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Gibson detuvo el coche en el camino polvoriento sin preguntarle nada, estaba seguro de que en buena parte la razón de que su amistad hubiese durado cuarenta años tenía que ver con que hacía mucho tiempo que había renunciado a preguntar.
Desde allí todavía se veía el tejado de Harmony Cottage, gris y hundido bajo el peso de los inviernos y del olvido, asomando tras el talud parcialmente derrumbado, como si el barro y la vegetación que había crecido sin control durante décadas hubieran decidido tolerarlo, pero solo apenas.
Consultó el reloj, sobraba tiempo para llegar al aeropuerto y el escaso equipaje de Noah estaba en el maletero.
Gibson había dado por hecho que entraría en la casa, y de algún modo también había decidido que él no lo haría.
Noah lo supo por el modo en que su amigo acomodó los brazos sobre el volante con la paciencia de quien se prepara para esperar.
Gibson ladeó la cabeza para observar a su amigo testarudo bajar firme por la vereda pedregosa.
Le sorprendió: Noah pasó de largo ante el camino que conducía a la puerta y tomó el sendero que descendía hacia la orilla, entre el brezo y la hierba alta y húmeda que le empapó los bajos del pantalón antes de que hubiera dado diez pasos.
El lago tenía esa quietud ambigua de las aguas que han guardado secretos desde hace mucho tiempo, una calma que no era paz, sino la superficie de algo que había aprendido a simular quietud.
En algún lugar bajo esa agua fría e inmóvil, en el lodo que ninguna tempestad había removido del todo en aquellos años, pensó, quizá quedaba algún vestigio de los huesos de Lucy Cross.
La niña del lago. La primera. La única a la que John no había elegido, una víctima propiciatoria escogida por la pulsión, por el descontrol, con algo que en aquella mente enferma debía de parecerse al amor, si eso podía llamarse así.
Imaginó el cataclismo interior al matarla, al revelarse como un monstruo, al descubrir lo que habían sido capaces de hacerle a un niño, hasta qué punto lo habían convertido en lo que era, y el horror de ese descubrimiento lo empujó a intentar acabar con su propia vida. Fracasó.
Y en ese fracaso encontró una señal: no debía morir, tenía una misión.
Viró su odio en la dirección acertada, hacia las verdaderas responsables, las sometió, las esclavizó bajo su tiranía y las mató una y otra vez identificándolas con cada una de sus víctimas.
Les reveló lo que hacía, involucrándolas en su barbarie y obligándolas a cargar, como sambenitos que señalaban su pecado, los trofeos que arrancaba a sus víctimas en la muerte.
Por eso las víctimas de Robert no encajaban.
Lo supo desde el instante en que vio la imagen de aquella princesa escocesa: no era John Biblia.
Cuando un depredador se ha especializado tanto no cambia de presa.
Ese pensamiento había estado ahí desde el principio, incómodo y sin nombre, y fue necesario volver hasta aquí para ponerle palabras: Robert repetía la liturgia del padre, pero con su propia pulsión: el pelo rojo de la doctora Elizondo, el de Nash.
Noah se tocó el pecho. Treinta y siete años atrás se había embarcado hacia Bilbao siguiendo una corazonada en un viaje que creía sin vuelta, y treinta y siete años después había tenido que regresar, y ahora no podía dejar de torturarse con la certeza de que durante ese tiempo había sido consciente en todo momento de aquella grieta que había quedado abierta.
La joven esposa. Nunca había sabido dónde cuadraba.
Recordaba las palabras de Gibson: para un hombre como John Biblia tomar una esposa era comprar problemas.
La esposa que no encajaba, la joven chica del pueblo de al lado, de cabello corto, tímida y bobalicona, robusta y perezosa.
La novia solitaria en sus fotos de boda.
La recién casada que dormía en un camastro junto a la madre y las tías de John. ¿Por qué?
Era probable que John la hubiera conocido en las proximidades del Bay Tarbet Hotel donde su madre y sus tías habían trabajado media vida, y donde la chica a veces hacía horas los fines de semana.
Imaginó el terror de sus tías al verle rondarla, no porque les importara demasiado la vida de la pobre chica, sino porque eran conscientes de que estaba demasiado cerca y de que no habían transcurrido tantos años desde la desaparición de Lucy Cross como para que, si volvía a desaparecer otra mujer cerca del lago, no tuvieran a la policía más pronto que tarde en la puerta de la casa.
Sabían que John no iba a renunciar; John era un cacique encaprichado.
Así que hicieron lo único que podían hacer: traerla a casa, convertirla en la novia formal, presentarla en sociedad, transformarla, convencerla de cortarse el pelo y cebarla como un cerdito.
Y John perdió todo el interés en cuanto la transformación comenzó porque ya no era lo que él buscaba, porque ya no era el blanco que su mente enferma necesitaba.
La pusieron a salvo para ponerse a salvo ellas, y no dejaron de vivir dentro de su propia jaula.
Noah no podría confirmar esa teoría nunca del todo, pero era lo más parecido a la verdad que iba a encontrar.
Empezó a llover.
Primero unas gotas sueltas, casi tibias, golpeando la superficie del lago con una delicadeza que contradecía todo lo que Noah recordaba de la lluvia en este lugar.
Después más. Una llovizna fina y continua que fue haciéndose más densa sin prisa, como si el cielo estuviera decidiendo. Noah no se movió.
Años atrás, cuando llegó a Bilbao siguiendo las huellas de John Biblia, tomando sin ningún criterio una medicación que era puro veneno y soñando que moría cada vez que se dormía, no podía soportar la lluvia, apenas podía tolerar el agua de la ducha en su rostro: le devolvía al instante en que murió con una fidelidad que ningún recuerdo habría alcanzado.
Tenía que ducharse de espaldas al chorro, girando la cara, protegiéndose de algo que ya no estaba.
Aquellos terrores habían desaparecido como por ensalmo cuando despertó con el corazón de Rafa latiendo en su pecho; roto de dolor y agradecimiento, le había hecho a Icíar, la madre de Rafa, la promesa más difícil de su vida.
Renacer es aceptar que has sido redimido con sangre nueva, con un nuevo corazón.
Un corazón limpio que borró los malos sueños, el peso de todo lo oscuro que Noah había arrastrado durante años, el miedo a morir sin haber amado, sin que todo el amor que tenía en el pecho tuviera un destino.
Y entonces, una de aquellas corazonadas, uno de aquellos pálpitos tan inexplicables como cargados de certeza, se instaló de nuevo en su alma: cuando sintió el corazón de Rafa en su pecho por primera vez supo, sin poder explicarlo, que algo seguía sin terminar.
No se lo había dicho a nadie, ni a Maite, ni a Lizarso ni a su cardiólogo.
Hasta que Natalia le visitó por segunda y última vez durante el año que permaneció ingresado y, entonces sí, porque Natalia era Natalia y porque con ella las cosas que no se decían a nadie encontraban el modo de salir. Le confesó que seguía teniendo el pálpito. Que no sabía cerrarlo.
Ella le escuchó sin interrumpirle. Después le dijo:
—Se llama efecto Zeigarnik. Las tareas inconclusas pesan más que las terminadas porque el cerebro no las archiva, Noah, se queda trabajando en ellas, esperando la oportunidad de cerrarlas. No es una obsesión, y no es una corazonada. Es arquitectura.
Hizo una pausa antes de continuar.
—Pero lo que tú sientes no es solo eso. Es el eco exacto de lo que ocurrió: lo atrapaste, Noah, lo detuviste, lo esposaste, y en el momento en que creías que había terminado se te escurrió entre los dedos.
No porque fallara tu trabajo, sino porque tu propio cuerpo te traicionó.
Y ahora llevas ese instante grabado en algún lugar que la razón no alcanza, esa sensación de manos vacías, de final que no llegó a ser final.
Es algo que ocurre a menudo en las personas que no pudieron ver al perseguido detenido, o muerto, o confirmado.
La historia que no cierra deja una deuda.
Y el cerebro no descansa hasta que la salda o la convierte en perpetua y corrosiva incertidumbre y aprende a vivir con esa tortura.
Los ojos de Noah se llenaron de lágrimas, y un grueso suspiro atravesó la mascarilla de oxígeno sobre su boca, llenando de vaho la mampara de cristal que había junto a su cama y que los separaba.
—Lo has atrapado, Noah. Lo has detenido.
Da igual si nadie en el mundo se entera: Lizarso y yo sabemos lo que ocurrió allí, el altísimo precio que has pagado.
Sacaste a un monstruo de escena, pero el destino ha querido que en la representación final volviera a escapársete entre los dedos, que no pudieras ir a reconocer ese cadáver junto a Lizarso, terminar de una vez, cerrar el capítulo, verlo con tus propios ojos.
Por eso sigues instalado en el pálpito, en la sensación de algo inconcluso, en la urgencia de lo que queda por hacer.
Pero ya has terminado, Noah. Ciérralo. Vive.
Pocas veces se tiene una segunda oportunidad, y tú has tenido dos.
Recuerda lo que le prometiste a Maite y hazlo.
Recogió su bolso del respaldo de la silla.
—Me voy de Bilbao, Noah. Esta ciudad está destruida mucho más allá del lodo que puede baldearse con un cubo y las piedras que pueden palearse.
Yo también quiero un nuevo corazón, quiero renacer.
Ya he tenido mi porción de efecto Zeigarnik, y el mío tiene que ver con salir a tiempo de las casas que se derrumban.
He cerrado la consulta y empaquetado mis cosas, me voy esta tarde.
Pero no me voy de tu vida, amigo. Te escribiré cuando tenga un número en el que puedas localizarme.
Y así, entre la desolación por su partida, había intentado entenderlo, había intentado razonarlo.
La había comprendido, y aun así había seguido sin poder cerrarlo durante cuarenta años.
Siempre supo que Natalia Elizondo acertaba en el diagnóstico, pero ninguno de los dos tenía entonces toda la información.
Ahora Noah levantó el rostro hacia el cielo y dejó que la lluvia le mojara la cara por completo.
El agua fría le recorrió las arrugas de la frente metiéndose en las comisuras de los ojos, corriendo por el cuello hacia el interior de la chaqueta.
El mismo lago. La misma lluvia escocesa que, como la de su amado Bilbao, no pide permiso.
Y, sin embargo, no era lo mismo, y eso era exactamente lo que había venido a comprobar: que podía estar aquí con la lluvia en la cara y que el cuerpo no recordara el instante en que murió, sino simplemente el frío del agua, lo que siente cualquier hombre bajo la lluvia de Escocia.
—Tres de tres, querida amiga —susurró mirando al lago, sabiendo que estuviera donde estuviera su mensaje le llegaría—. Quizá tenías razón y no se puede ir contra el destino, y de alguna manera estoy condenado a atraparlo sin atraparlo, a que se me escurra entre los dedos una y otra vez.
No habría juicio. No habría condena. No llegaría la mirada frente a frente que Noah había imaginado muchas veces sin reconocerlo como lo que era: la necesidad de que el monstruo supiera que habías ganado.
No había ganado de esa manera. Lo que había al otro lado del lago esta mañana era simplemente la ausencia del peso, la piedra en el suelo, los hombros descubriendo que podían aliviar la carga.
El motor del coche de Gibson se puso en marcha. No para irse. Para que Noah supiera que era hora.
Se quedó todavía un momento con la lluvia en la cara y el corazón de Rafa tranquilo en su pecho, ese corazón que iba a seguir latiendo en un mundo al que pronto llegaría su nieta.
Sacó el móvil del bolsillo y leyó una vez más el mensaje de Maite en el que le decía que su hija estaba ya en el hospital y la bebé nacería en las próximas horas.
Brindó mentalmente por aquella niña que todavía no sabía nada de lagos, ni de años, ni de lluvia escocesa, y solo debía saber que la amaban, que el mundo era grande, desconocido y suyo.
Bajó el rostro, se pasó la mano por la cara empapada y caminó de vuelta al coche.