Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

(Magnetismo)

Hay días en los que el mundo parece inclinarse apenas unos grados,

lo suficiente para que todo se acomode distinto dentro de ti.

Me quedé con esa sensación en la conversación con Som.

Y con preguntas que no podía ignorar.

Necesitaba saber más de ella.

No como la actriz que todos ven.

No como la mujer fría que todos describen.

Sino como la niña que alguna vez fue,

la persona que alguien conoció

antes de que el invierno se instalara en su pecho.

Y solo había una persona que podía ayudarme a encontrar esa versión.

Antes de terminar la conversación con Som,

me propuse conseguir respuestas.

—¿Puedes contarme lo que sabes de ella? —pregunté.

Som se queda en silencio unos segundos,

como si eligiera con cuidado

qué versión de Prim merece ser contada.

—Conocí a Prim en preparatoria —dice finalmente.

Naree, ella y yo éramos inseparables.

Íbamos a su casa a hacer tareas…

o al menos eso intentábamos.

Siempre había algo más pasando en su vida.

—¿Cómo qué?

—Todo.

Canto, actuación, baile, clases privadas… —enumera—.

Nunca tenía tiempo para ser una adolescente normal.

Su padre siempre decidió por ella.

El señor Wong es un director muy reconocido en Tailandia…

y Prim, siendo hija única,

es su proyecto más importante.

Proyecto.

La palabra se me queda atorada en el pecho.

—Cuando salimos del colegio nos distanciamos —continúa—.

Universidades distintas, horarios imposibles…

y cuando por fin coincidimos otra vez,

ya no era la misma.

—¿Qué cambió?

Som suspira.

—Todo.

Se volvió fría.

Distante.

Como si algo en ella se hubiera apagado…

o se hubiera encerrado.

A veces pienso que no disfruta lo que hace.

Guardé silencio.

—La última vez que nos vimos fue grosera con Naree —añade—.

La confronté…

y desde entonces no volvimos a ser cercanas.

Naree es la única que sigue ahí, supongo que porque la conoce desde siempre

y sus padres son amigos del señor Wong.

—¿Y su mamá?

—Casi no se habla de ella.

Siempre está de viaje.

Asentí lentamente,

acomodando cada pieza.

—¿Sale con alguien?

Som niega con la cabeza.

—Nunca se le ha visto con nadie.

No porque no quiera… sino porque su padre no lo permitiría.

Para él, el amor es una distracción.

Solté un suspiro largo.

—Qué difícil…

—Lo digo en serio —me mira con seriedad—.

Si vas a acercarte a ella,

hazlo con cuidado.

Su mundo no es fácil.

No respondí de inmediato.

Porque algo dentro de mí ya cambió.

Antes quería que se enamorara de mí.

Ahora… solo quiero saber si es feliz.

—

Esa noche no dormí.

Las palabras de Som se mezclaban con cada recuerdo que tengo de Prim.

Su frialdad ya no se sentía como rechazo… sino como defensa.

Como alguien que aprendió a no sentir en voz alta.

Me pregunto si alguna vez ha tenido un espacio seguro.

Si alguna vez ha podido simplemente…

ser.

Y sin darme cuenta,

mi deseo cambió de forma.

Si en esta vida no podemos amarnos,

entonces solo quiero que sea feliz.

—

Al día siguiente,

el sol entró por mi ventana como si no supiera nada de mis pensamientos.

Todo sigue su curso,

como siempre.

Desayuné con Malee,

quien insiste en leerme entre líneas.

—¿Som vino anoche?

—Sí —respondí—.

Cenamos y platicamos mucho.

—Me gusta verlas juntas.

Sonrío.

—A mí también me gusta que seamos cercanas— continué— Malee no había visto la hora, debo irme, nos vemos mas tarde.

—

Llegué al bar con una nueva decisión:

Hoy no voy a buscarla.

Hoy me voy a enfocar en mi trabajo.

Tampoco puedo dejar de lado mi vida

por aferrarme a entrar en la suya.

Cuatro horas después, cubierta de tierra, supervisando cada detalle… casi lo logré.

Hasta que un auto se estacionó frente al bar.

Naree bajó primero.

Y luego…

Prim.

Caminando como si el mundo se acomodara para recibirla.

Intenté mantener la compostura mientras se acercaban.

—Ammar, ya va tomando forma —dice Naree, abrazándome.

—Te va a encantar cuando esté terminado.

—Prim, saluda —dijo Naree, jalando su brazo.

—Estoy ocupada —responde ella, sin levantar la vista del teléfono.

No me sorprende.

Pero tampoco me detiene.

Hoy no.

Naree se apresuró a entrar,

y ahí fue mi momento.

Caminé hacia ella.

Tres pasos.

Eso es todo lo que nos separaba.

—¿Necesitas algo? —preguntó, al notar mi presencia.

—Sí —respondí sin rodeos—.

Tu número de teléfono.

Levanta la mirada.

Y por un segundo…

algo se rompe en su expresión.

—¿Qué te hace pensar que puedes tenerlo?

—Que tú y yo sabemos que hay algo aquí —dije, firme—.

Y que no empezó en ese set de orquídeas.

Silencio.

—Empecemos de nuevo.

Le extiendo la mano.

—Mucho gusto. Soy Ammar, tengo 25 años, mexicana, me gusta el arte, la naturaleza, el silencio y la comida.

Me observa.

Como si midiera el riesgo.

—No sé hacer amigos —dice finalmente.

—No importa.

Yo sí.

Una pausa.

—El invierno también va bien conmigo, ¿no es así? —añadí—.

No tienes que cambiar conmigo para quedarte.

Algo en sus ojos se suaviza.

Y entonces… toma mi mano.

El mundo se enciende.

No es una sensación nueva.

Es un reencuentro.

Como si nuestras pieles recordaran lo que nuestras mentes olvidaron.

La suelta demasiado rápido.

—Debo irme.

—Olvidaste darme tu número —dije, tomando su brazo.

Esta vez no se resiste.

Comparte su contacto.

Y se va.

Como siempre.

Pero esta vez…

conseguí algo de ella.

—

Horas después,

estoy por entrar al bar para despedirme de Naree,

pero antes de que pudiera entrar,

Naree y Prim iban saliendo.

Al fondo se escuchó una bocina.

Som.

Todas volteamos al mismo tiempo.

—Vine por ti, vamos a tomar algo —grita desde el auto.

Reí.

Pero antes de avanzar… sentí una mirada.

Prim.

No dice nada.

Pero lo dice todo.

Oscura. Fija, incómoda. celosa.

—Adiós —dije.

Caminé hacia el auto de Som.

Uno… dos… tres pasos.

Y entonces… un tsunami estaba a punto de tocarme.

—Tú vienes conmigo —dijo Prim.

Su mano envolvió mi brazo.

Firme.

Decidida.

No me dejó elegir.

Y, honestamente… no quería hacerlo.

El tsunami me dejó sin palabras.

No tuve tiempo de decirle nada a Som,

ni de ver la reacción de Naree.

Antes de que pudiera procesar lo que ocurría,

Prim ya me había tomado de la mano

y me guiaba por la acera

con una determinación que no admitía resistencia.

Su paso era firme.

El mío… completamente rendido al suyo.

Abrió la puerta del copiloto

y prácticamente me hizo entrar.

Todo ocurrió tan rápido

que apenas logré reaccionar.

Me sentía arrastrada por una fuerza que no entendía…

y que, en el fondo,

tampoco quería detener.

—¿Así es como piensas invitarme una copa?

¿Subiendo al auto de Som? —preguntó,

clavando sus ojos en los míos.

Había algo en su tono.

No era solo molestia.

No supe qué responder.

La miré…

y entonces ocurrió.

Sonrió.

Fue breve.

Casi imperceptible.

Pero suficiente para desarmarme por completo.

Sin decir nada más,

le devolví la sonrisa.

Y en ese intercambio silencioso, entendí algo que no podía explicarse con palabras:

así es como nos comunicamos.

Encendió el auto.

Sus manos sobre el volante,

seguras,

elegantes…

peligrosamente hipnóticas.

Sí,

tenía que admitirlo.

Es absurdamente atractiva cuando maneja.

Arrancó sin decir nada más.

La ciudad comenzó a deslizarse a nuestro alrededor

como un paisaje ajeno.

Pasaron minutos…

o tal vez fue el tiempo el que decidió no contarse.

Solo estábamos nosotras, envueltas en un silencio que no incomodaba,

que no exigía… que simplemente existía.

Su presencia era calor.

El invierno también calienta.

Un refugio extraño,

pero innegable.

Después de lo que pareció un viaje suspendido en otra dimensión,

el auto se detuvo en una calle apenas iluminada.

La seguí sin preguntar.

No hacía falta.

Entramos a través de una vieja puerta de madera.

La oscuridad nos recibió primero,

acompañada de ese olor a polvo y memoria que tienen los lugares olvidados.

Prim deslizó su mano por la pared

hasta encontrar el interruptor.

Un clic.

La luz reveló el pasado.

Sillas invertidas sobre mesas,

una barra desgastada al fondo,

polvo acumulado

como si el tiempo hubiera decidido quedarse a vivir ahí.

Telarañas en las esquinas,

muros desnudos dejando ver el ladrillo,

y, entre todo eso…

vida.

Enredaderas trepando silenciosas,

flores naciendo donde nadie las invitó.

El abandono y la belleza

compartiendo el mismo espacio.

—¿Qué es este lugar? —pregunté,

casi en un susurro.

—Vengo aquí cuando no sé a dónde ir.

Seguí avanzando,

dejándome envolver por el lugar, hasta que lo vi.

Un rincón distinto.

Un sofá limpio.

Una mesita.

Y sobre ella… una orquídea.

Intacta.

Cuidada.

Viva.

—¿Es la orquídea que te di? —pregunté, sorprendida.

—No.

Ella está conmigo desde hace años —respondió, acercándose con una botella de vino y dos copas—. La encontré cuando tenía once, en un viaje escolar. La traje conmigo… y desde entonces no ha dejado de florecer.

No pude apartar la mirada de ella

mientras servía el vino.

Once años.

Una orquídea.

La misma edad.

La misma conexión.

Algo dentro de mí se acomodó… como si una pieza invisible hubiera encajado en su lugar.

—¿Aún crees que nos conocimos antes de ese proyecto? —pregunté.

—Lo pensé —respondió con calma—,

pero no tendría sentido.

Por el tiempo que llevas aquí… es imposible.

—Hizo una pausa—.

Pero hay algo que sí puedo decirte.

Cuando te vi por primera vez… sentí lo mismo

que cuando encontré esta orquídea.

La miré en silencio.

—¿También querías llevarme contigo? —pregunté,

dejando escapar una pequeña risa.

Su mirada se volvió apenas irónica.

Una sonrisa quiso nacer…

pero se contuvo.

—Me refiero a que te sentí familiar—dijo, guardando la compostura.

—¿Por qué este lugar está abandonado? —pregunté,

recorriendo el espacio.

—Era el restaurante de mi abuelo —dijo—.

Lo compró el día de mi cumpleaños número siete.

Un día pasamos por aquí,

yo solo dije que me gustaba…

y él lo hizo realidad.

—Su voz bajó ligeramente—.

Cuando murió,

mi madre lo dejó así.

No quiso venderlo,

pero tampoco repararlo.

Yo… me quedé con las llaves.

La miré distinto.

—Es hermoso —dije—.

¿Te gusta cocinar?

—Mucho.

Pero no es algo que pueda hacer seguido.

—Mis padres también tenían un restaurante antes de morir —respondí—.

Sigue funcionando… gracias a un amigo.

Sus ojos se suavizaron.

—Lo siento.

—Está bien —sonreí.

El silencio que siguió

no fue incómodo.

Fue íntimo.

—Nunca he traído a nadie aquí —dijo de pronto—.

No sé por qué te traje.

Solo… pasó.

—Me sostuvo la mirada—.

Tampoco entiendo por qué me siento cómoda contigo…

pero quiero averiguarlo.

Sonreí.

—Entonces este lugar sí tiene magia.

Está logrando derretir el hielo de Prim.

Sus ojos se entrecerraron apenas.

—Te estás tomando demasiadas libertades —respondió, levantándose—.

Deberíamos irnos.

Y así, como llegó, el momento se cerró.

Deseaba que este momento durara para siempre.

Salimos en silencio.

El trayecto de regreso fue distinto.

No vacío…

sino lleno de todo lo que no dijimos.

Cuando el auto se detuvo frente a casa de Malee,

el aire cambió.

—Hasta pronto —dijo.

Pero no se movió.

Ni yo tampoco.

Nos miramos.

Mis ojos se llenaron de algo que no supe nombrar.

Felicidad… quizá. O algo más profundo.

Nos miramos antes de bajar del auto.

Le grité con la mirada que era yo… era yo la chica de la vida anterior.

—

Es curioso como hay un magnetismo entre nosotras.

De pronto… nuestros cuerpos comenzaron a acercarse lentamente, como si recordaran este movimiento aprendido de antes.

Quería abrazarla.

Quería quedarme ahí.

Entonces, sus ojos descendieron apenas… hasta mis labios.

Tragué saliva.

El mundo se redujo a ese instante.

A esa distancia mínima.

A ese silencio cargado de todo.

¿Está a punto de suceder? —pensé.

A veces lo más difícil no es perder a alguien...

es no saber si lo perdiste.