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Por culpa de las novelas de la Redondo, la mayoría de la gente creía que siempre llovía en Baztán, pero lo cierto es que en verano había días muy calurosos, y este pasaría a la historia como uno de los más cálidos.
El bosque atlántico concentraba toda su humedad en nubes rosadas que se posaban sobre las copas de los hayedos, la temperatura subía con ínfulas tropicales, se despejaban los cielos con los vientos que llegaban desde el Cantábrico, y en ocasiones se producían cuatro o cinco días seguidos de más de treinta y cinco grados con un nivel de humedad tan alto que el verde refulgía como una esmeralda; las potokas pastaban solitarias y calmosas, y las ovejas, liberadas de su lana, correteaban como no lo harían el resto del año.
El río Baztán descendía tranquilo bajo Txokoto, y en estos días era posible ver a los niños de Elizondo bañándose en la presa cerca de los patos, y a los turistas haciendo fotos desde el puente.
En días como este, Baztán no parecía Baztán.
Nash atravesó la cancela del cementerio de Elbete asegurándose de cerrar la reja a su espalda.
Por el camino se había inclinado varias veces junto a la senda para recoger las diminutas florecillas con las que compuso un ramo: zapatitos del Niño Jesús, azules y minúsculos, y pasmo belarra, con su color coral y el recuerdo de su amargor infusionado para siempre con las anginas de la infancia y con las manos de su madre, que administraba el remedio con la misma indiferencia clínica con que habría recetado cualquier otra cosa.
Caminó hasta el mausoleo de mármol donde estaba enterrada Andrea. Dividió el ramito en dos y dejó unas pocas flores sobre la losa, componiendo una breve sonrisa al ver la coronita de rosas de pitiminí que alguien había dejado.
Avanzó sobre la tierra abierta e irregular, tejida por los topos como cordones en relieve, hasta llegar a la tumba de su familia.
Leyó los nombres de sus muertos. Y reparó entonces en que abajo a la derecha, casi invisible por efecto del brillo del sol, el marmolista había tallado una pequeña cruz.
Nash se agachó para tocar la textura de la talla con la yema de los dedos.
La había añadido sin que ella se lo pidiera, siguiendo una costumbre baztanesa tan antigua que ya nadie recordaba exactamente cuándo había empezado: una cruz anónima por los niños que morían sin bautizar, por los niños que morían sin nombre, por los que se iban antes de que el mundo supiera que habían estado.
Nash se preguntó por qué lo habría hecho.
Quizá por costumbre, de la misma manera en que se hacen las cosas que se llevan haciendo tanto tiempo que ya no necesitan razón.
O quizá en honor al recuerdo de aquella mujer que, llorando ante la tumba, le había contado que tenía que enterrar a una criatura.
Al principio Nash no había entendido; incluso le había parecido cruel que, pocas horas después de parirla, aún con la pulsera del hospital ceñida en su muñeca, hubiera sido capaz de decirle a aquel hombre que tenía que enterrar un aborto.
Ahora lo entendía. Eso era exactamente lo que habían enterrado. Su corazón abortado.
Entornó los ojos, molesta: el mármol nuevo brillaba demasiado bajo el sol, blanco, pulido y reciente, con esa honestidad un poco brutal de las cosas que no han tenido tiempo de adquirir pátina. Volvió a pasar los dedos por la cruz.
Entonces oyó el crujido de los neumáticos sobre la grava suelta del camino.
Después, las puertas de un coche. Nash no se volvió; ya sabía quién era.
Se irguió solo cuando oyó el gemido de la cancela.
Vio a Maite, que se había detenido en la entrada y la saludaba con una leve inclinación de cabeza mientras Noah avanzaba hacia el interior del camposanto.
Nash notó la mirada fugaz de Noah hacia la tumba de Andrea, un instante antes de que llegara a su lado.
No llevaba mascarilla y, cuando estuvo a su altura, antes incluso de mirar la sepultura, abrió los brazos. Nash, sin pensarlo, se fundió en ellos.
Noah era alto y fuerte; su abrazo fue firme y cálido, y Nash hundió la nariz en su americana mientras aspiraba el aroma e intentaba contener la emoción.
—Qué bien hueles —dijo arrobada.
Él se separó un poco, pero evitando hacerlo del todo, y le tomó la mano.
—A pura vida —exclamó mirando alrededor—. Quizá este no sea el lugar más indicado para dar esta clase de noticia, pero esta madrugada ha nacido mi nieta. Venimos directamente del hospital. Huele a galletas de mantequilla. Es mi cuarta nieta, Nash, y nunca deja de sorprenderme lo bien que huelen.
—Felicidades, Noah. Sin duda no puede haber un lugar más indicado para dar esa clase de noticia. A mi madre le habría gustado saberlo.
Él miró la tumba sin soltarle la mano, y Nash supo que, del mismo modo que ella, estaba leyendo los nombres. Permaneció un momento en silencio y después se giró de nuevo hacia ella.
—¿Cómo estás, Nash? —No era una cortesía.
Ella lo miró a los ojos.
—Estoy bien —dijo soltándose de su mano.
—¿Estás segura?
—Sí, Noah. Estoy segura. —Se dio cuenta de que no parecía convencido.
Se volvió para mirar por encima del muro hacia los montes—.
Es este lugar, ¿sabes? El padre Sarasola me dijo que yo pertenecía a este sitio, que Baztán me había elegido y que de modo inevitable volvería.
En aquel momento me pareció una perogrullada, pero resulta que es verdad. Supongo que ahora vivo aquí.
—¿En casa de tus amigas? Creía que tenías tu casa en Donosti.
—Sí, yo también lo creía. He vuelto un par de veces a ese piso, y ahora casi no puedo entender cómo podía vivir allí.
No es una casa, Noah. Es Islandia. Blanca, preciosa y llena de luz, con una aspiración de vacío que resulta sobrecogedora.
Pero ya no es mi casa. De momento vivo con las Mitxelena, aunque lo cierto es que me estoy planteando reconstruir el caserío de mi familia.
Noah alzó las cejas.
—¿El que se quemó?
—Sí. Mi madre me dejó el solar y los terrenos en su testamento, la casa de Donosti, y otra en Zarautz.
—Sonrió señalando la tumba—. Y también soy la orgullosa propietaria de un panteón familiar y un sitio para que escriban ahí mi nombre.
Además, soy la administradora de todas las propiedades de Newman, así que será por casas.
Y, sin embargo, solo aquí siento que está mi lugar.
Estuvieron callados un rato. El sol de verano caía vertical, y el mármol arrancaba destellos que hacían daño a los ojos. Noah comenzó a reírse, y ella se volvió a mirarle. Él señaló la losa.
—¿Es esta la tumba que abriste? —dijo meneando incrédulo la cabeza mientras miraba alrededor, como constatando que era un cementerio.
—Sí, bueno. Hace unos días tenía otro aspecto, digamos más accesible.
Noah redobló sus carcajadas.
—¿En serio?
Ella también sonrió.
—Fue en plena noche y tuve algo de ayuda —dijo tomando conciencia de pronto y cubriéndose el rostro con ambas manos mientras los dos reían a carcajadas—. Aún no puedo creer que lo hiciera.
—¿Que lo hicieras tú, o que lo hiciera ella?
Nash se quedó en silencio. Y lo que Noah dijo a continuación se le clavó en el pecho.
—Sois muy parecidas.
—¿Tú lo crees?
—Digna hija de tu madre. Ella tuvo los redaños de tomar una decisión tremenda en un momento muy difícil, y tú la replicaste de modo casi idéntico cuando te tocó a ti.
Nash pareció pensarlo.
—¿Crees que de alguna manera también seré digna hija de mi padre?
Noah inclinó la cabeza hacia un lado mientras la miraba.
—Leí su ensayo. Los que paran . Quizá la lección más importante que se puede extraer tanto de lo que escribió como del modo en que vivió es que uno no puede elegir quién es, pero sí quién quiere ser y cómo quiere vivir.
Y cuando ese convencimiento es total, no para contárselo a los demás, no para que nadie lo sepa, independientemente de lo que todos opinen, puedes ser quien quieras.
Y a menudo la persona más importante que puedes elegir ser eres tú mismo.
Nash cerró los ojos y suspiró con fuerza.
Noah asintió despacio y no añadió nada más sobre el asunto. Conocía la relación que había habido entre ellos y no era hombre que se recreara en el dolor ajeno. Solo después de un silencio, cuando vio la forma en que a Nash se le había quedado la mirada fija en la tierra, preguntó:
—¿Y respecto a Robert?
—Bueno..., pensé que me afectaría más, pero en el fondo no tiene tanta importancia.
Noah la miró analítico.
—¿Llegaste a sentir algo por él?
—Sí, supongo que de algún modo. Pero no tienes que preocuparte, Noah, vivo con tres psicólogas punks. Me hacen terapia a diario.
—¿Punk?
—Sí. Punk, destroyer y anarquistas, como una letra de Sex Pistols.
—No será tanto. —Rio.
—Lo son y funciona. Ayudan a relativizar. El drama no les va más de cinco minutos; después ponen música y abren vino. Así que he tenido que admitir que en realidad no fueron más que un par de besos, y sin duda he pasado por rupturas más duras.
—Bueno..., nunca me habría atrevido a decirlo así, pero ya que te va la terapia punk: intentó matarte.
Nash tomó aire y sopló vaciando los pulmones.
—Eso es verdad —admitió—. Pero tampoco es la primera vez que alguien lo intenta: mientras sacaba la momia de la sima de Legarrea me dispararon en plena noche.
Y mi anterior novio me despidió por no dejarle apropiarse del hallazgo y, antes de eso, estuvo años firmando mis artículos científicos con su nombre.
Noah asintió repetidamente con una cadencia rítmica mientras los labios se apretaban en un rictus de concesión.
—Vaya... Tengo que reconocer que la terapia punk funciona. Pero que esas amigas tuyas no se la apropien: la doctora Natalia Elizondo ya aplicaba esa terapia mucho antes de que todas vosotras nacierais. Ella fue la que me habló del peso de los muertos.
—¿El peso de los muertos?