Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

(Raíces en la oscuridad)

Esa noche me rendí.

Y entendí algo:

rendirte no significa ser cobarde…

es la conciencia callando al ego.

—

Hay personas luz que saben abrazarte el alma.

May es una de ellas.

La llamé.

No hizo falta explicarle cómo me sentía.

Solo estuvo en presencia a travéz del teléfono.

Me leyó mi cuento favorito.

Ese que creó para mí, para ayudarme a dormir.

Y con su voz cálida…

comenzó:

Había una vez un jardín inmenso,

vestido con cientos de flores de todos los colores y formas.

Algunas crecían altas y firmes.

Otras se abrían rápido al sol, orgullosas de su belleza.

—

Pero en lo profundo de la tierra, casi olvidada por el mundo exterior… yacía la semilla de una pequeña flor.

Su proceso era lento.

Muy lento.

Mientras las demás ya danzaban con el viento, ella apenas comenzaba a asomar sus primeras hojas.

Absorbía el agua con delicadeza, como si cada gota fuera un suspiro que necesitaba entender antes de dejarlo entrar.

Sus raíces,

pequeñas y frágiles,

se extendían con cautela,

buscando su lugar en la oscuridad.

Cada mañana, el sol la visitaba.

No siempre la veía… pero siempre estaba.

Una tarde,

mientras el viento jugaba entre los pétalos del jardín,

las voces comenzaron a aparecer.

—Mírenla… es tan pequeña.

—¿Por qué crece tan lento?

—¿Tendrá algo mal en sus raíces?

—Su único propósito es florecer… ¡y ni eso puede hacer bien!

Las risas se esparcieron.

La pequeña flor guardó silencio.

Y por primera vez… dudó.

—

Esa noche, se encogió sobre sí misma

y lloró en silencio.

La tierra absorbió sus preguntas.

—

A la mañana siguiente,

el sol volvió.

Como siempre.

—Buenos días, pequeña flor… es hora de despertar.

—No le veo nada de bueno a este día… —respondió ella.

—¿Qué sucede?

—Dicen que hay algo mal en mí… Que ya debería haber florecido.

Que ese es mi propósito… y no lo estoy logrando.

Si no puedo hacer aquello para lo que nací…

¿para qué estoy aquí?

El jardín quedó en silencio.

—

—¿Estás segura de que ese es tu único propósito? —preguntó el sol.

—Sí… —respondió ella, insegura.

—Florecer.

Dar.

Aportar.

Si no hago eso… soy una flor vacía.

—

El sol sonrió.

No con burla… con paciencia.

—Eso que mencionas es tu propósito secundario.

Es lo que haces.

Pero antes del hacer …

está el ser .

—

La flor tembló.

—No entiendo…

—Si no descubres lo que eres…

no podrás comprender lo que vienes a dar.

—Cierra los ojos —le pidió el sol.

Y obedeció.

—Siente el agua… entrando por tus raíces.

Siente cómo te sostiene.

Cómo te nutre.

—Ahora siente mis rayos… tocando cada parte de ti.

No necesitas correr.

No necesitas compararte.

Solo… siente.

Un instante.

Dos.

—¿Lo sientes?

—Sí…

Se siente… vivo.

—Eso que sientes… es tu conciencia despertando.

Eso es el ser .

Por primera vez… la flor no pensó en crecer.

—Por el simple hecho de existir… ya perteneces a este jardín.

No importa qué tan lento o rápido florezcas.

Lo importante… es que estés presente mientras lo haces.

—¿Estás disfrutando tu proceso?

—Sí…

Esta vez con certeza.

—

—Entonces ya encontraste tu propósito.

Ser .

Ser consciente.

Ser tú.

Y desde ahí… todo lo demás florecerá.

—

La flor sintió algo nuevo.

No era prisa.

No era miedo.

Era paz.

—¿Y las demás flores? —preguntó.

—Aún están dormidas —respondió el sol—.

Creen que florecer es el final… cuando en realidad es solo una consecuencia.

—

Ese día… no floreció.

Pero algo dentro de ella… sí lo hizo.

Y cuando estuvo lista… sin prisa,

sin esfuerzo… floreció.

Pero lo más hermoso no fue su flor.

Fue lo que hizo después.

Despertó a las demás.

Y ese jardín… dejó de competir.

Comenzó a vivir.

La voz de May se desvaneció lentamente.

No como un final… sino como algo que se quedó flotando en el aire.

Esperando que yo lo entendiera.

No dije nada.

No podía.

Sentía el pecho apretado… pero no de tristeza.

De reconocimiento.

—¿Sigues ahí? —preguntó May.

—Sí…

—Hay cosas que no entendemos cuando las vivimos.

Pero eso no significa que estén fuera de orden.

Las imágenes regresaron.

Prim.

El golpe.

El vacío.

—Siento que no fui suficiente…

—La pequeña flor también lo creyó —respondió May—.

Pensó que su valor estaba en lo que hacía… no en lo que era.

—Pero yo tenía que protegerla…

—¿Protegerla… o controlar lo que no te corresponde?

Esa pregunta… dolió distinto.

—No puedes evitar todos los inviernos… pero sí puedes elegir cómo floreces dentro de ellos.

—¿Y si la pierdo?

—Si es ella… no la puedes perder.

Silencio.

Pero esta vez… no fue duda.

Fue verdad.

—No se trata de salvarla.

Ni de cargar con su mundo.

Se trata de no traicionarte a ti mientras la amas.

Sentí cómo algo dentro de mí… volvía a encajar.

—No eres débil por sentir miedo…

pero tampoco eres ese miedo.

Una lágrima cayó.

—Eres la flor que ya entendió quién es.

No vuelvas a olvidarlo.

Llevé mi mano al pecho.

Ahí estaba.

Mi respiración.

Mi centro.

Nunca se fue.

Solo lo había olvidado.

—Descansa.

Mañana vas a necesitar tu luz.

—

La llamada terminó.

El silencio volvió.

Pero esta vez… no estaba vacío.

Cerré los ojos.

Y por primera vez desde que se la llevaron… no intenté controlar nada.

Solo respiré.

Como la pequeña flor.

Confiando… en que incluso en la oscuridad, mis raíces sabían exactamente hacia dónde crecer.

Hay momentos en los que el amor no desaparece…

solo aprende a esconderse para sobrevivir.