Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

(No quiero seguir huyendo)

Lo que ya está escrito…

siempre vuelve.

Ahí estaba.

Prim.

Justo frente a mí.

Como si nunca se hubiera ido.

Como si siempre hubiera estado ahí.

—¿Estás siguiéndome? —preguntó, mirándome directo a los ojos.

Hace un segundo estaba pensando en una taza…

y ahora… ella volvía a ocupar cada espacio en mi mente.

Pero esta vez fue distinto.

No hubo ansiedad.

No hubo prisa.

Solo calma.

Una calma profunda, inexplicable… como si todo estuviera exactamente donde debe estar.

La miré.

Sonreí.

—Me da gusto verte de nuevo.

Sus ojos cambiaron apenas.

Lo suficiente.

—Es una linda taza.

Cada pieza de este lugar es única… déjame pagarla.

Antes de que pudiera responder,

me la quitó de las manos

y caminó hacia la caja.

Todo en ella es así: directo, sin pedir permiso.

Regresó con la bolsa en la mano.

Y una sonrisa… pequeña,

pero peligrosa.

Me la entregó.

Y en ese gesto simple… la taza dejó de ser solo una taza.

—¿No preguntarás por qué no he respondido a tus mensajes? —preguntó.

La observé unos segundos.

—No me importaba la respuesta… solo quería saber que estuvieras bien.

Silencio.

—¿Te preocupas por mí?

—Lo hago.

—¿Por qué?

Esa pregunta… no tenía una respuesta simple.

Salimos del lugar.

Caminamos sin rumbo.

El sonido de la ciudad nos envolvía,

pero entre nosotras… había otro ritmo.

Uno más lento.

Más profundo.

Más real.

Respiré.

Y hablé.

—Me preocupo por ti porque… de alguna forma que no sé explicar,

siento que eres parte de mí.

Intento poner en palabras lo que siento, pero no puedo… lo único que sé es que cuando no sé nada de ti,

algo en mí no está en calma.

Hice una pausa.

La miré.

—Quizá esto te asuste… y te aleje otra vez.

Pero a mí también me asusta sentir… y contigo siento demasiado.

Tragué saliva.

—No tienes que responder.

Me iré… probablemente quieras estar sola.

Me di la vuelta.

Demasiado rápido.

Demasiado expuesta.

Pero antes de poder dar un segundo paso… su mano me detuvo.

Firme.

Decidida.

—No quiero seguir huyendo —dijo.

Sentí algo romperse… o quizá reconstruirse dentro de mí.

Bajó su mano hasta la mía.

La tomó.

Fuerte.

Y sin preguntar… me jaló con ella.

Su paso era rápido,

seguro… como si ya hubiera tomado una decisión.

Y yo… dejé de resistirme.

A ella.

A esto.

A todo.

Abrió la puerta de su auto y prácticamente me empujó dentro.

No había dudas en sus movimientos.

No había filtros.

Solo impulso.

Solo deseo.

Durante el trayecto no hablamos.

Ella enviaba notas de voz, cancelando planes, borrando el mundo que existía antes de este momento.

Y yo… solo pensaba una cosa:

¿Me está eligiendo a mí?

El auto se detuvo en un edificio que no reconocí.

Elegante.

Imponente.

Silencioso.

Entramos al estacionamiento.

Apagó el motor.

Se inclinó hacia atrás para tomar su bolso… y se detuvo.

Me miró.

Un segundo.

Suficiente para desordenarlo todo otra vez.

—Sígueme —dijo.

Y yo… ya no sabía hacer otra cosa.

Era hipnotizante verla ser ella misma por primera vez.

Tomamos el ascensor y oprimió el botón del último piso.

El trayecto fue corto, pero se sintió eterno.

Al abrirse las puertas, caminamos en silencio por el pasillo hacia la derecha.

Segunda puerta.

Abrió con una tarjeta.

Entramos.

El lugar era… impresionante.

Todo estaba cuidadosamente elegido.

El blanco dominaba el espacio.

La iluminación cálida abrazaba cada rincón.

Y los ventanales de piso a techo dejaban entrar la ciudad como si también formara parte de la decoración.

Bangkok brillaba allá afuera.

Y aquí dentro… todo parecía respirar en calma.

Había arte por todos lados.

Y la cocina… Dios.

La cocina era perfecta.

Entonces la vi.

Sobre la barra de mármol negro.

La orquídea.

La misma.

Intacta.

Viva.

Como si nada en ella hubiera cambiado desde que la dejé en su auto.

—La orquídea sigue viva… me alegra —dije, con una sonrisa que no pude contener.

—Te dije que el invierno va bien con ella —respondió.

—A mí también me gusta el invierno —murmuré.

(refiriéndome a ella)

No dijo nada.

Pero la vi sonreír apenas… y eso bastó.

—La cocina es hermosa… ¿cocinas seguido en ella? —pregunté,

intentando mantenerme en algo seguro.

—¿Quieres tomar algo? —respondió,

ignorando mi pregunta mientras servía vino en una copa.

Sonreí para mí.

—Agua, por favor.

—¿No quieres algo más fuerte? —preguntó, extendiéndome la copa.

Negué con suavidad.

Se llevó la copa a los labios y la vació de un solo trago.

La observé.

Había algo distinto en ella.

Nerviosa… sí.

Pero también libre.

Como si, por primera vez,

no estuviera midiendo cada movimiento suyo.

—¿Dónde estamos? —pregunté,

caminando lentamente por el lugar.

—Mi casa —respondió—. Bueno… una de ellas.

Volteé a verla.

—¿Siempre eres así de misteriosa o solo conmigo?

Por un segundo creí que no respondería.

Pero entonces…

—Solo contigo.

Mi corazón hizo algo extraño.

Algo que no supe explicar.

Me acerqué al ventanal.

La ciudad se extendía debajo de nosotras.

Infinita.

Luminosa.

Viva.

Bangkok de noche desde esa altura era hipnotizante.

No podía creer que estaba en su casa.

Y ella… a solo unos pasos de mí.

Podía sentir su mirada incluso cuando no la estaba viendo.

Podía sentirla cerca… incluso cuando había distancia.

Me recargué en el cristal y solté un suspiro largo, intentando calmar todo lo que se estaba moviendo dentro de mí.

Pero ya era tarde.

El tsunami venía hacia mí.

Podía sentirlo acercarse.

Y cuando llegó… no intenté detenerlo.

Sus manos rodearon mi cintura por detrás.

Mi respiración se detuvo.

Mi corazón… no.

Latía más fuerte que nunca.

Cerré los ojos un instante.

Me dejé caer.

Sus brazos eran agua… y también un salvavidas.

Acercó su nariz a mi hombro e inhaló profundo.

Se llevó parte de mi alma en esa inhalación.

Mi piel reaccionó de inmediato.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Sus dedos comenzaron a moverse con una suavidad que desarmaba… como si me estuviera descubriendo poco a poco,

como si cada roce fuera una pregunta que mi cuerpo ya sabía responder.

—Me gusta tu olor —susurró cerca de mi oído.

Y yo… dejé de existir por un segundo.

Su voz ahí… tan cerca… encendió algo en mi interior

que no supe nombrar,

pero que crecía rápido,

cálido,

inevitable.

Su mano derecha seguía recorriendo mi brazo con calma,

mientras la izquierda exploraba en mi cintura.

No tenía a dónde ir.

Y tampoco quería.

Me sentía libre… en sus brazos.

Había algo en su forma de tocarme que se sentía como si ya me hubiera tocado antes.

Mi cuerpo respondía por sí solo.

Cada fibra de mí estaba despierta.

Atenta.

Esperándola.

Sus dedos encontraron el tirante de mi vestido.

Se detuvieron apenas…

y luego lo deslizó con suavidad,

dejando mi hombro al descubierto.

El aire cambió.

Me giró hacia ella.

Lento.

Seguro.

Y en un solo movimiento

me empujó al ventanal.

La ciudad entera podía ser testigo de nuestra cercanía…

ya no importaba nada más.

Su rostro se perdió en mi cuello.

Un beso.

Ligero.

Pero suficiente.

El calor que despertó en mí se expandió sin control,

recorriendo cada rincón de mi cuerpo.

Fuego bajo la piel.

Cerré los ojos.

Respiré.

Y me dejé llevar.

Sus labios exploraban con calma,

como si el tiempo se hubiera detenido

solo para ese momento.

Yo quería responder.

Quería acercarme a su cuello.

Quería conocerla también.

Pero algo dentro de mí me pidió esperar.

Ver hasta dónde quería llegar.

Hasta dónde estaba dispuesta a quedarse.

Así que me rendí.

No con miedo.

Sino con certeza.

Su boca encontró la mía.

Ya se conocían de antes.

Sabían exactamente cómo besarse.

No fue solo un beso.

Danzamos.

Entonces… la coreografía comenzó.

Me quitó la blusa sin dejar de besarme.

Sus manos descendieron con lentitud,

marcando el ritmo… sin prisa.

Dimos dos pasos hacia atrás.

Prim tropezó

y cayó al sofá.

La miré.

Un segundo.

Buscando cualquier señal de duda.

Pero no la había.

Solo deseo.

Solo decisión.

Y esa mirada… me pidió que no me detuviera.

Me quedé de pie frente a ella.

Completamente desnuda.

No solo de cuerpo.

Tambien de alma.

Su mirada no se quedó quieta.

Me recorrió despacio,

de arriba abajo… y de regreso.

Sin tocarme,

ya me estaba sintiendo.

Con los ojos le dije:

soy tuya.

Puedes hacer conmigo lo que quieras.

Camine hacia ella.

Dos pasos.

Solo dos… el aire se volvió más denso con cada uno.

Me subí en ella…

sus manos recorrieron mi espalda desnuda,

lentas,

seguras,

mientras nuestras bocas se encontraban otra vez.

Fuego… Y agua al mismo tiempo.

Había algo en ese momento

que no pertenecía a esta vida.

No estabamos aprendiendo… Estabamos recordando.

Me dejé llevar.

Sin miedo.

Sus manos continuaron explorando,

con una precisión que desarmaba,

como si conociera un mapa que yo misma no sabía que existía.

Su mano bajó…

—¿Puedo? —susurró contra mi boca.

La miré.

Y no tuve que pensarlo.

— No pares.

Lo que vino despues

no fue algo que pudiera explicarse con palabras.

No eramos dos personas descrubriéndose.

Éramos dos almas

reconociéndose.

El tiempo dejó de existir.

El espacio tambien.

Solo quedaba lo que estabamos sintiendo.

Y era demasiado.

Saco sus dedos en el punto más alto de mi excitación.

Me dejé caer.

En ella.

Con ella.

Dentro de ese instante

que no queria que terminara nunca.

Se puso encima de mí.

Me miró a los ojos, como si estuviera leyendo mi mente.

Bajó… lentamente.

Fue un recorrido sutil,

primero mi cuello,

después mi pecho,

bajo a mi abdomen,

cuando llegó a mis oblicuos…

sentí estar en la punta de una montaña rusa a punto de descender a miles de kilómetros por hora con el estómago lleno de adrenalina.

Entonces su lengua encontró el punto exacto…

Minutos después… ya no había forma de sostener la respiración;

las llamas se hacían cada vez más altas.

Entonces… me derretí en ella.

Apreté con fuerza el cojín junto a mi cintura.

Y como si fuera magia…

todo el fuego se volvió agua.

Despues… todo se volvió silencio.

Un silencio lleno.

Calido.

Vivo.

Nos quedamos abrazadas,

como si el mundo afuera no tuviera prisa por reclamarnos.

—¿Quieres algo de tomar? —susurró intentando levantarse.

Sonreí.

—No hemos terminado.

La jalé suavemente.

Prim tomó asiento.

Me puse frente a ella, sin dejar de mirarnos a los ojos baje hasta sus piernas.

Su piel.

Su olor.

Su sabor.

Los dejé impresos en mi memoria.

Entonces… ella se derritío tambien.

Y yo… me hundí en su océano.

—

En sus aguas supe algo con todal claridad:

esto no era un inicio.

Era un regreso.

Las palabras pierden sentido…

cuando llegan en el momento equivocado.