Todas las orquídeas me llevan a ti (Tres vidas y sigues siendo tú 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

(El viaje a habitarme)

Hay recuerdos que no regresan para doler.

Regresan para explicarte cosas que no entendías.

A veces aparecen sin aviso.

Como una imagen clara que no sabías que seguías guardando.

Volví a ese día…

el día que cumplí diez años.

Mi padre me llevó a pescar por primera vez.

Era una tradición.

Había comenzado con mi abuelo cuando él tenía mi edad, y ahora quería continuarla conmigo.

Recuerdo que estaba emocionado.

No de una forma tranquila…

sino desbordada.

Como si, por un momento, hubiera dejado de ser adulto, para ser un niño conmigo.

—Creí que este día no llegaría —me dijo, apenas subimos al bote—. Esperé diez años para esto, Ammar. No sabes lo feliz que me hace estar aquí contigo.

Su entusiasmo me envolvió.

Yo también estaba feliz.

No por pescar.

Por él.

Lanzamos la caña al agua y esperamos, en silencio.

Pero mi atención no estaba ahí.

Frente a nosotros, una familia de patos se robó mi atención.

—Papá, ¡patos! vamos a contarlos —le dije—. Inventemos sus personalidades.

Aceptó sin dudarlo.

Y así, en medio de un lago tranquilo, empezamos a imaginar quiénes eran esos seis patos.

Cuál era el líder.

Cuál el distraído.

Cuál el que seguía a todos.

Hasta que dos de ellos comenzaron a pelear.

Se lanzaban picotazos, abrían las alas, chocaban entre sí con una intensidad que me hizo tensarme.

—Papá… están peleando —dije—. ¿Por qué pelean?

Él no se alteró.

—Descuida, cariño —respondió con calma—. No se están haciendo daño. Solo están resolviendo algo en lo que no están de acuerdo.

Lo miré.

No completamente convencida.

Pero entonces… dejaron de hacerlo.

Se separaron.

Se sacudieron las alas.

Y siguieron nadando con el grupo… como si nada hubiera pasado.

—Mira, papá… ya lo solucionaron —dije, sorprendida.

Sonrió.

—Los patos tienen algo que muchos olvidamos —explicó—. Resuelven situaciones incómodas en el momento. No acumulan. No cargan. Sacuden sus alas… y siguen descubriendo el mundo con su grupo.

Minutos después, la caña se tensó.

Un tirón fuerte.

Mi padre reaccionó de inmediato, jalando con fuerza mientras giraba la perilla.

—Es grande —dijo, concentrado.

Pero algo en mí…

se movió.

—Detente, papá. Detente.

—¿Qué pasa, Ammar? Si no tiro, no podré sacarlo.

—Déjalo.

El pez se soltó.

Desapareció en el agua.

Mi padre me miró, confundido.

—¿Está todo bien?

Sonreí.

—Papá… dejemos que los peces resuelvan sus propias situaciones incómodas. Para que después puedan seguir descubriendo el mundo.

Hizo una pausa.

Y luego…

sonrió.

—Creo que me gusta más esto —dijo—. Observar a los patos. Será nuestra nueva tradición.

Ese día… rompí una tradición.

Y sin saberlo… empecé otra.

Porque con el tiempo entendí algo:

Ser un pato… es una decisión.

Sacudirte.

No quedarte con lo que pesa.

No cargar lo que ya pasó.

Seguir.

Guardé esa idea.

Sin saber que un día la iba a necesitar tanto.

Desde entonces…

ninguna situación pesa igual.

—

Irse no siempre es escapar.

A veces…

es regresar a algo que todavía no conoces.

—

Tomar la decisión fue silencioso.

No hubo anuncios.

No hubo grandes despedidas.

Solo un momento en el que entendí que quedarme ya no era una opción.

Organizar todo fue más fácil de lo que imaginé.

Dejar el restaurante en manos de Oto no se sintió como abandono…

sino como continuidad.

—Vete —me dijo, sin dramatismo—. Si no lo haces ahora… no lo vas a hacer nunca.

No preguntó a dónde.

No hizo intentos de detenerme.

Como si supiera…

que esto no era una decisión.

Era un llamado.

Lo curioso…

es que no sentí miedo.

Sentí algo distinto.

Como si, en lugar de lanzarme al vacío, estuviera caminando hacia algo que de alguna forma… ya me estaba esperando.

Elegir el destino tampoco fue complicado.

No hice listas.

No comparé opciones.

No lo pensé demasiado.

Tailandia.

El nombre apareció en mi mente con una naturalidad extraña.

Y en ese momento, pensé en May.

No porque ella viniera de ese lugar…

sino porque su voz se metió en mi cabeza.

“Ya estás en camino.”

No tenía una razón lógica.

No conocía a nadie ahí.

No había estado antes.

Pero había algo.

Una sensación.

Un hilo invisible tirando de mí en esa dirección.

Y decidí seguirlo.

El día del vuelo llegó sin dramatismo.

Una maleta.

Un boleto.

Y una vida entera que, por primera vez, no estaba completamente definida.

—

El aeropuerto siempre me había parecido un lugar extraño.

Personas yendo y viniendo, historias cruzándose sin tocarse realmente, despedidas que pesan, encuentros que prometen.

Ese día…

yo era parte de todo eso.

Mientras esperaba abordar, observé a mi alrededor.

Familias abrazándose.

Parejas despidiéndose.

Viajeros solitarios como yo, con la mirada fija en algún punto que solo ellos entendían.

Y por primera vez en mucho tiempo… no me sentí sola.

Me sentí en tránsito.

El vuelo fue largo.

Pero no pesado.

Miré por la ventana más de lo necesario.

Las nubes, extendiéndose como un paisaje infinito, me dieron una sensación extraña de calma.

Como si estuviera suspendida entre dos versiones de mí misma.

La que fui.

Y la que estaba por ser.

Dormí poco.

Pensé mucho.

Pero no desde la ansiedad.

Desde la apertura.

Por primera vez en años, no estaba tratando de controlar lo que venía.

Solo… estaba dejándolo llegar.

Cuando aterrizamos, el cambio fue inmediato.

El aire.

El sonido.

La energía.

Todo era distinto.

Bangkok no te recibe con suavidad.

Te envuelve.

Las luces parecían moverse incluso cuando estaban quietas.

El ruido no era caos, era ritmo.

La gente caminaba con una velocidad que no dejaba espacio para la duda.

Era un lugar vivo.

Intensamente vivo.

Y yo…

me sentía despierta.

Los primeros días fueron una mezcla de descubrimiento y adaptación.

La ciudad es fascinante.

Calles llenas de aromas que no sabía nombrar.

Mercados donde cada objeto parecía tener una historia.

Templos que transmitían una calma que contrastaba con todo lo demás.

Postes de luz con miles de cables entrelazados, que me daban la sensación de estar conectada al todo.

Caminaba mucho.

Observaba más.

No estaba buscando algo específico.

Pero tampoco estaba perdida.

Era una sensación extraña.

Como si estuviera exactamente donde tenía que estar… sin saber aún por qué.

Me hospedaba en el centro, en un hotel temporal.

La idea era conseguir trabajo y mudarme a un sitio más silencioso.

El idioma era un gran obstáculo.

A veces me preguntaba si había sido buena idea venir aquí.

Para las personas era evidente que extranjera.

Automáticamente me hablaban en inglés y eso me hacía la vida más sencilla, junto con mi traductor.

—

Con el tiempo… las flores empezaron a aparecer.

No de golpe.

No de forma evidente.

Pero sí lo suficiente para llamar mi atención.

En pequeños puestos.

En entradas de templos.

En manos de personas que parecían tratarlas con un respeto especial.

Orquídeas.

Siempre presentes.

Siempre sutiles.

Cada vez que las veía, algo dentro de mí se movía.

No como antes.

No con nostalgia.

Con reconocimiento.

Como si fueran una señal.

Hay señales del universo que no logramos ver cuando subimos el volumen mental.

—

Los días empezaron a tomar forma.

Nuevos lugares.

Nuevas rutas.

Nuevas sensaciones.

Y en medio de todo eso… apareció ella.

No de forma dramática.

No como un destino anunciado.

Sino como esas cosas que parecen coincidencia… hasta que dejan de serlo.

—

Un pequeño local.

Escondido entre otros.

Flores de todos los tipos y colores.

Pero no acomodadas al azar.

Había intención.

Había lenguaje.

Entré sin pensarlo, atraída por lo que vi a simple vista.

Y ahí estaba.

Me recordó a May en cuanto la vi.

Aparentaban tener la misma edad.

No levantó la mirada de inmediato.

Siguió trabajando, acomodando flores con una precisión que parecía más intuitiva que técnica.

—Llegaste —dijo finalmente.

Mi cuerpo se detuvo.

—¿Perdón?

Levantó la mirada.

Sonrió.

No era sorpresa.

Era… reconocimiento.

—Te estábamos esperando.

Fruncí el ceño.

—Creo que se equivoca de persona…

Negó suavemente.

—Las flores no se equivocan.

Sentí algo similar a lo que había sentido con May.

Esa incomodidad que no es miedo… pero tampoco es casual.

Antes de poder responder, habló de nuevo.

—Bienvenida, Ammar. May avisó que vendrías. No dijo cuándo, no dijo cómo… solo describió a una mujer extranjera, con tus características físicas y con un brillo natural que notaríamos de inmediato. Mi nombre es Malee.

Quedé sorprendida.

Pero de alguna forma sentía a May en la distancia, cuidando mis pasos.

De pronto… alguien llegó.

Más joven.

Más ligera.

Pero con una mirada curiosa que no perdía detalle.

—¿Eres tú? —preguntó, acercándose sin filtro.

—¿Yo?

—Sí… Ammar, la chica que May le recomendó a mi abuela. Yo soy Som, nieta de Malee —me observó como si intentara confirmar algo—. La chica de las orquídeas.

No supe qué decir.

Pero algo dentro de mí… ya estaba entendiendo.

May había planeado todo.

Solo dejó que yo siguiera mi instinto y encontrara el camino.

Malee me ofreció quedarme.

No como clienta.

Como parte del lugar.

—Trabajas con flores —dijo—. Aunque aún no lo practiques del todo, aquí conmigo puedes empezar.

No le conté que solo había trabajado en el restaurante y que no tenía mucha experiencia práctica con las flores.

Pero en este punto… ya no necesitaba explicaciones.

Acepté.

Y sin darme cuenta… el camino empezó a tomar forma.

Los días cambiaron.

Ahora había rutina otra vez… pero distinta.

Más ligera.

Más mía.

Malee decía que tenía un talento nato a la hora de crear composiciones florales.

La florería empezaba a tener más clientes.

Som se volvió compañía constante.

Hablaba mucho.

Preguntaba más.

—¿Tienes a alguien? —me dijo un día, sin rodeos.

La pregunta me tomó por sorpresa.

—No…

—Qué bueno —respondió, como si fuera una conclusión lógica.

Reí.

Som me recordaba a Aria en algunas cosas.

Era alguien con quien había aprendido a divertirme desde la presencia.

Y por primera vez en mucho tiempo… se sintió natural.

Tenía una nueva vida.

Una en la que estaba aprendiendo a habitarme.

Pero incluso en medio de esa nueva vida… había algo que no terminaba de acomodarse.

Una sensación.

Como si todo esto… fuera solo el inicio de algo más.

Hay lugares que no visitas.

Vuelves a ellos.