Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

(La jaula abierta)

“Sabemos quién eres.”

La frase se había instalado en mi cabeza,

como si siempre hubiera estado ahí.

No logré dormir esa noche.

Fue como intentar descansar sobre una nube en medio de una tormenta.

Por la mañana incluso pensé que todo había sido un sueño.

Pero ahí seguía.

Levanté la mirada.

La habitación ya no se sentía igual.

No era solo un lugar al que me habían llevado.

Era un lugar donde me estaban dejando estar.

Y esa diferencia… era peor.

Me puse de pie.

Caminé despacio, como si el espacio necesitara recorrerse con cuidado.

No había prisa.

Nadie iba a entrar corriendo.

Nadie iba a detenerme.

Eso también lo sabía.

La puerta estaba cerrada.

No con llave.

Giré la manija.

Abierta.

Salí.

El pasillo era amplio, iluminado por la luz natural que entraba desde las ventanas.

Era una casa.

No había duda.

Pero no cualquier casa.

Todo estaba demasiado limpio.

Demasiado ordenado.

Demasiado… cuidado.

No había fotos.

No había vida.

Solo estructura.

Di unos pasos.

Y entonces los vi.

Personal.

Una mujer acomodando flores en una mesa lateral.

Un hombre pasando con una bandeja.

Otro más al fondo, hablando en voz baja por teléfono.

Nadie se sorprendió de verme.

Nadie reaccionó.

Eso fue lo que más me incomodó.

Yo no era una intrusa.

Yo era… parte del lugar.

—¿Necesita algo? —preguntó la mujer de las flores sin mirarme directamente.

Su tono era neutro.

Correcto.

Entrenado.

Negué con la cabeza.

—No.

Seguí caminando.

Podía moverme.

Podía recorrer la casa.

Pero no podía salir.

Lo entendí cuando llegué a la puerta principal.

Dos hombres.

De pie.

Sin uniforme.

Sin intención de ocultarlo.

No me miraron.

Pero tampoco se movieron.

No intenté abrir.

No hacía falta.

Me giré.

Si no podía salir… entonces tenía que entender dónde estaba.

Empecé a recorrer.

Habitaciones amplias.

Salas que no parecían usarse.

Una cocina impecable donde el personal se movía con precisión silenciosa.

Todo funcionaba.

Pero nada se sentía vivo.

Subí las escaleras.

El segundo piso tenía más puertas.

Más privacidad.

Más control.

Probé algunas.

Habitaciones vacías.

Otra con ropa perfectamente organizada, pero sin señales de alguien específico.

Hasta que llegué a una puerta distinta.

Más pesada.

Más… cuidada.

Intenté abrir.

No se movió.

Cerrada con llave.

Mi mano permaneció sobre la manija unos segundos más de lo necesario.

No sabía por qué.

Pero sabía que ese cuarto importaba.

Bajé la mano.

Seguí caminando.

No iba a abrirla ese día.

Pero iba a volver.

—

Los días empezaron a perder forma.

No había relojes.

No había una rutina clara.

Solo momentos.

Comidas que aparecían sin que las pidiera.

Personas que siempre estaban ahí… pero nunca se acercaban demasiado.

Yo caminaba.

Observaba.

Memorizaba.

La casa empezó a dejar de ser desconocida.

Y poco a poco… empezó a hablar.

No con palabras.

Con detalles.

Cuadros que no estaban elegidos al azar.

Libros que no eran decorativos.

Una forma de orden que no era estética.

Era control.

—

Y entonces lo entendí.

No estaba en cualquier casa.

Estaba en la casa de alguien que no deja cabos sueltos.

Alguien como Om… o alguien que trabaja con él.

Volví a la puerta misteriosa.

La del segundo piso.

Más de una vez.

Siempre cerrada.

Siempre silenciosa.

Hasta que… tres días despúes de mi llegada no lo estuvo.

Me detuve.

Gire la manija.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

Ese mismo tirón en el pecho.

Esa sensación de que algo me estaba esperando.

Miré alrededor.

Nadie.

Pero eso nunca significaba nada en esa casa.

Me acerqué.

Empujé apenas.

La puerta se abrió sin resistencia.

Y supe que había cruzado algo.

Un límite invisible.

Un lugar que no estaba hecho para que yo entrara.

Lo sentí de inmediato.

No por los muebles.

Por la energía.

Un escritorio amplio al centro.

Libreros llenos.

Documentos organizados con precisión.

Todo en su lugar exacto.

Todo… menos una cosa.

La computadora.

Encendida.

La pantalla en negro.

Esperando.

Cerré la puerta detrás de mí sin hacer ruido.

No por miedo.

Por instinto.

Caminé hacia el escritorio.

Cada paso se sentía más pesado que el anterior.

No sabía qué iba a encontrar.

Pero sabía que había algo.

Me senté.

Moví el mouse.

La pantalla despertó.

Sin contraseña.

Otra vez.

Ese mismo patrón.

Nada estaba bloqueado para mí.

Eso no era descuido.

Era intención.

Mis ojos recorrieron la pantalla.

Archivos.

Carpetas.

Todo ordenado.

Demasiado ordenado.

Hasta que lo vi.

Un USB conectado a un costado del computador.

Abrí la carpeta.

De todos los archivos con fecha en el nombre, había uno que no encajaba.

Sin nombre.

Sin fecha.

Solo un ícono de video.

Mi respiración se hizo más lenta.

Más consciente.

Sabía que ese tipo de cosas… no aparecen por accidente.

Dudé.

Solo un segundo.

Luego hice clic.

Sin tener idea

de lo que estaba a punto de descubrir.

Hay verdades que no se descubren…

te encuentran cuando estas lista para soportarlas