CAPÍTULO 19
(Vidas pasadas)
—Malee… ¿crees en las vidas pasadas?
No respondió de inmediato.
Levantó la mirada de las flores que acomodaba,
como si buscara la respuesta
en algún rincón antiguo de su memoria.
—Sí… creo en ellas —dijo al fin—.
¿A qué se debe tu pregunta?
Tomé aire.
—¿Crees que podemos enamorarnos de la misma persona en varias vidas?
Una sonrisa leve apareció en su rostro.
Pero no era ligera…
era una que cargaba historia.
—En Tailandia —comenzó—,
hay quienes creen que el alma no viaja sola.
Que hay lazos que no se rompen cuando el cuerpo muere.
Se les llama almas atadas.
Dicen que cuando dos almas se encuentran
y dejan algo inconcluso…
el universo encuentra la forma de cruzarlas otra vez.
Se acercó a mí,
acomodando una flor entre mis manos.
—Pero no siempre se reconocen.
A veces llegan como extraños…
con una sensación que no saben explicar.
Otras veces,
se buscan toda la vida sin encontrarse.
Y otras…
Hizo una pausa.
—otras se encuentran, pero el mundo se encarga de separarlas.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Y si sí se reconocen? —pregunté en voz baja.
Malee me miró directo a los ojos.
—Entonces…
ya no hay forma de escapar.
Guardé silencio unos segundos antes de hablar.
—Pienso que el mundo le tiene demasiado miedo al amor… —dije— sintiendo cómo las palabras salían desde un lugar profundo.
Caminé lentamente por la florería.
—Lo tratamos como si fuera algo que se gasta.
Como si amar demasiado fuera peligroso.
La gente pospone el amor:
los “te amo”,
los “te extraño”,
los “ven”…
como si tuviéramos garantizado el mañana.
Vivimos atrapados en las redes del tiempo.
Como si el amor pudiera esperar.
La miré de nuevo.
—Si hubiera un alma atada a mí y la encontrara… no quisiera esperar para amarla mañana.
Ni en esta vida… ni en ninguna.
Querría amar ahora.
Sin miedo.
En este y todo momento.
Malee suspiró,
con una ternura que dolía.
—Tu alma es valiente, Ammar.
—¿Crees que sea posible? —insistí.
—No lo sé —respondió con honestidad—.
Pero si alguien puede intentarlo… eres tú.
—
Esa noche me fui a dormir
con una certeza inquietante latiendo en el pecho:
no esperaré a que nos amemos en la siguiente vida.
—
Han pasado tres días.
Tres días sin una sola señal de Prim.
El tiempo se volvió pesado,
como si cada hora arrastrara piedras.
Intentaba concentrarme en la florería,
en los clientes,
en los arreglos…
pero su ausencia era un eco constante.
Le pregunté a Som por ella.
Nada.
Le pregunté a Naree.
Poco.
—Está grabando en una locación a cuatro horas de Bangkok —me dijo—.
No puedo darte más detalles.
Eso fue todo.
Pero no fue suficiente.
Esa tarde fui al restaurante de su abuelo.
El cielo estaba cayendo lentamente sobre la ciudad,
pintando todo de tonos cálidos, como si el mundo quisiera suavizar lo que yo sentía.
Busqué la llave donde sabía que la guardaba.
Ahí estaba.
Entré.
El lugar estaba más abandonado que la última vez.
Más polvo.
Más silencio.
Más ausencia.
Como ella.
Decidí limpiar.
No por el lugar… sino por mí.
Porque necesitaba hacer algo con las manos
para no pensar demasiado.
Barrí.
Acomodé.
Limpié cada superficie
como si estuviera reconstruyendo un recuerdo.
Cuando terminé, me senté frente a la orquídea.
—¿Dónde estás…? —susurré.
El silencio no respondió.
Minutos después, mi teléfono vibró.
“Nos vemos mañana en el restaurante de mi abuelo a las 7 p.m.”
Sonreí.
Por fin.
Su mensaje me devolvió el aliento.
Apagué las luces
y me fui a casa a descansar.
—
Hoy es el día.
Nuestra primera cita.
Aunque ella no lo haya llamado así… yo sí.
Preparé todo con una devoción casi sagrada.
Velas.
Flores.
Comida.
Música.
La luz del lugar era tenue, casi tímida.
Pero las velas lo transformaban todo.
Y entonces…
entró ella.
Prim no solo cruzó la puerta…
la atravesó como un faro en medio de la noche.
Todo lo demás dejó de existir.
El aire cambió.
El silencio se volvió denso.
Vivo.
Se detuvo apenas un segundo al verme.
Sus ojos recorrieron el lugar…
pero regresaron a mí de inmediato.
Su expresión se quebró en una sonrisa suave… casi incrédula.
Y en ese instante supe que había hecho lo correcto.
No dijimos nada.
Comenzó a caminar hacia mí.
Uno… dos… tres pasos…
y mi cuerpo ya la estaba reconociendo
antes de que llegara.
Seis pasos.
Y entonces me abrazó.
No fue un abrazo cualquiera.
Fue un regreso.
—Ojalá pudieras entender
cómo abrazarte me cura por dentro —susurró.
Cerré los ojos.
—¿Estás bien? —pregunté—.
He estado muy preocupada.
—El trabajo ha sido muy demandante… —dijo—
pero había algo más en su mirada.
—Olvidémonos del trabajo —respondí.
Sus ojos recorrieron el lugar otra vez.
—Ammar…
¿qué hiciste con este lugar?
—Si no puedo ordenar tu vida… déjame ordenar tu espacio seguro.
Tomé su mano.
—Ven conmigo.
Caminó sin oponerse.
Entramos a la cocina.
—¿Crees que puedas cocinar para mí?
Silencio.
Duda.
—Lo siento… no debí asumir…
Su mano levantó mi rostro.
Una lágrima cayó.
—Voy a cocinar para ti.
Y en esa sonrisa…
había algo que no cabía en palabras.
—
Prim no cocinaba… creaba.
Cada movimiento suyo era intención.
Precisión.
Belleza.
Era hogar.
Era arte.
Era ella.
—Prueba esto.
Obedecí.
—Creo que tendras que cocinar para mí todos los días.
Rió.
—Si tuviera el tiempo… lo haría.
—Es lo más rico que he probado…
—hice una pausa—
aparte de ti.
Silencio.
Y luego… risa.
Se acercó.
Pensé que repetiría el gesto.
Pero no.
Fue una distracción.
Para robarme un beso.
Pequeño.
Rápido.
Perfecto.
Nos sentamos a comer en el sofa, platicamos, reimos, nos disfrutamos sin importar nada.
—Hoy estás muy hermosa —dijo.
No lo pensé… sonreí y me acerque sin dudar.
La besé.
Sin prisa.
Sin miedo.
Sin interrupciones.
Nuestra primera cita en esta vida, estaba siendo perfecta.
Libre.
Real.
Irrepetible.
Y entonces…
la grieta.
—Vayan por ella ahora mismo.
La voz rompió el momento.
Nos separamos de golpe.
Prim reaccionó.
Se puso delante de mí.
Protegiéndome.
Tres hombres entraron.
Firmes.
Fríos.
Sin intención de dialogar.
La tomaron.
Fuerte.
—¿Prim, qué está pasando?
Intenté alcanzarla.
Pero eran más.
—Ammar, suéltame.
Estaré bien.
Mentía.
Lo vi.
Intenté detenerlos.
Pero entonces…
un golpe en la cabeza…
nos robó el final de nuestra primera cita.
PARTE V
El despertar
Ver no siempre es suficiente… hay que elegir.
Creí que sabía cómo ser luz…
hasta que la oscuridad pidió que lo demostrara.