Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

(El amor dejó de ser seguro)

Minutos después de salir del bar,

me subí al auto de Som.

El sonido de la puerta al cerrarse se sintió más definitivo de lo normal, como si algo hubiera quedado del otro lado.

—¿Estás bien? —preguntó, abrochándose el cinturón, sin mirarme del todo.

La ciudad respiraba a nuestro alrededor.

Luces, ruido, vida… todo seguía su curso,

como si el mundo no acabara de inclinarse bajo mis pies.

—Voy a contarte todo.

Y lo hice.

Cada detalle.

Desde el primer encuentro con Prim… hasta la advertencia.

Necesitaba su ayuda.

Mientras hablaba, las luces de Bangkok se deslizaban sobre el rostro de Som, iluminando por momentos sus ojos, abiertos con una mezcla de sorpresa y algo más difícil de nombrar.

Cuando terminé,

el auto ya estaba detenido frente a casa de Malee.

El motor seguía encendido.

Nosotras también.

Som soltó el volante lentamente.

—Ammar… —dijo, girando por fin hacia mí—.

Te quiero… y después de escucharte quiero que seas feliz con ella.

Hizo una pausa.

—Pero si tu vida depende de esto…

no cuentes conmigo.

Sus palabras no fueron frías.

Fueron reales.

—Quieren asustarme —respondí—.

Quieren que me aleje.

Pero necesito entender por qué.

Sostuve su mirada.

—No voy a rendirme sin siquiera intentarlo.

Som dejó escapar un suspiro

que parecía venir de más lejos que ese momento.

—Eres increíblemente testaruda.

Una pausa.

—¿Cuál es tu plan?

Negué con la cabeza.

—No lo sé.

Todo ha pasado demasiado rápido.

El silencio cayó entre nosotras,

pesado,

lleno de piezas que aún no encajaban.

Hasta que Som habló.

—Solo hay una forma de entrar en su mundo… sin que te vigilen.

Giré hacia ella.

—Te escucho.

Som dudó un segundo.

No por falta de idea… sino por lo que implicaba decirla en voz alta.

—Si el problema es que no quieren ver a Prim involucrada románticamente contigo… entonces debes parecer…

no disponible.

Fruncí el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Que seas mi novia… frente a ellos.

El aire cambió de textura.

No fue una idea.

Fue un movimiento en el tablero.

Sentí cómo algo dentro de mí se tensaba, como si dos versiones de mí misma se miraran de frente.

Los dormidos reaccionan.

Los despiertos eligen.

Cerré los ojos.

Respiré.

Y dejé de pensar.

La respuesta no llegó como una decisión… sino como una certeza tranquila.

Abrí los ojos.

—Hagámoslo.

—

A la mañana siguiente, mientras me preparaba para ir a la florería, construí la máscara que usaría en el plan de Som.

No una para esconderme…

sino una para entrar al mundo de Prim.

Hay quienes usan máscaras sin saberlo.

Se pierden dentro de ellas.

Esos pertenecen al equipo de los dormidos.

La mía era distinta.

Yo la estaba creando consciente de cada hilo, de cada gesto, de cada mirada que iba a sostener.

Y, sobre todo, consciente de que podía quitármela cuando quisiera.

Mi teléfono vibró.

—Buenos días, novia falsa —dijo Som al contestar.

No pude evitar sonreír.

—Creo que tú serás quien más se divierta con esto.

—No lo dudes —respondió—.

Hizo una pausa.

—Habrá una fiesta por el décimo aniversario de la empresa.

Puedes llevar un acompañante… y yo llevaré a mi novia falsa.

Mi cuerpo se tensó apenas.

—Este evento te presentará oficialmente

como alguien no disponible para quienes rodean a Prim.

—¿Ella estará ahí?

—Lo más probable es que no.

Pero estará su equipo… y con eso basta.

Hizo una pausa.

—A quien debemos convencer

es a su mánager.

Si ella lo cree,

el resto la seguirá.

—Entiendo —respondí—.

¿A qué hora debo estar lista?

—Paso por ti a las ocho.

Su voz bajó un tono.

—Y Ammar…

Una pausa.

—Hoy necesitas ser vista.

La llamada terminó.

Y con ella… cualquier ilusión de estar jugando algo pequeño.

El juego acababa de subir de nivel.

—

A las ocho en punto, el sonido del auto de Som se hizo escuchar afuera.

Salí de casa, con la mejor máscara que había construido hasta ahora.

Cada detalle estaba calculado…

pero nada se sentía falso.

Era una versión de mí que no pedía permiso para existir.

Som se quedó en silencio al verme.

Sus ojos recorrieron cada centímetro,

sin disimular.

Llevaba un vestido rojo que abrazaba mi cuerpo con una obediencia peligrosa.

La tela caía como si ya conociera mis curvas,

marcando cada paso,

cada respiración.

El escote dejaba mi clavícula expuesta,

vulnerable y firme a la vez.

La abertura lateral se movía con mis piernas,

prometiendo más de lo que mostraba.

Mis tacones resonaban contra el piso.

Seguros.

Decididos.

—Es difícil verte como amiga… si te vistes así.

Sonreí apenas.

—No te distraigas.

Soltó una risa baja.

—Intentemos divertirnos.

La noche pinta… peligrosa.

Durante el trayecto, me perdí en la ventana.

Las luces se deshacían en líneas sobre el vidrio,

como si la ciudad misma estuviera en movimiento constante…

sin detenerse a sentir.

Yo, en cambio, sí sentía.

No tenía dudas sobre el plan.

Pero había algo más.

Un hueco.

Pequeño.

Silencioso.

Persistente.

El tipo de vacío

que aparece cuando haces lo correcto… pero no lo que quieres.

—

Llegamos.

El lugar brillaba desde afuera, como si celebrara algo que yo aún no entendía del todo.

Som rodeó el auto,

abrió mi puerta

y, sin decir nada, extendió su mano.

La tomé.

No como parte del plan.

Como parte del momento.

Nuestra llegada no fue de golpe.

Fue progresiva…

como una ola silenciosa.

Las conversaciones se apagaron una a una,

las risas quedaron suspendidas,

y luego sentí las miradas posarse sobre mí

como si me estuvieran nombrando sin decir mi nombre.

No tuve que mirar alrededor para saberlo.

Sentía las miradas en la piel.

Me sentía una de ellos.

Y en cuanto crucé la puerta…

lo supe.

No por las miradas.

No por la música.

No por la presencia invisible de quienes ya estaban observando.

Sino por lo que sentí dentro de mí.

El amor… había dejado de ser un lugar seguro.

Y ahora… era un territorio en disputa.

—

Som apretaba mi mano.

Sentí su necesidad de anclarse a mí, como si el mundo pudiera arrancarme de ella en cualquier momento.

No lo hizo.

Yo no me solté.

Estaba lista para conocer la verdad detrás de este disfraz.

—

—¿Quién es ella? — escuché a lo lejos.

—¿Es extranjera?

—¿Actriz?

Las voces flotaban alrededor, tejiendo historias sobre mí sin conocerme.

Caminé con la cabeza en alto.

Si iban a mirarme… que lo hicieran de frente.

Al fondo vi a Naree.

Por un segundo temí que nos descubriera.

Se acercó.

Sus ojos bajaron a nuestras manos entrelazadas… y luego a mí.

—Vaya… —dijo, con curiosidad abierta—. ¿Y estas manos tomadas? ¿Desde cuándo?

Antes de que hablara, Som respondió.

Sentí cómo sus dedos se cerraban con más fuerza alrededor de los míos.

—Desde ayer. Por fin me dio el sí.

El silencio cayó como una piedra en el agua.

Ese “sí” dejó de ser nuestro.

Ahora le pertenecía a todos.

La primera jugada contra el equipo rojo.

Giré apenas hacia Som y le regalé una sonrisa mínima.

Sabía que esa noche iba a marcar un antes y un después.

—Bueno… Era obvio que a Som le gustabas —dijo Naree—. Pero ¿qué hay de Prim?

—A veces el universo tiene otros planes —respondí.

El micrófono chilló.

Un sonido breve, áspero, suficiente para cortar el murmullo del lugar como una navaja.

Las conversaciones se apagaron de golpe y todas las miradas se dirigieron al frente.

Levanté la vista.

El señor Om estaba de pie junto al escenario improvisado, impecable, con esa calma estudiada de los hombres que saben que el lugar les pertenece incluso cuando no lo dicen.

Tomó el micrófono con seguridad, esperó a que el silencio fuera absoluto y sonrió.

—Gracias a todos por estar aquí —comenzó—. Este décimo aniversario no sería posible sin ustedes.

Y entonces los vi…

A su lado, un poco más atrás pero claramente visible, estaba él.

El padre de Prim.

El Sr. Wong era una figura imponente, digno de tener una hija como Prim.

Postura recta, expresión contenida, mirada fría.

No aplaudía.

Observaba.

Y junto a él, Fon, dispuesta a amenazar a cualquiera que se pusiera en su camino.

Reconocí su presencia antes de analizarla del todo.

Elegante, controlada, con esa sonrisa mínima que nunca llega a los ojos.

No miraba al público.

Miraba estratégicamente todo lo que la rodeaba.

Sentí entonces algo extraño.

Mientras Om continuaba agradeciendo, hablando de crecimiento, de familia, de lealtad, sus palabras comenzaron a perder peso frente a una certeza incómoda que se abría paso en mi cuerpo.

No estaban mirando a Som.

No estaban mirando al público.

Me estaban mirando a mí.

—

Primero fue Om.

Su sonrisa se sostuvo un segundo de más cuando nuestros ojos se cruzaron.

No fue curiosidad.

Fue reconocimiento.

Como si mi presencia no fuera una sorpresa, sino una confirmación.

Luego, el padre de Prim.

Sus ojos se clavaron en mí con una dureza que me obligó a contener la respiración.

No había enojo abierto en su expresión…

Era cálculo.

Evaluación.

Yo no era una invitada más.

Era una variable que no estaba en el plan.

Fon fue la última.

Su mirada fue rápida, precisa, como una aguja. Bajó a mis manos aún entrelazadas con las de Som, luego subió a mi rostro.

No mostró reacción.

Solo archivó la imagen.

Un escalofrío me recorrió la espalda, aun recuerdo su amenaza.

No fue miedo.

Fue advertencia.

El tipo de advertencia que no se pronuncia en voz alta, pero que se graba en la piel.

Om siguió hablando del futuro, de nuevos proyectos, de unidad.

La palabra familia volvió a aparecer y sentí cómo algo se cerraba a mi alrededor, invisible pero firme.

Apreté la mano de Som con suavidad, buscando anclarme al presente.

Ahí entendí que no solo sabían quién era.

Sabían por qué estaba ahí.

Y su silencio no era indiferencia.

Era el inicio de algo.

El señor Om cerró su discurso con una sonrisa amplia, calculada.

—Y esta noche… —continuó Om— queremos presentarles nuestro próximo proyecto.

El lugar respondió con aplausos automáticos.

—Una película que marcará una nueva etapa para la empresa —continuó—. Y no estaría completa sin su protagonista.

Hizo una pausa breve.

Dramática.

—Prim Wongwaran.

—

El mundo se inclinó.

Y yo también.

La vi subir al escenario y todo desapareció.

Caminaba con la seguridad de quien ha sido vista toda su existencia, pero aun así, había en ella una fragilidad que solo yo parecía reconocer.

Estaba más hermosa que nunca.

No era solo su vestido.

Era ella.

Su presencia.

Su alma filtrándose en cada paso.

Sentí cómo algo dentro de mí se abría por completo.

La amé ahí.

Sin defensa.

Sin estrategia.

Sin máscara.

Mientras hablaba, mientras sonreía al público, yo me perdí en ella.

Olvidé dónde estaba.

Olvidé quién me rodeaba.

Olvidé que mi mano seguía entrelazada con la de Som.

Entonces ocurrió.

Prim bajó la mirada apenas un segundo, lo suficiente para encontrarme.

Sus ojos se iluminaron al reconocerme…

y enseguida se nublaron. Su atención descendió lentamente hasta nuestras manos unidas.

Vi el gesto.

No fueron celos.

Fue confusión.

Dolor contenido.

Una pregunta sin palabras.

Frunció apenas el ceño, como si intentara descifrar el significado de ese enlace, como si buscara una respuesta que nadie le había dado.

Su sonrisa se sostuvo por fuera, pero yo la conocía demasiado bien.

Ahí supe que ya no estábamos observando el mismo juego desde la grada.

Había entrado al campo.

Sentí el cambio en el aire, en mi respiración, en la tensión que se tendía invisible entre nosotras.

Alrededor, todo seguía normal: aplausos, cámaras, brindis.

Pero para mí, el mundo se había reducido a dos fuerzas enfrentadas.

Dos equipos formados.

Miradas afiladas.

Estrategias silenciosas.

Todos estaban listos para atacar.

Y yo… yo estaba justo en el centro del terreno de juego, con el corazón expuesto, sabiendo que el amor que sentía por Prim no era solo una debilidad.

Era la razón por la que iban a intentar destruirme.

—

Después del discurso, fuimos a la barra.

El equipo rojo se acercaba.

Fon.

El señor Wong.

Pania.

—Som, hay temas de fotografía que debemos revisar —dijo Pania.

Som se alejó.

Y me quedé sola.

Fon no apartaba la mirada de mí. Me escaneaba como si buscara una grieta, algo que pudiera usar.

—Veo que hoy no te has metido en problemas, Ammar —dijo Fon.

—Prim necesita tener amigas. No pueden privarla de eso.

—Lo que mi hija necesita lo decido yo —intervino el señor Wong— escuche que tu eres quien la está distrayendo.

Su voz no necesitó fuerza.

Era suficiente.

La forma en que me sostuvo la mirada fue suficiente para atravesarme, como si marcara un límite invisible que yo acababa de cruzar.

Detrás de ellos.

Prim.

Como una orquídea con luz propia abriéndose paso entre la gente.

—Interrumpo.

El aire se tensó.

—Te dije que descansaras —dijo Fon.

—¿No es esto una celebración por mi película?

—No olvides para qué estás aquí. Te veo en casa —sentenció su padre.

Se fue.

Pero antes… me miró.

Y lo supe.

Ya estaba en su lista.

—

—¿De qué hablan? —preguntó Prim.

—Del noviazgo de Ammar y Som —respondió Fon.

Sentí el golpe seco de esas palabras.

No porque fueran un secreto, sino porque habían sido lanzadas como un arma.

Prim me miró.

—¿Desde cuándo?

Som se giró hacia nosotras, percibiendo que algo se había quebrado en el aire.

Yo tragué saliva.

—Desde ayer —respondió Som—. Con una mirada que pronunciaba victoria.

Silencio.

Prim no apartó la mirada de mí.

Por un instante pensé que diría algo inoportuno.

En cambio, dio un paso al frente.

—Entonces dejen de hablar de mi vida como si no estuviera aquí.

Fon apretó la mandíbula.

Yo entendí algo nuevo.

Las orquídeas… también tienen espinas.

Prim se fue.

Se alejó sin decir una palabra más.

Dejó su rabia suspendida entre nosotras, flotando en medio de la conversación inconclusa.

Mientras se marchaba…

vi irse al amor de mis vidas con la posible certeza de que, desde su mirada, yo había elegido a alguien más por encima de ella.

Sentí que me arrancaban el aliento, como cuando arrancas una flor de raíz y la dejas sin posibilidad de volver a florecer.

Tenía dos opciones.

Seguir jugando en contra del equipo rojo…

o unirme a ellos.

Hay jaulas que no están hechas de paredes…

sino de miedo.