Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 86
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Sentada en la cama del hospital, Nash miraba el techo, las paredes desnudas y los focos de luz blanca. Y aquel techo, aquella luz, la devolvieron sin permiso a la primera vez que había abierto los ojos en aquella habitación.

Había despertado varias veces durante las primeras horas, y otras tantas había vuelto a hundirse en el sopor espeso del calmante, sin saber muy bien qué era real y qué pertenecía a esa duermevela poblada de pesadillas. Pero hubo un momento en que abrió los ojos y supo que no estaba sola.

Sarasola se encontraba de pie junto a su cama.

La mirada de Nash regresó desde el reflejo que la ventana le devolvía de ella misma para posarse en el sacerdote.

En algún momento había sustituido la ropa ensangrentada por uno de sus impecables trajes y un alzacuellos impoluto.

Excepto por el vendaje que le cubría parcialmente la cabeza, presentaba el aspecto de autoridad y control que era firma indiscutible de su carácter.

La había tomado de la mano inclinando la cabeza sin decir nada; solo después de un rato Nash se dio cuenta de que estaba rezando.

Nash soltó la mano para llevársela a la garganta antes de hablar.

—Doctor, ¿cómo...? Usted me salvó al llamarle, al hacerle volver. ¿Cómo supo que reaccionaría?

—Nash, él era el único que podía ayudarla. Creo, de hecho, que esa personalidad fue creada para tal efecto: era el único funcional, el único capacitado para afrontar la violencia a ese nivel.

—Pero ¿cómo sabía que esa sería su reacción? —insistió ella.

—Porque desde el primer momento asumió una actitud protectora hacia usted, de algún modo paternal.

La presentó como su clienta, se adjudicó su protección, aceptó su caso y cuidó de usted en todo momento.

Me gustaría poder decir que estaba absolutamente seguro de cómo reaccionaría; de hecho, eso será lo que mantendré en las convenciones de psiquiatría.

—Sonrió beatífico—. Pero ante usted puedo admitir que fue una medida desesperada.

No tuve tiempo de pensarlo demasiado; estaba aturdido por el golpe, la visión nublada, la conmoción por la pérdida de sangre. Sin duda Dios cuidó de nosotros.

—¿Cómo está? —logró susurrar mientras levantaba la mano para señalar el vendaje de su cabeza.

—No es tan grave como aparatoso; me curarán debidamente en casa. De hecho, vengo a despedirme, salimos para Pamplona inmediatamente, y tenemos que hablar de Newman.

Nash se tocó de nuevo la piel magullada como si con el gesto pudiera acompañar su voz.

—¿Está...?

—Es una manera de hablar, Nash. No, no está: ni Benedict, ni el detective Star, ni Kevin, ni la Santa.

El sistema entero se originó en un niño muy pequeño, y me temo que ha tornado al punto de partida, a un lugar a salvo, antes de que el mal lo copase todo.

—Hizo una pausa, como si midiera cuánto podía soportar ella en ese momento—.

Habrá tiempo de hablar de todo esto con calma.

Hoy solo necesito que sepa lo esencial, y que tome una decisión.

Nash cerró los ojos un instante y los apretó con una fuerza que tensó todo el rostro.

—Su padre habita un mutismo acinético, y tengo dudas de que vaya a ser temporal.

Y esa es, además de comprobar cómo se encuentra usted, la razón de mi visita.

Lo estamos preparando para viajar. Nash, necesito que autorice su traslado a una de nuestras clínicas en Navarra.

Su abogado está de acuerdo en que en nuestro centro protegeremos mejor su privacidad que en este hospital. Créame, es lo mejor para él.

Entre la nebulosa del potente calmante, recordaba haber garabateado su firma.

—Piense, Nash, piense mucho. Y si tiene alguien de verdadera confianza, cuénteselo: quizá la inspectora Salazar, o alguna de esas tres mujeres que esperan en el pasillo. Hablar ayuda a entender. Pero por lo menos no olvide contárselo a usted misma, ya sabe, para la intrahistoria.

—«Me llamo Íñigo Montoya» —dijo Nash mientras componía algo parecido a una sonrisa—. No esperaba esto de usted; habría jurado que me recomendaría pasar página, dejar de pensar, tratar de olvidarlo.

Sarasola tomó aire de modo audible y suspiró antes de hablar:

—Crear un sistema de personalidades es, de una manera primigenia, eso mismo: sirve para parapetarse tras un escudo, para no afrontar una realidad.

En ocasiones, sobre todo cuando el trauma se produce en la infancia, es el único recurso que tiene la mente infantil.

Pero cuando somos adultos debemos tomar conciencia de que crear una de esas personalidades es como invitar a vivir en tu casa a un inquilino que no paga la renta y que hará reformas sin pedir permiso, convirtiendo tu hogar en algo totalmente diferente: una pequeña cabaña oscura en mitad del bosque tenebroso, o un magnífico palacio veneciano.

En ocasiones puede parecer tentador dejar a otro al mando, no pensar, no afrontar, pero se corre el riesgo de terminar siendo desahuciado de tu propia casa.

Nash asintió repetidamente y, mientras sentía cómo los ojos se le arrasaban en lágrimas, sin poder evitarlo, sus labios formaron un puchero casi infantil.

Antes de salir de la habitación, Sarasola volvió hacia la cama, como si hubiera olvidado algo. Le tomó la mano de nuevo y, por primera vez desde que se conocían, la tuteó.

—Te pondrás bien, Nash. Vamos a rezar mucho por ti.

Aquel recuerdo se deshizo despacio, como se deshacen las láminas de luz sobre el agua, y Nash volvió a la mañana, a la habitación de hospital vacía y al sonido lejano de las voces de las Mitxelena riéndose de algo en el pasillo. Pensó que era el mejor sonido del mundo.