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La camiseta llevaba impresa la cara de un rapero que estaba muerto.
Beth le había dicho que era Canserbero, Nash no tenía ni idea, pero la camiseta negra y grande no le recordaba a nada, que era exactamente lo que necesitaba.
El chándal, una donación de Eva, que le sacaba diez centímetros y los tenía todos en las piernas, así que el dobladillo se le abolsaba sobre las deportivas, que también eran prestadas.
Después de pasar el médico y darle el alta, una auxiliar había entrado en la habitación y le había dicho que podía vestirse.
Antes de salir, y sin pedir permiso, había encendido el televisor.
Mientras buscaba el mando para apagarlo, Nash había abierto la puerta del estrecho ropero.
Dentro, la ropa colgaba de la percha como un objeto extraño, y había decidido que no, no podía volver a ponérsela, habría sido como envolverse en la mortaja que el destino había elegido para cuando estuviese muerta.
Decidió que todavía no, que quizá en otro momento, otro día, en otra versión de sí misma que aún no existía, pero no hoy.
Por suerte las Mitxelena eran expertas en mortajas y en vestir muertos, ya habían sido sus proveedoras de ropa durante los meses de confinamiento que pasó con ellas en Elbete y, como si hubieran adivinado cómo se sentiría con la ropa con la que había estado a punto de morir, le habían procurado una distinta. Fue Beth la que le tendió la bolsa.
—Toma —dijo—. Ropa de emergencia.
—¿Otro rapero? —preguntó mirando la cara del fulano.
—Otro no, Canserbero. «No se muere quien se va, solo se muere el que se olvida» —recitó la chica.
Nash se detuvo y bajó la mirada mientras pensaba en el significado de sus palabras.
—Lo siento, Nash —se disculpó pesarosa Beth—. Quizá no sea el verso más acertado para hoy.
Nash la miró.
—Tú siempre aciertas, Beth, hasta cuando crees que te has equivocado.
—Me haré tarjetas de visita con tu frase —dijo inclinándose hacia Nash y dándole un beso breve en la cabeza—. Y una camiseta, hasta puede que haga tazas... Me voy a forrar —dijo mientras salía.
Se sentó en el borde de la cama y su mirada a través de la ventana se posó en un hermoso sauce que por su tamaño debía de haber resistido durante decenios las remodelaciones urbanísticas en torno al hospital.
Se sintió agradecida. Siempre le ocurría con los sauces, como si se hallase ante un templo que invitaba a entrar, a buscar alivio entre sus nervios de xilema.
La reminiscencia de su mente celta, o druida, suponía.
Las Mitxelena esperaban fuera a que terminara de vestirse.
Habían llegado la misma tarde del ataque.
Nash no recordaba exactamente cómo, ni quién las había llamado, ni cuándo habían aparecido, pero en algún momento en que había abierto los ojos las había encontrado allí.
Las tres, con ese modo suyo de ocupar el espacio sin estorbar que solo tienen las personas que han pasado mucho tiempo en los lugares más difíciles del mundo, junto al lecho de los que acaban de morir, junto al ataúd que guarda sus restos o en los bordes abisales de una sepultura.
Habían negociado con las enfermeras. Habían traído sustento de fuera, porque la comida del hospital, le había explicado Beth con total seriedad, era un insulto a la dignidad humana.
Y ahora habían venido a llevársela a casa.
Sobre la mesita, junto a la cama, los vasos de café solo que Nash había ido coleccionando casi como pruebas tangibles de cada visita seguían desprendiendo, aun fríos, su olor oscuro y penetrante.
Susana se había ofrecido a tirarlos, pero el aroma lograba anclarla a la realidad y a la vez la transportaba a la presencia de aquella máquina de café que la había acompañado la noche en que murió su madre, convirtiéndose en eco uterino y lugar de descanso que, lejos de deformarse en un recuerdo asociado a la muerte, seguía actuando en su mente como un áncora de cordura y vida.
Como si el dolor tuviera un aroma universal y hubieran decidido combatirlo con ese.
Susana entró con un ramo abundante de margaritas de colores, preparado con cuidado, ni tan caro como para significar algo, ni tan simple como para ser solo flores. Lo dejó a los pies de la cama.
—Las ha traído el inspector —dijo—. Me las ha dado en el pasillo, justo antes de entrar. Como si lo hubiera pensado mejor, pero al irse me ha pedido que te las diera.
Nash miró el papel de seda, rasgado en el lugar donde había llevado prendida una tarjeta que a última hora Barezzi no se había decidido a entregar.
—Parece que le gustas bastante —añadió Susana observándola con esa atención sin prisa propia de ella—. ¿Le llamarás?
Nash cerró los ojos, cerró los labios y negó suavemente con la cabeza.
Susana no insistió. Era la clase de mujer que no necesita que le expliquen lo que ya ha entendido.
Entró Eva con su hermana, traían nuevos cafés. Repararon de inmediato en la lata sobre la mesilla.
—¿Y estas galletas?
—Las trajo Margot, la editora de Newman —dijo Nash.
Eva cogió una.
—Pues están muy buenas.
—Menos mal que traía galletas —dijo Nash—.
No sabía qué decirme, supongo que todavía está decidiéndose entre el entusiasmo ante el gran éxito de ventas de los libros de Newman y asumir que se ha quedado sin autor.
—Nash quedó en silencio pensando que estaba siendo cruel con ella de un modo gratuito y añadió—: Y sin amigo.
—Putada —comentó Eva—. Pero buenas galletas.
Nash sonrió y, de pronto, el nombre de Newman desde la pantalla del televisor le robó la paz recién conquistada.
Apretó los labios; todo el mundo hablaba de Newman.
La prensa hablaba de Newman, cada una de sus visitas quería hablar de Newman, y a ella le llegaba el rumor del éxito de sus libros como un oleaje lejano y ajeno, al mismo tiempo que la certeza, esa sí íntima y sorda, de que el hombre que le había escrito una carta cada 12 de febrero no iba a volver.
Las dos cosas convivían sin tocarse, la euforia de fuera y la orfandad de dentro.
Las Mitxelena emprendieron una frenética e infructuosa búsqueda del mando del televisor. Ya sabía que no lo encontrarían, así que se puso en pie y las dejó allí buscando mientras se refugiaba en el baño.
Por la mañana temprano ya había dedicado un rato a mirarse al espejo.
El camisón azul del hospital era áspero y estaba arrugado, y las cintas de la espalda que a duras penas lograba mantener atadas se le clavaban en la piel con esa insistencia callada y sin importancia de las molestias pequeñas.
Estaba pálida. Los ojos habían adquirido un azul tan profundo y quieto que por momentos le recordaba a las profundidades abisales del océano que había visto en los de Robert.
Se tocó el cabello y lo desplazó hacia delante dejándolo caer a ambos lados del cuello.
Le gustaba así. Cubría las marcas. Ahora, vestida con la camiseta que llevaba impresa la cara de un rapero muerto, volvió a enfrentarse a su imagen.
Sabía con la misma certeza con la que sabía cualquier otra cosa de su oficio que había que hacerlo.
Que evitar el espejo tras un episodio de violencia no era pudor ni coquetería: era el primer paso hacia la disociación, el modo en que la mente empieza a construir una distancia entre lo ocurrido y quien lo vivió, entre el cuerpo dañado y el que no quiere reconocerlo.
Lo había explicado muchas veces en aulas y en consultas y en informes periciales, con la frialdad clínica de quien describe un mecanismo ajeno.
Ahora lo sabía también desde dentro, con esa diferencia brutal entre conocer una cosa y habitarla.
Así que se miró. Se miró con la misma atención metódica con que habría mirado a cualquier paciente recién salido del horror: el color de la piel, la calidad de la mirada, si los ojos respondían o se habían retirado a algún lugar más seguro.
Los suyos respondieron. Estaban ahí, profundos y quietos, cargados de algo que no era exactamente miedo ni exactamente tristeza, sino la mezcla de ambas cosas cuando llevan varios días sedimentando.
Los reconoció. Eso era lo que importaba: que se reconociera.
Que Nash Elizondo siguiera siendo Nash Elizondo al otro lado del cristal y no una figura borrosa a la que habría que ir a buscar.
Pensó en Benedict Newman. En todos sus discursos sobre la narrativa interna, sobre la necesidad de saberse, de nombrarse, de no vivir pegado a identidades adhesivas que tapan la herida en lugar de sanarla.
Y se preguntó si él lo había hecho alguna vez.
Si en algún momento de su vida extraordinariamente construida se había detenido frente a un espejo, solo, sin la pantalla, sin el traje, sin el perfume en la muñeca, y había mirado a los ojos al hombre que había al otro lado sin apartar la vista.
Si había tenido el valor, o si justo porque sabía mejor que nadie lo que eso significaba había dedicado toda su inteligencia y toda su disciplina a no tener que hacerlo nunca.
A construir en su lugar un sistema tan perfecto, tan habitable, tan brillantemente articulado que la huida pareciera arquitectura.
Pensó en Robert. Robert nunca había tenido el discurso.
Nunca había tenido las palabras, ni el concepto ni a nadie que le explicara que mirarse era un acto de supervivencia y no de vanidad.
Lo que Benedict Newman había logrado construir con décadas de trabajo y una inteligencia excepcional, Robert lo había heredado como ruina.
El mismo punto de partida, ninguna de las herramientas.
Y las consecuencias de no mirarse, para los dos, habían sido las mismas: tarde o temprano, el espejo te encuentra.
Era un acto pequeño. Clínico, casi banal. Y, sin embargo, le costó más de lo que esperaba.
Pero Nash era hija de la doctora Elizondo. Y, como había dicho el padre Sarasola con aquella sonrisa que no era del todo una sonrisa, era también una mujer de Baztán. Sabía lo que había que hacer.
Lo hizo.
Cuando salió del baño, las Mitxelena ya esperaban en la puerta.
Nash se acercó una última vez a la ventana.
El árbol seguía ahí, bailando con la brisa, sin deberle nada a nadie.
Pensó en los decenios de remodelaciones que había resistido, en todo lo que habían levantado y derribado a su alrededor mientras él seguía echando hojas, y le dedicó en silencio algo que se parecía a una despedida y también a una promesa.
Cogió la bolsa vacía.
Era hora de volver a casa.