CAPÍTULO 9
(Ya había estado aquí antes)
Hay lugares que no descubres.
Los recuerdas.
Alquilé una habitación en casa de Malee, una casa encantadora con mucho silencio en ella.
Desde que me mudé, algo en mí empezó a acomodarse.
No de golpe.
No como una revelación.
Como cuando el cuerpo reconoce un espacio antes de que la mente lo entienda.
Malee es una señora adorable en todos los sentidos.
Cada vez que la veo es como ver a May.
El mismo cabello canoso y suave, las líneas de expresión marcadas no por el tiempo… sino por lo vivido.
Su piel tostada, cuidada con intención.
Su estatura media.
Sus manos suaves.
Pero no era solo su apariencia.
Era su energía.
Ese tipo de presencia que no invade… pero tampoco pasa desapercibida.
Estoy segura de que nos llevaremos increíble.
Antes de entrar a su casa, nos quitamos los zapatos.
Había visto ese hábito antes, pero vivirlo… era distinto.
Me pareció perfecto.
No meter la suciedad de la calle.
Cuidar el espacio.
Como si la casa fuera más que un lugar.
Como si fuera un templo.
Y eso era exactamente lo que se sentía al llegar.
—
Una pequeña sala de madera me recibió, con cojines bordados a mano que invitaban al silencio.
Una lámpara de luz cálida acompañaba el espacio, como si estuviera diseñada para abrazarte después de un día largo.
Ese lugar tenía algo…
Alivio.
Recorrimos la casa mientras me explicaba algunas reglas: entrar sin zapatos, no hacer ruido innecesario, mantener todo limpio.
Pero no se sentía como reglas.
Se sentía como cuidado.
Había flores por todas partes.
No como decoración.
Como lenguaje.
En ese momento supe, sin que nadie me lo dijera, que estaba en el lugar correcto.
La casa tenía tres habitaciones: la de Malee, la de su nieta Som —que se quedaba ahí en ocasiones— y la mía.
La cocina fue mi espacio favorito.
Gabinetes de madera blanca, una barra estilo granito, un pequeño comedor junto a ella.
El piso cambiaba a un mosaico antiguo en tonos naranjas, y una ventana azul cielo robaba toda la atención.
Pude imaginar la luz entrando por ahí cada mañana.
Y por alguna razón…
sentí paz.
Mi habitación era sencilla.
Acogedora.
Una ventana daba al jardín lateral, donde un árbol con flores rosadas se asomaba como si quisiera entrar.
La cama era pequeña, pero suficiente.
El piso de madera vieja me recordó al restaurante de mis padres.
A donde volteara…
había algo que me hacía sentir en casa.
Y eso…
no era casual.
Los días comenzaron a abrirse frente a mí como caminos nuevos.
En mi primer día de descanso salí a caminar.
Caminé mucho.
Observé más.
Visité templos, mercados, calles llenas de vida.
Bangkok era todo al mismo tiempo: ruido, caos, belleza, contradicción.
Pero encontré una forma de habitarlo.
Hacerlo lento.
Observar las manos de quien cocina.
El movimiento del viento entre los objetos colgantes.
Las risas ajenas.
Convertir el ruido en detalle.
Y así…
todo se volvía más ligero.
Entré a un mercado que fue más un universo.
Colores intensos.
Olores que al principio rechazaba… y después empezaban a volverse familiares.
Había algo fascinante en lo desconocido.
Comí en un lugar que, de no ser por recomendación, jamás habría elegido.
Y aun así… fue perfecto.
Como si este viaje no estuviera hecho para entenderlo.
Sino para vivirlo.
Esa tarde, de regreso a casa, el mapa me indicó cruzar un parque.
Y algo cambió.
No fue inmediato.
Fue una sensación.
El aire.
El sonido.
La forma en la que el viento movía las hojas.
Me detuve.
Y entonces lo sentí.
Ya había estado ahí.
No físicamente.
Pero sí… antes.
Caminé sin pensarlo.
Como si el lugar me estuviera llamando.
Al final del sendero…
la vi.
La banca.
Frente al lago.
El mundo se quedó en silencio.
Me acerqué lentamente.
Mis manos tocaron la madera.
Y la reconocieron.
Como si guardara memoria.
Mi cuerpo se erizó por completo.
No era un déjà vu.
Había soñado con este lugar toda mi vida.
Y ahora… estaba ahí.
Las lágrimas llegaron sin pedir permiso.
Descubrí que los sueños sí se cumplen.
Pero este… no estaba completo.
Faltaba ella.
El parque lo tenía todo.
Menos su sonrisa.
Aun así… algo dentro de mí se acomodó.
Como si esto fuera una señal.
Como si cada paso me estuviera acercando más.
Me quedé ahí un rato.
En silencio.
Respirando.
Porque hay momentos que no se viven… se reciben.
Y este era uno de ellos.
Cuando regresé a casa, Som estaba ahí.
Cámara en mano.
Como cualquier fotógrafo que no puede vivir sin ella.
—Te perdiste —dijo, sin levantar la vista de lo que estaba revisando.
—Me encontré —respondí, sin pensarlo.
Sonrió.
—Eso suena más interesante.
Se dejó caer en el sofá.
—Como sabes, trabajo en una casa productora —dijo—. Bueno… algo así. Fotografía, vídeos, sets, campañas, series, películas. Caos bonito.
La miré, curiosa.
—Estamos por empezar un proyecto nuevo —continuó—. Y necesitan flores.
Sentí algo moverse dentro de mí.
—No flores como decoración —añadió—. Flores como parte del concepto.
Silencio.
—Pensé en ti.
—¿En mí?
—Sí. Es curioso… ya vi tu trabajo y tu estilo encaja con lo que buscan.
No pregunté más.
Porque últimamente… las cosas no necesitaban explicación.
—¿Te interesa? —preguntó.
Miré mis manos.
Pensé en el parque.
En la banca.
En May.
En Malee.
En ella.
—Sí.
Som sonrió.
—Perfecto… entonces prepárate.
—¿Para qué?
Se encogió de hombros.
—No tengo idea.
Y por alguna razón… eso no me dio miedo.
Esa noche, antes de dormir, no pude dejar de pensar en todo.
El parque.
La banca.
El proyecto.
Y esa sensación constante de que algo… estaba por suceder.
No sabía qué.
No sabía cómo.
Pero lo sentía.
Como una puerta a punto de abrirse.
Y lo que no sabía…
era quién estaría del otro lado.
PARTE III
El encuentro
Algunas almas no se conocen…
se reconocen