Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

(Hasta que me reconozcas)

Al llegar a casa me preguntaba si seguía en aquella banca…

o si ya estaba en su cama, como si nada hubiera pasado.

Si mi compañía le había dado calma…

o todo lo contrario.

Si ese parque le decía algo.

Si yo le decía algo.

Si al día siguiente iba a ignorarme, como si nunca hubiéramos compartido el mismo silencio.

—Demonios… —murmuré.

Esto estaba siendo más difícil de lo que imaginé.

Llamé a Oto.

Dos días sin hablar a mi país.

Dos días con la cabeza completamente tomada por ella.

—Te extraño —dije apenas escuché su voz—. Deberías estar aquí. ¿Cómo estás?

—¿Perdón, quién habla?

—¡Oto! —solté, casi ofendida.

Rió.

—Estoy bromeando. También te extraño. Oye quería contarte que… estoy saliendo con alguien.

Sonreí sin verlo.

—¿La del perrito miniatura?

—Esa misma.

—Lo sabía. Te miraba distinto.

Pausa.

—¿Y tú? —preguntó—. No suenas como siempre.

Respiré.

—La encontré.

Silencio.

—A la mujer de mis sueños.

—¿Es en serio?

—Se llama Prim… Es actriz —dije, y con solo decirlo algo en mí se desordenó—. Es real. Está aquí. Pero… no me reconoce.

Pausa.

—No le agrado. Ha sido… dura conmigo.

—Ammar… —su voz bajó—. ¿Cómo va a reconocerte, si eres tú quien sueña con ella?

Ahí estaba.

La lógica.

Incómoda.

Imposible de ignorar.

—Siempre pensé que ella también me veía —admití—. Pero dicho en voz alta… suena absurdo.

—Dale tiempo. No sabes nada de su vida. Quizá está cansada, saturada… No la empujes.

Miré al vacío.

—Hoy intenté acercarme. No solo la encontré a ella, encontré la banca en la que nos vemos cada noche, mi sueño siempre fue real… la llevé al parque… al nuestro. Pero no funcionó.

—No creo mucho en esas cosas, pero debo admitir que estoy impresionado. Si ella no te recuerda entonces no dejes de ser tú. No te conviertas en alguien que no eres por desesperación.

—¿O le digo la verdad? —bromeé—. “Hola, sueño contigo desde siempre, fuimos algo en la vida anterior, deberíamos enamorarnos en esta otra vez”.

Se rió.

—No hagas eso.

—Tranquilo… no soy tan imprudente.

Pausa.

—Aunque ganas no me faltan.

—Entonces solo… quédate cerca. Cuando ella esté lista todo será diferente.

Asentí, aunque no podía verme.

—Te quiero.

—Yo más. Descansa.

Colgué.

Y el silencio volvió.

A la mañana siguiente desperté con una sensación extraña.

Quería detener el tiempo.

Estirarlo.

Negociar con él.

Era mi último día en el proyecto.

Y no quería que terminara.

Siempre digo que no me apego a nada… pero esto no quería soltarlo.

No a ella.

No ahora que por fin la había encontrado.

Intenté convencerme de algo simple:

Hoy.

Hoy tenía que verme.

No como una más.

No como alguien que estorba.

A mí.

A la mujer con la que lleva una vida conectada.

Pasé por una cafetería antes de llegar.

Compré rosquillas.

Un latte frío.

Un gesto pequeño, para endulzar el alma.

Una tregua.

O al menos… eso esperaba.

Entré al ascensor con las manos frías, pero positiva como siempre.

Caminé lento por el pasillo, como si así pudiera retrasar lo inevitable.

Al verla…

todo lo demás dejó de existir.

Estaba sentada, viendo su teléfono.

Perfecta.

Intocable.

Volteó.

Un segundo.

Y volvió a su mundo.

Tragué saliva.

Caminé hacia ella.

—Buenos días… —dije, extendiendo la bolsa—. Es para ti.

Ni siquiera miró.

—¿Te conozco?

Sonreí apenas.

—Entiendo que estés molesta… solo quería disculparme por lo de anoche.

Dejé el café a su lado.

—No necesito disculpas de alguien cuyo nombre apenas recuerdo.

Algo en el pecho se tensó.

—Tal vez no estás acostumbrada a la amabilidad —dije, sin pensar demasiado—. Pero podrías al menos mirarme cuando te hablo.

Eso sí la hizo reaccionar.

Levantó la mirada.

Directo a mí.

Fuerte.

Hermosa.

Y completamente cerrada.

Por un segundo… solo un segundo… vi algo más.

Algo que no encajaba con sus palabras.

Algo que… dolía.

—Déjame en paz.

Esta vez sí mirándome.

Y esta vez sí…

atravesándome, como una bala directo al cuerpo.

No respondí.

Porque si lo hacía… me rompería ahí mismo.

Me di la vuelta antes de que la lágrima cayera.

Trabajé en automático.

Como si el cuerpo supiera qué hacer… aunque la cabeza no estuviera ahí.

¿Por qué es tan difícil contigo?

¿Por qué siento que todo fluye en mi vida… menos esto?

Intenté soltarla.

Intenté decirme que no pasa nada.

Que habrá otro momento.

Otra vida.

Otra versión de nosotras donde no sea así de complicado.

Pero no era verdad.

No quería otra vida.

Quería esta.

Con ella.

Después de trabajar sin descanso para olvidar lo que pasó, me di un respiro.

En el baño… el mundo bajó el volumen.

Y entonces escuché al fondo.

Un llanto.

Suave.

Roto.

—¿Estás bien? —pregunté en el aire.

Silencio.

Encogí los hombros.

Supuse que ese alguien no quería ayuda.

Me acerqué al lavabo.

Llené mis manos de agua y la lancé por mi rostro, con la intención de…

respirar.

olvidar.

o intentarlo.

Levanté la mirada.

Y ahí estaba.

Reflejada en el espejo.

Detrás de mí.

Desarmada.

Los ojos hinchados.

La armadura… en pausa.

Me giré despacio.

Como si cualquier movimiento brusco pudiera hacerla desaparecer.

Y sin pensar…

puse mi mano en su rostro, con una delicadeza como la que uso cuando toco las flores.

Limpié sus lágrimas.

No dijo nada.

Yo tampoco.

Pero el silencio… esta vez sí significaba algo.

Di un paso.

La abracé.

Y por primera vez… no se resistió.

Fue breve.

Pero suficiente para confirmar todo lo que no sabía explicar.

Suficiente para que mi corazón danzara con sus latidos.

—Estoy aquí… —susurré—. Solo tienes que mirarme.

Se quedó.

Un instante más.

Y luego… volvió.

—No tenías que hacer eso.

Se soltó.

Se recompuso.

Y se fue.

Otra vez.

No la seguí.

Porque entender…

también es saber cuándo detenerse.

Terminé el set con el corazón dividido.

Orgullosa por mi trabajo.

Y vacía.

—Es perfecto —dijo Panya—. Prim, acércate para ver cómo combinas con el set.

No podía dejar de mirarla.

Entre todas las flores… seguía siendo la única que resaltaba.

Y la única que dolía.

Mi consuelo fue entregar un proyecto perfecto.

Al salir, llevaba una orquídea amarilla.

No tenía lugar en el set.

Había sobrado entre todas las que usé.

Y decidí traerla conmigo.

Fuera del edificio, mientras esperaba un taxi…

el auto de Prim pasó frente a mí.

Se detuvo.

Como si dudara.

Como si no.

Nos miramos.

Otra vez ese lugar donde todo se detiene.

Otra vez nuestras miradas que parecen reconocerse.

Me acerqué.

Lento.

Sin huir.

Sin pensar demasiado.

Metí mis manos por la ventana del auto.

Y dejé la orquídea en sus piernas.

Un gesto.

Nada más.

O todo.

Esperé por su respuesta.

Frente a su puerta.

Una palabra.

Una señal.

Algo.

Pero no dijo nada.

Aceleró.

Y se fue.

Me quedé ahí.

Con las manos vacías.

Y una pregunta que no dejaba de insistir:

¿Aquí termina todo…

o apenas empieza?