Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

(Primera advertencia)

Un nuevo día me espera.

No había dormido.

Pero tampoco lo necesitaba.

Había algo más fuerte que el cansancio sosteniéndome:

la necesidad de verla.

De entender qué había pasado realmente aquella noche.

De saber si estaba bien… o si todo había sido una ilusión.

Som me llamó, me pidió ir a su trabajo, no lo pensé mucho… supuse que se trataba de Prim.

—

El edificio se alzaba frente a mí como un monstruo listo para devorarme.

Vidrio.

Acero.

Seguridad en cada esquina.

Un mundo al que no pertenecía… pero al que, de alguna forma,

ya estaba atada.

Entré.

Som me esperaba.

—Sígueme.

—

Caminamos en silencio.

Pasillos interminables.

Un estudio vacío.

La puerta se cerró.

El aire cambió.

—Prim está aquí —susurró—.

Se supone que no puede volver a verte.

Pero voy a darte unos minutos sin que su gente se de cuenta.

Y Ammar…

tal vez esta sea la última vez.

El silencio cayó.

Pesado.

Denso.

Pensé en huir.

Pero ya no sabía cómo hacerlo sin dejar algo de mí atrás.

—

La puerta se abrió.

Prim entró.

Y todo dentro de mí se detuvo.

Era ella… pero no.

Su presencia seguía siendo imposible de ignorar.

Pero sus ojos… apagados.

—Tienen cinco minutos—dijo Som.

—

Quise abrazarla.

Mi cuerpo lo hizo primero.

Pero ella no respondió.

Sus brazos… inmóviles.

Rígidos.

Después de unos segundos, me apartó.

Suavemente.

Y aun así… dolió más que cualquier golpe.

—¿Qué está pasando?

—No podemos volver a vernos, Ammar.

Rota.

—No tengo tiempo para distracciones.

Parpadeé.

—¿Distracciones?

¿Eso soy para ti?

Sus manos temblaron.

Pero las escondió.

—Fue un error.

No debí involucrarme contigo.

Tengo una carrera que cuidar.

No hay espacio para esto.

—¿Esto?

Esto tiene nombre, Prim.

Lo sabes.

Di un paso.

—No puedes decirme que no sientes nada.

No puedes borrar lo que pasó.

No puedes fingir que el mundo no se detiene cuando estamos juntas.

Levantó la mirada.

Ahí estaba.

Por un segundo.

Ese brillo.

Pero se apagó.

—Que sueñe contigo no significa nada.

No hagas esto más difícil.

—Entonces dímelo.

A los ojos.

Dime que no sientes nada…

y me voy.

Silencio.

Insoportable.

—Ammar…

Y entonces… lo hizo.

—No eres digna de mí.

El golpe fue limpio.

Sin ruido.

Sin defensa.

—Estás mintiendo…

¿por qué haces esto?

Giró el rostro.

—Porque no entiendes el mundo en el que vivo.

Si te quedas… te van a destruir.

—¿Quién?

No respondió.

—Olvídate de mí.

Y se fue.

Uno.

Dos.

Tres pasos.

La puerta se cerró.

Y conmigo… algo más.

—

Corrí.

Pero no llegué lejos.

Tres hombres.

Firmes.

Inamovibles.

Al final del pasillo… ella.

No volteó.

—No permitan que esa fan se acerque a mí.

Esa palabra…

rompió todo.

Caminó.

Y desapareció.

El mundo siguió.

Yo no.

Caí.

Som me sostuvo.

Pero ya no había nada que sostener.

Entonces… tacones.

Secos.

Precisos.

Inevitables.

Levanté la mirada.

—Ponte de pie.

La misma voz.

La misma mujer de aquella noche en su apartamento.

Elegante.

Intocable.

Peligrosa.

—¿Quién eres? —pregunté.

—Soy quien mantiene el orden, cuando alguien lo rompe.

Un paso más.

—Y tú… lo estás rompiendo.

—De qué hablas.

Sonrió.

—Sé quién eres.

Sé de dónde vienes.

Y sé exactamente a quién puedes perder.

Mi cuerpo se tensó.

—Si quieres que Oto siga bien… te mantendrás lejos de Prim.

El mundo se cerró.

—En este mundo… nadie es invisible.

Se inclinó.

—Esto no es una advertencia.

Es un favor.

Tacón.

Tacón.

Tacón.

—Fon… —susurró Som—.

Es su manager.

Todo encajó.

Lo que Prim había hecho hace un momento.

No era rechazo.

Era protección.

Pero eso… no dolía menos.

Salimos del edificio.

Sin hablar.

Bangkok brillaba.

Yo no.

Y ahí lo entendí.

A veces el amor no se rompe porque deja de existir…

Se rompe porque alguien decide destruirlo antes de que alguien más lo haga.

Y yo… me había quedado sosteniendo los pedazos.

No todo lo que se siente como deseo es seguro…

a veces es una advertencia disfrasada.