Todas las noches, todas las ciudades (Los Valles Tranquilos 3) 85
94%

85

El teléfono de Nash no había dejado de sonar; vibraba de nuevo en su bolsillo mientras ella permanecía sentada en el suelo y apoyada contra el marco de la puerta, el borde afilado hería su cráneo.

Vio cómo el padre Sarasola ponía sus dedos ensangrentados sobre los ojos de Robert y los cerraba como si bajara un pesado telón.

Nash sacó el teléfono con manos temblorosas y se lo llevó al oído mientras sentía cómo el volumen de su garganta aumentaba por dentro, constriñendo sus cuerdas vocales.

—Nash, Dios mío, ¿estás bien? —La voz de Noah sonaba desesperada.

Ella murmuró un «sí» apenas audible.

—Robert es el hijo de John Biblia. No digas nada. La policía va hacia allí; he avisado a Barezzi.

—Está muerto —susurró Nash antes de volver a toser.

Cerró los ojos y sintió cómo sus brazos perdían toda la fuerza. Y aunque no llegó a soltar el teléfono, oyó el golpe contra el suelo.

Después, los gritos.

—¡Policía! ¡Abran! ¡Policía, vamos a entrar!

Lo siguiente que oyó fue cómo rompían el cristal de la puerta donde estaba escrito el nombre del detective Star. Aunque desde donde estaba no podía verlo, lo visualizó con claridad: los fragmentos de vidrio cayendo, el nombre desintegrándose.

De pronto, la pequeña oficina se llenó con un tropel de policías de asalto con uniformes oscuros y botas militares que entraron gritando «¡Policía!» mientras apuntaban con sus armas a todos los presentes.

Nash levantó la mano en la que todavía tenía el teléfono móvil y señaló el cuerpo inerte de Robert.

Un policía pasó sobre él pisando el charco que ahora orlaba por completo su cabeza. Avanzó por el despacho mientras dejaba huellas indelebles que eran tampones de sangre sobre el suelo de roble.

Nash miraba los rastros fascinada, casi arrobada por su belleza y por la infinita tristeza que le producía, como si no hubiera nada más en el mundo, hasta que alguien la llamó por su nombre mientras sentía los dedos largos y fríos de Barezzi aliviando el calor en su cuello.

Intentó girarse, pero el dolor que sintió en la nuca hablaba de una lesión cervical.

Barezzi se posicionó frente a ella para que pudiera verlo y le tomó la mano. Nash la percibía fría y fuerte, como una amarra a puerto.

—Ya viene la ambulancia. Vas a estar bien, Nash. Te vas a poner bien.

Nash quiso hablar, pero según pasaban los segundos su garganta se iba inflamando. Percibía la presión bajo su piel tan rápido como si le hubiera picado una avispa. Intentó llevar la mano hasta allí.

«Robert», dibujó con los labios.

—Lo sé —respondió el inspector—. Scott Sherrington me ha llamado desde Escocia.

Hizo una pausa mientras valoraba el estado de Nash.

—Estábamos llegando a la mansión Newman.

Elisa oyó ruidos en la despensa; cuando abrió la puerta, encontró a Karim herido, apenas consciente.

Por lo visto el secretario sorprendió a Robert trasladando el cadáver de Virginia, Robert lo atacó y lo dio por muerto.

Creo que le interrumpiste cuando llegaste a casa.

Tengo un equipo registrando la mansión buscando a la enfermera.

Nash susurró con el último hilo de voz que le quedaba:

—En el coche de Robert.

Sin soltarla de la mano, el inspector se sentó en el suelo, a su lado, y después tocó suavemente a Nash en el rostro. Nash cerró los ojos y se dejó caer hasta apoyar su cabeza en el hombro huesudo del policía. A lo lejos oyó las sirenas de las ambulancias acercándose.