Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

(Te recuerdo)

Exhaustas, nos recostamos abrazadas en el sofá.

Bangkok entero fue testigo del acto más fascinante que ocurre cuando dos almas se cruzan.

—Parece un sueño —dije en voz baja.

El silencio se quedó con nosotras unos segundos, como si también quisiera escuchar lo que venía.

Entonces Prim lo rompió.

—Sueño con las orquídeas desde que tengo memoria.

Su voz cambió.

Se volvió más suave… más lejana, como si estuviera caminando dentro de ese recuerdo mientras hablaba.

—Las veo en una casa hermosa, en lo alto de una colina.

Por la ventana de la cocina entran los primeros rayos del sol, tocando la tierra como si la despertaran.

Afuera, en una mesita del jardín, hay una mujer limpiando las hojas y raíces de las orquídeas.

Cuando termina, las lleva dentro y las coloca en distintos rincones de la casa.

Hizo una pausa.

Sentí su pecho subir y bajar debajo de mi cabeza.

—Yo la observo desde la cocina…

mientras preparo la comida.

Nunca vi su rostro, pero la paz que siento ahí…

con ella…

—su voz se quebró apenas—

la sentí por primera vez cuando te cruzaste conmigo.

Mi respiración se detuvo.

—Llegaste de forma inesperada.

Hiciste un desorden a mi alrededor… pero en el fondo sentí que lo ordenaste todo.

Cerré los ojos.

Cada palabra suya encajaba dentro de mí como una pieza que siempre estuvo perdida.

—Desde entonces no has salido de mi cabeza —continuó—.

Me aterraba pensar en lo que me haces sentir.

El día del lago… cuando subiste a mi auto… todo lo que estaba mal desapareció.

Exactamente igual que en esa casa.

El latido de su corazón empezó a marcar el ritmo del momento.

—Me pregunté muchas veces si eras tú quien llenaba esa casa de flores… y me asustaba que lo fueras.

Porque eso significaba

que no iba a poder dejarte ir.

Tragué saliva.

—Verte me hacía querer huir… pero tenerte lejos

me hacía sentir peor.

Desde que dejaste la orquídea en mi auto…

he estado siguiendo cada uno de tus pasos.

No sé cómo explicarlo… pero necesito verte, aunque sea de lejos.

Abrí los ojos lentamente.

—Intenté acercarme a ti sin parecer una loca —dijo, soltando una pequeña risa sin humor—.

Pero no entiendo nada.

¿Quién eres?

¿Por qué te siento tan familiar?

¿Por qué no puedo dejar de pensar en ti?

El aire se volvió más pesado.

—La noche que nos besamos… volví a soñar con esa casa.

Mi corazón se aceleró.

—Y entonces te vi.

El mundo dejó de existir en ese instante.

—Eras tú.

Estabas ahí… en la mesita del jardín, limpiando las orquídeas.

Una pausa.

—Pero ya no eran las flores

lo que llamaba mi atención…

—susurró—

era tu sonrisa.

Eso fue lo que me hizo querer quedarme en el sueño.

El silencio regresó.

Pero esta vez no era vacío… estaba lleno

de todo lo que no sabíamos cómo nombrar.

—¿Que si estoy aterrada? —dijo después,

soltando el aire—.

Lo estoy.

Otra pausa.

—¿Que si tengo dudas?

También.

Sus dedos se movieron apenas sobre mí.

—No sé quién eres…

no sé por qué te sueño…

pero lo único que sé

es que no quiero volver a tenerte lejos.

Sentí que algo dentro de mí,

por fin,

se acomodaba.

Las palabras de May comenzaron a tener sentido.

No estaba loca.

Nunca lo estuve.

El vacío que había vivido conmigo durante tanto tiempo

empezó a llenarse,

poco a poco,

con cada una de sus confesiones.

Apoyé mi cabeza sobre su pecho,

escuchando su corazón…

y entonces,

todo lo que había guardado en silencio

salió.

Una lágrima recorrió mi mejilla.

Sin ruido.

Sin control.

Pero por primera vez…

no era dolor.

Era alivio.

Tomé aire.

Estaba lista.

Lista para contarle todo.

Para decirle que yo también la había visto en mis sueños.

Que sabía de dónde venía esta conexión…

pero justo en ese momento...

Alguien tocó la puerta.

El mundo volvió de golpe.

Y yo… me quedé con las palabras guardadas otra vez.

—Vístete, nadie puede verte —dijo Prim,

levantándose de inmediato mientras me lanzaba la ropa.

El cambio fue tan brusco que apenas pude reaccionar.

Corrí hacia la habitación, con el corazón acelerado, vistiéndome a toda prisa.

Una sensación extraña me invadía… como si estuviéramos haciendo algo prohibido.

¿Prohibido amar así?, pensé.

La voz de una mujer atravesó el silencio del departamento.

—¿Por qué no contestas el teléfono?

Llevo horas llamándote.

—No lo escuché —respondió Prim,

con una calma que no coincidía con la tensión del ambiente.

—¿Con quién estás?

—Estoy sola.

¿Qué pasa?

Creí que ya habíamos terminado.

—Las fotos no le gustaron al señor Om.

Tienes que volver al estudio.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿A estas horas?

—No estás entendiendo.

Nos vamos ahora mismo.

No desaparezcas así.

No puedo estar cuidando de ti todo el tiempo.

Toma tus cosas.

Silencio.

Pasos.

La puerta cerrándose.

Y entonces… nada.

Minutos después, mi teléfono vibró.

Mensaje de Prim.

“Lo siento, hablaremos en otra ocasión.”

Me dejé caer en la cama, todavía envuelta en todo lo que acababa de pasar.

Sonreí, sin poder evitarlo.

Miré el techo, intentando entenderlo todo…

pero era demasiado.

Me levanté despacio y caminé por el departamento.

No quería invadir su espacio… solo quería sentirlo.

Habitarlo un poco más.

Era hermoso.

Todo en él hablaba de ella.

La cocina me atrapó por completo.

Abrí el refrigerador por curiosidad… me sorprendió verlo lleno.

Sonreí.

Así que sí cocinas, pensé.

Quizá esa era su forma de escapar del mundo.

El reloj marcaba las 11 p.m.

Y con la noche… llegaron las preguntas.

¿Quién es realmente ese tal Om?

¿Hasta qué punto controla su vida?

¿Es feliz?

Suspiré.

Nada de lo que sabía era suficiente.

Tomé mis cosas

y decidí irme.

No quería causarle problemas.

Afuera, la noche se sentía distinta.

Había miradas… silenciosas, ocultas.

Presencias que no necesitaban mostrarse para hacerse notar.

Cuando el taxi llegó, sentí un alivio inmediato.

Estar cerca de su mundo… también daba miedo.

Al llegar a casa, mi teléfono volvió a vibrar.

Un nuevo mensaje.

“No me escribas ni me llames hasta que yo lo haga.”

Y así… como una ola que se retira sin aviso… Prim volvió a alejarse.

A veces el amor no llega para quedarse...

llega para ponernos a prueba.