Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

(Orquídeas de invierno)

Han pasado tres semanas desde que la vi irse sin decir una sola palabra…

dejándome con la duda de si debía renunciar a lo que siento

o seguir intentando formar parte de su vida.

Aún sueño con ella.

Incluso después de encontrarla, sigue apareciendo en mis noches,

como si ese fuera el único lugar donde realmente podemos coincidir.

Imagino que no dejaré de hacerlo… hasta que mi amor sea correspondido

o hasta que aprenda a soltarla.

Los días sin ella, sabiendo que existe y que está tan cerca…

pero inalcanzable a la vez, han sido más difíciles

que cuando solo vivía en mis sueños.

Trabajar con Malee ha sido un refugio.

Las flores me mantienen en el presente,

evitando que mis impulsos me dominen

y salga corriendo a buscarla.

Después de todo,

si ella quisiera verme tanto como yo a ella…

ya lo habría hecho.

Mis datos están en la recepción del edificio donde trabaja.

No pienso forzar las cosas.

Si en esta vida también debemos estar juntas…

entonces confío en que así será.

La compañía de Som también ha sido un regalo inesperado.

En los últimos días nos hemos vuelto más cercanas.

Después del trabajo solemos comer juntas

y pasar la tarde conversando.

Hace unos días, entre lágrimas y risas,

me compartió parte de su historia.

Su madre fue madre soltera.

Su padre las abandonó antes de que ella naciera.

Su madre falleció de cáncer cuando Som tenía nueve años.

En su mirada pude ver el peso de esa pérdida…

y también la fuerza con la que aprendió a vivir sin ella.

Conozco ese vacío.

Pero también sé que,

después de atravesarlo,

la vida encuentra la forma de devolverte algo hermoso.

Malee y Som son eso para mí.

Cuando terminó de contarme, sentí la confianza de compartirle mi historia.

Era la primera vez que hablaba de mis padres con alguien

fuera de Oto y May.

Y, para mi sorpresa… ya no dolía igual.

Ya no había lamento.

Solo amor.

Es cierto… el tiempo lo cura todo

cuando aceptamos los planes del universo.

Nos abrazamos en silencio, como si ambas entendiéramos exactamente lo que la otra sentía.

Luego, buscando aligerar el ambiente,

Som me contó sobre su primera experiencia con una mujer.

Eda.

Entre risas nerviosas, me relató cómo, durante una sesión de fotos en la universidad,

la cercanía entre ambas terminó en un beso torpe:

frentes chocando, risas compartidas… y después,

un momento que parecía inevitable.

Pero no lo fue.

Eda tuvo miedo.

Som no.

Y ahí terminó todo.

—Creo que de eso se trata la vida —dijo—.

De experimentar hasta entender qué es lo que realmente queremos.

Asentí en silencio.

Estuve a punto de contarle sobre Prim…

sobre mis sueños… sobre todo.

Pero algo dentro de mí me detuvo.

Ni siquiera yo lograba comprenderlo del todo.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Hay alguien que te guste ahora?

—No —respondí, mintiendo con suavidad—.

Solo estoy disfrutando el momento.

Me sentí mal por ocultarlo, pero aún no encontraba las palabras correctas para confesar.

Esa misma tarde,

Som me invitó a la apertura de un bar de una amiga suya.

Acepté sin pensarlo demasiado,

aunque en el fondo sabía que existía la posibilidad de encontrarme con Prim.

Y eso… lo cambiaba todo.

Llegamos al lugar envueltas en luces, música y flashes.

El bar tenía un aire elegante,

con un diseño cálido que invitaba a quedarse.

Techos altos, sillones perfectamente bordados

y detalles artísticos que parecían cuidadosamente elegidos.

Era un lugar hecho para escapar del mundo exterior.

Saludamos a Naree,

actriz, dueña del lugar y amiga de la infancia de Som.

Su energía era magnética.

Amable, segura, luminosa.

—Tú hiciste el set de orquídeas, ¿cierto? —me dijo con entusiasmo.

Asentí.

—Fue hermoso, quiero que hagas tu magia aquí en mi bar.

Sonreí, agradecida.

Intenté relajarme,

integrarme a la conversación… pero entonces ocurrió.

Una luz en la entrada.

No literal.

Pero así se sintió.

Volteé.

Y ahí estaba.

Prim.

Tres semanas después,

su presencia volvió a desordenar todo dentro de mí.

Entró como si el lugar le perteneciera,

robando miradas sin esfuerzo.

Por un instante,

sus ojos se encontraron con los míos…

al final siempre se encuentran… y el mundo se redujo a ese punto.

Mi corazón se aceleró.

Mis manos comenzaron a sudar.

Nada había cambiado.

O tal vez… todo.

Se acercó a la mesa junto a Naree.

Saludó al resto primero.

Cuando llegó frente a mí,

el tiempo pareció detenerse.

—Mucho gusto —dijo, sin emoción, fingiendo no conocerme. —Creí que solo habría celebridades aquí.

Sus palabras fueron frías.

Pero su mirada… no.

Me limité a sonreír.

—Ella viene conmigo —dijo Som, intentando defenderme.

Prim volteó los ojos.

La noche continuó entre conversaciones,

risas ajenas

y silencios incómodos.

Evité mirarla,

pero podía sentir su presencia

como una corriente eléctrica bajo la piel.

No supe cuánto tiempo pasó

hasta que decidí irme.

No podía más.

No podía seguirla viendo sin decirnos una sola palabra.

—Som, me voy a casa —dije—.

Sigue disfrutando la noche, nos vemos mañana.

Despídeme de Naree.

El aire frío de la noche me recibió de golpe cuando salí del bar.

Había olvidado mi saco dentro.

Suspiré.

No importaba.

Prefería el frío del exterior

al que ella dejaba en mí con su indiferencia.

Me abracé a mí misma,

intentando entrar en calor mientras esperaba un taxi,

cuando de pronto sentí unas manos colocar suavemente un saco sobre mis hombros.

No tuve que voltear para saber que era Som.

—Entonces eres despistada y torpe por naturaleza —dijo.

Su voz.

Siempre su voz.

Sonreí, inevitablemente.

Que fuera Prim y no Som me aceleró el corazón.

—¿Entonces seguirás fingiendo que no me conoces? —pregunté.

—¿Quién dice que fingía?

Silencio.

Un silencio cargado de todo lo que no sabíamos decir.

Por un instante me perdí en sus ojos.

Estoy segura de que ella se perdió en los míos.

Sentí un impulso por besarla recorrerme el cuerpo.

—Tu auto llegó —dijo finalmente—.

Sal de mi vista.

Fruncí el ceño.

—¿La orquídea que te di sigue viva

o ya la mataste con tu frialdad?

No respondió.

Se alejó.

Como siempre.

Al día siguiente, la lluvia cubría la ciudad con una calma distinta.

Abrí la florería,

dejando que la rutina me envolviera.

Preparé el arreglo del día:

lisianthus blancos, ranúnculos… y una orquídea amarilla al centro.

Gratitud y amor.

Ese era el significado de las flores que utilecé.

Así me sentía.

Agradecida por todo lo que me ha ocurrido hasta ahora y llena de amor propio.

Minutos antes de cerrar,

la campanilla de la puerta sonó.

—Ya hemos cerrado —dije sin mirar.

—¿Tienes tiempo para un cliente más?

Me giré de inmediato.

Prim.

—Qué sorpresa —murmuré.

—Vine a comprar flores —dijo, recorriendo el lugar con la mirada.

—¿Así que buscaste en los datos de la empresa para ver dónde trabajo?

Veo que no puedes vivir sin verme,

pero pudiste haberme preguntado a mí —dije, sarcástica.

—Antes de ti ya venía a comprarle flores a Malee.

No te emociones.

Señaló el arreglo del día.

—Ese. Quiero ese.

—Buena elección —respondí—.

Representa gratitud y amor.

¿Quieres agregar una nota?

—Claro.

Mientras escribía, una incomodidad creció dentro de mí.

¿Para quién eran esas flores?

—Debe ser alguien importante

a quien le enviarás esas flores… de lo contrario no vendrías hasta aquí

sabiendo que la persona que más odias de Bangkok trabaja aquí —dije, incapaz de contenerme.

—¿De verdad crees que eres tan importante como para odiarte?

Sus palabras fueron directas.

Cortantes.

Guardé silencio.

Se llevó la nota consigo antes de que pudiera leerla.

Pagó.

Se fue.

Y me dejó con mil preguntas más.

¿Será que alguien más ocupa sus pensamientos?

Horas después,

al llegar a casa,

dispuesta a irme a la cama,

pasé antes a la cocina.

Encendí la luz.

Y ahí estaba…

mi arreglo sobre la mesa.

Mi arreglo.

El que ella se había llevado con la nota.

Me acerqué lentamente,

como si fuera a desvanecerse.

Tomé la nota.

Sentía que estaba invadiendo su privacidad.

No tenía idea de que el contenido era para mí.

Respiré…

y leí.

Leí la nota varias veces.

Y entonces lo entendí.

Prim no era indiferente.

Solo…

no sabía cómo no ser invierno.

Acerqué el arreglo a mi pecho.

Se sentía vivo.

Y por primera vez en semanas…

yo también.

A veces no recuerdas con la mente...

recuerdas con el alma.