Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 90 #2
98%

90 #2

—Va en la línea de lo que has dicho antes, lo de tener un lugar reservado junto a los tuyos.

Me dijo que hay personas que de pronto se ven atrapadas por la atracción que ejerce el peso de los muertos: cuando tienes a más de ese lado que de este —dijo señalando los nombres en la lápida—, o cuando has muerto y has regresado y crees que no hay nada al otro lado, solo el frío oscuro, la piedra helada y las telarañas.

Nash cerró los ojos mientras volvía a ver en su mente el interior oscuro de la tumba y el ataúd de su madre.

—Siempre la he oído en mi cabeza, ¿sabes? Con su terapia punk, la oía siempre en momentos críticos, soltando su perla. Estuve sin escucharla unos días, justo cuando Newman me hizo llamar. De pronto, un día regresó, pero ahora ha vuelto al silencio. No me habla.

—Tu madre estuvo mucho tiempo callada, pero el día en que tuvo algo que decirme, encontró el modo de hacerlo, aunque estuviera sufriendo un ataque devastador. Volverá a hablarte cuando tenga algo que decirte, te lo prometo.

—Ella nunca dejó de confiar en ti, Noah.

—¿Y tú?

Nash se volvió a mirarlo, sorprendida.

Noah metió las manos en los bolsillos y miró un momento hacia el muro antes de decir:

—He hablado con Barezzi. Me llamó para hablarme del caso, y para pedirme disculpas: el inspector llegó a pensar que el asesino podía ser yo. Un bombero incendiario, dijo: uno de esos policías que se obsesionan tanto con un caso que terminan cambiándose de bando, convirtiéndose en lo que persiguen.

Nash lo miró.

—Como psiquiatra te digo que es raro, pero no imposible. Se han dado casos. No te lo tomes a pecho.

Noah sonrió.

—No, si no me ofende, y menos viniendo del Lobo. —Hizo una pausa—. Pero ¿y tú? ¿Llegaste a pensar que podía ser yo?

Nash le sostuvo la mirada.

—En ningún momento, Noah. No te voy a decir que no me molestara darme cuenta de que me estabas ocultando partes de la investigación, pero nunca creí que fueras tú cuando me lo planteó.

—Bueno, no se lo reprocho. Todos tenemos tendencia a pensar mal.

—Se encogió de hombros—. Conocí a su padre cuando estaba en activo, un perro de los malos.

Pero Barezzi es un buen policía. Esta mañana ha vuelto a llamarme, hay algunas novedades sobre Robert.

El apellido Hetfield lo tomó de la familia que primero le acogió y después lo adoptó cuando tenía catorce años.

Quedó solo después de que un incendio arrasara la casa en la que vivía con su madre, obesa y encamada durante años, su abuela y sus dos tías abuelas.

Todas murieron. Se abrió una investigación, pero no se pudo concluir la participación del chaval.

Así llegó al sistema. Las buenas personas que lo adoptaron se dieron cuenta enseguida de que algo no iba bien, le buscaron ayuda.

El psicólogo que lo trató dejó constancia de que probablemente había sufrido abusos toda su infancia, pero no pudo ser concluyente: el chico se negaba a hablar.

Nash, creo que le hicieron lo mismo que a...

Nash había permanecido con la mirada en el suelo, escuchándole. Levantó una mano, como si ya no pudiera más.

—Lo sé, Noah. Lo sé. —Tomó aire—. Barezzi vino a verme al hospital, y me llama así, cada día, con las novedades.

—Lo siento —dijo Noah sinceramente.

Nash meneó la cabeza como si quisiera deshacerse de un pensamiento obcecado. Y siguió hablando, aunque Noah supo que lo hacía para no tener que volver sobre aquella parte.

—Hoy me ha dicho que la policía irlandesa tiene la declaración de un operario de un aeródromo cercano a Derry que aceptó cinco mil euros por un repostaje de madrugada que no aparecía en los registros. Y que Annie Doyle sigue sin aparecer.

Noah asintió despacio y no añadió nada, estaba claro que haría falta algo más de terapia punk. Pero lo que dijo a continuación lo sorprendió:

—He vuelto a leer las cartas, Noah —dijo Nash bajando la vista hacia los nombres en la losa—. Muchas veces. Y he vuelto a ver la grabación del microfilm un montón de veces también. Cuando estaba en el hospital pensé que no podría hacerlo. Pero lo he hecho.

Noah no la interrumpió. Esperó.

—Las cartas las había leído ya antes. Cuando falleció mi madre las encontré en su casa, aunque por los pelos: le pidió a su vecina que las quemara —dijo sonriendo—.

Había un montón para mí, una por cada día de mi cumpleaños; había otro montón para ella, las había leído, aunque está claro que nunca las contestó; hablaban de mujeres del pasado, sombras que no habían significado nada, fantasmas.

Yo llegué a la conclusión de que mi padre había sido un mujeriego, creí que esa había sido la causa del fin de la relación entre mis padres.

Hizo una pausa.

—Ahora todo cuadra. De una manera muy cruel.

Noah inclinó la cabeza.

—No eran amantes —dijo Nash en voz baja—. Eran víctimas.

Estuvieron callados un instante.

—Y hay algo más en el microfilm —siguió Nash—.

Algo que mi madre estableció con una claridad que todavía me deja sin aire.

Newman no llegó a ella por casualidad. La siguió desde Bilbao.

Sabía que ella lo había estudiado, que había trabajado contigo, que había entendido lo que le había pasado.

Necesitaba conocer a la única mujer que había sido capaz de leerlo por dentro. Fue a buscarla.

Noah respiró hondo. Asintió despacio antes de hablar:

—Tu madre hizo en días lo que la policía no hizo en quince años.

Los investigadores fueron incapaces de entender cómo distinguía John Biblia a las mujeres que tenían la menstruación, ni mucho menos por qué las mataba precisamente entonces.

Solo con la tercera víctima empezaron a sospechar que esa coincidencia tenía algún significado.

Imagínate, ni siquiera había mujeres en la policía.

Cuando años después yo retomé el caso, sabía que la menstruación era un disparador para él, pero no entendía por qué.

Estaba tan perdido como los primeros investigadores.

Fue tu madre, Nash. Fue Natalia la que estableció cómo y de dónde provenía el dolor, qué le habían hecho en aquella casa, qué habían hecho aquellas mujeres a un niño.

Validación criminal. Me ayudó a entrar en su mente, a entender su pulsión para poder adelantarnos un paso a él.

Hizo una pausa breve, como si midiera lo que venía.

—Una cosa es cierta, Nash: creo que nadie llegó a conocer a ese hombre como Natalia, ni lo que había sido capaz de hacer, ni lo que era completamente imposible que él hubiera hecho.

Creo que eso era exactamente lo que trataba de decirme cuando me llamó el día que sufrió el ictus.

Que lo que había dentro de aquel fardo, por más que se pareciese, no era obra de él.

Nash sintió que algo se le aflojaba debajo del esternón, en el mismo lugar donde días atrás, en el hospital, algo se había abierto sin nombre.

—Fascinación —dijo en voz baja, casi como si necesitara oír la palabra fuera para reconocer que había estado dentro—. Llegó a ella por fascinación, ¿verdad?

Noah la observó un momento antes de responder.

—Sí.

Nash se fijó en el muro. Las potokas pastaban a lo lejos, distantes y perezosas.

—No fue amor. No al principio. Fue otra cosa.

Era la fascinación que ejerce sobre alguien quien ha visto en él algo que ni él mismo sabía nombrar.

Una pulsión cognitiva, no afectiva. —Hizo una pausa—.

Después se convirtió en amor, lo sé, lo cuenta ella misma.

Pero el origen no fue amor. Fue reconocimiento.

Noah asintió con esa calma suya.

—Y eso es lo más perturbador —continuó Nash—.

Y a la vez lo más bello. Y por eso es tan real.

Mi madre se enamoró de un hombre que vino a ella porque había sido entendido.

Y él se quedó porque ella siguió entendiéndolo cuando creyó saber lo que había hecho.

Él se lo decía en sus cartas: «Que tú pudieras verme como soy de verdad era parte de mi acto de contrición».

Estuvieron callados un momento.

Y entonces Nash sintió que el frío se le instalaba en otro lugar. Porque la palabra fascinación no se quedó solo en su madre y en Newman. Bajó por dentro hasta encontrar a Robert.

Noah pareció leerlo en su cara, porque preguntó:

—¿Qué?

—Robert también vino a mí por fascinación —dijo Nash, y la voz le salió más baja todavía—. Pero al revés. En una versión grotesca y depredadora. No me buscaba a mí.

Noah no dijo nada, pero Nash vio que apretaba la mandíbula.