Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

(Casi me recuerdas)

Mi próximo proyecto floral toma forma en el bar de Naree.

No es solo un trabajo más.

Es mi segundo proyecto fuera de la florería de Malee.

El segundo lienzo completamente mío en este país.

Integraré elementos naturales dentro y fuera del lugar,

creando un jardín que respire con el espacio,

que lo abrace sin invadirlo.

Y, aunque no lo admito en voz alta…

también es un refugio.

Necesito algo que mantenga mis manos ocupadas…

para que mi mente no se pierda en Prim.

Porque con ella todo es confuso.

Un día me aleja como si le estorbara.

Al otro… aparece frente a mí

como si algo la empujara directo hacia mí.

A veces su frialdad corta como vidrio.

Otras… sus gestos parecen venir de un lugar más profundo,

más suave… casi familiar.

Como si su alma recordara algo

que su mente no alcanza.

Sus flores sembraron un jardín en mi pecho.

Y la nota que dejó…

plantó dudas aún más peligrosas.

“Seguramente el invierno también va bien contigo.”

Desde entonces,

vivo en una especie de primavera silenciosa.

—

Ha pasado una semana desde que encontré ese arreglo en la cocina.

Las flores comienzan a marchitarse…

pero mi sonrisa no.

Bangkok se siente distinta ahora.

Más luminosa.

Más cómplice.

Como si supiera algo que yo apenas empiezo a entender.

—

Hoy inicia oficialmente el proyecto en el bar.

Desayuné rápido con Malee,

esquivando sus preguntas

con la elegancia de alguien que claramente oculta algo.

—Desde que recibiste esas flores no se te borra la sonrisa —dice, observándome como si pudiera leerme completa— ¿Quién te las dio?

—Nadie en especial —respondí,

mordiendo un pedazo de pan para evitar decir más— Solo… alguien agradecido.

Malee no insiste.

Solo sonríe.

Como si ya supiera la mitad de la historia.

—

Al llegar al bar,

todo es exactamente como lo imaginé:

un lienzo en blanco esperando ser bañado en color.

El camión de follajes llegó poco después.

Tierra, macetas, herramientas, estructuras.

Todo empieza a tomar forma.

Coordino, explico, señalo,

traduzco a tailandés como puedo con mi teléfono.

Mis manos se llenan de tierra, mi ropa pierde cualquier rastro de pulcritud…

y por primera vez en días, mi mente guarda silencio.

Hasta que deja de hacerlo.

Mientras escribía las instrucciones en mi traductor,

ella apareció.

—A estas alturas ya deberías saber un poco de tailandés, ¿no crees?

Mi teléfono desaparece de mis manos.

Y con él…

mi calma.

Volteo.

Prim.

Siete días sin verla…

y aun así,

mi cuerpo la reconoce antes que mi mente.

El pulso se acelera.

Las manos sudan.

El aire cambia de temperatura.

—A estas alturas tú deberías tener más modales conmigo —respondí,

intentando mantenerme firme.

—Déjame hacerlo por ti —dice,

ignorando mi comentario mientras revisa mi teléfono—.

Seré tu traductora… solo por esta vez.

Y entonces sucede.

Sonríe.

Es leve.

Breve.

Casi accidental.

Pero suficiente para desordenarme por completo.

Da instrucciones a los trabajadores en tailandés,

con una naturalidad que impone.

Ellos reaccionan de inmediato,

como si la energía misma del lugar hubiera cambiado.

Cuando termina,

me mira.

Directo.

—Ahora entra.Tómate algo conmigo.

No es una invitación.

Es una orden.

Y yo…

la sigo.

El bar está casi vacío.

Nos llevan a una mesa apartada.

Demasiado íntima, para alguien que insiste en fingir que no me conoce.

Sin preguntarme,

pide dos cafés helados.

Como si ya supiera lo que siempre pido.

Como si ya hubiera estado aquí conmigo antes.

—Las orquídeas nos persiguen —dije,

señalando la flor en nuestra mesa.

No responde.

Me observa.

Analiza.

Como si buscara algo detrás de mi rostro.

—Seré directa —dice finalmente—.

¿Quién eres?, ¿De donde te conozco?

El aire se detiene.

—¿Perdón?

—No me hagas repetirlo.

Su tono no es agresivo esta vez.

Es…

inquieto.

—Nos conocimos en el set de orquídeas —respondí,

aunque mi voz no suena convencida ni para mí.

—No —dice sin dudar—.

No fue ahí.

Silencio.

—¿Cuánto tiempo llevas en Tailandia?

—Cuatro… cinco meses.

Frunce ligeramente el ceño.

—No tiene sentido.

Y entonces lo dice.

—Siento que te conozco de antes.

El corazón se me detiene.

Ahí está.

La grieta.

La memoria sin nombre.

—Prim…

No sé qué decir.

No sé si decirlo todo.

Que la he soñado.

Que la he amado antes.

Que no es la primera vez que nos encontramos.

Pero el miedo gana.

Ella baja la mirada,

como si se hubiera permitido sentir demasiado.

—Olvídalo —dice, levantándose de golpe—.

No debí preguntarte eso.

Deja dinero sobre la mesa.

Y huye.

Otra vez.

Me quedo sentada.

Frente a la orquídea.

Con el café intacto.

Con el corazón completamente despierto.

Esta vez no duele.

Esta vez… entiendo.

Ella lo siente también.

No sabe qué es.

No sabe de dónde viene.

Pero lo siente.

Y eso lo cambia todo.

Regresé al trabajo con una energía distinta.

Más clara.

Más firme.

El jardín que estoy creando afuera ya no es solo un proyecto.

Es una extensión de lo que llevo dentro.

Algo está creciendo.

Y no pienso frenarlo.

Esa noche, al llegar a casa, encontré a Som.

No fue casualidad.

Tenía que estar ahí.

Estaba sentada en la sala cuando llegué, revisando su teléfono.

Levantó la mirada al verme… y se quedó quieta.

A veces cuando dudas… es porque no te encuentras en el momento correcto.

En mi caso así era siempre que estaba con Som.

Pero esta vez… ya no había dudas.

—Ok… esa cara no es normal —dice—. ¿Qué pasó?

Respiré profundo.

Ya es hora.

—Necesito contarte algo… pero tienes que prometerme que no vas a pensar que estoy loca.

Som sonríe.

—Eso suena interesante. Continúa.

La miro.

Y por primera vez… dejo caer la verdad.

—Prim y yo… no nos conocimos en esta vida…

Silencio.

Pero no me detengo.

—La he soñado desde que era niña.

En cada etapa de mi vida.

Siempre es ella.

Siempre somos nosotras…

Som no se ríe.

No me interrumpe.

Solo escucha.

—Ella no daba señales de sentir lo mismo… pero hoy… me lo preguntó.

Es como si una parte de ella lo recordara.

Me dijo que siente que me conoce de antes.

Mi voz tiembla.

Pero sigo.

—No sé cómo entrar en su mundo, Som.

No sé cómo acercarme sin que huya otra vez… pero no puedo ignorar esto.

La miro con decisión.

—Ayúdame.

Som deja su teléfono a un lado.

Se inclina ligeramente hacia mí.

Y sonríe… pero esta vez no es una sonrisa ligera.

Es de esas que anuncian movimiento.

—Mi abuela me lo dijo… dijo que venías aquí buscando algo sin saber qué era.

Pausa.

—Ok —dice—.

Si lo que dices es real… entonces no necesitas entrar en su mundo.

Hace una pausa.

Y sonríe más.

—Vamos a hacer que ella entre en el tuyo.

Y justo así… comenzó todo.

PARTE IV

Lo inevitable

Lo que insiste en quedarse