CAPÍTULO 11
(Segundo encuentro)
Su mal genio… era una invitación clara a apartarme.
Y aun así…
costaba hacerlo.
Me reí.
No de ella.
De la situación.
—
Al terminar el día tomé rumbo a casa de Malee.
En el autobús, la ciudad pasaba frente a mí sin realmente tocarme.
Yo seguía allá.
En ese pasillo.
En ese instante en el que todo se detuvo… menos ella.
No entendía.
¿Por qué no me reconoce?
¿Por qué fue grosera?
¿Qué tendría que hacer… para que me mire como yo la miro?
Pensar en el día siguiente me tensaba.
Trabajar en ese set… con ella tan cerca.
Con esa versión suya.
¿Era posible… que en esta vida me rechazara?
¿Que este amor… solo existiera en mí?
Respiré.
Si era así… no iba a quedarme quieta.
Iba a encontrar la forma.
Pasé por algo de cenar antes de llegar a casa.
Cuando entré, ya me estaban esperando.
—Cuéntamelo todo ya —dijo Som desde la cochera, sin darme tiempo a nada.
Sonreí.
—Ni siquiera entro y ya siento la emboscada.
—Debes estar exhausta —dijo Malee, acercándose con esa calma que la define.
—Estoy bien —respondí—. Me ayudó mucho el equipo… aún tengo energía. Traje comida.
Nos sentamos.
El espacio se sentía cálido.
Seguro.
—Bueno… ahora sí —insistió Som mientras servía—. ¿Cómo te fue?
Tomé aire.
—El lugar es impresionante. Y trabajar con tantas flores… fue un sueño.
Hice una pausa.
—Aunque… hubo alguien a quien no le gustó mucho mi presencia.
Malee frunció ligeramente el ceño.
—Eso es imposible, Ammar. ¿Quién podría sentirse incómodo contigo?
Sonreí, restándole peso.
—Tropecé con una chica… —dije—. Al parecer es famosa. Estaba en todos los pósters del lugar.
Som levantó la mirada de inmediato.
—¿Te tropezaste con Prim?
Reí, suave.
—¿Así que ese es su nombre? Sí… hice un desastre. Pero lo arreglé. Aunque ella… no fue precisamente amable.
Som soltó una risa corta.
—Eso es muy ella.
—¿Así es siempre?
—Peor —respondió—. Nadie se le acerca sin medir las consecuencias. Cree que nadie está a su nivel. Y, aun así… todo el mundo la ama.
Hizo una pausa.
—Ella es la protagonista del proyecto.
El aire cambió un poco.
—¿En serio?
—Sí. Vas a trabajar con ella estos días.
Asentí, sin mostrar demasiado.
—Bueno… entonces será interesante.
—Me sorprende que no te haya ido peor —añadió Som—. De verdad.
—No exageres —respondí, con una pequeña risa—. Solo fue… directa.
Bajé la mirada al plato.
—Aunque no puedo negar que es bastante linda.
Som me observó con una sonrisa ladeada.
—Eso nadie lo discute. Pero, honestamente… me pareces más linda tú.
Negué con la cabeza.
—Ya, basta. Siempre intentas hacerme sonrojar.
Me levanté ligeramente.
—Mañana será un día largo. Pero todo está quedando hermoso. Malee… vas a estar orgullosa.
Ella sonrió, suave.
—Ya lo estoy.
Hizo una pausa.
—Y no dejes que nadie te haga dudar de eso.
Asentí.
Sin decir lo que realmente pasaba por mi mente.
No mencioné los sueños.
Ni lo que May me dijo.
Ni todo lo que ella significaba para mí.
Aún no.
Eso…
lo seguiré guardando para mí.
Esa noche quería dormir rápido.
Antes…
mi momento favorito era cerrar los ojos para encontrarla.
Ahora…
solo quería abrirlos de nuevo y volver a verla.
Aunque no me reconociera.
Me preocupaba algo…
no el proyecto.
Ella.
¿Cómo concentrarme… sabiendo que está tan cerca?
Suspiré.
Soy profesional.
Encontraré la forma.
Aunque por dentro… todo se desacomode.
No fue un buen encuentro.
Pero tampoco fue suficiente para detenerme.
No iba a disculparme por ser quien soy.
Pero tampoco iba a entrar en su juego.
No quería competir.
Quería… acercarme.
Aunque fuera despacio.
Aunque fuera difícil.
Esa noche me acosté más rápido de lo habitual.
El techo se convirtió en pantalla.
Y en ella… su mirada.
Intenté pensar en otra cosa.
Flores.
Comida.
Cualquier cosa.
Pero no funcionó.
Volvía.
Siempre volvía.
¿Cómo me acerco… sin que siga viéndome como una fan?
Solo tengo dos días.
Dos días para encontrar una forma de existir… en su mundo.
Y no pienso desperdiciarlos.
—
Hoy es un nuevo día
y estoy dispuesta a que Prim me mire distinto.
Nuestro primer encuentro fue torpe, sí…
pero a mí me bastó para no rendirme.
Me pregunto cómo habrá sido la primera vez que nos encontramos… antes.
Si entonces también me miró así, o si en otra vida fue más suave conmigo.
Por ahora, no importa.
Hoy tengo lo único que necesito: ganas de volver a verla.
Som tocó la bocina.
Iremos juntas.
Tiene sesión en el mismo edificio.
No hubo tiempo de desayunar, así que paramos por algo rápido en el camino.
—¿Cómo te sientes hoy? —preguntó, buscando dentro del bolso.
—Emocionada. Confío en lo que estamos creando.
—¿Lista para ver a Prim? —dijo, con una sonrisa que sabía demasiado.
—No le des demasiada importancia. Que no le agrade no significa nada… quizá es así con todos.
Som soltó una risa breve.
—Me sorprende que, de todo el edificio, hayas chocado justo con ella… no te recomiendo tener problemas con ella.
—No fue un problema realmente… —dije—. Y mi trabajo no depende de caerle bien.
—Solo no te dejes intimidar. Tú eres un lindo pez… y ella, bueno… es un tiburón.
—Descuida, puedo cuidarme sola —respondí—. ¿Qué tanto la conoces?
—Espera… —miró el teléfono—. Tengo que atender esto.
Y la llamada se llevó el resto del camino.
Al llegar, nos separamos.
Yo caminé directo al ascensor.
Con un poco de prisa para no llegar tarde.
Las puertas estaban cerrándose y, como una película romántica, metí la mano para detenerlas.
Y ahí estaba.
Más precisa que un recuerdo.
Más real que cualquier sueño.
Y más hermosa que ayer.
—Si las puertas se están cerrando, no deberías meter la mano —dijo—. Podrías lastimarte.
La miré.
—¿Te preocupas por mí?
—No te emociones —respondió, sin dudar—. No eres alguien por quien me preocuparía.
Sonreí apenas.
—¿Y cómo tiene que ser alguien… para que lo hagas?
No respondió.
Solo señaló el panel.
—Ya había presionado el botón.
Pausa.
—Deberías prestar más atención. Así evitarías ir por ahí… chocando con la gente.
—Entonces no lo olvidaste… nuestro encuentro, quiero decir —dije, suave, con una ligera sonrisa.
Silencio.
No respondió.
El ascensor hizo su trabajo.
Nosotras no.
Yo miraba de reojo.
Su perfil.
Su cabello.
Su calma aparente.
Quería que ese trayecto durara más.
Mucho más.
Pero el piso once llegó demasiado pronto.
Caminó delante de mí.
Siempre delante.
Y no me molestaba.
Alguien como ella… está hecha para ser vista.
Aunque duela un poco seguirla.
—Ammar —escuché al entrar al set—. Esto está quedando increíble.
Panya, el director.
—De verdad, felicidades. Si necesitas algo, dime. Som tenía razón contigo.
—Gracias… —respondí, pero no estaba del todo ahí.
Mi atención seguía en su espalda.
Prim se detuvo un segundo.
Volteó su rostro.
Me miró.
No supe leer su mirada.
No supe si se detuvo a escuchar el halago de Panya o simplemente ignoró mi trabajo.
Y eso me inquietó más que su indiferencia.
Luego siguió caminando.
—
Horas después, el set empezaba a tomar forma.
Y yo también.
Setenta por ciento terminado.
Casi listo.
Y aun así… no quería que terminara.
Un día más no es suficiente para alguien que llevo toda la vida buscando.
Durante el descanso, la vi.
A través de una puerta entreabierta.
Posando.
Perfecta.
Como si no le afectara el mundo.
Como si nada pudiera tocarla.
Los flashes lanzados parecían ser absorbidos por ella, haciéndola brillar más.
Me quedé ahí.
No por curiosidad.
Por necesidad.
—Pueden cerrar la puerta —dijo de pronto—. Hay una fan mirando.
La palabra cayó… exactamente donde debía doler.
—No es una fan —aclaró el fotógrafo entre risas—. Es Ammar, la florista del set.
—Deberías usar tu gafete, Ammar —añadió—. Para evitar confusiones.
—Claro —respondí—. Eso haré ahora mismo.
Salí.
Demasiado rápido, de hecho.
Más tarde, casi por irme a casa, en el pasillo, escuché su voz otra vez.
Elevada.
Cortante.
—No voy a aprobar esto. Habla con mi manager.
—Con esa actitud vas a perder contratos, Prim —respondieron.
La puerta se abrió de golpe.
Y el enojo… salió con ella.
Entró al set donde yo estaba.
Intenté no existir.
—¿Sigues aquí? —preguntó.
—No quiero discutir —dije—. Lamento que hayas tenido un mal momento.
—Yo sí quiero discutir.
Pausa.
—Es la única forma de sentir algo. Discute conmigo.
La miré.
—Hay otras formas de sentir.
Silencio.
—¿Ah sí? —sus ojos se clavaron en los míos—. Muéstrame.
No supe si hablaba en serio.
No supe si estaba jugando.
Y eso… me dejó sin lugar.
Tomé mis cosas, con calma, esperando a que se fuera antes que yo.
—Me estás haciendo esperar.
Entonces sí hablaba en serio.
Enseguida me apresuré.
Salimos juntas.
Afuera, el aire se sentía distinto.
Irreal.
Como si algo se estuviera acomodando… o rompiendo.
—No tengo auto —dije—. ¿Te importa tomar el autobús?
—No —respondió, alarmada—. No puedo hacer eso.
Pausa.
—Vamos en el mío.
Caminamos hacia su auto.
Era la primera vez que me subía a un auto tan lujoso.
Y también era la primera vez que sentía con claridad vivir el sueño despierta.
Bangkok pasaba por la ventana.
Luces, ruido, movimiento.
Nada importaba.
Solo ella.
Solo este momento.
—Acepté esto porque no te conozco —dijo de pronto—. Y porque ya tienes tu gafete de registro en la empresa. Si intentas algo, sé dónde encontrarte.
Silencio.
—Pero aun así sigues pareciendo una fan.
Sonreí.
—Bendito gafete.
—¿Qué?
—Nada. Es aquí.
Se estacionó.
Bajé.
No estaba segura si esto sería buena idea… pero no dejaría pasar la oportunidad de traerla a este sitio.
Ella tardó un segundo más en bajar del auto.
Cuando lo hizo… miró alrededor.
—¿Un parque?
No respondí.
Solo caminé.
El camino nos llevó hasta la banca.
La misma.
La de siempre.
La que ella no recuerda.
La que yo nunca olvidé.
Nos sentamos.
El silencio llegó primero.
—Vengo aquí cuando algo pesa demasiado —dije—. Ayuda a que la mente deje de pelear.
—Pensé que me llevarías a beber.
—Podemos hacerlo después si quieres.
Si te quedas.
El silencio volvió.
Pero ya no era incómodo.
Era un silencio… lleno.
Yo la miraba sin que lo notara.
Y en algún punto… el miedo se fue.
—¿Qué te trajo aquí? —preguntó al fin—. Este silencio ya me cansó.
—Mis sueños.
No expliqué más.
—No voy a preguntar cuáles son tus sueños si eso es lo que esperas —respondió, levantando otra vez la barrera de hielo que pone frente a mí.
—Algún día querrás hacerlo.
—No suelo interesarme por nadie.
Ahí estaba.
Claro.
Frío.
Definitivo.
Respiré.
—Entonces me voy.
Se giró apenas.
—¿No ibas a quedarte para ir a beber?
—Quería hablar contigo. De verdad.
Pausa.
—Pero no está pasando.
—Cualquiera mataría por pasar tiempo conmigo —dijo.
La miré. Por primera vez… sin suavizar nada.
—Yo no soy cualquiera.
Me levanté.
Y esta vez… no miré atrás.
A veces amar…
Es quedarte sin perderte.