Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) Epílogo
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Epílogo

La mañana había sido de esas que se quedan pegadas a la piel y a la memoria, como los días tropicales del estío en Baztán, como las cruces sin nombre grabadas en la piedra.

Nash volvió al caserío cuando las Mitxelena ya se habían rendido a la siesta y la casa respiraba ese silencio denso y particular de las tardes de verano.

Intentó leer, pero terminó quedándose dormida en el sofá y despertó repuesta y agradecida por no tener pesadillas.

Aunque las marcas del cuello comenzaban a difuminarse, aún se estaba recuperando de otras heridas, esas de las que les había hablado solo a sus amigas.

Dos veces, mientras aún estaba en el hospital, se había despertado sintiendo las manos de Robert en torno a su cuello, y ni siquiera al abrir los ojos pudo borrar la sensación, que perduró unos minutos.

Pero desde que había regresado a casa de las Mitxelena no había vuelto a tener pesadillas.

Hacía tiempo que había descubierto que la mejor fórmula para exorcizar los malos sueños era bajar a la cocina a contarlos.

La peor pesadilla de Nash la sufría despierta.

La rancia dama de los reproches presentándose en los espejos, en los reflejos de los cristales y en el brillo de sus ojos cuando se despistaba y se encontraba con ellos, con su vieja y retórica pregunta: «¿Cómo pudiste ser tan tonta?

». Una noche se lo contó a las Mitxelena.

Susana disertó durante una hora sobre el daño que nos hace ser tan crueles con nosotras mismas.

Eva la abrazó. Y Beth le dijo: «¿En serio, Nash?

Me descojono», y lo dijo de aquel modo que denotaba que no lo hacía en absoluto.

Se sentó en la cocina con la puerta abierta a Elbete y dedicó preciosos minutos a observar a la gata Amy dormitando al sol y a remover un café que no llegó a beberse.

Las Mitxelena no parecían ellas en días como ese, como si no estuvieran hechas para tantas horas de luz: se desplazaban por la casa silenciosas, densas y lentas como niebla, sin apetito ni mucha conversación, luego dormirían hasta que estuviera a punto de ponerse el sol, y solo entonces volverían a ser ellas.

Nash estaba deseando que llegara ese momento.

Pensó que quizá Noah estaba en lo cierto: la vida estaba fuera.

Solo había que saber cuándo salir a buscarla.

Se preguntó cuándo estaría lista de nuevo.

En este tiempo Barezzi había llamado muchas veces y no todas para hablar del caso.

En la última ocasión le pidió a Susana que contestara por ella.

«Dile que estoy fuera y que no suelo llevarme el móvil», le dijo.

No era del todo mentira, y tampoco era del todo la razón.

Sabía que Barezzi ocupaba un lugar en su vida, pero no había decidido cuál.

Las últimas semanas la habían precipitado dentro de una obra en la que nadie le había preguntado si quería actuar.

Había aprendido que ciertas preguntas terminaban contestándose solas si se les daba el tiempo suficiente.

Cuando el teléfono sonó y vio que era Owen Mitchell, cerró los ojos un instante antes de descolgar. A él tenía que cogerle el teléfono.

—Nash —dijo Mitchell—. Hay algunas novedades. No quiero molestarte, pero es mi trabajo.

—Claro, Owen. Cuéntame.

—Karim ha solicitado su libertad bajo fianza. El juez se la ha denegado. Creo que pronto tendremos fecha para la primera vista del caso. Te lo comunicaré con tiempo, pero tendrás que venir.

Nash no contestó, pero suspiró profundamente.

Mitchell continuó:

—Ya sé que no quieres saber nada sobre esto, pero Margot me ha dicho que ha estado llamándote y que no le coges el teléfono.

—No sé cómo decirte que no...

—Sí, ya lo sé. Te da igual. Pero creo que esto deberías saberlo. Acaban de vender los derechos cinematográficos de Todas las noches, todas las ciudades . La novela sigue yendo como un tiro en todo el mundo. Y ha sido desbancada en el número uno por el ensayo de Newman, Los que paran .

Nash no contestó, dejó salir el aire hastiada, el abogado parecía el eco de los programas de televisión.

—Estoy seguro de que a Newman le habría gustado saberlo.

—Mitchell hizo una pausa—. También hay que decidir qué hacer con la mansión.

Elisa continúa allí con el resto de los empleados de mantenimiento.

¿Quieres cerrarla?, ¿quieres venderla? Ya sé que no te va a hacer gracia, pero Margot ha hablado de que no sería tan mala idea abrirla al público.

Nash resopló.

—Eso no va a pasar, Owen. Dile a Margot que no.

Se subió al coche y condujo apenas veinte minutos hasta el parking del hospital Virgen de las Nieves. El calor del asfalto distorsionaba el aire en ondas temblorosas.

El padre Sarasola la esperaba en el vestíbulo. El hospital no parecía un psiquiátrico. Era una construcción de piedra y cristal y rejas enclavada en el valle, rodeada de bosque. Cuando la vio llegar, se puso en pie.

—Nash. Gracias por venir.

La condujo hasta una sala de visitas que daba al jardín.

Era una sala pensada para contener el dolor de las familias, con ese mobiliario deliberadamente neutro que intenta no añadir tristeza a la que ya traen los que llegan.

Se sentaron frente a frente. Sarasola la miró durante un momento antes de hablar, como si estuviera calibrando algo.

—Antes de que lo vea, hay cosas que debe saber.

Nash apoyó las manos en las rodillas y esperó. Había estado muchas veces en salas como aquella, al otro lado de esa conversación, siendo ella quien calibraba y quien medía las palabras antes de soltarlas. Saber lo que venía no amortiguaba nada.

—Creemos que lo que le ocurre a Newman es definitivo.

Irreversible. —Se detuvo un momento, como si pensara el modo de continuar—.

En estos días hemos intentado de muchas maneras acceder a él, sin resultado.

Lo que nos hace creer que el sistema entero ha colapsado.

Seguiremos intentándolo, por supuesto. No vamos a rendirnos.

Nash asintió despacio. «Mutismo acinético», pensó.

La terminología llegaba sola, como un reflejo. Lo que tardó más en llegar fue el resto: que eso significaba que el hombre que le había enviado una carta cada 12 de febrero durante treinta y tres años estaba sentado en algún lugar de ese edificio sin saber que ella estaba allí.

—Ha recibido algunas visitas —continuó Sarasola—.

La prensa ha solicitado acceso en varias ocasiones.

Por supuesto, no se ha permitido ninguna.

—Hizo una pausa breve—. Su editora vino una vez.

Solo pudimos permitirle verle a través del cristal.

No hubo reacción. —Juntó las yemas de los dedos antes de continuar—: La doctora Duval llama todos los días.

Ha venido dos veces, y a ella sí le hemos permitido entrar. Tampoco hubo reacción.

Nash pensó en Patricia Duval caminando del brazo de Colt Star en el juzgado, en la sonrisa que ella misma había catalogado con tanta frialdad profesional hacía apenas unos meses. Pensó en lo que significaba volver dos veces a una habitación donde nadie te ve.

Sarasola la observó un instante.

—Quizá en otro momento deberíamos valorar usted y yo qué ocurrió entre la doctora Duval y el detective Star —dijo con esa precisión suya que nunca era casual—. Pero hoy no es el momento.

Nash no contestó. No era necesario.

—Porque hay algo que tiene que entender —continuó Sarasola, y su voz adquirió la cadencia particular de quien va a decir algo que ha medido mucho—: el anfitrión, el verdadero anfitrión, era el Imperdonable.

Y el Imperdonable ha muerto. O el sistema al menos así lo cree.

El detective Star lo ha matado, y la existencia del resto de las personalidades que fueron creadas para contenerlo ya no tiene sentido.

Sarasola alzó dos dedos y rozó suavemente su alzacuellos.

—Creemos que en alguna parte solo permanece el niño, el origen del trauma, pero el niño no habla, ¿lo recuerda?

Todas las personalidades han desaparecido y sin Kevin ni siquiera podemos saber si el niño sigue ahí.

En ocasiones, cuando se logra salir del trauma, estas personalidades infantiles revierten hasta un punto previo al trauma, y hay que tener esperanza de que haya sido así.

—¿Quiere decir que el trauma habría desaparecido?

—Doctora, la sanación no siempre implica necesariamente que el recuerdo desaparezca, sino que desaparece la respuesta emocional negativa. Pero, con las personalidades infantiles, a veces se produce ese pequeño milagro y retroceden hasta un tiempo previo a lo que causó el trauma.

—¿Y ese es el caso?

Sarasola la miró con algo que en otro hombre habría sido compasión, pero que en él era simplemente la capacidad de ver lo que hay.

—¿Sabe lo que es el silencio de radio en el ámbito militar, doctora?

—¿Cuando no se emite para intentar no ser detectado?

—Exacto. Se suspenden las comunicaciones por radio por parte de una unidad para evitar ser detectada por el enemigo. Al mantener el silencio, la unidad oculta su presencia, su movimiento, sus intenciones, y consigue una ventaja táctica. Pero no significa que no estén ahí.

Nash suspiró. Notó el peso del aire al salir.

—¿Qué quiere que haga?

—Nada. Solo entre ahí, deje que la vea, y lance su mensaje de radio.