Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

(Segunda advertencia)

Han pasado dos semanas desde que Prim me dejó vacía por dentro.

Dos semanas en las que aprendí a sostenerme con lo poco que quedó de mí…

y a reconstruirme con lo que siempre ha estado ahí.

Som no se ha apartado de mi lado.

Después del trabajo, solemos salir a tomar algo, a reírnos, a fingir que la vida sigue su curso con normalidad.

Y por las noches, May y Oto se convierten en ese hogar que puedo tocar con la voz.

—

Hoy hay un evento en el bar de Naree.

Pensé en no ir.

Pensé en evitarla.

Pensé en protegerme.

Pero Som fue clara: no puedo pausar mi vida por alguien que eligió no quedarse.

Así que decidí ir… pero no como la Ammar que se rompió en ese pasillo.

—

Frente al espejo, elegí un vestido corto negro que abrazaba mi figura como si estuviera adherido a mí.

Escotado, firme, peligroso.

Hoy no quería esconderme.

Hoy quería ser vista.

El labial rojo fue la última decisión.

No era un color.

Era una declaración.

“Aquí estoy… y no voy a desaparecer.”

—

Recordé a la Ammar de 17 años, que se puso aquel pijama corto en casa de Aria, sin miedo a lo que pudiera pasar.

Bajé las escaleras con los tacones marcando un ritmo que ya no temblaba.

El motor del auto de Som anunció su llegada.

Cuando me vio, se quedó en silencio. Y eso dijo más que cualquier cosa.

—Por Dios… no sé si llevarte o esconderte.

Sonreí.

—Llévame.

Al llegar al bar, las miradas no tardaron en caer sobre mí.

Pero esta vez no pesaban.

Estaba siendo observada, evaluada.

No era cómodo… pero tampoco me abrumaba.

Caminé despacio, sintiendo cada paso como una afirmación.

Había algo distinto en mí: una armadura que no podía romperse con palabras ni miradas.

Y entonces la vi.

—

Prim.

Al fondo.

Su mirada me encontró como si nunca hubiera dejado de buscarme.

Pero esta vez… no me rompió.

Som tomó mi mano y la entrelazó con la mía. Un gesto simple… pero cargado de intención.

—Sígueme —susurró.

Nos llevó directo a una mesa reservada.

Justo frente a ella.

—

La noche había comenzado.

—Hoy estás que incendias el lugar, Ammar —dijo Naree.

—Hoy no vine a esconderme —respondí.

Sentí la mirada de Prim clavarse en mí.

Constante.

Silenciosa.

Incómoda.

Som se inclinó hacia mi oído, su voz rozándome la piel.

—Si quieres darle celos… puedo ayudarte con eso.

No respondí.

Pero tampoco me alejé.

Las copas comenzaron a acumularse.

El ambiente se volvió más denso, más cercano.

La mano de Som rozaba la mía con una naturalidad peligrosa, y su cuerpo se inclinaba hacia el mío como si encontrara ahí su lugar.

Y por un instante…

lo consideré.

Sus labios estuvieron cerca.

Demasiado cerca.

Pero algo en mí se detuvo.

No era rechazo.

Era claridad.

—Voy al baño —dije, levantándome.

Necesitaba aire.

Espacio.

Orden.

Pero al abrir la puerta… ahí estaba.

Prim.

Su mirada no era tranquila. Era un incendio contenido.

—¿Te diviertes? —susurró.

No respondí de inmediato.

Porque sí…

pero no como ella creía.

—Estoy aprendiendo a hacerlo sin ti —dije.

Eso la quebró.

Solo un segundo.

Pero lo suficiente.

Dio un paso hacia mí.

Luego otro.

Hasta borrar cualquier distancia.

Su mandíbula se tensó.

Y entonces pasó…

Sus manos en mis hombros.

Mi espalda contra la puerta del último baño.

El seguro cerrándose con un clic seco.

Me miró desafiante.

Sedienta.

Y comenzó a besarme como nunca antes.

Fue un beso cargado de todo lo que no se había permitido sentir: celos, rabia, deseo.

Y yo respondí.

Con la misma intensidad.

Con la misma necesidad.

Mis manos subieron a su cuello, acercándola más, sin miedo, sin dudas.

Había algo en su forma de tocarme que no pedía permiso… pero tampoco lo necesitaba.

Y algo en mí cedió.

No por debilidad.

Por verdad.

—

Levantó mi pierna.

La pusó sobre el inodoro.

Subió mi vestido, desnudando lo que quedaba por exponer.

Logró desarmar la armadura con la que llegue,

mientras besaba mi cuello, su mano exploraba por dentro.

El mundo desapareció por unos instantes.

Solo quedaba ese choque inevitable entre nosotras, esa forma de reconocernos incluso en medio del caos.

—

Cuando el aire volvió a entrar en nuestros pulmones, todo se sintió más real.

Más peligroso.

—¿No se suponía que yo era una distracción? —susurré contra su boca.

Su respiración se volvió inestable.

—No juegues conmigo.

—Tú empezaste.

Sus manos subieron a mi cintura, apretando con firmeza.

—Ammar… no te dejes llevar por nadie más.

—Tú elegiste soltarme.

El silencio que siguió fue distinto.

Pesado.

Verdadero.

Su frente cayó contra la mía.

—No puedo verte con Som —admitió.

Sonreí apenas.

—Entonces no me sueltes.

Eso la desarmó.

Volvió a besarme.

Pero esta vez fue diferente.

Más lento.

Más profundo.

Como si no quisiera ganar… como si quisiera quedarse.

Y por un instante… el mundo volvió a tener sentido.

Hasta que se apartó.

—

Salí primero.

Caminé de regreso a la mesa con el cuerpo todavía vibrando, como si su energía se hubiera quedado adherida a mi piel.

Cada paso era una contradicción.

Calma por fuera.

Tormenta por dentro.

Som me recibió con una sonrisa ligera, ajena a todo lo que acababa de atravesarme.

Sus ojos buscaban los míos con una calidez honesta…

una que, por un segundo, me hizo preguntarme qué tan diferente sería todo si mi historia hubiera comenzado con ella.

Pero no fue así.

Nunca fue así.

Entonces la vi.

Prim salió del pasillo minutos después, caminando como si nada hubiera pasado.

Como si no acabáramos de romper todas las reglas en un lugar donde nadie podía vernos.

Pero antes de sentarse…

me miró.

Y sonrió.

No era una sonrisa suave.

Era una afirmación.

Eres mía.

El aire entre nosotras se tensó, invisible pero irrompible.

Y justo en ese instante…

la realidad irrumpió.

—

Mi teléfono vibró.

Una vez.

Luego otra.

Número desconocido.

Abrí el mensaje.

“Segunda advertencia: aléjate de Prim.”

Debajo, archivos adjuntos.

Abrí las imágenes.

Y el mundo cambió de forma.

Oto.

Caminando.

Trabajando.

Viviendo… Siendo observado.

Sentí el frío recorrer mi espalda, lento, preciso.

Levanté la mirada.

Busqué a Prim.

Ahí estaba.

Rodeada de gente, luces, risas…

completamente ajena a lo que acababa de entrar en mi mundo.

Mi pecho se tensó.

Rabia.

Miedo.

Protección.

Todo al mismo tiempo.

Las risas seguían.

La música no se detenía.

Pero para mí… todo había cambiado.

Ahora cada mirada con Prim tenía un peso distinto.

Cada roce… una consecuencia.

Cada decisión… un costo.

—

Respiré profundo.

Pero ya no había control.

Solo una verdad latiendo con fuerza en mi pecho:

El juego había comenzado.

Y esta vez…

no solo yo estaba en riesgo.

Cuando dejas de temer perder algo…

empiezas a obtener lo que necesitas.