90 #3
—La misma palabra ata las dos generaciones, Noah.
Newman vino a mi madre porque ella lo había entendido.
Robert vino a mí porque su padre me había amado, porque había amado a mi madre.
Una fascinación se convirtió en amor, la otra se convirtió en odio.
Pero las dos empezaron en el mismo sitio: en alguien queriendo ser visto. En un niño abandonado a su suerte.
Noah se quedó muy quieto. Después sacó una mano del bolsillo y la apoyó suavemente sobre el hombro de Nash. No dijo nada durante un rato.
—¿Qué sentiste al leer las cartas de Newman, las que te escribió a ti?
—Todavía no lo sé. Eran las cartas de un desconocido que me deseaba feliz cumpleaños y que me fueran bien los estudios.
Quizá esperaba otra cosa. O quizá habría sido distinto si las hubiera leído cuando era niña.
Cuando las encontré fue como encontrar escondidos los regalos de Navidad de tu infancia: hace ilusión saber que estuvieron ahí, pero no compensan todas las Navidades sin juguetes.
Cuando Noah habló, su voz sonó animada de nuevo.
—Me has hablado de este lugar, de tu madre, de Newman y de tus sesiones de psicoterapia punk, pero no me has dicho cómo te sientes al haber perdido al detective Star.
Tú misma has dicho que no llegaste a conocer al padre que te escribía, pero sí conociste al detective, me consta que teníais una relación especial.
Nash no contestó.
—La prensa habla de Newman. La policía habla de Newman.
Todo el mundo habla de Newman. Pero Sarasola, tú y yo sabemos que Newman nunca existió más que como una personalidad funcional.
El que estuvo, el que te acompañó, te guio y te protegió, el que te salvó la vida, fue él. ¿Cómo te sientes con eso?
Nash estuvo un momento más en silencio. Miró el mármol que brillaba demasiado, decidió que no le gustaba.
—Era más real que ninguno de los demás —dijo al fin, con una voz que había bajado un poco—. Eso es lo que más me cuesta entender. El más inventado de todos era el más real. El único que estuvo allí de verdad.
Noah asintió.
—Los mejores personajes siempre se escapan de las páginas.
Nash pensó en el despacho con el nombre en el cristal.
En el sombrero golpeando el muslo. En su voz diciendo: «No hable, querida.
Todo ha terminado». Pensó que había perdido a alguien a quien no sabía muy bien cómo llamar porque no había nombre para lo que era: no era su padre, no era un paciente, no era un personaje.
Era algo más raro y más difícil de nombrar, y probablemente más suyo que ninguno de los otros.
No dijo nada de eso. Pero Noah, que llevaba toda la vida aprendiendo a escuchar los silencios de la gente, lo oyó igual.
Maite alzó una mano desde la verja y sonrió serena.
Nash miró de frente a Noah.
—Debéis iros. Aún tenéis horas de carretera, y una nieta nueva os está esperando. Te acompaño a la salida; quiero saludar a Maite y darle la enhorabuena.
Esta vez fue Nash la que abrió los brazos. Noah la besó suavemente en la cabeza, miró por última vez la tumba de su amiga y después se volvió hacia Nash.
—No va a contestarte, porque no está aquí. Ve a la vida, Nash, y te hablará.
Caminaron juntos hacia la verja.
Maite la recibió con las dos manos tendidas.
—Noah no debería abrazar a nadie por el covid, ni irse a Escocia sin contármelo, ni hacer el loco en plena pandemia, pero no hago carrera con él, así que supongo que da igual —dijo estrechándole las manos.
—Enhorabuena, Maite. Acabo de enterarme de lo de vuestra nieta.
—La cuarta —sonrió Maite—. Una no se cansa nunca de esto, te lo aseguro.
—Tenéis cara de no haber dormido.
—Ni una hora. Y mírale —dijo señalando a Noah con la barbilla—, está más feliz que un crío.
Charlaron un momento, de la niña, del calor de aquel verano que no parecía Baztán, del largo camino que les esperaba de vuelta.
Fue entonces cuando oyeron el crujido de otros neumáticos sobre la grava.
Un coche se detuvo en paralelo al de Noah, en el camino.
Nash reconoció el de Amaia Salazar, que, al ver a sus acompañantes, permaneció dentro, discreta, hasta que Nash le hizo una señal para que bajara.
—Amaia, ven —dijo—. Te presento a unos amigos. Noah y Maite.
Hubo saludos breves, manos estrechadas, las fórmulas cálidas y rápidas de quienes se conocen por un instante en mitad de un sendero.
Después Maite y Noah subieron al coche. Noah se volvió hacia Nash un instante antes de cerrar la puerta, la saludó con una inclinación breve y esa sonrisa amplia tan suya.
Nash levantó la mano para despedirlos y los vio recorrer lentamente el camino hacia la carretera general.
Amaia se había quedado apoyada contra su coche con los brazos cruzados, pero no miraba a Nash. Miraba al vehículo que se alejaba con una expresión concentrada, como quien intenta ubicar algo que no termina de encajar.
—Ese hombre, Noah —dijo sin apartar los ojos del camino—. Tiene un acento. ¿Es inglés?, ¿escocés? ¿Es amigo tuyo?
—Supongo que sí, ahora es amigo mío —dijo Nash sonriendo—. Era amigo de mi madre. Y sí, es escocés. Se llama Noah, y es uno de los mejores detectives del mundo.
Amaia se volvió a mirarla.
—Noah Scott Sherrington —dijo mirando a Nash asombrada—. ¿Es él de verdad?
Nash asintió divertida.
—¿Lo conoces?
—¡Noah Scott Sherrington! —exclamó Amaia Salazar sonriendo—. ¡No me jodas!