CAPÍTULO 16
(La espera)
Mensaje de texto para Prim:
Espero que ya estés en casa;
nos vemos en los sueños.
Leído ✔✔.
—
Anoche… pasó algo que no sé cómo nombrar sin que suene insuficiente.
Prim me robó el alma por unos minutos
y después la regresó a mi cuerpo.
Me di cuenta de que tiene el poder de hacer eso.
Tomó algo de mí… y luego me lo devolvió distinto.
Sí…
sucedió.
Pero no fue solo un beso.
Nos miramos fijamente.
Pude sentir el momento exacto en el que detuvimos el tiempo.
Todo dejó de existir para mí…
excepto ella.
Quise decirle con los ojos que no quería bajarme del auto.
Que podía quedarme ahí toda la noche…
toda la vida…
si eso significaba seguir respirando el mismo aire que ella.
Nos acercamos.
Lento.
Inevitable.
Hasta que su respiración rozó la mía
como un susurro tibio.
Sus ojos descendieron a mi boca.
Y en ese instante entendí
que no había regreso.
Su boca… era un helado a punto de derretirse,
no pensaba desperdiciar una sola gota.
No sabía si lo que sentía era peligro, fuego en las entrañas,
o si me sentía en casa.
Quizá era todo al mismo tiempo.
Sin pensarlo,
mi labio inferior se movió apenas,
lo suficiente para rozar el suyo.
El contacto fue mínimo.
Pero bastó.
Una corriente eléctrica me atravesó de pies a cabeza,
como si mi cuerpo hubiera estado esperando ese momento desde siempre.
Ese pequeño gesto la despertó.
Algo cambió en su mirada.
Ya no había huida.
Ya no había distancia.
Había decisión.
En el siguiente segundo,
metió mi labio inferior entre los suyos.
Y el mundo… desapareció.
“Es tuyo”, pensé.
“Siempre ha sido tuyo.”
El beso creció sin pedir permiso.
Nuestros labios danzaban una y otra vez.
Era una coreografía perfecta,
con una intensidad que no sabía de pausas.
No era un beso tímido.
Ni nuevo.
Era un reencuentro.
Como si nuestras bocas recordaran algo
que nosotras aún no lográbamos entender.
Su mano llegó a mi mejilla.
Firme.
Acercándome más a ella,
queriendo borrar cualquier espacio entre nosotras.
Como si quisiera meterme en su cuerpo.
Yo la busqué también.
Mi mano encontró su cintura, intentando acercarla aún más.
Pero el espacio reducido del auto
se volvió un enemigo torpe entre nosotras.
Aun así… no importaba.
Nada importaba.
Nuestras bocas se reconocieron.
Estoy segura.
No era solo yo.
No podía ser solo yo sintiendo esto.
El calor dentro del auto aumentaba.
O tal vez éramos nosotras incendiándolo todo.
Mi cuerpo se rendía sin resistencia,
derritiéndose en cada movimiento suyo.
Su mano descendió lentamente hasta mi cuello.
Lo sostuvo.
Firme.
Intenso.
Y en ese gesto entendí todo lo que no decía.
Me deseaba.
Tanto como yo a ella.
El tiempo dejó de existir.
Hasta que…
un golpe seco contra el cristal nos trajo de regreso.
Irrumpió sin pedir permiso.
El hechizo se rompió de golpe.
Prim se separó de mí
como si el mundo volviera a pesarle encima.
Yo aún sentía su boca en la mía, como un eco que se negaba a desaparecer.
El aire volvió de golpe a mis pulmones.
Abrí la ventana casi por instinto.
—Ah… ¿son ustedes? Perdón por interrumpir. Necesito estacionar mi auto. Prim, ¿puedes moverlo un poco hacia adelante? —dijo Som con total normalidad.
La miré, incrédula.
¿Cómo podía sonar tan tranquila?
—Debo irme —dijo Prim, visiblemente alterada, inclinándose hacia mi puerta para abrirla sin darme opción.
Bajé del auto casi empujada por la urgencia del momento.
Y antes de que pudiera reaccionar…
ya se había ido.
El sonido de las llantas alejándose dejó un vacío extraño en el aire.
—Bueno… eso fue raro —comentó Som—. Aunque, siendo Prim, es bastante típico. Siempre huye.
—Voy a asesinarte —dije, aún sin volver del todo a la realidad.
—¿Interrumpí algo importante? —respondió con una sonrisa que no ayudaba en absoluto.
—¿No viste lo que pasó ahí adentro?
—El auto de Prim está completamente polarizado. No vi nada. Solo quería estacionarme —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Pasó algo interesante?
Dudé.
Por un segundo estuve a punto de contarlo todo.
Pero ese beso… era solo mío.
—No… nada. Solo hablábamos —respondí, intentando sonar convincente.
—Vaya, pues parece que van avanzando. Nunca había visto a nadie subir a ese auto que no fuera ella —dijo—. ¿Ya sabe que sueñas con ella?
—Te cuento después. Ahora… necesito un momento.
Entré a casa casi corriendo.
Cerré la puerta de mi habitación
y apoyé la espalda contra ella, dejándome caer lentamente al suelo.
Mi mano subió a mis labios.
Sus labios seguían ahí.
Reales.
Ardiendo.
Como si el beso no hubiera terminado.
Mi cuerpo todavía vibraba,
atrapado entre la adrenalina y el recuerdo.
Cerré los ojos… y por un instante estuve de vuelta en el auto, en su boca, en ese punto donde todo encajaba.
—¿Qué fue eso…? —susurré para mí.
Me levanté directo a la ducha,
intentando calmar el incendio que aún recorría mi cuerpo.
El agua cayó sobre mí,
pero no logró apagar nada.
Porque lo que había sentido… no se apaga.
Después, le escribí.
Quería saber si había llegado bien a casa.
Quería saber si también lo había sentido.
Quería saber si ese beso había significado algo para ella.
Pero no respondió.
Y sin darme cuenta… ya estaba soñándola de nuevo.
—
Han pasado dos días.
Dos días desde que nuestras almas se encontraron en ese auto…
y no he vuelto a saber de ella.
Le escribí otra vez:
No dejes morir esta orquídea.
Leído ✔✔.
No ha ido al bar.
No ha respondido.
No ha dado señales.
Y la incertidumbre… pesa más que la ausencia.
Mis ojos la buscan sin descanso entre la gente, en cada rincón, en cada sombra… pero no aparece.
Llamé a Oto,
como siempre.
Dice que le dé espacio.
Yo…
solo quiero saber si está bien.
Hoy es mi último día en el proyecto de Naree
y necesito concentrarme.
Pero mi mente no está presente.
Estos últimos dos días han sido los más largos de mi vida.
No dejo de pensar en ese beso… en lo que significó… en lo que pudo haber significado para ella.
Temo que la haya asustado.
Temo que no sintiera lo mismo.
Temo que no quiera saber más de mí.
Los pensamientos llegan uno tras otro, como olas que no dan tregua,
arrastrándome lejos del presente.
La ansiedad regresa,
vieja conocida,
instalándose en mi pecho
como si nunca se hubiera ido.
La idea de perderla… es insoportable.
Antes de llegar al bar,
hice una parada en un templo cerca de casa de Malee.
Necesito silencio.
Necesito soltar.
Siempre que me acerco a lo espiritual, algo dentro de mí se ordena.
Respiré.
Cerré los ojos.
Y dejé que todo lo que no puedo controlar
se disuelva.
Cuando terminé de orar,
la calma volvió poco a poco,
como una marea que se retira sin hacer ruido.
Entendí algo simple, pero necesario:
no puedo controlar lo que otros sienten, ni lo que deciden hacer.
Si ella no está conmigo ahora… es porque así debe ser.
Me abracé.
Literalmente.
Y seguí adelante.
Hoy es un gran día,
me dije.
Y por primera vez en dos días… me sentí ligera.
—
Una vez que solté la carga mental que llevaba encima,
las cosas comenzaron a acomodarse por sí solas.
Terminé el proyecto.
Y al entregárselo a Naree, ambién dejé ir la carga del trabajo.
Me siento ligera.
Vacía… pero en el buen sentido.
Sin ruido en la cabeza.
Naree se acercó de pronto.
—Sabía que no me equivoqué contigo.
Me encanta lo que hiciste en mi bar.
Voy a recomendar tu trabajo, Ammar…
eres asombrosa —dijo,
recorriendo cada detalle con la mirada.
Sonreí.
—Estoy muy agradecida contigo
por darme la oportunidad de seguir haciendo lo que me gusta.
—Te noto diferente… ¿ocurre algo?
Dudé un segundo.
—Es solo cansancio…
combinado con felicidad —respondí, guardándome lo que realmente quiero preguntar.
Naree me observó con más atención.
—Sabes que puedes contarme lo que sea, ¿cierto?
Imagino lo difícil que es hacer amigos en un país con un idioma distinto…
pero no olvides que aquí tienes una amiga.
Y ahí…
abrió la puerta que estaba intentando mantener cerrada.
—No sé por qué…
pero estoy preocupada por Prim.
¿Sabes si le pasó algo?
Mi voz suena más vulnerable de lo que esperaba.
Naree suspira apenas.
—Por lo que veo, tu interés por ella está creciendo.
La última vez te sugerí que no te metieras por ahí…
la vida de Prim es complicada.
Pero como veo que no te importa,
no diré más.
Hace una pausa.
—Prim es una gran amiga, pero no suele contarme todo.
No he hablado con ella en dos días; seguramente está trabajando.
Escuché que firmó un contrato muy importante… y si es así,
dudo que vuelvas a verla pronto.
Sentí un pequeño nudo formarse en mi pecho.
—El dueño de esa empresa es un tiburón —continúa—.
Saca el mayor provecho de sus artistas.
Es amigo de su padre… o eso parece.
A mí me ofrecieron estar en el mismo proyecto, pero prefiero mi paz mental antes que todo ese dinero.
—¿Crees que aceptó por dinero? —pregunté.
—No.
Seguramente su padre la obligó,
como siempre.
Ellos tienen negocios juntos…
y Prim solo obedece.
Aprieto los labios.
—Si sabes algo de ella… ¿podrías decírmelo?
—Claro.
Pero intenta no pensar tanto en ella.
Cuando desaparece, lo hace por un tiempo…
pero siempre vuelve.
Siempre vuelve.
Quería creerlo.
—Gracias, Naree.
De verdad.
—
Salí del bar con una sensación extraña en el pecho.
Por un lado, debería estar celebrando.
El proyecto quedó incluso mejor de lo que imaginé.
El lugar se ve vivo… hermoso.
La gente sonríe,
y eso siempre ha sido suficiente para mí.
Pero hoy… después de hablar con Naree,
la incomodidad regresó.
El contrato.
Su padre.
Su silencio.
Todo vuelve a mi mente,
insistente.
Otra vez.
Respiré profundo.
No puedo volver a caer ahí.
No hoy.
No después de lo que acabo de soltar.
Así que caminé.
Sin rumbo.
Sé que si vuelvo a casa ahora, mis pensamientos me van a alcanzar…
y esta vez no tengo energía para pelear con ellos.
Así que dejé que la ciudad me sostenga un rato más.
Caminé por la orilla del río Chao Phraya.
El atardecer me acompañaba
como un viejo amigo que no hace preguntas.
El cielo se deshacía en tonos cálidos,
mientras el agua reflejaba la ciudad en movimiento.
A lo lejos,
el Icon Siam brillaba como un faro moderno
en medio de todo ese caos perfectamente armonizado.
Caminé sin prisa hasta River City Bangkok.
Dentro suyo había una exposición de arte en el segundo piso.
Entré.
Recorrí cada rincón en silencio,
dejando que las obras hablaran por sí solas.
Pero hubo una que me detuvo por completo.
Una pintura al óleo.
Compuesta por pinceladas desnudas,
superpuestas sin orden aparente,
sin forma clara…
y, aun así,
lograba verse hermosa.
Era imperfectamente perfecta.
Libre.
Honesta.
Me vi ahí.
Mi vida.
Este viaje.
Prim.
Todo lo que no entiendo…
y todo lo que, de alguna forma,
se siente correcto.
El artista seguramente pensó:
pintaré sin rumbo a ver qué sale.
Y eso… la volvió perfecta.
—
Al salir,
el hambre me encontró de golpe.
Entré a un pequeño restaurante de estilo retro chino,
bastante bonito.
Luces neón, mesas apretadas,
el sonido del wok chocando contra el fuego.
Pedí gyozas y fideos,
el platillo estrella.
Comí despacio.
Disfrutando cada bocado
como si eso pudiera anclarme al presente.
—
Seguí caminando.
Bangkok de noche es otra cosa.
Cada calle es una historia, cada muro una galería improvisada.
Me perdí entre colores, luces, sonidos… vida.
En una esquina, dos gatitos se lamían el rostro sin miedo, sin prisa, sin pensar.
Amándose como si el mundo no existiera.
Sonreí.
Les tomé fotos.
Guardé ese momento como si fuera un recordatorio
de que lo simple… también puede ser eterno.
Terminé la noche en una cafetería.
Otra más.
Otra distinta.
Otra llena de arte.
Cerámica, cuadros, texturas…
todo parecía elegido con intención.
Caminé entre los estantes
hasta que algo me llamó.
Una taza.
Pequeña.
Blanca.
Con una orquídea pintada a mano.
La tomé.
La sostuve entre mis manos, como si fuera frágil… como si fuera importante.
—Voy a llevarte conmigo —susurré.
Me di la vuelta para pagarla.
Y entonces…
el mundo se detuvo.
No me esperaba…
lo que sucedería despúes.
Dejar de huir...
es la única forma de sentir.