Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

(Tu sonrisa brilla más que Bangkok)

Hay encuentros que no comienzan cuando dos miradas se cruzan.

Comienzan antes…

cuando, sin saberlo, ya ibas directo a esa persona.

Empecé a diseñar el set de flores con una precisión que no venía de la mente… sino de algo más profundo.

Las orquídeas serían el centro.

No por estética.

Por intuición.

Como si supiera…

que alguien iba a verlas.

Cuando terminé el boceto, Som me consiguió una reunión con el equipo.

Llegó una Ammar valiente, decidida, sin miedo a fracasar, confiada de sus habilidades.

El edificio era… imponente.

Vidrio, luz, opulencia.

Bangkok en su versión más pulida.

Por un segundo dudé.

No de mi trabajo.

De si pertenecía ahí.

Respiré hondo antes de entrar.

La reunión en las oficinas fue clara, directa, casi perfecta.

El director aprobó todo.

El equipo sonrió.

Som me guiñó el ojo desde su lugar, orgullosa por mi presentación.

—Lo quiero así —dijo él.

Y algo dentro de mí respondió:

Esto no es solo un trabajo…

es una puerta, que a estas alturas no pensaba dejar cerrada.

—

A la mañana siguiente, el día empezó antes de que el sol saliera.

El aire tenía esa electricidad que no se explica.

Un auto de producción llegó a la florería de Malee.

Cargamos orquídeas.

Demasiadas.

El montaje empezó con prisa.

Subimos cajas, estructuras, flores… once pisos de ida y vuelta.

En la última vuelta, me quedé sola en el elevador con una orquídea amarilla en las manos.

La más perfecta.

La miré como si fuera la primera vez que veía una.

Me quedé hipnotizada por su belleza.

Las puertas se abrieron.

En medio de mi distracción.

Di un paso.

Y el mundo se detuvo.

El impacto fue seco.

El sonido de la cerámica rompiéndose contra el suelo se sintió más fuerte de lo que debería.

La orquídea cayó.

Yo también, un poco.

—

—¿Estás ciega? —dijo una voz.

Levanté la mirada.

Y todo lo demás dejó de existir.

No era un recuerdo.

No era un sueño.

Era ella.

Más real que todo lo que había vivido hasta ahora.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente.

—Eres tú… —susurré, sin poder evitarlo.

Ella no se movió.

Pero su mirada… no me recibió.

Me midió.

—Lo siento —dije rápido—. Venía distraída.

Me agaché a recoger los pedazos de cerámica, torpe, intentando recuperar algo que ya no podía arreglarse.

Me temblaban las manos.

No por el golpe.

Por ella.

—Claro —dijo—. Las fans no pueden estar aquí, deja tus flores en recepción.

Fan.

La palabra cayó más fuerte que la maceta.

—¿Fan? —repetí, confundida.

Me levanté rápido… demasiado.

El corte en mi dedo fue inmediato.

Una línea roja sobre la piel.

La sangre cayó al suelo.

—¿Ahora finges que no me conoces? —continuó—. Patética.

Pasó a mi lado sin detenerse.

Su hombro golpeó el mío.

Como si necesitara recordarme que existía una distancia.

Que no debía cruzar.

Me quedé ahí unos segundos.

Con el corazón desbordado… y las manos vacías.

—Las orquídeas me trajeron a ti —dije, sin pensar, mirando su espalda alejarse.

Se detuvo apenas unos segundos.

Y se fue.

El aire cambió. O fui yo.

Porque de pronto todo pesaba más.

Las manos.

El pecho.

La certeza.

La había encontrado.

Y no había nada en su mirada que dijera que me había estado esperando también.

Me tomó unos minutos volver a moverme.

Pero lo hice.

Entré al set.

Trabajé, hablé, respondí.

Pero era automático.

Como si mi cuerpo supiera qué hacer… mientras mi mente seguía en ese pasillo.

En ese choque.

En sus ojos.

Horas después, entró al set como si todo le perteneciera.

No caminaba, flotaba como un hada en el bosque.

Como si el espacio se acomodara para dejarla pasar.

Levanté la mirada.

Y ahí estuvo otra vez.

Nos miramos.

Yo… abierta.

Ella… cerrada.

Esta vez no aparté la vista. Tampoco ella.

Un segundo más.

Dos.

Algo se tensó.

Imperceptible.

Pero real.

Entonces giró.

Y se fue. Como si no hubiera pasado nada.

Pero pasó.

No solo no me recordaba.

No tenía intenciones de hacerlo.

Al salir del edificio, escuché su voz detrás de mí.

—Recoge tu gafete, de lo contrario te seguirán confundiendo con una fan.

Volteé.

—¿Te preocupa?

Sus ojos se afilaron.

—No te confundas.

—Claro, no pareces del tipo que se preocupa por los demás —dije.

Se instaló el silencio.

Se acercó un paso.

No mucho.

Lo suficiente.

—¿Ahora me dirás cómo debo tratar a la gente?

Su cercanía no intimidaba.

Desordenaba.

Su presencia me desarmaba, pero no tenía intención de hacérselo saber.

—No —respondí—. Eso deberías saberlo tú.

Silencio.

Más pesado.

Más denso.

Y entonces… nada.

Me fui.

Porque quedarme empezaba a sentirse como entrar en un fuego que no sabría apagar.

Hay encuentros que no acercan.

Desordenan.