89
La cocina del caserío Mitxelena era un corazón, pensó Nash, vivo, cálido, siempre en movimiento, como si la corriente del río Baztán atravesase la casa, invisible y constante.
Susana y Eva se habían sentado en torno a la mesa.
Del televisor que alguien se había dejado encendido brotaba una musiquita comercial y lejana.
Beth puso una bandeja con patatas fritas sobre la mesa y se sentó mirando a sus comensales como si pasasen examen.
Nash observó los aromáticos trozos de carne en su plato.
—Esto lo reconozco. Es cordero al chilindrón, lo que comimos la otra noche, antes de...
—Sí —respondió Beth—, el otro día no lo disfrutamos, y no sé si fue porque estaba tensa, pero no me quedó tan bien como es habitual, así que lo he repetido. Cordero al chilindrón al estilo de Baztán, plato oficial de las profanaciones de tumbas.
—¡Joder! —rio su hermana.
Nash esbozó una leve sonrisa. Mientras miraba a Beth negando ante su franqueza salvaje, la sonrisa le subió a los ojos.
—Muy punki, Beth.
—Pero no demasiado. A ver, Nash, si lo piensas, no es la primera vez que profanas una tumba, sacaste a Andrea de la sima de Legarrea y después a la momia andarina que todavía me da escalofríos.
—Protesto —rebatió Eva—. No hay ninguna prueba de que anduviese sola por ahí.
Beth tomó una copa de vino y la alzó como si señalase con ella a su hermana y a un tribunal imaginario.
—Eva, si yo te comprendo —dijo Beth como si en efecto lo hiciera—.
Si yo me dedicase a lo mismo que tú, no querría dar cabida a la posibilidad de que los muertos se levanten, pero no podemos olvidar que tenemos antepasadas que fueron condenadas por el inquisidor De Lancre.
En mis meninges cabe perfectamente la posibilidad de que los muertos caminen.
En las adecuadas circunstancias —añadió puntualizando para acallar las protestas y las cejas alzadas de su madre y su hermana.
Eva rio a carcajadas antes de contestar.
—Beth, paleta, en las meninges no hay pensamiento.
—En las mías sí. Tengo anatomía de bruja, en mi cuerpo son conscientes hasta las uñas de mis pies.
Nash intervino sonriendo:
—No sé si me gusta el título de alimento oficial de las profanaciones de tumbas, pero está muy bueno. Y tienes razón, el otro día no lo disfruté, y está buenísimo.
—¿Te ha gustado en serio? —preguntó Beth mimosa.
—Desde hoy, uno de mis platos favoritos.
—¿Lo veis? Ingratas —dijo Beth mirando a las demás con fingido desdén.
La voz salía del televisor como un rumor de fondo al que nadie prestaba demasiada atención, hasta que una frase se abrió paso por encima de las demás: «...
y en las últimas horas no se ha vuelto a tener noticia alguna sobre el estado de salud del aclamado escritor internacional Benedict Newman, cuya última novela continúa... ».
Eva se levantó sin decir nada, apagó el televisor y puso música no muy alta.
Algo suave, instrumental, que, sin serlo, a Nash le recordó a Coltrane y al detective Star.
La cocina volvió a ser la cocina: los aromas a madera, a verde, a lino y a leña, el fuego de la cocina económica que habían encendido por costumbre más que por necesidad y que hacía rato que habían dejado de alimentar, porque el calor del incipiente verano entraba por la puerta entreabierta, junto con un retazo de sol que se derramaba sobre las baldosas.
Amy dormitaba en el regazo de Nash, que le acariciaba el lomo con un movimiento lento, casi maquinal.
Las tres la observaban en silencio. Había bajado la mirada hacia la gata.
Fue Beth la que habló, con esa manera suya de ir directa al grano, sin rodeos ni cautelas.
—¿Crees que Benedict Newman sabía que Robert era su hijo?
Susana y Eva la miraron alarmadas.
Beth levantó las dos manos.
—¿Qué pasa? Todas nos hacemos esa pregunta.
—Beth..., hija —dijo Susana con un tono entre el reproche y el reconocimiento, mezcla de qué bruta eres y tienes razón.
Eva intervino buscando la mirada esquiva de Nash.
—Nash, no tienes que contestar si no quieres, aunque en algún momento tendrás que hacerlo, para nosotras o para ti, pero tendrás que hacerlo.
Ella levantó la cara, las miró y empezó a hablar.
—No lo sé —dijo despacio—. Y no saberlo es lo que más me cuesta.
—Hizo una pausa, los dedos quietos sobre el lomo de Amy—.
En todo el tiempo que estuve en aquella casa, en todas las sesiones, en todos los silencios que aprendí a leer como un idioma nuevo, el escritor no apareció ni una sola vez, amigas.
No conocí a Newman. Al niño sí. Kevin, con su rabia de adolescente.
La Santa. El Carcelero. Hasta la sombra del Imperdonable, contenida.
Y Colt Star, sobre todo Colt Star. Pero Benedict Newman, no.
Eva sirvió un poco más de vino en la copa de Nash sin preguntar.
—Solo regresaba de madrugada —continuó Nash—.
Para cocinar, como tú, Beth —dijo dedicando una sonrisa a la chica, que le guiñó un ojo—.
Se levantaba en mitad de la noche, preparaba platos elaborados, disponía los ingredientes con el orden de quien sabe exactamente lo que hace, y después lo dejaba todo y regresaba a la cama.
Era el único momento en que volvía. Solo, de noche, sin testigos.
—Apretó los labios—. Y he pensado mucho en Robert observándolo desde las sombras.
Guardando esos regresos para él, atesorándolos, viéndolo cocinar durante horas y volver luego solo a su cama.
Limpiando después toda huella de que había estado allí.
Susana se había sentado frente a ella, con los codos sobre la mesa.
—Y por eso te preguntas si lo sabía —dijo en voz baja.
—Me pregunto si en algún momento, detrás de aquellos ojos azules y aquella educación impecable, Benedict reconoció algo en el hombre que contrató.
Un rasgo. Una manera de sostener la mirada demasiado tiempo.
O si simplemente vivió años con su hijo sirviéndole la mesa, bajándole el equipaje del coche, sin saberlo, mientras Robert contaba los días.
—Muy heavy —murmuró Beth.
—Sí —estuvo de acuerdo su hermana.
Nash tomó un trago de su copa.
—Y lo peor es que las dos posibilidades son igualmente monstruosas.
—Horrible, Nash —dijo Susana.
Nash continuó mientras asentía lentamente.
—Si lo supo, encontró el modo de convertir en servidumbre lo que le debía en filiación. Te doy trabajo, te doy un lugar en el mundo, y a cambio no existes. La crueldad que no necesita levantar la voz, la que no deja marcas, la que hasta puede parecer generosidad.
—La peor clase —sentenció Eva.
Nash acarició a Amy.
—Y si no lo supo, entonces Robert pasó casi dos años esperando una mirada que su padre era incapaz de darle porque ni siquiera sabía que la tenía.
—Dos niños con la misma historia de base —dijo Susana.
—Dos niños destrozados antes de serlo —asintió Nash—.
Dos infancias truncadas. Newman creó personalidades enteras para contener al monstruo que habían fabricado dentro de él.
Robert no tuvo esa suerte: se convirtió en él.
El mismo punto de partida, ninguna de las herramientas.
Y entre los dos, décadas de silencio, de espera.
Se quedó un momento mirando el fuego apagado, el rescoldo último que ya no daba calor.
Beth alargó la mano por encima de la mesa y robó un sorbo de la copa de Nash.
—Es una puta salvajada en cualquier caso —dijo—. Tanto si lo supo como si no. Y tú vas a tener que vivir con eso, Nash. Porque creo que las dos personas que lo sabían se lo han llevado a la tumba, cada uno a su manera.
Y Nash se encontró pensando que, de algún modo, dicho así, con esa brutalidad sin filtro que era la forma que tenía Beth de querer a la gente, pesaba un poco menos.
Afuera, el retazo de sol se había desplazado por las baldosas hasta tocar las patas de la mesa.
Amy se removió en el regazo de Nash, buscó una postura mejor y se durmió de nuevo.
Nash siguió acariciándola. No dijeron nada más, volverían a hablarlo muchas veces, porque ellas eran así.
Susana se levantó y fue hasta el equipo de sonido.
—¿Fiesta o siesta?
Nash dejó salir un grueso suspiro que quería ser alguna clase de resistencia, pero las chicas ya se habían puesto en pie. Eva estaba abriendo otra botella de vino, y desde el equipo de música atronó: Hey, hey baby!, I wanna know if you’ll be my girl.