentro de mí… todo estaba haciendo ruido.

Si eso era verdad… si realmente habían intentado cambiar su camino… entonces esto… esto no era solo sobre nosotras.

Era más grande.

Más viejo.

Más peligroso.

—

Me levanté.

La habitación volvió a sentirse como antes.

Pero yo no.

Miré alrededor por última vez.

Memoricé.

Detalles.

Ubicación.

Todo.

Porque ahora sí entendía algo que antes no:

No estaba ahí para asustarme.

Estaba ahí para desaparecerme.

Y el error de ellos… fue haber dejado la puerta abierta.

Salí de la oficina.

Cerré la puerta con el mismo cuidado con el que la había abierto.

El pasillo seguía igual.

Silencioso.

Controlado.

Pero ahora… yo ya no caminaba igual.

Ya no estaba perdida.

Ya no estaba reaccionando.

Ahora… sabía.

Y saber…

era mucho más peligroso de lo que ellos pensaban.

No regresé a mi habitación de inmediato.

Mis pasos me llevaron por el pasillo como si mi cuerpo ya supiera que quedarse quieta…

ya no era una opción.

Todo seguía igual.

Las mismas paredes impecables.

La misma luz medida.

El mismo silencio que no era silencio.

Pero algo había cambiado.

Yo.

Bajé las escaleras con calma, sosteniendo una normalidad que no sentía.

No podía correr.

No podía mostrar prisa.

En esa casa, incluso la ansiedad parecía estar vigilada.

La mujer de las flores seguía ahí.

El hombre de la bandeja también.

Todo en su lugar.

Como si el mundo no acabara de moverse dentro de mí.

—¿Desea comer algo? —preguntó uno de ellos al verme pasar.

Negué con la cabeza.

—No, gracias.

Mi voz salió estable.

Demasiado.

Seguí caminando.

La puerta principal seguía custodiada.

No miré.

No hacía falta.

Ahora entendía mejor el tipo de jaula en la que estaba.

No era para retenerme físicamente.

Era para contener lo que sabía.

Giré hacia el pasillo lateral, el que conectaba con la cocina y el área de servicio.

No había pasado mucho tiempo ahí antes.

No me interesaba.

Ahora sí.

Si alguien había dejado esa puerta abierta… no había sido el padre de Prim.

Había sido alguien más.

Alguien que no estaba jugando el mismo juego.

O alguien descuidado.

—

Entré.

El ambiente cambió.

Más ruido.

Más movimiento.

Más humanidad.

Platos.

Agua corriendo.

Voces bajas que se interrumpieron apenas me vieron.

Otra vez.

Silencio entrenado.

—Perdón —dije, como si yo fuera la que estaba fuera de lugar—. Solo estaba… buscando agua.

Una de las mujeres asintió de inmediato sirviendo un vaso sin hacer preguntas.

—Gracias.

Lo tomé.

Pero no bebí.

—¿Entonces solo yo estoy viviendo en esta casa? —pregunté, intentando sonar casual.

Nadie respondió de inmediato.

Demasiado directo.

Bajé la mirada, como si la pregunta no fuera importante.

—Es que han sido días aburridos.

La misma mujer que me dio el agua habló finalmente.

—Nadie vive en esta casa. De vez en cuando la hija del jefe viene a pasar un fin de semana.

Ahí estaba.

Seguramente se refería a Prim.

—Ah —asentí—. Espero que venga pronto para tener compañía.

—Probablemente.

Me acerqué al lavaplatos para dejar el vaso.

Y ahí…

otro pequeño descuido.

Un celular olvidado junto al fregadero.

No dudé en tomarlo sin que pudieran verme.

Salí de la cocina sin apurarme.

Subí de nuevo.

Paso a paso.

Cada escalón marcando algo más claro dentro de mí.

Estaba en casa del padre de Prim.

Su plan no había sido completamente controlado.

Había grietas.

Pequeñas.

Pero suficientes.

—

Entré a mi habitación.

Cerré la puerta.

Y ahora sí… me dejé caer sobre la cama.

El techo volvió a aparecer frente a mí.

Blanco.

Impecable.

Ajeno.

Cerré los ojos.

Y por primera vez desde que vi el video… no intenté ordenar lo que sentía.

Lo dejé llegar.

Prim.

Su infancia.

Su padre.

Om.

El camino que le construyeron.

El que le ocultaron.

El que intentaron borrar.

Y yo.

No como alguien que apareció.

Como alguien que…

nunca debió aparecer.

Una pieza fuera del diseño.

Una variable que no pudieron controlar.

—

Me apresuré en llamar a May antes de que descubrieran que había tomado el celular.

—El número que marcó no existe.

Seguramente marqué mal.

Volví a llamar.

—El número que marcó no existe.

Mi respiración empezó a tensarse.

Debió haber cambiado de número.

Llamé a Oto de inmediato.

Marcó una vez.

Dos.

—Sí, diga.

—Oto, soy Ammar.

—Por Dios, estaba preocupado —dijo alterado—. Hace días no me llamas.

—Extravié mi teléfono. Perdón por no haberte llamado antes, he tenido mucho trabajo —mentí.

No quería preocuparlo.

Tomé aire.

—Intenté llamar a May, pero no logré contactarla. ¿Sabes si cambió de número?

Silencio.

—¿Quién es May?

Fruncí el ceño.

—Oto, no tengo tiempo para juegos. May, la señora de la florería con la que me iba después de clases a trabajar.

Otra pausa.

—Ammar… no sé de quién me hablas.

Me congelé.

—Deberías descansar —continuó—. Creo que estás teniendo demasiada carga mental. La única persona de aquí con la que sé que hablas es conmigo.

Sentí el corazón hundirse.

El celular se quedó en mi mano como si pesara más de lo que debería.

Oto no conoce a May.

Lo repetí en mi cabeza.

Pero no encajaba.

No encontraba dónde quedarse.

Rebotaba.

Rompía.

Raspaba.

Oto no conoce a May.

Apreté el teléfono con fuerza, como si pudiera obligarlo a devolverme otra versión de la realidad.

Una donde todo esto tuviera sentido.

Donde yo no fuera la única que la había visto.

La única que la recordaba.

Respiré.

O lo intenté.

El aire entraba a medias, como si también dudara de quedarse conmigo.

No fue un sueño.

No pudo haber sido un sueño.

En el video la vi.

A May.

La misma mirada.

La misma voz.

La misma edad.

Veinte años no la tocaron.

A mí sí.

A Prim también.

Pero a ella… no.

Un frío me recorrió la espalda.

Lento.

Paciente.

Como si ya supiera algo que yo apenas estaba empezando a entender.

—Ammar ¿sigues ahí?

Me llevé las manos a la cabeza.

—No estoy inventando esto… —murmuré.

Pero mi voz sonó ajena.

Como si viniera de alguien que tampoco estaba convencida.

—No puede ser.

Negué con la cabeza una y otra vez.

—No.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—Desde que entré a su florería por primera vez, May no ha dejado de estar conmigo.

Mi voz tembló.

—Me ayudó a sobrevivir a la muerte de mis padres. Me escuchó cuando no tenía a nadie. Se convirtió en la abuela que nunca tuve.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos.

—Estuvo conmigo cuando levantamos el restaurante. Celebró cada paso que di. La llamé casi todas las noches desde que llegué aquí.

—No puede no ser real.

Mi voz se quebró por completo.

—No después de todo lo que vivimos juntas.

Porque si May no era real...

¿Entonces quién había sostenido mi mano cada vez que sentía que me estaba rompiendo?

—Oto, dime que no fue producto de mi imaginación.

Al otro lado de la línea hubo un silencio largo.

—Ammar... lo lamento.

Cerré los ojos.

—Pero ¿y si May sí es real?

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—¿Y si simplemente existe dentro de ti? Como una guía. Como una protectora. Como una parte de ti que siempre ha sabido el camino cuando tú no podías verlo.

Me quedé en silencio.

Aturdida.

Incapaz de encontrar algo a lo que aferrarme.

Toda mi vida había creído que May era una persona.

Una mujer de carne y hueso.

Alguien que podía abrazar.

Alguien a quien podía llamar.

—Te llamo después.

Colgué antes de que pudiera responder.

Empecé a reconstruirla en mi mente,

pieza por pieza, como si temiera que se deshiciera si dejaba de pensarla.

Las veces que apareció sin explicación.

Las cosas que sabía.

El día que leyó mi mano.

La primera vez que entré a su florería.

La sensación… esa sensación absurda de haberla conocido desde siempre.

Cerré los ojos.

Y por un segundo… la sentí.

Es como si siempre hubiera estado ahí.

Como si no hubiera llegado… solo hubiera emergido.

Abrí los ojos de golpe.

Algo no estaba bien.

Me incorporé lentamente.

Mis manos temblaban.

Mi respiración estaba acelerada.

Mi mente…

Por un momento sentí que me estaba volviendo loca.

La cabeza me iba a explotar.

Cerré los ojos… y, en un segundo, me desplomé sobre las sábanas.

PARTE VII

La elección

Donde el amor deja de huirHay lugares de los que huyes con el cuerpo…

y personas a las que siempre terminas regresando.