CAPÍTULO 26
(No me sueltes)
El miedo, la estrategia, la razón…
todo se desdibujó cuando ella comenzó a alejarse.
—
Esa noche…
solo quedó ella.
Salí tras Prim.
Bajé las escaleras sin sentir las piernas, como si el cuerpo fuera apenas un vehículo siguiendo una urgencia que ya no entendía.
Afuera, en la acera, la vi detenerse mientras esperaba su auto.
El mundo avanzaba en cámara lenta, como si todo conspirara para regalarnos un último instante.
—¡No puedes irte aún! —grité, sin aire.
Prim giró el rostro, visiblemente molesta.
—Regresa.
No tengo tiempo para esto, Ammar.
—Necesito saber de qué lado estás —dije, con la voz rota.
—¿De qué hablas?
—Ellos buscan hacerme daño por querer acercarme a ti,
y tú no haces nada…
ni siquiera me explicas por qué.
Prim evitó mirarme.
—No lo entenderías.
Regresa con tu novia.
—Explícame —exigí, desesperada—.
¿Por qué me haces pasar por esto?
¿Por qué no podemos simplemente amarnos?
¿Por qué tengo que fingir una relación para poder acercarme a ti?
—
Hay momentos en los que la cordura se aleja de nosotros.
Momentos en los que la paciencia se rompe y el ego, herido y hambriento, toma el control.
Este fue uno de ellos.
Rompí el acuerdo con Som.
Dejé expuesta nuestra estrategia por un instante de impulsividad.
El silencio cayó entre nosotras.
Pesado.
Insoportable.
Prim me miró…
como si tampoco tuviera las respuestas que yo buscaba.
En sus ojos había miedo, deseo…
y una tristeza antigua que todavía no sabía nombrar.
Aún no lograba descifrar si pertenecía al equipo rojo…
o al nuestro.
Nos quedamos ahí,
suspendidas.
Y entonces,
sin importar nada más, dio un paso hacia mí.
Sus manos tomaron mi rostro.
Parecía haber perdido la cordura también.
Olvidó dónde estábamos.
Olvidó quién podía vernos.
Y me besó.
No fue un beso.
Fue una caída.
Me hundí en ella como si no existiera nada más en el mundo.
Como si el tiempo, el miedo y las amenazas fueran solo ruido lejano.
Era un beso desesperado,
profundo,
lleno de todo lo que no habíamos podido decir.
Sabía a rabia.
A despedida.
A amor.
De ese amor que vale la pena arriesgarlo todo.
Tal vez…
el último.
—
El chillido de un neumático nos arrancó el momento.
Nos separamos.
Tres hombres venían hacia nosotras.
Los reconocí al instante.
Los mismos que se la llevaron en el restaurante de su abuelo.
Esta vez, Prim reaccionó primero.
Me empujó detrás de ella, abriendo los brazos.
—No la toquen.
Yo sola puedo ir con ustedes.
Nunca le había escuchado esa voz.
Uno de ellos la apartó sin esfuerzo.
Su cuerpo se desvió como si no pesara nada.
Los otros dos me sujetaron con fuerza.
Y entonces lo entendí.
Esta vez…
no era a ella a quien se llevaban.
Era a mí.
—
—¡Suéltenla! —gritó Prim, intentando alcanzarme.
Mientras me arrastraban, la busqué con la mirada.
Prim estaba ahí, detenida por uno de los hombres.
Rota entre el miedo y la furia, entendiendo demasiado tarde que el peligro nunca había sido solo suyo.
La puerta se cerró.
Y el mundo quedó del otro lado del vehículo.
El golpe seco al cerrarse fue lo último que escuché antes de la oscuridad.
Un saco negro cubrió mi cabeza.
El aire desapareció.
Solo quedó el olor áspero de la tela y mi respiración rebotando dentro de ella.
Mis manos no eran las únicas que se sentían atadas…
El auto arrancó.
Voces.
Hombres.
Un idioma que aún no entendía del todo.
Risas bajas.
No entender nada dolía más que cualquier golpe.
Pensé en Prim.
En su boca sobre la mía.
En el miedo en sus ojos.
En si ese beso había sido una despedida.
Quizá en esta vida… no íbamos a poder amarnos.
La idea cayó sobre mí
como un edificio derrumbándose.
Recordé a May.
—No todas las almas que se reconocen logran quedarse juntas en la misma vida.
En ese momento, dejó de sonar bonito.
Se volvió cruel.
El trayecto no fue largo, pero en la oscuridad el tiempo se estiró.
Cada segundo se volvió un recuerdo.
Pensé en todo lo que había atravesado para llegar hasta aquí.
En lo lejos que estaba de casa…
y en lo cerca que había estado de cumplir mi sueño.
Ser florista.
Recordé a May enseñándome a escuchar a las plantas, a respetar sus tiempos, a no forzarlas a florecer antes de estar listas.
“Las flores también sufren cuando se las obliga”,
decía.
Pensé en mis padres.
Las cenas sencillas.
Sus risas en la mesa.
El día que murieron.
El silencio que vino después.
Ese hueco imposible de llenar.
Recordé a la niña que fui.
La que soñaba con Prim sin siquiera saber su nombre.
La que despertaba con la sensación de haber perdido algo importante.
Alguien importante.
Y entonces la vida me trajo hasta ella.
Recordé a Oto.
Sus bromas.
Sus silencios cómplices.
Su forma de recordarme que no todo era tan grave…
incluso cuando sí lo era.
Todo pasó frente a mí sin que pudiera verlo.
—
El auto se detuvo.
Lento.
Como si incluso el destino dudara antes del siguiente movimiento.
Sentí cómo alguien abría la puerta.
El aire cambió.
Más húmedo.
Más frío.
Me tomaron del brazo
y me obligaron a bajar.
Mis pies tocaron el suelo con torpeza.
El saco seguía cubriéndome el rostro, apretándome la cabeza, robándome espacio.
Caminé.
O me hicieron caminar.
Cada paso era una pregunta sin respuesta.
El suelo cambió bajo mis pies.
Primero asfalto.
Luego algo más firme,
quizá cemento.
Escuché una puerta abrirse.
El eco me indicó que entrábamos a un espacio cerrado.
Amplio.
Mis latidos se volvieron ensordecedores.
Me detuvieron.
Alguien tiró del saco.
La luz me golpeó los ojos con violencia.
Parpadeé varias veces, mareada, tratando de enfocar.
El lugar comenzó a definirse poco a poco.
Una habitación grande.
Sobria.
Ventanas de piso a techo
mirando hacia el jardín.
Paredes claras.
Mármol pulido.
Un escritorio impecable.
Libros alineados detrás de una silla principal.
Todo demasiado limpio.
Demasiado ordenado.
Como si el peligro aquí usara traje.
Los mismos hombres del auto seguían alrededor mío.
Sus rostros eran inexpresivos, vacíos, como si no fueran personas.
Tragué saliva.
—Siéntate.
Obedecí.
No por voluntad.
Por instinto.
—No estamos aquí para hacerte daño —dijo el hombre frente a mí.
No le creí.
—Depende de ti.
Le sostuve la mirada.
—¿Dónde estoy?
No respondió.
Y en ese silencio, volví a pensar en Prim.
En si sabía dónde estaba.
En si estaría buscándome.
En si el miedo que vi en sus ojos ahora la estaría consumiendo por dentro.
La imaginé caminando sin rumbo,
con el teléfono apretado entre los dedos, marcando números que no responden.
Respirando mal.
Perdiendo el control que siempre finge tener.
La imaginé enfrentándose a su padre.
Con la voz rota…
pero firme.
Diciendo cosas que llevaba años callando.
Tal vez no estaba ocurriendo así.
Tal vez sí.
Pero necesitaba creer que, en algún lugar, ella también estaba perdiéndose por mí.
Ese pensamiento me sostuvo.
Porque aunque no pudiera verla, aunque no supiera dónde estaba,
quería creer que no estaba sola en ese miedo.
Que, de alguna manera inexplicable,
Prim también estaba siendo atravesada por esta distancia.
La otra parte de mí, más cansada, más lúcida, sabía la verdad.
Este lugar era la segunda bola lanzada por el equipo rojo.
—
Volví al cuarto.
El hombre frente a mí seguía observándome en silencio.
Como si supiera que me había ido lejos por un instante.
—Aquí vienen —dijo uno de ellos, acomodando su corbata.
La puerta se abrió.
Entró Fon.
Su presencia llenó la habitación antes incluso de dar el segundo paso.
Caminaba despacio, segura, con esa clase de mirada fría que parece haber olvidado cómo sentir.
Detrás de ella apareció el señor Wong.
No parecía alterado.
Y eso fue lo que más miedo me dio.
Su calma tenía el peso de quien está acostumbrado a decidir el destino de otros.
—Te dimos dos oportunidades —dijo Fon, sin sentarse.
La miré sin bajar la cabeza.
—Te advertimos que te alejaras de Prim —continuó—. Y decidiste no hacerlo. Fingir una relación con Som no te funcionó.
Ya nos encargaremos de ella.
—Déjala fuera de esto —dije, molesta—. ¿Cuál es el problema con acercarme a Prim? ¿Por qué amar a su hija es una amenaza?
Miré al padre de Prim.
—Su contrato en la empresa es más importante que un amor absurdo —dijo el señor Wong, alzando la voz—. No vamos a permitir distracciones.
Me dolieron sus palabras,
pero no retrocedí.
—No es mi intención ser una distracción —respondí—. Ni para Prim ni para sus proyectos. Pero la he visto cuando está conmigo. He visto cómo sonríe, cómo respira distinto. La siento feliz.
El silencio que siguió fue denso.
El señor Wong se inclinó apenas hacia adelante.
—Tú no sabes qué hace feliz a mi hija.
—Tal vez no —respondí—, pero sé lo que la apaga.
Me observó como si yo fuera un error que necesitaba corregir.
—El destino de mi hija lo decido yo.
—La vida de su hija no le pertenece.
El silencio cayó entre nosotros.
Pesado.
Expectante.
Antes de que alguno respondiera, la puerta volvió a abrirse.
Entró el señor Om.
No levantó la voz.
No necesitó hacerlo.
Su presencia era distinta, más pesada, como si todo el lugar se acomodara alrededor de él.
Supe de inmediato que él no discutía.
Ordenaba.
El señor Om dio un paso hacia mí.
No hizo un solo gesto innecesario.
Y aun así…
todo en mí se tensó.
—Veo que no dejarás de meterte en problemas… Esto no es un castigo —continuó—. Es una medida necesaria.
—¿Necesaria para quién? —pregunté.
Una leve sonrisa cruzó su rostro.
—Para que las cosas sigan su curso natural.
—Quiero que Prim venga y me diga que me aleje —respondí, sosteniendo su mirada.
Silencio.
El señor Om se inclinó apenas,
lo suficiente para acortar la distancia entre nosotros.
Podía sentir su presencia invadiendo mi espacio,
como una sombra que no pide permiso.
—En el accidente de tus padres… —dijo con una calma quirúrgica— pudiste haber estado tú.
—
El mundo se detuvo.
Sentí la sangre golpearme en los oídos.
—¿Cómo sabes que…? —susurré.
Pero mi voz no salió tan firme como quería.
Sonrió.
Después se enderezó lentamente, acomodándose el saco como si la conversación ya hubiera terminado para él.
El silencio volvió.
Pero esta vez no era vacío.
Era una grieta.
Y la sentí.
Ahí.
Abriéndose dentro de mí.
—¿Cómo sabes de mis padres? —pregunté, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Dejó escapar una risa breve.
Incómoda.
—No hay nada que no sepa de ti.
—
¿Quiénes son estas personas?, pensé.
—Asegúrate de que no distraiga a tu hija —ordenó el señor Om al padre de Prim.
Y entonces lo entendí.
Él era el verdadero jugador principal del equipo rojo.
—Llévenla a su habitación —ordenó el señor Wong.
—
Salí escoltada de la oficina.
Por primera vez pude observar con claridad la casa a la que me habían llevado.
No sabía quién vivía allí, pero las paredes cargaban un arte exquisito, digno de alguien que sabe apreciarlo.
El negro predominaba en los muebles y el blanco en el resto del espacio, creando un contraste elegante y frío al mismo tiempo.
Los techos tenían vigas de madera que le daban una calidez engañosa al lugar.
Y, al centro del vestíbulo, una enorme escalera se imponía, como el corazón de la casa.
A través de los ventanales que conectaban el vestíbulo con la sala, podía ver el jardín que abrazaba la propiedad.
Más allá,
un muro de árboles cerraba la vista de todo lo que existía detrás.
Me hicieron subir la escalera.
Caminé por un pasillo largo.
Tercera puerta a la derecha.
La habitación que me recibió era espaciosa.
Una cama visiblemente cómoda, un tocador junto a ella, un pequeño sofá.
Más arte colgando de las paredes,
como si incluso el encierro tuviera que ser estéticamente perfecto.
Un balcón daba al jardín, pero la casa era tan grande que no lograba ver más allá desde ahí.
El baño tenía un tragaluz sobre la regadera que iluminaba todo el espacio.
Una casa demasiado hermosa para ser una prisión.
Seguramente del señor Om…
o del padre de Prim.
La puerta se cerró detrás de mí.
No fue un portazo.
Fue un clic suave.
Definitivo.
Como si el sonido hubiera sellado algo invisible.
Me quedé de pie unos segundos,
sin moverme,
escuchando el eco de mis propios pensamientos rebotar en las paredes.
Estaba sola.
Miré la habitación con más detenimiento.
Todo era demasiado hermoso para sentirse real.
Caminé despacio hasta el balcón.
El jardín era amplio.
Las flores estaban alineadas con una precisión que me recordó a un invernadero.
Nada crecía fuera de su lugar.
Nada se permitía ser salvaje.
Más allá, el muro de árboles formaba una frontera viva.
Densa.
Era hermoso.
Y era una jaula.
Me apoyé en la baranda y cerré los ojos.
Pensé en Prim.
En si alguna vez habría mirado ese mismo jardín.
En si sabría que yo estaba ahí, respirando el mismo aire,
atrapada en su mundo sin poder tocarla.
—No me sueltes —susurré,
sin saber si le hablaba a ella…
o a mí.
Regresé a la habitación.
Me senté al borde de la cama.
Pasé los dedos por las sábanas suaves, casi burlonas.
Todo en ese lugar estaba diseñado para dar comodidad,
para hacer que el encierro pareciera menos cruel.
Pero yo no estaba engañada.
Sabía que el verdadero encierro no estaba en las paredes.
Estaba en el tiempo.
En los días que me separaban de ella.
En cada hora que intentaban arrancarnos una de la otra.
Respiré hondo.
Las palabras del señor Om sobre mis padres
me inquietaron lo suficiente para no dormir esa noche.
Tenía demasiadas preguntas.
¿Por qué saben tanto de mí?
¿Desde cuándo me han investigado?
¿Por qué soy una amenaza?
Fue una noche larga…
pero incluso ahí, atrapada bajo el techo del enemigo…
todavía no me habían vencido.
Las jaulas más difíciles de abandonar…
son las que nunca parecieron una prisión.