CAPÍTULO 24
(Azules vs rojos)
En el colegio escuché a alguien decir la frase:
la vida es un juego.
—
Ese día llegué a casa con esas palabras ocupando mis pensamientos.
Mi padre solía decir que el sabio vive de preguntas
y el dormido de respuestas.
—
Cuando mis padres vivían, amábamos sentarnos en la mesa
y hacernos preguntas sobre cualquier cosa, sin la necesidad de responderlas.
Era una especie de juego silencioso que acompañaba nuestras comidas.
Aquella tarde le pregunté a mi madre si era cierto que la vida era un juego.
—Dejaré que esa respuesta la encuentres tú misma —respondió.
Volteé a ver a mi padre y repetí la pregunta.
—Podría ser —dijo con un tono ligeramente sarcástico.
Me molesté.
Quería respuestas, no acertijos.
Me fui a la cama con una tarea invisible:
descubrir qué significaba realmente la palabra juego en esa frase.
—
Al día siguiente, en el colegio, el profesor de deportes nos pidió formar equipos: azules y rojos.
Elegí el azul
porque pensé en el mar.
El juego consistía en esquivar las pelotas que el equipo contrario lanzaba; ganaba quien lograra mantenerse intacto hasta el final.
Mientras esperaba el sonido del silbato, no pensaba en ganar.
Honestamente… solo quería divertirme.
Cuando el silbato sonó, el equipo rojo comenzó a lanzar las pelotas sin dirección.
Con desesperación.
Parecían ansiosos por llegar al resultado final.
Uno de ellos me miraba con odio, como si estuviera atrapado en su propia mente.
Mi compañera y yo reíamos mientras esquivábamos los lanzamientos.
Observábamos con atención, esperábamos el momento exacto… y entonces lanzábamos.
Descubrí que tenía buena puntería.
—
Ganamos.
Pero mi verdadera satisfacción no fue la victoria.
Fueron las risas interminables que compartí con mi compañera.
Escuché a lo lejos a un chico del equipo rojo decir, molesto:
—La próxima semana esperen la revancha.
Pobre, pensé.
No parecía haberse divertido.
Parecía haber sobrevivido.
Entonces lo entendí.
Al salir de clases corrí directo a casa.
—Mamá, papá, encontré la respuesta —dije, sin aliento.
—¿De qué respuesta hablas, Ammar? —preguntó mi madre.
—De si la vida es un juego.
Mi padre me miró con curiosidad.
—Cuéntanos.
—La vida puede verse como un juego —dije—, pero existen dos tipos de jugadores.
—Explícanos.
Tragué saliva antes de continuar.
—Están los que juegan creyendo que pueden perder la vida…
y los que juegan siendo vida.
Mi madre sonrió, sorprendida.
—Explícanos eso.
Respiré hondo.
—Los que creen que pueden perderla juegan sin disfrutar —continué—.
Buscan el premio final, viven con miedo a fracasar.
Su mente les dice que si pierden, todo termina.
Se pierden del presente, de la vida que ya habita en ellos y de todas las formas de vida que existen en el mundo.
Hice una pausa.
—Los otros… los que juegan siendo vida, disfrutan el momento.
No ignoran el juego, pero no viven esclavos del resultado.
No temen perder la vida, porque saben que son vida, y es imposible perder algo que no tienen.
Mientras menos piensan en el premio final, más sorpresas descubren en el camino.
Mi padre sonrió.
—¿Y tú de qué equipo eres?
No dudé.
—Del que no teme perder algo que no tiene.
—
Hoy, con los años encima
y el corazón más lleno de cicatrices que de certezas,
lo entiendo distinto… pero también más profundo.
Si la vida es un juego, entonces está conformada por dos equipos: los dormidos y los despiertos.
Los dormidos intentan ganar a como dé lugar.
Su ego los domina.
Creen tener siempre la razón, juzgan, se apegan a personas, objetos y situaciones, porque no logran mirarse a sí mismos.
Viven atrapados en el tiempo, ya sea lamentando su pasado o añorando su futuro, enredados en pensamientos que los alejan del ahora.
Los despiertos… no son perfectos.
Pero miran al ego de frente.
Hacen las paces con él.
Se habitan.
No se resisten, fluyen.
No se apegan, aceptan que todo es cíclico.
La gratitud es uno de sus superpoderes más valiosos.
—
La muerte de mis padres me hizo ver mi ego a los ojos.
Perderlos me obligó a elegir de qué equipo quería ser.
Si quedarme dormida atrapada en el lamento o despertar y aceptar lo que ya estaba escrito.
La oscuridad en la que me arrojó su pérdida me obligó a mirarme.
Elegí habitarme.
Elegí ser consciente.
Elegí mi vida antes que la de otros.
Y aunque me tomó cinco años darme cuenta de que estaba en el camino equivocado… nunca es tarde para despertar.
—
El juego había comenzado.
Para ellos, el premio era Prim.
Y harían cualquier cosa por conseguirlo.
No me da miedo perder la vida en este juego… porque soy vida.
Pensar en esta vida sin ella… eso sí me aterra.
—
Después de recibir la amenaza en mi teléfono, el tablero cambió.
El equipo rojo tenía la ventaja… y yo estaba dejando de divertirme.
Por un momento pensé en retirarme, en no formar parte de esta lucha de egos.
Pero hacerlo significaba perderla para siempre.
Y eso… no era una opción.
Las personas dormidas acechaban.
Se movían en las sombras, guiadas por el control, por el miedo, por el poder.
Pero hay algo que olvidan:
los despiertos también sabemos jugar.
Sabemos observar.
Y, si es necesario… sabemos fingir que estamos dormidos.
Camuflajearnos.
Respiré hondo.
Estoy lista para jugar.
El mensaje de la noche anterior seguía ardiendo en mi mente.
—
Al salir del bar, caminé sin prisa, desmenuzando cada posibilidad, cada riesgo… hasta que lo entendí.
No iba a huir.
Iba a entrar.
Tomé el teléfono.
Llamé a May.
Luego a Oto.
Necesitaba escuchar sus voces,
asegurarme de que estaban bien… de que aún estaban fuera de este tablero.
Porque si alguien había decidido convertir mi vida en un juego… no sabían… con quién acababan de sentarse a jugar.
PARTE VI
El precio
Cuando amar empieza a doler distinto
Hay máscaras que usamos por elección…
y otras que se encarnan en nosotros si dejemos de mirarnos.